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INTRODUCTION TO PART

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5 INTRODUCTION TO PART

El narrador-piloto comienza revelando su drama personal, la situación de soledad espiritual en que se halló desde niño por no encontrar personas que supieran descubrir los procesos creadores que se ocultan a menudo tras las apariencias cotidianas. El afán de seguridad lleva al hombre a conceder primacía a los modos de conocimiento exactos, controlables, incuestionables, y a relegar a un segundo plano, como algo falto de solidez, no serio —y, por derivación, infantil, en sentido despectivo— los modos de conocimiento intuitivos que se arriesgan a desbordar las «figuras» más a mano (nivel 1) para sorprender el sentido de las «formas» que laten en su trasfondo (nivel 2). Una figura, vista como lugar de vibración expresiva de una forma, se convierte rigurosamente en

imagen (nivel 2), realidad bifronte que ensambla dinámicamente la vertiente sensible y la

meta-sensible de los seres. Como facultad instauradora y perceptora de imágenes, la

imaginación no significa el poder humano de evadirse de lo real a mundos de ensueño y

mera ficción, sino la capacidad de dar alcance a los diferentes modos de realidad que — no siendo sensibles y figurativos— pueden hacer acto de presencia en la faz expresiva de lo sensible.

Debido a esta condición bipolar de la imaginación —facultad decisiva en todo proceso creador—, el análisis literario y el artístico deben apoyarse en un estudio sumamente preciso de los diversos planos de realidad en que se mueve el conocimiento humano y de las diferentes actitudes que el sujeto cognoscente puede adoptar respecto a los mismos.

Si a las vertientes de la realidad que son mensurables, asibles, ponderables, susceptibles de control y cálculo, reducibles a datos inventariables, fíchables, manipulables, las denominamos «objetivas» —por darse tales cualidades de modo especialmente nítido en las entidades que reciben el nombre de «objetos», pertenecientes al nivel 1—, las vertientes de la realidad que no ofrecen estas características aparecen, en principio, como «inobjetivas», término arriesgado porque sugiere una condición meramente negativa. Estas realidades no mensurables, no asibles, no ponderables, no susceptibles de control y cálculo, no inventariables ni manipulables —piénsese, por ejemplo, en una obra de arte, vista de modo integral, no en su mera apariencia sensible —, presentan, de hecho, las siguientes condiciones positivas:

—Son originarias, irrepetibles, únicas, incanjeables. —No se reducen a meros casos de un universal.

—Surgen de modo súbito, como fruto de un encuentro, de un juego creador, no de un acto meramente artesanal.

—Poseen modos de espacio-temporalidad superiores a los de las realidades objetivas. Si se considera la espaciotemporalidad propia de las realidades objetivas como «modélica», se tiende a caracterizar las realidades metaobjetivas como intemporales e inespaciales, lo cual suscita problemas insolubles a la hora de integrar el plano de las realidades objetivas y el de las in-objetivas, o mejor: super-objetivas o ambitales.

—Muestran capacidad de sorpresa, poder de iniciativa y expresividad, de apelación y respuesta. Son realidades abiertas, no cerradas.

—Ostentan un carácter envolvente, es decir, constituyen campos de posibilidades de acción con sentido, «espacios lúdicos» o «ámbitos» en los que puede el hombre inmergirse de modo activo-receptivo.

—Merced a este carácter ambital, pueden entreverarse fecundamente con otras realidades ambitales y fundar campos de iluminación (de alumbramiento de sentido y eclosión de belleza). Esta fecunda posibilidad de interacción constituye una de las razones fundamentales de la vuelta de la filosofía contemporánea a lo concreto.

—Se revelan a «distancia de perspectiva», que vincula una forma de cercanía con otra de distancia. Se ocultan al que está fusionado con ellas; se descubren al que forma con ellas un campo de juego por cuanto acepta el riesgo que implica el compromiso personal, el diálogo creador, la dialéctica de apelación y respuesta.

Para subrayar la existencia de estas condiciones positivas, conviene denominar «superobjetivas» a las realidades que las ostentan[1].

En virtud de esta doble vertiente —objetiva y superobjetiva— de las realidades del entorno, el hombre puede adoptar frente a ellas dos actitudes:

1. Una actitud objetivista, que intenta reducir todo género de objetos de conocimiento a meros objetos, con vistas a una fácil manipulación, cálculo y control de los mismos. Por afán interesado de dominio, la actitud objetivista gusta de reducir lo complejo a lo simple e interpretar los fenómenos estructurales como una mera suma de elementos integrantes.

2. Una actitud integradora[2], que respeta los distintos modos de realidad en toda su

posible riqueza. Es una posición desinteresada, atenta a responder a las apelaciones provenientes de los distintos planos de la realidad. De ahí su disposición a valorar el alto rango ontológico de las realidades que brotan en los acontecimientos de encuentro, con su condición relacional y su carga expresiva y simbólica.

La hermenéutica, disciplina filosófica orientada a la interpretación de textos y fenómenos expresivos, ha sabido poner al descubierto —tras innumerables tanteos, desde el pionero F. Schleiermacher hasta el contemporáneo H. G. Gadamer— que solo la actitud integradora constituye la base de un método adecuado al estudio de las realidades

superobjetivas, no susceptibles de «explicación» científica sino de «comprensión» filosófica.

El rigor cognoscitivo admite modos diversos en conformidad a los distintos objetos de conocimiento. Los objetos de conocimiento más simples son susceptibles de una explicación exacta, sobre la base de mediciones y observaciones verificables por cualquiera. Los objetos de conocimiento más complejos no son susceptibles de este género de clarificación; solo se revelan a un modo esforzado de «comprensión», de intuición inmediata-indirecta, es decir, de un modo de intuición que a través de ciertos elementos expresivos (o mejor: en ciertos elementos expresivos) entra en relación de presencia con las realidades que se manifiestan en ellos. El hombre que se mueve en nivel creador no busca tanto la seguridad en el conocer cuanto el ahondamiento en los

enigmas de la realidad. Por ello valora más, en el conocimiento, el grado de riqueza que

el de exactitud[3].