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Introduction to drug muling work

5.6 CASE STUDY 5

5.6.4 Introduction to drug muling work

La meta de los viajes en el mar Rojo era el país del Punt, allende el estrecho de Bab el Mandeb, en la costa de los somalíes, y enfrente, en la costa arábiga. Era el país del incienso. La buena serpiente, que el cuento del náufrago nos hace conocer, se proclama al mismo tiempo soberana del Punt y señora del incienso anti. Los egipcios tenían trato con Punt desde el tiempo del dios. Hasta habían organizado, en el Antiguo Imperio, una línea de navegación que unía Biblos, en la costa Siria, con la ribera de Punt, las Escalas del abeto a las Escalas del incienso.32 Los barcos partían de Biblos, alcanzaban el litoral egipcio, remontaban el brazo tanítico del Nilo hasta Bubastis, por un canal llegaban al uadi Tumilat que puede considerarse como la más oriental de las ramas del Nilo. El uad no era navegable todo el año, pero podía en la época de las altas aguas, llevar las galeras de los egipcios, cuyo calado era escaso. Cruzando los Lagos Amargos, esas galeras llegaban al fondo del golfo de Suez y seguían su lenta navegación hasta el país de Punt. Los beduinos-que-están-en-las-arenas, los cuales, por bárbaros que fuesen, transportaban por tierra viajeros y mercaderías de Siria a Arabia, trataron de impedir el funcionamiento de la línea marítima. Pepi I mandó contra ellos varias expediciones, pero los atentados empezaban de nuevo. Parece que después del reinado de Pepi II renunciaron por un tiempo a esos viajes, que se reanudaron en el Imperio Medio y fueron nuevamente interrumpidos durante la ocupación de los hiksos. La reina Hachepsiut volvió a la tradición que después de ella mantuvieron Tutmosis III, Amenhótep III, Horonemheb, Ramsés II y Ramsés III.33 Para poner su residencia de la Delta en comunicación con el mar Rojo fue por lo que Ramsés II restauró con grandes gastos el canal de los dos mares, cuyos vestigios se hallaron al cavar el canal actual. Estaba jalonado por las ciudades de Pi-Ramsés, Bubastis y Pithom y por estelas de granito erigidas sobre un alto pedestal que decían a los navegantes maravillados la gloria del rey y la osadía de sus designios.34

Supongamos, pues, que los buques llegados de Siria han descargado viajeros y mercaderías en el muelle de Pi-Ramsés, y que van a tomar otros con destino al país de Punt. Son kebenit, es decir, navíos del tipo giblita, construidos ya sea en Biblos mismo y vendidos a los egipcios por los libaneses, ya sea en los astilleros navales de los egipcios, pero con maderas importadas de Siria y según el modelo de Biblos. De ellos tenemos dos representaciones. La más antigua data de Sahuré, la segunda de la reina Hachepsiut.35 Ahora bien, en este intervalo de más de un milenio, el tipo casi no ha variado. Un largo casco provisto a proa de un espolón, cuya popa se levanta y hace una curva para terminar en una enorme umbela. Dos puestos de observación, uno a proa, otro a popa. Doble gobernalle, uno de cada lado, cerca de la popa. Una enorme maroma sostenida por cuatro postes ahorquillados unen las dos extremidades del casco. Un mástil único, mantenido por cuatro cabos, colocado no lejos del centro, sostiene una vela única más ancha que alta. La tripulación es numerosa, pues en cuanto el viento no henchía la vela, los marineros echaban mano a los remos. Esos marineros son hombres experimentados "que habían visto el cielo, que habían visto la tierra, que eran prudentes, más que las bestias salvajes, que sabían predecir la tempestad antes de que estallara". Representantes de Su Majestad, escribas, soldados, forman parte de los viajeros. Han cargado los barcos con los buenos productos egipcios que los indígenas de Punt aprecian más, objetos de adorno, espejos, armas. La flota parte, saludada por el rey, penetra en los canales, deja atrás a Pitún donde los hebreos trabajan haciendo ladrillos, y llegan a la Gran Verde. De una o de otra de ambas riberas de la Tierra divina un vigía ha visto y anunciado los navíos egipcios. El rey, la reina y los jefes salen de las chozas construidas sobre pilotes en una laguna, y cabalgan en asnos para ir al encuentro de los egipcios. Son altos como ellos, de anchos hombros. La cabeza es redonda. Tienen la barba trenzada como la de los dioses del valle del Nilo y de los faraones. La única diferencia está en que es natural, mientras que la egipcia es postiza. Llevan al cuello un medallón redondo como el que está de moda entre los sirios. La reina es una persona muy extraña. No es más que un montón de carne temblorosa, y

32 MONTET,Drame d'Avaris, 26-28.

33 El principal documento sobre los viajes de los egipcios al país de Punt se hallaba en el templo de Hatchepsuit en Deir el Bahari

(NAVILLE,Deir el Bahari, III, 69-86 y Urk., IV, 315-355). Para esos viajes en tiempos de Tutmosis III, cf. Urk., IV, 1097, Wr. Atl., I, 334; en tiempos de Amenofis II, Wr. Atl., I, 347-348; en tiempos de Horonemheb, Wr. Atl., II, 60; en tiempos de Ramsés II y Ramsés III, Pap. Harris, I, 77-78.

34 M

ONTET,Brame d'Avaris, 131-133.

asombra que pueda caminar. La hija, aunque joven, no está lejos de igualarla. Los dibujantes egipcios ponen tamaños ojos ante aquel mundo tan nuevo para ellos. ¿Han anotado, a hurtadillas, en un trozo de papiro un esbozo de sus huéspedes, o han esperado su regreso a bordo para fijar el recuerdo de la expedición? Lo cierto es que han hecho un cuadro asombroso y que han reproducido con escrupulosa fidelidad cuanto merecía ser anotado, el rey y la reina, la aldea y sus habitantes, los pescados y los crustáceos.

Pronto levantan una tienda y se cambian palabras de bienvenida. Los indígenas adoran con respeto a Amonrá, dios primordial que recorre los países extranjeros. Se sienten dichosos de ver a los egipcios y saben perfectamente qué quieren. Sin embargo, hacen como que se asombran y preguntan: "¿Por qué razón habéis alcanzado esto en un país desconocido de los hombres? ¿Habéis bajado del cielo? ¿Habéis navegado por agua o por tierra? Cuan fértil es la tierra divina que holláis. Es Ra, el rey de Tomery. No hay trono alejado para Su Majestad. Vivimos por el soplo que Ella da." Siguiendo las órdenes del palacio Vida, Salud, Fuerza, ofrecen a los soberanos pan y cerveza, vino, carne y frutas y todas las cosas que hay en Tomery.

Veamos ahora la lista de lo que se embarcará en los buques de los egipcios. No han perdido en el trueque. Todos los hermosos troncos de Tonutir, montones de granos de incienso, árboles de incienso verde, ébano y marfil, oro fresco de Amu, tres perfumes (tichepses, jasit, ihmet), terebinto, colirio negro, dos especies de monos, lebreles, pieles de panteras del mediodía, siervos con sus hijos. Todo eso era muy precioso, pero después de todo las caravanas que venían del Alto Nilo traían también ébano y marfil, pieles de pantera y otros productos, pero lo que éstas no traían y lo que valía el viaje con sus penas y sus riesgos, eran los árboles de Tonutir, los granos de incienso y sobre todo los treinta y un árboles de incienso envueltos como por el mejor jardinero de Francia con sus raíces y su tierra de origen. No hay que asombrarse, pues, si los afortunados navegantes fueron recibidos con aclamaciones cuando atracaron al muelle de Apit-esut. Los acarreadores, dichosos de penar para servir al rey, se dirigen a los árboles verdes como seres sagrados: "Sed felices, con nosotros, árboles de incienso que estabais en Tonutir en el dominio de Amón donde estará vuestro lugar. Makeré (la reina) os hará crecer en su jardín a ambos lados de su templo, como lo ha ordenado su padre."

Los puntinos habían preguntado a sus visitantes si habían llegado por tierra o por mar. Para ir de Egipto a Punt se podía, en efecto, elegir entre esos dos medios de viajar. Antes que los Ramsés y aun antes que la reina Hachepsiut, en la XI dinastía, un explorador llamado Henu fue de Egipto a Punt y regresó viajando ora por tierra, ora en barco. Su señor le había encargado que comprara incienso fresco a los jeques del desierto. También había de difundir el temor al Faraón. Su viaje tenía, pues, un doble fin, comercial y político: "Partí de Coptos —dice— por el camino que Su Majestad había fijado. Los soldados que estaban conmigo eran del mediodía, en el dominio de Uabut, desde Gebelein hasta Chabit. Como en toda función real, la gente de la ciudad y de la campaña reunida marchaba detrás de mí. Los batidores abrían el camino delante para derribar a los enemigos del rey. Los hijos del desierto iban colocados como guardias de cuerpo. Todos los empleados de Su Majestad se hallaban bajo mi mando. Estos se hallaban en conexión con los mensajeros. Con una orden única Su Majestad entendía millones."

"Marché con un ejército de tres mil hombres. He transformado el camino en río, el país en un rincón de prado. Además, cada día daba a cada hombre un odre, un bastón, dos jarras de agua y veinte panes. Unos asnos llevaban cántaros. Cuando alguno se cansaba, otro lo reemplazaba. He hecho doce cisternas en el uad, dos cisternas en Idahet, que medían veinte codos por treinta. He hecho otra en Iaheteb que tenía diez codos de cada lado, en el punto en que se juntan las aguas.

"He aquí que llegué a la Gran Verde. Hice este navio. Lo equipé de todo. Hice para él una gran ofrenda de bueyes silvestres, de bueyes africanos y de ganado menor. Después que estuve en la Gran Verde hice lo que había ordenado Su Majestad y le traje todos los productos que encontré en ambas riberas de la Tierra divina (Tonutir). Regresé por Uag y Rohanu. Le traje piedras magníficas para las estatuas de los santuarios. Jamás había llegado cosa igual a la residencia real. Jamás había sido hecho nada igual por ningún conocido del rey desde el tiempo del Dios."36

Se trata, como se ve, de una expedición de envergadura. Henu ha cruzado el desierto con tres mil hombres. Guiado por los hijos del desierto, permaneciendo vinculado a la residencia, se dirigió hacia el sudeste, en lugar de tomar la ruta ordinaria, que iba derecho al este. Y perforando cisternas, llegó al punto del litoral

donde más tarde se hallará el puertecito de Berenice. Ahí construyó un navio, afirma, sin duda con materiales importados del Líbano y llegados por mar. Arribó al país de Punt, visitó las dos orillas de la Tierra divina, compró incienso y de todos los productos de esos países. Al regreso, dejó su barco en Qoseir, de donde pasó al valle de Rohanu. Ahí se detuvo, no para descansar, sino para preparar un cargamento de piedras destinado a los talleres de escultura. Henu empleó verdaderamente bien su tiempo y mereció que su nombre se cite entre los exploradores de la antigüedad, pues al romano Aelio Galio, en el reinado de Augusto, le costó mucho trabajo renovar su hazaña.37

Aprovechando la experiencia adquirida, las expediciones a Punt, en tiempos de Ramsés III, utilizaban la ruta de tierra y la de mar. Dicho rey organizó esas expediciones con poderosos buques y grandes barcas de escolta. El personal lo formaban marineros, arqueros, con sus comandantes, y abastecedores. Embarcaron enormes cantidades de víveres y mercaderías a la vez para alimentación de los tripulantes y para facilitar las transacciones. Según el cronista egipcio, esa flota no salió del mar Rojo, sino del mar de Mu-quedi, que no puede ser otro sino el golfo Pérsico, pues Mu-quedi (el agua del país de Quede) en la Naharina, es el nombre que los egipcios daban al Eufrates.38 Puede que Ramsés III consiguiera hacer arrastrar los abetos del Líbano hasta el Eufrates, como lo hizo otrora Tutmosis III,39 y construyera una flota a orillas de ese río. Quizá negoció con el rey de Babilonia un acuerdo según el cual sus soldados y funcionarios que habían llegado al Eufrates pudieron embarcarse y continuar su viaje en navíos babilonios. Sea como sea, la flota que llevaba a los enviados de Ramsés III debió bajar por el Eufrates y rodear la enorme península arábiga para alcanzar sin tropiezo, gracias al temor que inspiraba el nombre del Faraón, el país de Punt.

Las cosas ocurrieron entonces como en tiempos de la reina Hachepsiut. Los egipcios tomaron contacto con los indígenas, les entregaron los regalos del Faraón. Y cargaron los navíos y barcas con productos de Tonutir, con todas las maravillas misteriosas de sus montañas; sobre todo no olvidaron el incienso seco. Remontaron el mar Rojo hasta el golfo de Suez, alcanzaron el valle del Nilo por el canal de Pithon. Pero, mientras tanto, los hijos de los jefes de Tonutir habían desembarcado, ya sea en la región de Berenice, ya sea en la de Qoseir con sus productos. Se formaron en caravana, cargaron sus mercancías en burros y en hombres. Llegaron en perfecto estado a la montaña de Coptos, en ésta se embarcaron en transportes fluviales y acabaron por llegar a Tebas en fiesta. "Hubo un desfile de los productos y de las maravillas —concluye el rey— en mi presencia. Los hijos de sus príncipes saludaban mi rostro, besaban la tierra, se echaban de bruces en mi presencia. Los he dado a la Enéade de todos los dioses de este país para satisfacer a sus príncipes de mañana."

Puede suponerse, aun cuando no esté dicho expresamente, que los caravaneros llegaron a Coptos o a Tebas al mismo tiempo que los que habían seguido el viaje en barco. La decisión de utilizar dos medios de viajar tenía evidentemente la finalidad de aumentar las posibilidades de recibir los productos de Punt, pues los riesgos del viaje por mar eran grandes. Cuántos buques perecieron por completo, sin que un solo sobreviviente pudiera contar como el náufrago poeta: "La tempestad sobrevino cuando estábamos en la Gran Verde, antes que hubiésemos alcanzado la tierra. El viento se levantó. Aumentó. Llevaba una ola de ocho codos. Una tabla: la arranqué. Y el barco zozobró. ¡De los que en él se hallaban ni uno queda!"

37

ESTRABÓN, XVI, 22.

38 Esta expresión sólo se halla en el Papyrus Harris 1 y en una estela de Tutmosis I (G

AUTHIER,Dict. Géogr., III, 33). Se traduce generalmente Muqedi, agua invertida, porque los egipcios habían observado que el Eufrates corría, a la inversa del Nilo, casi del norte al sur. En realidad, los egipcios, a quienes gustaban los chistes, han escrito el nombre del país de Qede como el participio del verbo qdy.

Barco de la reina Chnemtamun navegando hacia el país del incienso.

Era un hermoso viaje, pero los egipcios, en el reinado de Ramsés II, habían llevado a cabo otros más lejanos y audaces aún, de los cuales oyeron hablar los autores clásicos. En efecto, desde siempre los egipcios empleaban la piedra azul, el lapislázuli, que no se encuentra sino en los desiertos africanos.40 Todo el lapislázuli que conocieron los antiguos procedía de un solo país, la Bactriana, que podía comunicar con Siria y Egipto por tierra, y más cómodamente, quizá, bajando el Indo y siguiendo la costa, como había de hacerlo Nearco, hasta la desembocadura del Eufrates. Los egipcios no iban en busca del lapislázuli a su país de origen. Se contentaban con comprarlo en una ciudad que ellos llamaban Tefrer,41 que si no me equivoco es Sippar, ciudad muy bien situada sobre un canal que une al Tigris y al Eufrates, muy cercanos uno de otro en esa región. En Egipto era sabido que el lapislázuli venía de Tefrer, y ese nombre de ciudad era, además, el que se daba a una piedra proveniente del mismo lugar, que no está identificada.

Ahora bien: sucedió que un año, el Faraón, que estaba en el Naharina y se hallaba ocupado en recibir el homenaje de los príncipes extranjeros, vio llegar a él al rey de Bakhtán, el rey de Bactriana en persona, que le ofreció su propia hija y hermosos regalos y solicitaba su alianza. El Faraón aceptó y volvió a Tebas con la princesa. Algún tiempo después un enviado del rey de Bakhtán llegó pidiendo audiencia, y apenas recibido informó al Faraón que la hermana de la princesa estaba enferma. El Faraón envió al país de Bakhtán uno de sus mejores médicos designado por la Casa de vida, pero la princesa no se curaba y un nuevo emisario hizo el largo viaje de Bakhtán a Egipto. Puesto que el médico no había tenido éxito, no había más que enviar un dios al país de Bakhtán. Se eligió al dios Khonsu, el que regula los destinos. Partió en un gran barco escoltado por cinco más pequeños y llegó a Bakhtán en un año y cinco meses, cosa que no parece inverosímil si se piensa en que la flotilla cruzó todo el mar Rojo, rodeó Arabia, siguió la costa de los ictiófagos, y remontó el Indo hasta un punto donde desembarcaron los pasajeros para llegar a la residencia del rey de Bakhtán. El dios permaneció tres años y nueve meses en dicha residencia. Luego el rey, a pesar suyo, dejó que volviera a Egipto con numerosos regalos y una fuerte escolta de soldados y caballos. El primer mensajero de Bakhtán había llegado a Tebas en el año XV. El dios volvió a su casa en el año XXXIII.En el intervalo han ocurrido el primer viaje del enviado y su regreso con el médico egipcio, el segundo viaje y su regreso con el dios, y por último, luego de tres años y nueve meses de espera, la vuelta del dios a Egipto. La distancia entre Tebas y Bakhtán fue recorrida cinco veces.

La estela del Louvre en que se refieren esos acontecimientos tiene en todas partes el aspecto de un documento oficial.42 Principia con un protocolo real cuyos tres primeros nombres han sido sacados del protocolo de Tutmes IV, el primer soberano del Nuevo Imperio que haya desposado a una princesa extranjera, mientras que los dos cartuchos son idénticos a los de Ramsés II. Creemos que ésa no es razón para datar el documento de la baja época y considerar esa historia como inventada enteramente. Los reyes de la antigüedad se escribían mucho, y los médicos egipcios eran muy solicitados en el extranjero.43 El recuerdo de las expediciones de Sesostris, en el mar de Eritrea, aún estaba latente en tiempos de Alejandro Magno.44 No tiene nada de inverosímil que Ramsés haya querido comunicarse directamente con el país de donde Egipto recibía desde hacía tantos siglos una piedra preciosa tan apreciada de los escultores y del público.

40 L

UCAS,Ancient egyptiam materials and industries, 2ª ed., pág. 347.