CHAPTER 3: METHODOLOGY
3.1 Introduction Error! Bookmark not defined.
Mientras que es posible mostrar con relativa facilidad que la fe del ser humano debe articularse de modo social y públicamente tangible, sobre todo si no quiere permanecer en último término ambivalente e indecisa en una situación en la que se hace necesario tomar una opción, resulta en cambio muy difícil fundamentar por qué la fe debe «institucionalizarse» cabalmente en la forma del bautismo con agua. ¿Acaso es el bautismo –máxime hoy, en medio de un cristianismo rutinario de numerosos cristianos de partida de bautismo– un signo tan inequívoco? ¿No puede convertirse incluso en un signo sumamente ambivalente allí donde el ser cristiano y la pertenencia a la Iglesia no solo forman parte de las buenas maneras, sino que quizá hasta constituyen la condición sine
qua non para el prestigio, el desarrollo personal y profesional y el estatus social? Cabe
objetar, por supuesto, que en este mundo, nos guste más o menos, no existe ningún signo del todo inequívoco. Así como el beso más apasionado puede ser mentira, así también una buena bronca puede ser expresión de un afecto muy profundo y de la preocupación por la otra persona. Pero justo por eso permanece abierta la pregunta de por qué la Escritura y la tradición declaran precisamente que este signo del bautismo es necesario para la salvación. La teología tradicional intenta aproximarse a esta pregunta con ayuda de la distinción entre necessitas medii (necesidad del medio en razón de una conexión derivada de la naturaleza de la cosa) y necessitas praecepti (necesidad del precepto en razón de una expresión positiva de la voluntad divina en la historia de la salvación). La necesidad del bautismo se caracteriza como necessitas medii y necessitas praecepti a la vez. Esta distinción no está exenta de problemas. Puesto que todo el orden salvífico descansa en la libre disposición divina, en él solo puede darse una necessitas medii en un
sentido análogo, lejanamente análogo. De ahí que nunca pueda darse una necesidad salvífica necesaria en sentido estricto desde la naturaleza de la cosa; antes bien, siempre se trata tan solo de una necesidad salvífica libremente (lo que no es sinónimo de arbitrariamente) establecida por Dios[184]. Por eso, la necesidad salvífica del bautismo
únicamente puede fundarse en el acontecimiento Cristo. Hay que mostrar que el bautismo con agua es, en el caso normal, el único modo históricamente posible que hoy tenemos para enlazar con la historia de Cristo. Solo en la medida en que es el modo histórico que permite asumir inequívocamente en la fe, de manera corporal y tangible, la historia de Cristo como mi propia historia, el bautismo con agua es también la forma – necesaria desde la naturaleza de la cosa– en que debe articularse la fe en Cristo.
La Iglesia primitiva recorrió de hecho esta vía histórica de fundamentación en tanto en cuanto atribuyó su praxis bautismal al encargo del Resucitado (cf. Mt 28,19s; Mc 16,16). Es cierto que en la actualidad los exégetas están casi unánimemente convencidos de que el mandato bautismal, en especial en la forma en que aparece en Mt 28,19s, representa ya una reflexión y legitimación recapituladora de la praxis bautismal protocristiana y no se encuentra al comienzo, sino al final de un desarrollo[185]. Pero eso
no cambia para nada el hecho de que la Iglesia primitiva albergaba por principio la convicción de que en su praxis bautismal no actuaba por iniciativa propia, sino más bien obedeciendo a su Señor. Por supuesto, esta legitimación de la praxis de la Iglesia primitiva no se puede demostrar históricamente, como tampoco cabe hacerlo con la legitimación del mensaje protocristiano de la resurrección invocando las apariciones del Resucitado. Sin embargo, si se echa un vistazo panorámico a todos los demás «intentos de derivación» (a partir de las religiones mistéricas, del bautismo de prosélitos judío, de los baños bautismales de Qumrán, del bautismo de Juan) ensayados por la investigación histórica, se da «la paradójica situación de que el mandato del Resucitado, históricamente intangible, constituye la explicación histórica más verosímil del surgimiento del bautismo cristiano»[186]. Según la convicción cristiana, tanto en el bautismo como en la resurrección
hay un comienzo inderivablemente nuevo. Este nuevo comienzo no puede ser concebido una vez más a partir de la continuidad y la correlación con lo antiguo. Pero justo la inderivable novedad de ese comienzo es lo que constituye el mensaje de la salvación: se posibilita un nuevo comienzo, con lo que se atraviesan las constricciones de lo necesario y desprovisto de libertad, del estar atado por destino al pasado, de la esclavitud bajo los poderes de la perdición y el círculo vicioso del mal, y se fundamenta de modo definitivo la esperanza. La inderivabilidad de este comienzo tan solo es, por tanto, la otra cara del hecho de que se ha iniciado una nueva historia de libertad. En ella solamente puede volver a embarcarse el ser humano mediante una decisión libre.
El bautismo cristiano está, por razón de su origen, inseparablemente unido al nuevo comienzo de la cruz y la resurrección. Después de la Pascua no conocemos ningún tiempo inicial donde no existiera el bautismo. La aceptación de la fe en Cristo como el Resucitado estuvo asociada desde el principio con la recepción del bautismo. Por eso, solo dejándonos bautizar podemos también nosotros situarnos hoy inequívocamente en la
historia de la libertad posibilitada por la fe e inaugurada por la Pascua. En este sentido, el bautismo es necesario para la salvación (cf. Jn 3,5; Mc 16,16; Mt 28,19)[187]. Pero tal
necesidad salvífica del bautismo no debe entenderse, como tampoco la de la fe, a la manera de una ley abstracta. Debe ser entendida en el sentido de una invitación y una oferta a nuestra libre decisión. El precepto (Gebot) del bautismo es, en efecto, un aspecto intrínseco de la oferta (Angebot) salvífica del bautismo. De ahí que el mandato (Befehl) de bautizar tenga la estructura de la paráclesis neotestamentaria, que es precepto, exhortación y consolación a la vez[188]. No puede servir como razón jurídica para negar la
salvación a todos los no bautizados ni para obligar a alguien a bautizarse. Puesto que se trata de una llamada dirigida a la libertad humana, de él no cabe derivar directamente el deber de bautizar infantes. Al contrario, guarda relación con la misión de anunciar el Evangelio. Entendido desde el contexto global, el mandato de bautizar no quiere decir, por consiguiente, sino que el bautismo constituye la forma de expresión «objetiva», adecuada y pública del credo cristiano, hacia la cual tiende, conforme a su esencia intrínseca, la fe cristiana y sin la cual no alcanza su consumación «objetiva». De ahí que el llamado «bautismo de deseo» no sea un segundo camino hacia la salvación, complementario del bautismo propiamente dicho. Ambos son más bien dos fases y estadios de un todo en sí indivisible. Solo en el bautismo encuentra la fe cristiana su concreción exterior y su univocidad como confesión del nuevo comienzo salvífico históricamente posibilitado por la muerte y resurrección de Jesucristo. Mediante el bautismo, el creyente se inserta expresa e inequívocamente en la historia salvífica inaugurada con la Pascua.
En este contexto no es posible, por supuesto, siquiera sugerir la intrínseca relevancia salvífica del bautismo en todas sus dimensiones. Aquí nos interesa ante todo la
aproximación intelectiva, que únicamente desarrollamos en la medida en que es
necesario para nuestro tema, considerablemente más limitado. En consonancia con lo dicho hasta ahora, el bautismo puede definirse como un cambio de señorío o reinado[189].
Es característico del ser humano estar siempre bajo algún señorío. «De modo natural» se encuentra en el funesto contexto de perdición, pecado y alienación. A través de Jesucristo se le ha brindado la oportunidad de un nuevo comienzo y se le ha abierto un nuevo espacio vital, en el que ingresa por medio del bautismo. Así, en el bautismo somos arrancados de todos los antiguos poderes de perdición. O dicho en el lenguaje de la tradición, somos liberados del pecado original[190]. En Jesucristo nos es dado un nuevo
Señor. Él se convierte en norma y contenido de nuestra vida. El espacio abierto por Jesucristo en el Espíritu en cuanto poder de su presencia es, en concreto, la Iglesia. Como miembros de la Iglesia, en virtud del bautismo somos incorporados a un nuevo contexto de convivencia humana y a una nueva historia. Ello nos abre una nueva posibilidad existencial y nos regala nueva vida. Esta nueva vida es la libertad acaecida en Cristo, que se concreta en el servicio del amor. En ella irrumpe embrionariamente la nueva creación. Por eso, la Iglesia debe ser un signo de libertad y de esperanza para el mundo. Justamente porque tiene su fundamento en el bautismo y la fe, debe ser una institución caracterizada por la libertad.