CHAPTER 5 Does obesity or insulin resistance affect adolescent
5.3 Bone and mineral metabolism
5.3.3 Intervention effects on 25OHD and bone turnover markers
Ya tenemos a la muchedumbre liberada, apaciguada. El siervo, libre por un momento, ha sido rey por algunas horas. Hace muy poco tiempo. Ya el cielo y las estrellas se inclinan. Dentro de un momento el alba severa va a volverlo a la servidumbre, va a colocarlo bajo el ojo del enemigo, a la sombra del castillo, a la sombra de la iglesia, en el trabajo monótono, en el eterno aburrímiento controlado por dos campanas, una de las cuales dice: Siempre, mientras la otra repica: Jamás. Cada uno de ellos, humilde v apagado, con aspecto compuesto, parecerá salir de su casa.
¡Que tengan por lo menos ese corto momento! ¡Que cada uno de estos desheredados sea colmado una vez v encuentre aquí su sueño!... ¿Existe acaso un corazón tan desdichado, tan golpeado, que no sueñe a veces, que no tenga alglún loco anhelo, que no diga: “Si eso me sucediera…”?
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Ya he dicho que las únicas descripciones detalladas provienen de épocas modernas, de un tiempo de paz y de dicha, de los últimos años del reinado de Enrique IV, en los que Francia florecía. Años prósperos, ricos, muy diferentes a los de la edad negra en los que se organizó el aquelarre.
No es culpa de Lancre y de otros autores que nos imaginemos el tercer acto como una kermesse de Rubens, una orgía muv confusa, un gran baile de disfraz que permitía toda unión, sobre todo entre parientes próximos. Según estos autores, que sólo
deseaban inspirar el horror, hacer temblar la finalidad del aquelarre, la lección, la doctrina expresa de Satanás es el incesto y, en esas grandes asambleas (a veces de doce mil almas), los actos más monstruosos fueron cometidos delante de todos los presentes.
Es difícil creer esto. Los mismos autores dicen otras cosas que parecen muy contrarias a este cinismo. Dicen que no se iba al aquelarre mas que por parejas. Que la gente se sentaba al banquete de dos en dos y que, si llegaba una persona aislada, se delegaba a un joven demonio para que la condujera, para que le hiciera los honores de la fiesta. Dicen que algunos amantes celosos no temieron ir allí llevando a sus bellas curiosas.
Se ve también que la muchedumbre iba en familia, con los niños. Los niños eran retirados para el primer acto, no para el banquete ni para el oficio, ni siquiera se los retiraba para el acto tercero. Esto prueba que había en el aquelarre cierta decencia. Por otra parte, el escenario era doble. Los grupos de familias se quedaban en la landa bien iluminada. Era sólo detrás del telón fantástico de los humos resinosos que comenzaban los espacios más sombríos, donde era posible apartarse.
Los jueces, los inquisidores tan hostiles, se han visto obligados a reconocer que había allí un gran espíritu de dulzura v de paz. Ninguna de las tres cosas tan chocantes en las fiestas de los nobles aparecen aquí. Nada de espadas, ni de duelos, nada de mesas ensangrentadas. Nada de pérfidas galanterías para envilecer al amigo íntimo. La inmunda fraternidad de los templarios, se diga lo que se diga, era aquí desconocida, inútil; en el aquelarre la Mujer lo era todo.
En cuanto al incesto, es necesario entenderse. Toda aproximación entre parientes, hasta las más permitidas hov en día, era considerada entonces como un crimen. La ley moderna, que es la caridad misma, comprende el corazón del hombre y el bien de la familia. Esta ley permite al viudo desposar a la hermana de su mujer, es decir dar a sus hijos la mejor madre. Permite al tío proteger a su sobrina casándose con ella. Permite, sobre todo, casarse con la prima, es decir, con una esposa segura bien conocida, con frecuencia amada desde la infancia, compañera de los primeros juegos, agradable a la madre, que, de antemano, la adopta en su corazón. En la Edad Media todo esto era considerado incesto.
El campesino, que no ama más que a su familia, estaba desesperado. Nadie hubiera podido casarse con una prima, ni siquiera en sexto grado. No había medio de casarse en la aldea, donde el parentesco ponía tantos inconvenientes. Era necesario buscar en otra parte, lejos. Pero, en esa época las comunicaciones eran escasas, la gente no se conocía y los vecinos se detestaban entre sí. Las aldeas, en las festividades, se peleaban sin saber por qué (esto puede verse todavía en comarcas no tan alejadas). Por lo tanto, era difícil atreverse a ir a buscar mujer en el lugar mismo en que se había peleado, donde se estaba en peligro.
Otra dificultad: el señor del joven siervo no le permitia casarse tampoco en la señoría más próxima. Si lo hubiera hecho se hubiera convertido en siervo del señor de su mujer, y hubiera sido perdido para su señor.
Por eso el cura prohibía la prima, el señor la extranjera. Muchos hombres no se casaban.
Esto provocaba justamente aquello que se quería evitar. En el aquelarre estallaban las atracciones naturales. El joven encontraba allí a aquella que conocía, que amaba de antemano, aquella que, a los diez años lo llamaba su maridito. Seguramente él la prefería, y se acordaba muy poco en ese momento de las prohibiciones canónicas.
Ctiando se conoce bien la familia de la Edad Media no se puede creer en esas imputaciones declamatorias de que una vasta promiscuidad estaba mezclada a la muchedumbre. Por el contrario, se siente que cada grupito, cerrado v concentrado, estaba infinitamente lejos de admitir al desconocido.
El siervo, poco celoso (para sus próximos), pero tan pobre, tan miserable, ternía excesivamente empeorar su suerte multiplicando los hijos que no podia alimentar. El sacerdote, el señor, querían que aumentaran los siervos, que la mujer estuviera siempre encinta, y las prédicas más extrañas se hicieron en este sentido, a veces habia reproches sangrientos y amenazas. Y tanto más obstinada era la prudencia del hombre. La mujer, pobre criatura que no podía tener hijos viables en estas condiciones, que no concebía más que para llorar, se aterraba ante los embarazos. Ella no se arriesgaba a la fiesta nocturna más que bajo la expresa seguridad que se decía, se repetía: “Ninguna mujer ja más ha vuelto de allí embarazada".2
Las mujeres iban, atraídas a la fiesta por el banquete, la danza, las luces, la diversión, en modo alguno por el placer carnal. Algunas sólo encontraban sufrimiento. Las otras detestaban la purificacion helada que seguía bruscamente al amor para volverlo estéril. No importa. Aceptaban todo antes que agravar su indigencia, hacer un desdichado, dar un siervo más al señor.
Fuerte conjuración, acuerdo fiel que reservaba el amor para la familia, Y excluía al extranjero. Sólo se podía confiar en los parientes unidos bajo una misma servidumbre, los que compartían las mismas cargas, los que no deseaban alimentarlas.
Así, no podía haber ninguna embriaguez general, nada de caos confuso en el pueblo. Había, por el contrario, grupos cerrados v exclusivos. Es esto lo que debía volver al aquelarre impotente como rebelión. No se mezclaba en modo alguno a la muchedumbre. La familia, atenta a la esterilidad, la aseguraba concentrándose en sí misma, en el amor de los muy cercanos, es decir, de los interesados. Arreglo triste, frío, impuro. Los momentos más dulces estaban ensombrecidos, manchados. Hasta el amor era aquí miseria y rebeldía.
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Esta sociedad fue cruel. La autoridad decía: “Cásate”. Pero volvía el matrimonio muy difícil, por el exceso de la miseria y por el rigor insensato de las prohibiciones canónicas.
El efecto era exactamente contrario a la pureza que se predicaba. Bajo la apariencia cristiana, el patriarca del Asia existía solo.
Sólo se casaba el hijo mayor. Los hermanos menores, las hermanas trabajaban bajo él y para él.3 En las granjas aisladas de las montañas del Mediodía, lejos de la vecindad
de toda mujer, los hermanos vivían con sus hermanas, que eran sus criadas y les pertenecían en todas las cosas. Costumbres análogas a las del Génesis, a los
2 Bouguet, Lancre, todos los autores estan de acuerdo sobre este punto. Ruda contradicción de Satanás, pero
que seguramente estaba de acuerdo con el deseo del siervo, del pobre. Satanás hace germinar la cosecha, pero vuelve a la mujer infecunda. Mucho trigo y ningún niño.
matrimonios de Parsis, a los usos siempre subsistentes de algunas tribus pastoriles del Himalaya.
Más chocante todavía era el destino de la madre. La madre no podía casar a su hijo, no podía unirlo a una parienta, asegurarse una nuera que tuviera consideración hacía ella. Su hijo se casaba (si podía) con la muchacha de una aldea lejana, que era con frecuencia hostil, cuya invasión resultaba terrible, ya fuera para los hijos de un primer lecho, ya fuera para la pobre madre, a quien la extranjera hacía echar con frecuencia de la casa. Es difícil creerlo, pero la cosa es cierta. De todos modos la madre era maltratada: se la alejaba del hogar, de la mesa.
Una ley suiza prohibía quitar a la madre su rincón junto al fuego.
La madre temía extremadamente que su hijo se casara. Pero su suerte no era mucho mejor si él no lo hacía. No por esto dejaba de ser criada del joven amo de la casa, que heredaba todos los derechos del padre, hasta el de golpearla. He visto, todavía en el Mediodía, esta impiedad: un hijo de veinticinco años castigaba a su madre cuando ésta se emborrachaba.
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¡Y con cuánta más frecuencia se haría esto en aquellos tiempos salvajes!... Era seguramente el hijo quien volvía de las fiestas semiborracho, sabiendo apenas lo que hacía. La madre y el hijo compartían el mismo cuarto, el mismo lecho (porque rara vez había dos). La mujer tenía bastante miedo. El hijo había visto a sus amigos casados, y esto lo agriaba. De ahí llantos, una debilidad extremada, el abandono más deplorable. La desdichada, amenazada por su único dios, su hijo, con el corazón roto, en una situación a tal punto contra natura, se desesperaba. Procuraba dormir, ignorar. Sucedía, sin q ue ni el uno ni el otro se dieran cuenta, lo que sucede hoy en día con frecuencia en los barrios pobres de las grandes ciudades, donde una persona pobre, forzada o aterrada, quizás castigada, lo soporta todo. Domada ya, y pese a sus escrúpulos, demasiado resignada, la mujer soportaba una servidumbre miserable. Vida vergonzosa y dolorosa, llena de angustias, porque, de año en año, la distancia de la edad aurnentaba y los separaba. Una mujer de treinta y seis años podía conservar a un hijo de veinte. Pero a los cincuenta años, todavía más tarde ¿qué sucedia? En el gran aquelarre o en alguna aldea lejana, él podía encontrar, él podía traer a la extranjera, a la joven ama desconocida, dura, sin corazón, sin piedad, que iba a arrancar a la mujer el hijo, el fuego, el lecho, hasta la casa que ella misma había construido.
Si hemos de creer a Lancre y a otros, Satanás concedía al hijo el gran mérito de ser fiel a su madre, tenía este crimen por virtud. Si esto es verdad, podemos suponer que la mujer defendía a la mujer, que la bruja tornaba los intereses de la madre para mantener el hogar contra la nuera, que la hubiera enviado a mendigar bastón en mano.
Lancre pretende aun “que no hay ninguna buena bruja que no haya nacido del amor de la madre y del hijo”. Así era en Persia para el nacimiento del mago, que, según se decía, debía provenir de este odioso misterio. Así, los secretos de la magia quedaban fuertemente concentrados en una familia que se renovaba en sí misma.
Por un error impío ellos creían imitar el inocente misterio agrícola, el eterno circulo vegetal, en el que el grano, vuelto a sembrar en el surco, hace al grano.
Las uniones menos monstruosas (del hermano y de la hermana) comunes entre los orientales y los griegos, eran frías y muy poco fecundas. Fueron sabiamente abandonadas y no se hubiera vuelto a ellas sin el espíritu de rebelión provocado por los absurdos rigores, que lanzó a la gente locamente hacia el extremo opuesto.
Las leyes contra la naturaleza fueron así, por obra del odio, costumbres contra la naturaleza.
¡Oh, tiempos duros, tiempos malditos, cargados de desesperación!
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Hemos disertado. Pero el alba ha llegado casi. Dentro de un moento sonará la hora que pondrá en fuga a los espíritus. La bruja siente secarse sobre su frente las lúgubres flores. Adiós su reino, quizás su vida... ¿Qué sería de ella si el día la encontrara todavía aquí?
¿Qué hacer con Satanás? ¿Una llama, una ceniza? Él no pide nada mejor. Él sabe bien, el estuto, que para vivir, para renacer, el único medio es morir.
¿Morirá acaso él, el poderoso evocador de los muertos, que dio a las que lloran la sola alegría de aquí abajo, el amor desvanecido y el sueño dorado?
¡Oh, no, él está bien seguro de vivir!
¿Morirá él, el poderoso espíritu que, encontrando la creación maldita, la naturaleza deslizándose por tierra, privada de la ropa que le había arrancado la Iglesia, como un niño sucio, la recogió la naturaleza y la guardó en su seno? Esto no es posible. ¿Morirá él, el único médico de la Edad Media, de la edad enferma, a la que salvó con sus venenos, diciéndole "Vive, pues, imbécil'?
Como él está seguro de vivir, el atrevido puede morir tranquilamente. Se escamotea, arde con destreza en su hermosa piel de chivo, se desvanece en la llama y en el alba.
Pero ella, ella que hizo a Satanás, que lo hizo todo, el bien y el mal, que favoreció tantas cosas de amor, de abnegación, de crirnen... ¿qué será de ella?
Ya está sola sobre la landa desierta.
Ella no tenía, como se ha dicho, el horror de todos. \Iuchos la bendecían.4 Más de
uno la ha encontrado hermosa, más de uno vendería su parte en el paraíso por atreverse a acercársela... Pero alrededor de ella existe un abismo: se la admira demasiado, ¡y se tiene tanto miedo a esta todopoderosa Medea, a sus hermosos ojos profundos, a las voluptuosas culebras de cabellos negros que la inundan!
La bruja está sola para siempre. Para siempre sin amor. ¿Qué le queda? Nada más que el Espíritu que ha desaparecido hace un momento.
“Está bien, Satanás bondadoso, partamos... Porque estoy apurado por ir allá... vale más el infierno. Adiós al mundo”.
La primera que hizo, que representó el drama terrible, debió sobrevivir muy poco. Satanás, obediente, tenía muy cerca de allí, ensillado un gigantesco caballo negro que lanzaba fuego por los ojos y por las narices. Ella montó y de un salto...
Los siguieron con los ojos. Las buenas gentes aterradas dijeron: “Oh, ¿qué será de ella?”Al partir ella rió con la más atroz carcajada, y desapareció como una flecha. Hubieran querido saber, pero no se sabrá nunca lo que fue de la pobre".5