El domingo pasado recordábamos el gran don que Cristo nos trajo: ser hijos de Dios. En el misterio que hoy celebramos podemos profundizar algo más esa realidad, ya que en el bautismo de Cristo contemplamos nuestro propio bautismo, que es el momento a partir del cual hemos comenzado a ser hijos de Dios.
1 – El misterio de la Paloma
Retomemos el relato evangélico. Hemos escuchado la narración del bautismo de Cristo. Y allí oímos que el Espíritu Santo descendió como una paloma. ¿Por qué así? ¿Qué sentido tiene el que haya querido manifestarse precisamente bajo esa figura?
Esto tiene una doble referencia:
1) Gn 1,1-2: al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era confusión y caos y las tinieblas
cubrían la faz del abismo, pero el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Hay una referencia a la
creación (cf. Salmo responsorial). Hoy, como entonces, la tierra es confusión y caos y las tinieblas cubren el mundo; pero también hoy, como entonces, aparece el Espíritu de Dios aleteando sobre las aguas. Aquello fue la creación, esto es la re-creación, la renovación de la creación, que se hace posible gracias al Ungido de Dios, Jesús el Cristo.
2) La segunda referencia aparece en el relato del Diluvio Universal (cf. Gn 8,8 – 9,17). Allí, según nos refiere el relato del Génesis, Noé suelta una paloma, la cual retorna al arca con un ramo de olivo en su pico, indicando que el Diluvio había cesado y que se había restablecido la paz entre los hombres y Dios. Este episodio del diluvio nos muestra un nuevo comienzo. Cuando la maldad había cubierto la tierra, Dios la “reconstituye” a partir del único justo que había quedado, Noé. Así obrará también ahora; a partir del Justo, Jesús, reconstituirá la humanidad. Se trata del misterio de la Redención.
Tenemos, por lo tanto, una indicación clara, a través de la forma corporal de la paloma, del papel que le corresponde al Espíritu Santo: “El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra Salvación y hasta su consumación. Pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación redentora del hombre, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces, este Designio Divino, que se consuma en Cristo, primogénito y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna” (686).
bautismo, primer sacramento de la fe, la Vida que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia” (683). Es lo que escuchamos en la segunda lectura: cuando se manifestó la bondad de
Dios, nuestro Salvador... haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo.
2 – El hombre nuevo
El Espíritu Santo, por lo tanto, nos re-nueva, nos hace con-formes a Cristo, con la forma de Cristo. Es decir, que nuestra conducta debe ser la de Cristo. Es oportuno considerar, para comprender mejor esto, los episodios que Lucas nos relata a continuación del bautismo de Cristo, ya que en ellos se nos refieren algunos elementos que nos permitirán comprender mejor esto.
Inmediatamente después del bautismo, Lucas nos refiere la genealogía de Jesús, en la cual se remonta hasta Adán. Da una larga lista de nombre que comienza diciendo Tenía
Jesús, al comenzar, unos treinta años. Se creía que era hijo de José, hijo de Helí, etc. y concluye
diciendo hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios (3,23.38). ¿Por qué esta genealogía, que se remonta hasta los orígenes mismos de la humanidad? ¿Y por qué colocada aquí, luego del bautismo de Cristo y no al comienzo mismo de la vida de Cristo, tal como lo hace san Mateo? Porque de esta manera Lucas nos señala que Jesús es la cabeza de la nueva humanidad, es el que sustituye a Adán quien, por su pecado, ha quedado como cabeza o principio de la vieja humanidad, la pecadora. Ahora, con Jesús, el Cristo, todo se renueva, se re-capitula.
Y, porque es distinto, actúa distinto. Precisamente, los episodios que vienen a continuación son los que se encargan de mostrar esa diferencia. Primero, vienen las tentaciones: Jesús, lleno de Espíritu Santo... era conducido por el Espíritu en el desierto (Lc 4,1). Y Jesús vence, mientras que Adán fue vencido. Y, más adelante, cuando supera las tentaciones, dice Lucas: Jesús retornó hacia la Galilea en la dinámica del Espíritu (4,14; cf. 24,49 y He 1,8). E inmediatamente, apenas comienza a actuar, aparece bien patente la incompatibilidad entre el Espíritu que mueve a Jesús y el espíritu impuro: Bajó a Cafarnaúm,
ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.... Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro y se puso a gritar a grandes voces: “¿qué tenemos nosotros que ver contigo? (4,31.33).
Este episodio se repetirá en otras ocasiones (cf. 8,28).
Como vemos, la actuación de Jesús está marcada por el sello del Espíritu Santo. De hecho, en la segunda lectura hemos escuchado cómo hemos de proceder: La gracia de Dios,
que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestra gran Dios y Salvador, Cristo Jesús
(Tito 2,11-12). Con sobriedad, respecto de nosotros mismos, justicia, respecto del prójimo, y
piedad, respecto de Dios.
San Pablo sintetiza todo esto en una frase: cuantos son conducidos por el Espíritu de Dios, estos
que anima (cf. Salmo Resp.).
3 – Ser conducidos por el Espíritu
En consecuencia, queridos hermanos, hemos de dejarnos conducir por el Espíritu Santo. Pero hay un problema, claramente reconocido por el catecismo: el Espíritu “no se revela a sí mismo. El que habló por los profetas nos hace oír el Verbo del Padre. Pero a Él no le oímos... El Espíritu de verdad que nos desvela a Cristo no habla de sí mismo...” (687). ¿Cómo podemos hacer, entonces, para dejarnos conducir por Él? Nos responde el mismo catecismo: “La Iglesia, comunión viviente en la fe de los apóstoles que ella transmite, es el lugar de nuestro conocimiento del Espíritu Santo”. Y señala puntualmente a través de qué medios se da ese conocimiento:
- “en las Escrituras que Él ha inspirado;
- en la Tradición, de la cual los Padres de la iglesia son testigos siempre actuales; - en el Magisterio de la iglesia, al que Él asiste;
- en la liturgia sacramental, a través de sus palabras y sus símbolos, en donde el Espíritu santo nos pone en comunión con Cristo;
- en la oración en la cual Él intercede por nosotros;
- en los carismas y ministerios mediante los que se edifica la Iglesia; - en los signos de vida apostólica y misionera;
- en el testimonio de los santos, donde Él manifiesta su santidad y continúa la obra de la salvación” (688).
4 – Conclusión
Decíamos el domingo pasado (segundo de Navidad) que nuestro mundo necesita, hoy más que nunca, escuchar el mensaje de Cristo y que a nosotros nos compete hacer visible a Jesús con nuestra vida. A partir de hoy podremos ir considerando más profundamente cómo debe ser nuestra vida para que eso sea posible.
CatIC 721-741 C-2 Jn 2,1-11 / Is 62,1-5 / Sal 95 / 1Co 12,4-11