MATERIALS AND
4. MATERIALS AND METHODS
4.9 INTERVENTION
El Espíritu Santo, que el Padre nos regala, nos identifica con Jesús-Camino, abriéndonos a su misterio de salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos identifica con
165 Lohfink, ¿Necesita Dios, 362-364.
166 Ibid., 367.
167 Castillo, El Seguimiento, 89.
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Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros “tengan vida en Él”169.
El seguimiento como vínculo entre Jesús-Maestro con sus discípulos, constituye el espacio donde se desenvuelven las enseñanzas de la vida cristiana, las cuales instituyen credos llenos de contenido vital, instrucciones que se deben encarnar en la vida y cuyo contenido es el conocimiento de Dios Padre. Con actitud de escucha, los discípulos oyen a través de Jesús la voluntad del Padre para llevarla a la praxis (Mc 3,35); de allí que la escucha es el momento inicial del aprendizaje, la asimilación y aprehensión de experiencias que entran a formar parte del discípulo, quien deberá cumplir los contenidos de las palabras y mandatos allí encerrados. De tal manera que la escucha debe seguirse de la obediencia y la memoria de las palabras de vida del Maestro, quien imparte con autoridad sus
enseñanzas: “El que tenga oídos, que oiga” (Mt 13,9)170.
Las enseñanzas que Jesús dirige a sus discípulos comportan creer y conocer (Jn 18, 7,8; 8,28; 10,38; 14,1.7), se trata de un conocimiento en la fe, de un entender propio de la fe
y no de una comprensión racional: “Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él:
«Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres.»” (Jn 8, 31-32). Es el conocimiento que proviene de la correspondencia del conocimiento compenetrado de Padre e Hijo (Jn 10,15) y el cual es recibido por la misericordia de Dios, ya que el hombre no puede acceder a él por sí mismo,
por pura inteligencia, sino por medio del amor, ya que el ser de Dios es amor y “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Jn 4,7)171.
Conocer a Dios sólo es posible a través de la experiencia del amor: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4,8), es a través de dicha experiencia
como Dios comunica al hombre su Espíritu, “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,6), la verdad
sobre lo que es Dios, el Padre, y lo que está llamado a ser el hombre, hijo de Dios, llamado a ser santo. De tal magnitud es este conocimiento que la experiencia transforma la relación
169 CELAM. V conferencia, No. 137.
170 Barrios, El Seguimiento, 95.
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con Dios, consigo mismo y con el mundo, viviendo con libertad y seguridad interior, aceptando la propia realidad y ampliando el horizonte existencial como hijo de Dios (cfr.
1Jn 3,2), lo cual se mide por el cambio que se da en la relación con los demás: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3,
13) 172.
Así mismo, una de las realidades que identifica al discípulo de Jesús, es la relación con el Reino, el conocer su misterio, para lo cual sólo está calificado el discípulo que sigue a Jesús (cfr. Mc 4,11-12), ya que al misterio se accede de una manera existencial, mediante la adhesión a Jesús, haciendo propio el camino que Él recorre. Donde el misterio del Reino se identifica con el misterio de Cristo, y el discípulo no sólo es quien ha comprendido y aceptado a Jesús como Mesías, sino aquel que ha aprehendido la manera de su mesianismo (cfr. Mc 1,14-8,30; 8,31-10,45; 15,39)173.
Es decir que, lo que define a los seguidores de Jesús es, por una parte, el
“conocimiento”, que expresa relación mutua profunda y comunión de vida y, por otra parte, “el seguimiento”, que es la adhesión de conducta y de vida, comprometiéndose con Él y como Él a entregarse sin reservas al bien del hombre. Seguir a Jesús es, adherirse a Él, a su misión y a su proyecto, con un amor ilimitado, amor que es revelado mediante la misión del Hijo en la historia, lo cual lleva a los discípulos a no huir del mundo, sino a comprometerse en la misma tarea y en la misma misión de Jesús en el mundo174.
Por ello, la entrega total del discípulo debe corresponder a la voluntad y al plan de Dios, hay que examinar siempre cuál es la voluntad de Dios en cada momento y comprometer la vida por la causa justa, por aquello, que Dios quiere realmente. Todo esto, a partir de la propia historia en la comunidad cristiana, de las propias posibilidades y de la vocación específica. Por consiguiente, la santidad, la experiencia de amor, el conocimiento
172 Mateos y Camacho, El Horizonte, 125.
173 Barrios, El Seguimiento, 184-185.
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de Dios, comporta el “todo” personal que se ajusta a los diversos dones de gracia, que Dios
ha repartido (Rm 12,6)175.
Tanto la llamada como las enseñanzas del Señor, requieren del discernimiento de su contenido para que resuenen en lo profundo del alma. Así, en los evangelios, muchas veces se expresan los reproches que Jesús, el Maestro, dirige a los discípulos, en forma de pregunta (Mc 8,17; 8,18.21; 4,40.13), dado que las preguntas pretenden mover a los discípulos a reflexionar y a examinarse. Por ello, en el seguimiento se requiere que el discípulo tenga conciencia de estar siendo interpelado, para que esté disponible a la llamada interior del Espíritu, lo cual es inseparable del diálogo habitual con Dios y de la sensibilidad a las necesidades de la Iglesia y del mundo. Todo esto es posible, gracias al infinito amor de Dios que no deja de conceder las gracias necesarias –luz en la inteligencia y mociones en la voluntad- para que el discípulo pueda discernir la llamada, decidir su respuesta, y llevar a cabo la misión encomendada, de tal manera que cada una de las decisiones y acciones sean tomadas y vividas en la lógica de la vocación, unificando así la existencia cristiana. Y en este sentido, la perspectiva más adecuada para meditar sobre la respuesta a la propia vocación no es la del pecado, sino la del amor, la generosidad y la entrega176.
El inicio y permanencia en este camino, de conocimiento y de discernimiento, aparece unido a la conversión, la cual es necesaria para aceptar e iniciarse en la llamada a seguir las huellas del Maestro (Mc 1,14-20 y par.)177. Lo cual es posible por la fascinación
que ejerce la irrupción del Reino de Dios: “«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una
perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.”(Mt 13,44-46). Es esta fascinación la que lleva al discípulo a cambiar de vida y vivir en adelante bajo las
175 Lohfink, ¿Necesita Dios, 368-369.
176 Gnilka, Teología del, 180; Bosch, Llamados a, 27-28.
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exigencias del Reino de Dios, experimentando descanso y libertad profunda (cfr. Mt 11,28- 30)178.
La conversión es un don de Dios, Él concede la conversión (cfr. Hch 5,31; 11,18), es el Padre quien hace posible que la conversión signifique un nuevo inicio (cfr. Lc 15,18; 18,9-14). El acto de la conversión requiere de la actitud adecuada del discípulo, consistente en la conciencia de pecado (del estar alejado de Dios, enemistado con él, y –unido a ello- la división del mismo hombre) y el rechazo de la auto-justificación (la falta de disposición para convertirse, incapacidad para la conversión), recordando que el perdón se otorga mediante la conversión, la fe y el bautismo (Hch 2,38; 3,19; 5,31; 10,43; 13,38; 22,16; 26,18) y que en la conversión no basta con la adhesión a la comunidad, también se requiere
de las manifestaciones del comienzo de la nueva forma de vida, es decir, de los “frutos dignos de conversión” (Lc 3,8), de las “obras dignas de conversión” (Hch 26,20), entre las
cuales está el llevar a otros a la conversión179.