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Appendix 2 Interview 2 Interview questionnaire (Batida)

El estudio de las masculinidades hegemónicas gira sobre la capacidad de los varones para ejercer poder y control, pero también sobre cómo este poder genera dolor. Bien lo señala Kaufman (1997) “este poder está viciado. Existe en la vida de los hombres una extraña combinación de poder y privilegios, dolor y carencia de poder” (p. 63); este autor lo explica de la siguiente forma: el poder en los varones está armado en una relación dinámica de experiencias contradictorias que causan dolor, aislamiento y alienación, tanto a ellos mismos como a las mujeres. Comprender este dolor no es una excusa de la violencia y opresión desplegada por los varones, más bien explica que el reconocimiento de tal dolor es una forma de entender el carácter complejo de las formas dominantes de masculinidad; es decir, el trabajo de género de una sociedad.

Para explicar esta concepción de experiencias contradictorias del poder entre los varones se deben tomar en cuenta dos distinciones básicas, las cuales se explicaron anteriormente. La primera es la distinción entre sexo biológico y género socialmente construido, y la segunda, el hecho de que no existe una sola masculinidad, a pesar de que se dan formas hegemónicas que se basan en el poder social de los varones.

Al respecto, Connell (1997) explica que estas experiencias contradictorias de poder y privilegios que viven los varones, combinado con una experiencia de dolor y carencia de

71 poder, se dan precisamente en el campo del género, de aquí que estas relaciones tienden a ser conflictivas. A esta situación se le suma la problemática de imposición cultural de las formas hegemónicas masculinas, caracterizadas por la legitimidad del patriarcado, la que garantiza la posición dominante de los varones y la subordinación de las mujeres.

En las formas dominantes de las masculinidades contemporáneas se iguala el ser varón con tener algún tipo de poder y con la posibilidad de obtener dominación y control sobre otros. Estas concepciones las interiorizan los varones, las hacen propias en el proceso de desarrollo de sus personalidades, son aprendidas y reforzadas en el contexto en que se desarrollan, donde se les otorga ciertos privilegios y ventajas que no se dan a las mujeres (Kaufman, 1997).

Se han propuesto dos factores básicos para la adquisición individual del género. El primero se refiere a que, a diferencia de otros animales, la sexualidad del varón no es puro instinto, sino que es construida individual y socialmente. El otro factor es el fuerte apego por las figuras paternas; a los cinco o seis años el niño ya ha interiorizado estas figuras y desarrolla por ellas sentimientos ambivalentes de amor y de impotencia, tensión y frustración por las mismas exigencias de la sociedad y la realidad de sus propias necesidades. La familia transmite en la personalidad del niño las categorías, valores, ideales y creencias de la sociedad, dentro de estas la desigualdad de género. Va aprendiendo que no solo hay dos sexos, sino también el significado social atribuido a cada uno de ellos; va comprendiendo el sentido del propio valor de acuerdo con una medida de género (Kaufman, 1989).

Es así como los varones en su vida social y familiar van adquiriendo las masculinidades hegemónicas y llegan a eliminar sentimientos, a esconder emociones y a suprimir necesidades, esto por el miedo a que se restringa la capacidad de dominio y autocontrol sobre las otras personas y porque estas conductas que se reprimen están asociadas a la feminidad que se rechaza porque se busca la masculinidad (Kaufman, 1997).

La contradicción en las masculinidades hegemónicas precisamente se da cuando la conducta para mantener el poder puede convertirse en fuente de temor y dolor, en lógicas autodestructivas y destructivas, al no conseguir los ideales y símbolos de las masculinidades

72 dominantes, como mantener el control, lograr un buen desempeño, vencer, mantener una coraza dura, estar por encima de las cosas y dar las órdenes, proveer y lograr los objetivos sin mostrar los sentimientos y emociones, principalmente los asociados a la debilidad (Kaufman, 1997).

El temor y el dolor que experimentan los varones para mantener la masculinidad dominante abarcan, de manera inconsciente, diversas dimensiones intelectuales, emocionales y físicas. Cuanto más sienten los varones este temor, más necesitan ejercer el poder que se les otorga como género masculino. Kaufman (1997) explica: “los hombres también ejercemos el poder patriarcal, no solo porque cosechamos beneficios tangibles de él sino porque hacerlo es una respuesta frente al temor y las heridas que hemos experimentado en la búsqueda del poder” (p. 71).

En esta relación de poder y dolor, este último inspira temor, porque significa “no ser hombre” (p. 71), lo cual, en la sociedad donde se confunde el sexo con el género, significa “no ser macho”, “perder el poder” (p. 71). Además, este temor tiene que ser reprimido porque la masculinidad dominante no permite la manifestación de los sentimientos (Kaufman, 1997). Estos sentimientos reprimidos dominan a los varones y se expresan generalmente en actos de violencia. Así para el autor la masculinidad es el resultado de la combinación entre poder y alienación:

La alienación de los hombres es la ignorancia de nuestras emociones, sentimientos, necesidades y de nuestro potencial para relacionarnos con el ser humano y cuidarlo. Esta alienación también resulta de nuestra distancia con las mujeres y de nuestra distancia y aislamiento con otros hombres (p. 72).

Considerando lo anterior, Kaufman (1989) analiza las masculinidades hegemónicas definiendo la “tríada de la violencia masculina”, que corresponde a la violencia contra las mujeres, la violencia contra los otros varones y la violencia contra sí mismos; estos componentes se refuerzan entre sí. Esta violencia expresada individualmente se sitúa en sociedades basadas en estructuras de dominación y control. Si bien este control se

73 haya simbolizado en el padre individual (patriarcado), se encuentra diseminado en las actividades sociales, políticas, económicas, ideológicas y en la relación con el medio ambiente natural. Es así como “las estructuras de dominación y control constituyen no simplemente el marco de la tríada de la violencia, sino que generan y a su vez son formadas por esta violencia (p. 30).

Por consiguiente, “cada acto de violencia aparentemente individual se enmarca en un contexto social” (Kaufman, 1989, p. 25), sin dejar de considerar que hay actos de violencia que responden a patologías determinadas, pero incluso en estas la manera como se manifiesta la violencia se comprende solo dentro de cierta experiencia social.

No se puede analizar la violencia masculina solo con aspectos individuales, porque parte del contexto social, de una historia que la determina. Resaltan en este proceso formas de violencia como la destrucción, la represión, la explotación (colonialismo, esclavitud), los procesos industriales, la destrucción de la naturaleza, la institucionalización del racismo, el sexismo y el heterosexismo en actos de violencia socialmente regulados, entre muchos otros acontecimientos que dejan ver la preponderancia de la violencia social en el mundo. Esto lleva a caracterizar la violencia como una conducta aprendida al presenciar y experimentar la violencia social, “la violencia de nuestro orden social fomenta una psicología de violencia, que a su vez refuerza las estructuras sociales, políticas y económicas de violencia” (Kaufman, 1989, p. 28).

Con respecto a la violencia contra las mujeres y la opresión de ellas por parte de los varones, vale señalar que se ha pretendido ofrecer razones generales de la opresión; sin embargo, algunos autores (Davis, 2001, Hooks, 2004, Espinosa, 2014) señalan que ha sido un principio central del pensamiento moderno el que todas las mujeres están oprimidas, sin embargo, no se cumple en la mayoría de estas.

Hooks (2004) critica la postura antes señalada, pues implicaría que las mujeres comparten una suerte común; por ejemplo, serían de igual clase, raza, religión, preferencia sexual, entre otras, y no se daría una diversidad de experiencias que determine el alcance en el que el sexismo será una fuerza opresiva en la vida de las

74 mujeres individuales. De tal manera que “el sexismo como sistema de dominación está institucionalizado, pero nunca ha determinado de forma absoluta el destino de todas las mujeres de esta sociedad” (p. 37); por consiguiente, no es una condición de carácter universal. Barber (1984) comparte este pensamiento de que el sufrimiento no es necesariamente una experiencia universal y legitima la acción política para cambiar condiciones de injusticia, considera que deben existir parámetros históricos y políticos para distintas formas y grados de conflicto social.