• No results found

Methods Used in the Study: Traces of a Process of Learning

2.2. Sources, roles and status of data.

2.2.2 Qualitative interview data: generation, analysis and interpretation

2.2.2.2. Interviews

Para detectar los errores correspondientes a las obviedades y tautologías, se requirió solo de un fragmento de texto para cada caso, porque las ideas siempre aparecieron relacionadas de modo consecutivo. Es decir, en una o dos oraciones seguidas estaba presente la obviedad o la tautología. ¿Qué implicaciones tiene esto desde el acto creador? Pues bien, se puede decir que el autor no las concibió como un error, porque con las relecturas que -se supone- realizó las pudo haber detectado fácilmente para proceder a corregirlas. Al no ser concebidas como un error, las obviedades y tautologías fueron, entonces, entendidas como aciertos estéticos dentro de la obra.

Y si fueron entendidas como aciertos estéticos ¿cuál es su función artística? Al parecer, por la apariencia de las obviedades y tautologías detectadas, su intención fue mostrar una verdad trascendental sobre el ser humano, indagar, al parecer, la condición humana. Así, por ejemplo, la obviedad número 2 muestra una decodificación del lenguaje onírico; la número 4, el misterio que esconden las cosas sencillas; la número 7, la distancia intelectual y existencial entre el hombre y el animal; la número 8, la afectación del exterior en la interioridad del sujeto; y la número 10, el conflicto del hombre frente a la disyuntiva de tomar una decisión. De igual modo, la tautología número 2 muestra las razones inexplicables del amor; la número 3 y 4, una posición ontológica frente a la vida; y la número 5, una interpretación del destino humano.

Sin embargo, de acuerdo a lo que manifestó Arturo Tomillo (2007), en su artículo “Apuntes sobre la verdad y la obviedad”, las obviedades no son una herramienta argumentativa para mostrar la verdad. Al contrario, su propósito argumentativo es esconder una falacia, disfrazarla para que pueda ser comunicada a los demás sin generar rechazo:“Resulta fácil transmitir una falacia si ésta se esconde bajo lo obvio, puesto que en la medida en que ha sido asimilada puede difundirse ampliamente. La obviedad nos deja inermes frente a los mecanismos individuales de autocontrol, su propia condición nos impide reflexionar sobre ella”.(p. 3).

Entonces, lo que hace el autor de El alquimista con las obviedades no es indagar la condición humana ni mostrar una verdad trascendental; lo que hace realmente es disfrazar falacias para presentarlas como grandes aciertos estéticos y lograr que sean aceptadas

ampliamente. De hecho, la mayoría de estudiantes encuestados, el 74% en la obviedad y el 76% en la tautología, no descubrieron ese engaño, sino que, por el contrario, lo que hicieron fue interpretar la obviedad y la tautología presentadas como enunciados que revelaban una filosofía muy profunda sobre la vida.

Hubo, sin embargo, un pequeño grupo que sí detectó el engaño de la obviedad y la tautología, un grupo correspondiente al 8% en el primer caso y al 4% en el segundo. Se trata del grupo conformado por los estudiantes que se acercan al perfil de lectores, aquellos que tienen un horizonte de expectativas más amplio gracias a que han leído un mayor corpus de libros. Se puede deducir, entonces, que la mayoría de estudiantes, al tener un

horizonte de expectativas muy reducido, fueron engañados por las obviedades y las tautologías del libro. Ahí donde ellos debieron haber observado un error, lo que hicieron fue resaltar un acierto.

Tomillo (2007) explicó que un autor recurre a la obviedad o a la tautología cuando carece de recursos para mostrar la verdad, cuando sus capacidades no le alcanzan para desarrollar un concepto complejo. Además, con la obviedad gana en cuanto a que le facilita el proceso comunicativo a su receptor, no lo complica ni lo hace entrar en duda, sino que le presenta un camino llano que ha eliminado todos los esfuerzos:

[…] el reconocimiento de la verdad resulta arduo, implica un esfuerzo en el receptor, supone una actitud dura por evitar el autoengaño, y por lo tanto es difícil de canalizar o transmitir. Mostrar la verdad conlleva una lucha a contracorriente. Mostrar la obviedad es ir a favor de la corriente. (p. 3).

Este fenómeno queda evidenciado muy exactamente en las tautologías 3 y 4. En el primer caso, Santiago le pregunta al Alquimista:“¿Por qué lo llaman alquimista?”; y el Alquimista le responde: “Porque lo soy”. (p. 153). En el segundo caso, el Alquimista, en la misma conversación con Santiago, dice: “Soy un alquimista porque soy un alquimista”. (p. 153). Más allá de las consecuencias que generan en la construcción narrativa, estas dos tautologías demuestran, desde un enfoque filosófico, lo que significa el conocimiento para el Alquimista. Porque en esas dos tautologías el personaje tuvo la oportunidad de profundizar, complejizar, analizar, lo que significaba la alquimia, que es el tema principal de la novela, y lo único que hizo fue manifestar una simplicidad.

Algo muy similar ocurre cuando Santiago y el Alquimista están próximos a finalizar su viaje por el desierto, cuando están cerca de las Pirámides de Egipto. Santiago, ante la posibilidad de que pronto el Alquimista se vaya, le pide que le enseñe alquimia. Esto muestra que para Santiago la alquimia es una cuestión tan sencilla y simple que se puede aprender en uno o

dos días. Pero lo peor es que el Alquimista le responde que él ya sabe, es decir, ya aprendió durante el viaje. Entonces ¿qué es la alquimia para estos dos personajes? Es algo que se puede aprender rápido y de un modo muy fácil, lo cual contradice a la complejidad del conocimiento, donde todo debe ser explorado, cuestionado, profundizado, para así, por lo menos, lograr acercarse a la verdad. Los personajes, con estas actitudes, lo que hacen es enseñar que el conocimiento no es complejo, sino que se adquiere sin ningún esfuerzo. La verdad, de este modo, no está en lo difícil y arduo, sino en lo obvio, es decir, en la simplicidad.

De modo que los estudiantes, al dejarse arrastrar por estas obviedades, se libran de la angustia de pensar, la angustia de querer encontrar la verdad, la angustia de ver el mundo de una manera diferente. Esto explica por qué razón, en el campo de la gran masa popular, la obviedad resulta tan cautivante y fascinante para multitudes que lo único que buscan es liberarse del peso de la existencia, gozar de esa “insoportable levedad del ser” de la que habló Kundera. Solo de esta manera se puede entender que, por ejemplo, la canción más aclamada por la inmensa mayoría de colombianos pertenecientes a las clases populares sea “Nadie es eterno en el mundo”, de Darío Gómez, una canción que “revela” que en el mundo todos vamos a morir.

Los estudiantes, así, al interpretar la obviedad y la tautología como un postulado de gran trascendencia, lo que hicieron fue caer en ese estado de facilismo que tanto reprochó el filósofo Estanislao Zuleta (2010) en su célebre ensayo “Elogio a la dificultad”:

En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido. Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso; nuestro pecado es que anhelamos regresar a él. (p. 197).

Related documents