4.3 Theoretical Framework
4.3.3 Introducing Biased Beliefs
Situamos el texto de Hoggart en un momento particular del desarrollo del proceso de mediatización contemporánea. Un momento marcado por el impulso de medios como la prensa gráfica, las revistas, el libro o la industria discográfica, y en donde la televisión aparecía de forma incipiente pero en un vertiginoso desarrollo. Todavía no había ocurrido la transición de una cultura del broadcasting a una “cultura das midias” en términos de Lúcia Santaella, conformada por “formas culturales con una lógica distinta a la cultura de masas” (Santaella 2003: 21).
Bajo esa denominación, la autora describe un conjunto de innovaciones en el campo de las comunicaciones que paulatinamente van individualizando el consumo. Entre estas innovaciones se cuentan: la fotocopiadora, el videocasete, la videograbadora, el walkman, los videos juegos y hasta el desarrollo de la TV por cable (Ibídem 2003).
Pero en la época que se sitúa el análisis hoggartiano (1952 -1956), todavía no tenemos una cultura de medios individualizante y fragmentaria, sino una serie de elementos que proponen más un consumo grupal que individual. Por ello también el autor no puede anticipar las transformaciones de una cultura popular comunitaria hacia una cultura que se iba a ir tornando cada vez más dirigida, específica y fragmentada temporal y espacialmente.
El contacto que tiene esta cultura predominantemente masiva con la cultura popular obrera en el libro de Hoggart puede entenderse como de mixtura. La presencia de los medios en el hogar: la radio, las revistas y el televisor, implican una nueva composición de la gramática del lazo social. Además, -
196 aunque el autor nunca usa la palabra audiencia quizás por su carácter despersonalizado-, el libro funda una manera particular de representar esa audiencia.
Del mismo modo anuncia también que la cultura de masas vendría a reemplazar (y destruir) a una cultura de la clase trabajadora más “antigua y saludable” y, por lo que se observa en las descripciones puntuales, hay mucho de la influencia de una cultura de masas en las formas verbales que Hoggart trabaja en su lectura de la clase trabajadora.
Otra cuestión que observamos, de la recuperación selectiva hecha, -hasta quizás de manera involuntaria- sobre ese momento de formación del campo de estudios de lo popular, es la variable de la extinción. Burke visibiliza esto en un proceso de invasión del centro a la periferia: “el centro estaba invadiendo la periferia. El proceso de cambio social hacía que los descubridores fueran más conscientes de la importancia de la tradición” (Burke 1996: 53). Para Hoggart, también hay una “invasión” cultural, pero dada por el contenido de los mensajes de los medios masivos que venían a tamizar, a contaminar una cultura que tenía cierta propiedad de fijeza o inmovilidad y se transmitía de generación en generación conservando sus operatorias. Por esto el autor dirá que “el rasgo interesante es cómo sobreviven las actitudes antiguas, para bien y para mal, pese a todas las nuevas formas de dirigirse a la clase trabajadora” (Hoggart 2013: 183).
Nos hemos referido al término “mixtura” en tanto consideramos que Hoggart toma una serie de ideas, valores, sentimientos que tienen cierto arraigo en la tradición, que de hecho son definidos y heredados desde una cultura comunitaria, y los contrasta con aquellos que se transmiten a partir de diversos medios de comunicación de masas. Un ejemplo de esto es la construcción de la idea de “progreso” que han hecho las clases trabajadoras. Con respecto al uso de este término, el autor dirá:
“El progreso como supuesto se relaciona fácilmente con el pragmatismo y la
esperanza tradicionales de la clase trabajadora. Más específicamente, las consecuencias del progreso social, político y material se hicieron evidente a ella después que la clase media. Solo en la segunda mitad del siglo XIX y los
197 primeros años del XX las consecuencias de esos cambios golpearon a la puerta de los hogares de clase trabajadora, con la ampliación del sufragio, la posibilidad de acceder a muchas más comodidades materiales de las que se habían conocido hasta el momento, los resultados de las leyes de educación y muchos
otros avances” (Ibídem 2013: 185).
Ahora bien, esta idea de progreso para el autor todavía está presente en el habla de la clase trabajadora pero también en la idea que intentarán construir los medios de masas a través de sus narrativas que no sólo va a entrelazarse con esta tradición sino que tomará elementos de la misma. Por ejemplo el continuo interés de la clase obrera por esta idea: “la noción de progreso siempre ha sido (y, presumiblemente, siempre será) adecuada para los propósitos del entretenimiento popular” (Ibídem 2013: 186).
Y esa tamización de las ideas provenientes de los medios se da sobre todo en el caso de los comportamientos y las creencias propias de la vida doméstica y privada: “En aspectos de la vida privada, las personas pueden recurrir a lineamientos del pasado, y esa posibilidad afecta la forma en que reaccionan ante las múltiples voces que les llegan desde afuera” (Ibídem 2013: 188).
Otras de las aristas que repasamos en la cultura obrera es esa fuerte impronta de comunidad, que invoca una producción de sentido en la configuración del lazo social propia de las identificaciones hacia dentro del colectivo. Un argumento trabajado por Hoggart y que entendemos como propio de lo que años más tarde trabajó la etnografía de audiencias es la manera en que los integrantes de la clase trabajadora consumen elementos de la cultura de masas sólo para no quedar excluidos de las charlas grupales:
«Cuando uno participa de una actividad de masas, por más mecánica que esta sea, hay algo reconfortante en la sensación de que uno está con los demás. He escuchado a muchas personas decir que el motivo por el que siguen a un determinado programa popular de radio no es que este sea entretenido sino que
así tienen “algo de qué hablar” con los compañeros de trabajo» (Ibídem 2013: 201).