GENDER, HOUSEHOLDS AND SURVIVAL STRATEGIES IN THIRD WORLD CITIES: CONCEPTUAL DEBATES
2.1. The Intersection of Race and Class in Defining Gender Relations
En el corazón y en la cabeza
Cuando el recuerdo de Dios vive en el corazón y mantiene allí el temor de Dios, entonces todo va bien; pero cuando ese recuerdo se debilita, o no subsiste más que en la cabeza, entonces todo va a la deriva.
Manteneos en paz y silencio
A menudo os hablé, mi querida hermana, del recuerdo de Dios, y os lo repito todavía una vez: si no trabajáis con todas vuestras fuerzas para imprimir en vuestro corazón y en vuestro pensamiento ese nombre temible, vuestro callar es vano, vana vuestra salmodia, inútiles vuestro ayuno y vuestras vigilias. En una palabra, toda la vida de una monja es inútil sin el recogimiento en Dios, que es el comienzo del silencio mantenido por amor a Dios y es también el fin. Ese nombre muy deseable es el alma de la quietud y del silencio. Su recuerdo nos
da alegría y felicidad, por él obtenemos el perdón de nuestros pecados y la abundancia de virtudes. Sólo se puede encontrar ese nombre muy glorioso en el silencio y la calma No se puede llegar a él de ninguna otra manera, ni siquiera mediante un gran sufrimiento. Es por ello que, conociendo el poder de este consejo, yo os pido insistentemente, por el amor de Dios, que estéis siempre en paz y silencio, pues esas virtudes alimentan en nosotros el recuerdo de Dios.
Una conversación secreta con el Señor
En todas partes, y siempre, Dios está con nosotros, cerca de nosotros y en nosotros. Pero nosotros no estamos siempre con él, puesto que lo olvidamos; y porque lo olvidamos nos permitimos muchas cosas que no haríamos bajo su mirada. Tomad esto a pecho, haced un hábito de vivir en ese recogimiento.
Que vuestra regla sea estar siempre con el Señor, manteniendo el intelecto en el corazón, sin dejar vagabundear vuestros pensamientos; volved a traerlos cuantas veces se extravíen, mantenedlos encerrados en el secreto de vuestro corazón, y haced vuestras delicias de esta conversación con el Señor.
Llegad a ser verdaderamente hombre
Cuanto más firmemente estéis establecidos en el recogimiento en Dios, manteniéndoos siempre ante él en vuestro corazón, más vuestros pensamientos se calmarán y menos intentarán vagabundear. El orden interior y el progreso en la oración van a la par.
De esta manera, el espíritu es restaurado en sus justos privilegios. Cuando es así restablecido, comienza una transformación activa y vital del alma, del cuerpo y de las relaciones exteriores hasta que todo esté, finalmente, completamente purificado. Entonces se llega a ser verdaderamente un hombre.
Una entrada rápida al Paraíso
Cuando os establecéis en el hombre interior por el recuerdo de Dios, Cristo Señor llega a vosotros y hace allí su morada. Las dos cosas van a la par.
He aquí un signo en el que reconoceréis que esta obra radiante ha comenzado en vosotros: sentiréis un cierto sentimiento de amor cálido hacia el Señor. Si hacéis todo lo que os ha sido indicado, ese sentimiento aparecerá cada vez más a menudo y, a su tiempo, llegará a ser continuo. Ese sentimiento es dulce y beatífico y, desde su primera manifestación, nos incita a desearlo y buscarlo, por temor a que abandone el corazón, pues en él se encuentra el Paraíso.
¿Queréis entrar lo más rápido posible en ese Paraíso? Entonces, he aquí lo que debéis hacer. Cuando oréis, no terminéis vuestra oración sin haber despertado en vosotros un sentimiento hacia Dios: adoración, devoción, acción de gracias, alabanzas, humildad y contrición, esperanza y confianza. Cuando, después de la oración, os pongáis a leer, no terminéis vuestra lectura sin haber sentido en vuestro corazón la verdad de lo que habéis leído. Esos dos sentimientos, uno inspirado por la oración, el otro por la lectura, se darán calor mutuamente; y si veláis sobre vosotros mismos, os mantendrán bajo su influencia durante toda la jornada.
Aplicaos en practicar con exactitud este doble método, y veréis lo que resultará.
El recuerdo incesante de Dios es un don de la gracia
El recuerdo de Dios es algo que Dios mismo injerta en el alma. Pero el alma debe también obligarse a perseverar. Penad, haced todo lo que podáis para llegar al recuerdo incesante de Dios. Y Dios, viendo el fervor de vuestro deseo, os dará esa memoria constante.
Postraciones frecuentes
Desde el levantarse al acostarse, marchad en el recuerdo de la omnipresencia de Dios, teniendo siempre en el espíritu que el Señor os ve y pesa cada movimiento de vuestros pensamientos y de vuestro corazón. Con ese fin, orad continuamente con la Oración de Jesús y, aproximándoos frecuentemente a los iconos, inclinaos o posternaos, según la tendencia o la demanda de vuestro corazón. Así, toda vuestra jornada estará jalonada por esas postraciones y transcurrirá en el recuerdo incesante de Dios y la recitación de la Oración de Jesús, cualquiera sea vuestra ocupación.
El pensamiento de Dios y la Oración de Jesús
Es posible reemplazar el pensamiento de Dios por la Oración de Jesús, pero ¿dónde está la necesidad, puesto que se trata de una sola y misma cosa? El pensamiento de Dios, es mantener en el espíritu, sin ningún concepto deliberadamente impuesto, alguna verdad, como la Encarnación, la muerte en la cruz, la Resurrección, la omnipresencia de Dios, etc.
La proximidad de Dios y su presencia en el corazón
"Buscad y encontraréis". Pero, ¿qué es necesario buscar?. Una comunión consciente y viva con el Señor. Esto es dado por la gracia de Dios, pero es esencial también que trabajemos en ello, que vayamos a su encuentro. ¿Cómo? Manteniendo el recuerdo de Dios, que es cercano al corazón, que está incluso presente en él. Para llegar a ese recuerdo es oportuno habituarse a repetir constantemente la Oración de Jesús: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí,
pecador", sosteniendo en el espíritu el pensamiento de la proximidad
de Dios, de su presencia en el corazón. Pero es necesario comprender también que, en sí misma, la Oración de Jesús no es más que una oración vocal exterior, la oración interior es permanecer ante Dios, gritando hacia él sin palabras.
Por ese medio, el recuerdo de Dios se establecerá en el intelecto y la presencia de Dios brillará en vuestra alma como el sol. Si exponéis al sol algún objeto frío, se calienta; del mismo modo, vuestra alma será calentada por el recuerdo de Dios, que es el sol espiritual. Veréis lo que sucederá luego.
La primera cosa a hacer es adquirir el hábito de repetir sin cesar la Oración de Jesús. Comenzad y luego repetidla sin cesar, pero mantened siempre ante los ojos el pensamiento de nuestro Señor. Todo está allí.
Abandonaos al Señor
Vuestra única preocupación debe ser adquirir el hábito de fijar vuestra atención sobre el Señor, que está presente en todas partes y todo lo ve, que desea nuestra salvación y está listo para ayudarnos.
Este hábito os impedirá entristeceros, ya sea vuestra pena interior o exterior; pues ella colma al alma de un sentimiento de felicidad perfecta, que no deja lugar a ningún sentimiento de falta o necesidad. Ella hace que nos pongamos nosotros mismos, y todo lo que poseemos, con confianza, en las manos del Señor, y hace nacer en nosotros la certidumbre de su protección y su asistencia continuas.
Los peligros del olvido
Orar no significa solamente pronunciarla oración. Conservar el espíritu y el corazón dirigidos hacia Dios, y centrados en él, es ya una oración, cualquiera sea la posición que uno adopte. Practicar una regla de oración es una cosa, el estado de oración es otra diferente. El medio de llegar a él es adquirir el hábito del recuerdo constante de Dios, de la muerte y del juicio que le seguirá. Habituaos a esto y todo irá bien. Cada paso que deis estará interiormente consagrado a Dios. Debéis conduciros según sus mandamientos, entonces sabréis qué son los mandamientos. Es posible aplicar esos mandamientos a cada acontecimiento, consagrando interiormente todas vuestras actividades a Dios; así vuestra vida le estará dedicada. ¿Se necesita algo más? Nada. Ya veis qué simple es.
¿Tenéis preocupación por vuestra salvación? Cuando tenéis ese celo, el Señor se manifiesta por una preocupación ferviente por ella. Es necesario, absolutamente, evitar la tibieza. La tibieza comienza por el olvido. Se olvidan primero los dones de Dios, luego Dios mismo y el recuerdo de la muerte; en una palabra, todo el dominio espiritual se cierra para nosotros. Esto proviene del enemigo, y es la dispersión de los pensamientos causada por las preocupaciones profesionales o los contactos sociales demasiado numerosos. Cuando todo se ha olvidado, el corazón se enfría y pierde su sensibilidad hacia las cosas espirituales, caemos en un estado de indiferencia, de negligencia y despreocupación. Como consecuencia de ello las ocupaciones espirituales son dejadas para más tarde, luego enteramente abandonadas. Luego, comenzamos a vivir nuestra manera, en la despreocupación y la negligencia, en el olvido de Dios, no buscando más que nuestra satisfacción personal. Incluso si no vivimos nada verdaderamente desordenado, no buscamos tampoco nada divino.
Si no queréis caer en ese precipicio, poned atención en el primer paso, es decir en el olvido. Permaneced, pues, constantemente en el recogimiento en Dios, en el recuerdo de Dios y de las cosas divinas. Así conservaréis vuestra sensibilidad para esas cosas y, juntos, recuerdo y sensibilidad os inflamarán de celo. Y allí estará verdaderamente la vida.