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tral, de la familia Pellas, con importantes inversiones en ingenios azucareros y la elaboración de ron;

el Banco Calley Dagnall se encontraba ligado con grupos de empresarios con fuertes inversiones en café, y el Banco Centroamericano, de la familia Somoza, con cuantiosas inversiones agrarias (Whee- lock, 1975).

Mientras la producción de maíz y frijol ocupaba alrededor del 50 o el 60% del área cultivada, ésta sólo recibía alrededor del 10% del crédito institucional, esto era entre el 10% y el 15% de las familias campesinas (Doligez, 2001: 11). En la práctica esto significaba, dadas las características de la estruc- tura agraria nicaragüense, que la inmensa mayoría de pequeños y medianos productores agropecua- rios quedaban por fuera del crédito institucional. Ello a pesar de que este sector representaba un seg- mento socialmente numeroso y con un peso económico importante en la producción de rubros de exportación.

En este período, la mayor parte de los pequeños y medianos productores, fuera de los circuitos ins- titucionales de financiamiento estuvo inserta en mecanismos de financiamiento basados principal- mente en el control comercial que ejercían capas medias y hacendados, así como relaciones de me- diería y otras formas de cooperación. El crédito bancario formal se articularía en estos circuitos de financiamiento, mediante el otorgamiento de crédito a intermediarios locales que aprovechando su conocimiento y redes locales, podían colocar préstamos con menos costos y riesgos para el capital fi- nanciero y comercial, y que valiéndose de su hegemonía local obtener amplias rentas en el proceso de intermediación.

Mientras en las zonas cafetaleras, las casas comerciales y una red de intermediarios locales garanti- zaban los flujos financieros hacia pequeños y medianos productores, en las zonas más ganaderas la conexión financiera se expresaba principalmente en forma de mediería, donde los hacendados con acceso a créditos formales establecían a nivel local una serie de relaciones con sus mozos y campe- sinos con tierras mediante relaciones de mediería, préstamos personales, colonato, etc.

Esta articulación entre los mercados institucionales y los informales encarecía el costo del crédito Tipo de cultivo Manzanas

cultivadas % Manzanas financiadas % Monto habilitado % Agroexportación 475.8 47 285.5 72 510.3 90 Consumo interno 531.8 53 94.5 28 54.4 10

Cuadro 1. Distribución del crédito bancario, 1976

Fuente: Cuadro tomado de Informe FIDA 1980.

Fuente: Cuadro tomado de Informe FIDA 1980.

para el campesinado y favoreció en muchas zonas agrarias del país procesos de concentración de la tierra. Estudios del CIERA en la zona de San Juan del Río Coco documentan cómo el crédito de los intermediarios comerciales ligados a empresas comerciales del café favoreció el desarrollo de la ha- cienda cafetalera a costa de la ruina de la pequeña y mediana producción. (CIERA, 1985).

A finales de este período, la política de crédito intentó incorporar más a sectores campesinos al crédi- to institucional a través de programas de créditos rural. Estos programas estuvieron principalmente dirigidos hacia las capas más acomodadas del campesinado, como sugiere el promedio de 6.5 manza- nas habilitadas por familia (Marchetti, 1980: 41). Con ello se dejaba por fuera a amplios segmentos de campesinos con poca tierra o sin tierra, reduciendo sus opciones de ingreso agropecuario (u otras actividades no agropecuarias), lo que aseguraba mano de obra barata dispuesta a trabajar en las ha- ciendas cafetaleras y algodoneras en época de cosecha. Ello garantizaba el funcionamiento del mode- lo basado en la agroexportación a costa de los segmentos más pobres del campesinado.

Sin embargo, a finales de los años setenta se realizaron cambios en la política crediticia con el obje- tivo de incorporar y mejorar la situación de los segmentos más pobres del campesinado, con un pro- grama de fomento y crédito llamado INBIERNO (Instituto de Bienestar Campesino). Esta institu- ción introdujo cambios en los programas de crédito rural con políticas más ajustadas hacia campe- sinos arrendatarios y los minifundistas. INBIERNO financió entre 5,000 y 8,000 familias, y unas 16,395 manzanas de maíz y frijol (Marchetti, 1980: 43). No obstante, la eficacia de INBIERNO fue deplorable y de hecho la mayor parte de sus recursos fueron desviados hacia otros sectores de la eco- nomía. El 80% de los recursos de INBIERNO, otorgados por la AID, fueron depositados en la ban- ca privada en lugar de invertirse en los programas que estaban diseñados. En 1978, de los 27 millo- nes de córdobas transferidos por la AID, 22 millones habían sido transferidos a la banca privada, a la cual sólo tenían acceso los grandes empresarios. A finales de la década, en 1978, únicamente en- tre el 10% y el 15% de las familias campesinas (unas 28 mil familias en 1978) han tenido acceso re- gular al crédito formal.

Conscientes de este problema, los programas de la AID intentaron promover cooperativas de crédi- to y servicios capaces de intermediar recursos directamente a pequeños y medianos productores. Al- gunas de ellas tuvieron mucho éxito en sus colocaciones tanto en montos como en número de clien- tes. Cooperativas como La Perla, en el norte de Nicaragua, o la Humberto Aguilar, en el minifundio periurbano de Managua, permanecen presentes en la memoria de los productores.

En resumen, en este largo período de crecimiento económico, el crédito agropecuario estuvo muy concentrado en el apoyo de los rubros de exportación y en los grandes empresarios agropecuarios. El crédito institucional llegó por vías muy indirectas hacia los sectores campesinas, que en su gran mayoría estaban insertos en mecanismos informales de financiamiento de muy corto plazo y con al- tas tasas de interés. En este período también se desarrollaron muy pocas experiencias de sistemas de créditos alternativos como las cooperativas de créditos y servicio.