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WILL THE INTERVIEW BE CONFIDENTIAL?

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WILL THE INTERVIEW BE CONFIDENTIAL?

En el artículo El tráfico de mujeres: notas para una “economía política” del sexo (1996), publicado en 1975, la antropóloga americana Gayle Rubin planteaba el

objetivo de su trabajo de esta manera: “Eventualmente, alguien tendrá que escribir una nueva versión de El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, reconociendo la recíproca interdependencia de la sexualidad, la economía y la política, sin subestimar la plena significación de cada una en la sociedad humana” (Rubin, 1996: 91).

La posición de Rubin es etnocéntrica y esencialista. Rubin intentaba sentar las bases para una “economía política” del campo del sexo, es decir, sentar las bases de una economía política que lograse dar cuenta de las relaciones de producción en el

sistema de sexo/género. Éste aparecía como un ámbito específico y particular, esto es, como un ámbito diferenciado y no derivado de las relaciones de producción económica. En este sentido, la subordinación de las mujeres no era una consecuencia, efecto o producto del tráfico de mercancías, sino que, por el contrario, tenía una economía propia. En contra de las explicaciones marxistas de la opresión sexual, Rubin afirmaba: “Explicar la utilidad de las mujeres para el capitalismo es una cosa, y sostener que esa utilidad explica la génesis de la opresión de las mujeres es otra muy distinta” (Rubin, 1996: 41).

Rubin proponía el concepto de sistema sexo-género para dar cuenta de la forma según la cual la opresión de las mujeres dentro del campo sexual –opresión caracterizada como “tráfico” o “intercambio”- era socialmente construida. Rubin afirmaba que “[el sistema sexo/género] es un término neutro que se refiere a ese campo [sexual] e indica que en él la opresión no es inevitable, sino que es producto de las relaciones sociales específicas que lo organizan” (Rubin, 1996: 46). Como puede observarse, una de las ideas básicas del constructivismo de Rubin era la posibilidad transformar políticamente cierta organización, considerada opresiva, de las relaciones entre mujeres y hombres.

El concepto de este sistema, considerado como “neutro”, era en sí mismo una definición del constructivismo feminista: “Un “sistema de sexo/género” es el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (Rubin, 1996: 37). En el mismo sentido, Rubin afirmaba más adelante:

El sexo es el sexo, pero lo que califica como sexo también es determinado y obtenido culturalmente. También toda sociedad tiene un sistema de sexo-género –un conjunto de

disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humanas son conformados por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional, por extrañas que sean algunas de las convenciones. (Rubin, 1996: 44).

Los diferentes sistemas de sexo-género, que constituían las relaciones de producción dentro del campo de sexo, podían ser hallados históricamente en las distintas reglas de parentesco (como las analizadas por Claude Lévi-Strauss en el sentido de la prohibición o tabú del incesto) y las distintas construcciones culturales del complejo de Edipo (que era la tesis de Sigmund Freud sobre las formas según las cuales la prohibición del incesto era incorporada en los sujetos). Decía Rubin: “Los sistemas de parentesco son formas empíricas y observables de sistemas de sexo/género” (Rubin, 1996: 47). En efecto, cada sistema de parentesco y de construcción edípica constituía en sí mismo un caso empírico de sistema de sexo- género. Ciertamente, parentesco y Edipo se complementaban o formaban parte de un mismo proceso: “El parentesco es la conceptualización de la sexualidad biológica a nivel social; el psicoanálisis describe la transformación de la sexualidad biológica en los individuos al ser aculturados” (Rubin, 1996: 68). Estas eran, así, las herramientas analíticas fundamentales para dar cuenta de la opresión sexual en el sistema de sexo- género.20

La opresión sexual -que pesaba tanto sobre las mujeres como sobre la homosexualidad- se mostraba presente en cada uno de estos sistemas empíricos y fue caracterizado por Rubin como intercambio o tráfico de mujeres. Pero ¿qué era para Rubin el intercambio o tráfico de mujeres? Decía:

Intercambio de mujeres es una forma abreviada para expresar que las relaciones sociales de un sistema de parentesco especifican que los hombres tienen ciertos derechos sobre sus parientes mujeres, y que las mujeres no tienen los mismos derechos ni sobre sí mismas ni sobre sus parientes hombres. En este sentido, el intercambio de mujeres se convierte en una percepción profunda de un sistema en que las mujeres no tienen plenos derechos sobre sí mismas. (Rubin, 1996: 56).

20Rubin resumía la relación entre Lévi-Strauss y Freud de esta manera: “Los sistemas de parentesco requieren una división de los sexos. La fase edípica divide los sexos. Los sistemas de parentesco incluyen conjuntos de reglas que gobiernan la sexualidad. La crisis edípica es la asimilación de esas reglas y tabúes. La heterosexualidad obligatoria es resultado del parentesco. La fase edípica constituye el deseo heterosexual. El parentesco se basa en una diferencia radical entre los derechos de los hombres y los de las mujeres. El complejo de Edipo confiere al varón los derechos masculinos, y obliga a las mujeres a acomodarse a sus menores derechos” (Rubin, 1996: 78).

Esta ausencia de derechos era en sí misma la opresión sexual que pesaba sobre las mujeres.21

La tesis central del constructivismo feminista de Rubin era, pues, que los géneros (el masculino tanto como el femenino) consisten en una determinada construcción social a partir de la diferencia sexual. Su esquema de análisis, como el de Lévi-Strauss, era bipolar y universalista: masculino-femenino, natural-cultural. Esta diferencia sexual presentaba un carácter básicamente natural. La base natural, en los términos de Rubin, era considerada como la “sexualidad biológica” o la “materia prima biológica del sexo y la procreación humanas”. Los sistemas de sexo-género

daban cuenta del paso de la naturaleza a la cultura, del paso de un deseo polimorfo y perverso a un deseo heterosexual que, además, constreñía la sexualidad femenina. Tales pasos se llevaban a cabo mediante formas de poder social y cultural que, siguiendo a Lévi-Strauss y Freud, Rubin caracterizaba como prohibiciones o

represiones. A aquella base natural que la cultura reprimía Rubin le daba diversos nombres: por ejemplo, las “semejanzas naturales” (Rubin, 1996: 58) o las “posibilidades sexuales disponibles para la expresión humana” (Rubin, 1996: 69). En este sentido, aunque los dispositivos sociales y culturales transformaran esta sexualidad biológica -y produjeran de esta manera un determinado sistema de sexo/género- para Rubin de alguna manera el sexo seguía siendo el sexo.

Dadas estas premisas, la política feminista sería entendida por Rubin como una política tan revolucionaria como podía serlo la política obrera. Si el campo sexual y su opresión se manifestaban principalmente en los sistemas de parentesco, el feminismo debería intentar convertirse en una “revolución en el parentesco” (Rubin, 1996: 79) orientada a “erradicar la jerarquía de los géneros (o los géneros mismos)” (Rubin, 1996: 78). Además, su alcance político sería universal: “Una revolución feminista completa no liberaría solamente a las mujeres: liberaría formas de expresión sexual, y liberaría a la personalidad humana del chaleco de fuerza del género” (Rubin, 1996: 80). En última instancia, si el marxismo consideraba que una revolución obrera conduciría a una sociedad sin clases, una revolución feminista (y sexual) conduciría a una “sociedad andrógina y sin género” (Rubin, 1996: 85).

21 En verdad, para Rubin la opresión sexual tenía tres aspectos: “La organización social del sexo se

basa en el género, la heterosexualidad obligatoria y la constricción de la sexualidad femenina” (Rubin, 1996: 58).