Chapter 2 Mutual Fund Preference for Pure-Play Firms ········································
2.1 Introduction ······························································
...¿De qué Adán anterior al Paraíso, de qué divinidad indescifrable somos los hombres un espejo roto? (Borges). Mas busca en tu espejo al otro, al otro que va contigo Antonio Machado
Un hermoso cuento de hadas
El danés Hans Christian Andersen, uno de los mejores cuentistas de hadas, escribió en 1845 el muy famoso cuento de la “Reina de las Nieves” que comienza con la historia de un espejo roto. Vale la pena leer ese primer capítulo en su totalidad para entender mi ensayo, como él mismo aconseja hacerlo para entender su historia.
Deben prestar atención al inicio de esta historia, porque cuando lleguemos al fin sabremos mucho más de lo que ahora sabemos de un muy mal duendecillo; era uno de los peores, porque era en realidad un demonio. Un día, estando de muy buen humor, hizo un espejo que tenía el poder de hacer que todo lo bueno o bello que en él se reflejara se redujera a nada, mientras todo lo que era sin importancia y malo aparecía crecido y malo como nunca. Los paisajes más lindos aparecían como espinacas cocidas, y las personas se veían odiosas, y parecían como que estuvieran de cabeza al suelo y no tuvieran cuerpo. Sus rasgos se distorsionaban tanto que nadie podía reconocerlos, y aun una simple peca en la cara parecía regarse sobre la nariz y boca. El demonio aquel decía que esto era muy chistoso. Cuando un buen o piadoso pensamiento pasaba por la mente de alguien resultaba distorsionado en el espejo; y entonces el demonio se reía de su invención astuta. Todos los que iban a la escuela del demonio –porque él tenía una escuela— hablaban en todas partes de las maravillas que habían visto, y declaraban que ahora la gente podía, por la primera vez, ver cómo eran en realidad el mundo y las personas. Llevaban el espejo por doquier, hasta que no hubo tierra o nación que no se hubiera mirado en el espejo de la distorsión. Quisieron incluso volar con él hasta los cielos para ver a los ángeles, pero a medida que volaban más alto más resbaloso se volvía el espejo y con dificultad podían sujetarlo, hasta que al fin cayó de sus manos, se precipió a la tierra, y se partió en un millón de partes. Pero ahora el espejo causó mucha mayor infelicidad que antes, porque algunos fragmentos eran más pequeños que un grano de arena, y volaron por el mundo a todos los países. Cuando uno de esos minúsculos
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Antropólogo, Profesor Titular, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Universidad del Valle.
átomos llegaba al ojo de un humano, permanecía allí pegado sin que él lo supiera, y desde entonces veía todo a través de un medio torcido, o podía sólo ver el peor lado de lo que miraba, porque aun el más pequeño fragmento mantenía el mismo poder que había tenido el espejo completo. Algunas pocas personas llegaron a recibir fragmentos del espejo en sus corazones, y esto era muy terrible, porque sus corazones se volvieron fríos como témpanos de hielo. Algunas pocas partes eran tan grandes que podían ser utilizadas como vidrios de ventanas; era muy triste si teníamos que mirar a nuestros amigos a través de ellas. Otras partecitas fueron utilizadas como anteojos; esto fue tremendo para quienes las usaban, porque no podían mirar nada con bondad o con justicia. A todo esto el malvado demonio reía hasta que se le movían las costillas – le causaba cosquillas ver todo el mal que había causado. Peor aún, quedaron unas cuantas partículas del espejo flotando en el aire, y van Ustedes a escuchar que pasó con una de ellas. (Andersen 1983; traducción de ESC)
Los otros seis capítulos del cuento hablan de la historia de dos niños, Kay y su amiguita Gerda. Kay, un niño bello y bueno, tiene la desgracia de ser afectado por uno de los fragmentos del espejo roto, y después de muchas peripecias, se encuentra al final de la historia, muy triste en el palacio gélido de la Reina de las Nieves, que está en el centro de un lago congelado, hecho de fragmentos de hielo, y llamado por la Reina “El Espejo de la Razón”. Kay intenta, con su distorsionada vista y con los fragmentos de hielo-espejo, construir muchas figuras que eran bellas (porque así se las hacía ver el fragmento de espejo que tenía en el ojo) pero no podía formar la palabra “Eternidad”. La Reina le había dicho: “Si tu logras hacerlo, serás dueño de ti mismo, te daré todo el mundo, y un par de patines para el hielo”. Cuando la Reina decidió ir a dar una vuelta por el mundo llegó Gerda, que había buscado mucho a su amiguito, y al verlo y abrazarlo lloró sobre su pecho y las lágrimas calientes penetraron el témpano que se había formado en su corazón. Kay lloró a su vez y al hacerlo se deshizo del fragmento del espejo maligno y pudo ver el mundo como es, y formar la palabra “Eternidad”. Los niños, después de muchas peripecias, recobraron su hogar y fueron muy felices desde entonces.
El ideal moral para hombres y mujeres
El espejo ha fascinado desde antiguo a los escritores de la literatura-arte. Fascinaba a Borges pero le causaba horror porque “cosa de magia [...] osas multiplicar la cifra de las cosas.” En la frase del epígrafe el escritor complica la metáfora: el espejo roto es imagen de un “Adán anterior” que nos persigue incesante, que proyecta como modelo inalcalzable “al otro que va contigo” de Machado. ¿Por qué Borges hace que el espejo aparezca como roto? Se me ocurre que quiere significar la imposibilidad sufrida de ajustar en la vida práctica “el ideal deóntico” que a cada uno persigue como “alteridad de la conciencia”; ésta emergió en cada historia personal desde cuando un puñado de los otros seres humanos que le rodean resultaron ser “Otros significativos” que, desde entonces, le acompañan por los caminos de la vida.
Las tres frases entre comillas del enunciado anterior (ideal deóntico, alteridad de la conciencia, otros significativos) son formulaciones densas que remiten a una teoría de la existencia humana, de sus procesos formativos, y más concretamente de los procesos cognitivos y mentales, que hoy está en la mesa de discusión entre antropólogos y psicólogos; ellas expresan una posición teórica de común
aceptación116 que tiene la ventaja de acercarse bastante, refinándola y precisándola, a la concepción del sentido común, es decir a la llamada “psicología popular” (Bruner 1990). El proceso de hacerse persona implica para el ser humano su dependencia de otros de los cuales los más cercanos y decisivos se llaman significativos; ellos, cuando el bebé llega al mundo le definen por vez primera, y de manera imposible de objetar (por tratarse de un bebé inmaduro), cómo es el mundo, cómo y quién es uno dentro de ese mundo natural y social, y cómo debe uno comportarse; luego, otros seres distintos de los primeros (los pares, los maestros, mucha gente más) le amplían esa definición primera, y le dan elementos para la constante tarea de cuestionar lo recibido y formarse mundos propios que, en el mejor de los casos, son productos autónomos, desde luego alimentados por las imágenes previamente recibidas, que son reorganizadas e integradas como modelos del ser y de la acción humana.
Resulta imposible continuar en la existencia como ser humano normal sin tener en la mente, como modelos cognitivos y valorativos, unas imágenes ideales que se denominan deónticas, en el sentido preciso de que responden al imperativo de “así deben ser las cosas, así se debe actuar”: son los modelos ideales y obligatorios para el ser y el hacer. Resulta igualmente imposible dejar de contar con al menos un grupo reducido de personas (en veces de personajes que no son simples humanos sino sobrehumanos, por ejemplo un Dios) que continúan siendo Los Otros Significativos, cuya estima o desestima es decisiva para que la existencia tenga un sentido. Al fin y al cabo de eso se trata, de caminar por el mundo con un sentido de orientación moral que resulta tan necesario ( del griego deon) como lo es la orientación física en el espacio geográfico (Taylor 1996: 25-52). Ese sentido moral tiene pues un norte, que son los Otros Significativos, que en el proceso cognitivo- afectivo de formación de la persona, llegaron a ser “internalizados” y actúan como una Voz que no puede dejar de ser oída, porque allí está; a esa Voz que transmite el ideal deóntico se le ha llamado de muchas formas, y con Paul Ricoeur (1995: 393-410) la llamaremos la alteridad de la conciencia. Volvamos al tema de espejo, que es una metáfora intercambiable con la de la Voz, para hacer notar que en Borges nosotros somos el espejo roto que refleja, ejecutándolo, el proyecto moral “Adán anterior” del ideal deóntico, mientras que en Machado, no somos nosotros el espejo, porque en él hallamos el ideal que nos persigue; pero la idea es la misma. Notemos también, que la transgresión al ideal deóntico, lo que en lenguaje de especialistas se llama la desviación del canon normativo, es lo más común, pues el ideal es, por definición, inalcanzable.
Como la desviación del canon es lo usual en la existencia, surge, según los entendidos (Sarbin, Ed., 1986; Polkinhorne, 1988)), la narrativa, la historia o relato de los hechos, como recurso para justificar ante la Voz (o el espejo), esas tramas de acción más o menos desviadas de la norma. La reunificación del espejo roto no es otra cosa, pues, que el éxito ante la alteridad de la conciencia y ante los Otros significativos, de las narrativas o historias justificadoras de las posibles transgresiones al ideal deóntico. Quien tiene el dominio de la palabra, quien aprende y puede hablar, podrá explicar, y así mantener su imagen moral justificada, aun en casos en que haya habido desviación del
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Autores como el psicólogo Jerome Bruner (1990), el antropólogo Cliffort Geertz (1973), y el filósofo Charles Taylor (1996) han elaborado adecuadamente la teoría, que es bien expuesta y precisada por el psicólogo Kenneth Gergen (1985) en su conocido libro The Social Construction of the Person y por los sociólogos T. Berger y T. Luckman (1968) en el también conocido texto The Social Construction of Reality, quienes a su vez se apoyaron en el clásico de G. H. Mead (1962), Mind, Self and Society.
canon. Recordemos a Kay tratando de armar, como en un rompecabezas, la palabra “Eternidad”, y cómo si lo alcanza adquiere el dominio de sí mismo, del mundo, y de un par de patines.
Es preciso decir algo, al final de esta sección, sobre una situación extrema: en la modernidad tardía que nos ha tocado vivir, sobre todo en las ciudades, se dan casos, al parecer cada vez más generalizados, en que el diagnóstico es una “pérdida de sentido” o “adelgazamiento del sentido” (Berger y Luckmann 1997) o “sentido del vacío” (Lipowestky 1993); otros hablan de prosaísmo (Pécaut 1994); se acabaron los valores unificadores y orientadores de la existencia y lo que resta es una trama de intereses mezquinos que guían la acción de cada día. En tales casos el proceso reunificador del espejo roto, es decir la narrativa justificadora, ya no es considerada necesaria por las personas supuestamente responsables de determinada secuencia de actos, pues la persona ni siquiera percibe que hay espejo. Otro proceso interesante, que complementa el prosaísmo y la intrascendencia, es el consumismo exagerado sobre el cual Jürgen Habermas (1975: 115) escribió en alguna ocasión diciendo que en la modernidad tardía la escasez de sentido tiende a ser reemplazada con bienes consumibles.
La singular situación de las mujeres
Pero hay una complicación más de la metáfora procedente de la literatura-arte pues en algunos autores, como en Andersen, el espejo roto habla, además del ideal moral, de una condición lamentable de dislocación y postración. Es el sentido que leo en Joyce (1961)cuando en el primer episodio de Ulysses pone en boca de Stephen Daedalus la frase de Wilde “the cracking looking glass of a servant” y la aplica al arte irlandés, que se parece al espejo roto de una sirvienta. Si leemos con detalle, la metáfora se complica aún más hasta reflejar nuestra histórica realidad colombiana, porque la sirvienta, prototipo de la mujer subordinada y desclasada, nos lleva con su mano untada de grasa, al punto central de la discusión que pretendo en el ensayo: la figura fragmentada y distorsionada de la mujer en nuestro medio. Como hay sirvienta sin señora, tenemos la tradicional dupla clasista; y como de ordinario, por lo menos en Cali, las sirvientas “son” negras o indias, ubicamos la dupla en el marco triangular socioracial, blancos arriba, indios y negros abajo, sobre el que se extendió Peter Wade (1993) en su reciente libro.
Nadie dudará en decir que entre las mujeres, desclasadas o no, indias-negras o no, y los espejos hay una relación demasiado particular para que pase desapercibida. Pero a más de mirarse, la mujer contemporánea, por lo menos cierto tipo de mujer contemporáneo, comienza a preguntarle al espejo no el viejísimo “dime, qué linda soy” o “soy más linda que...”, sino cuestiones más profundas (aunque esas otras preguntas también siguen haciéndose). Una poeta chilena, Eliana Navarro (2000), puso en el internet este poema:
Hacia adentro, muy hondo,
donde la risa tiene el temblor del sollozo, donde los ojos miran sin temor de mirarse, me contemplo al espejo de imágenes borradas, y ya no sé quién soy,
ni qué río me arrastra, ni qué fulgor me ciega.
los ríos de mi sangre, donde el mar incansable sus espumas levante,
donde el viento, con bárbara armonía cante, y cante.
Mirándola con detención, la relación con el espejo roto parece ser bien distinta para hombres y mujeres, y de la comparación salen en desventaja las mujeres; aunque hay hombres que –a más de mirarse en él para afeitarse—le hacen preguntas también. Son precisamente algunas de las mujeres, llamadas escritoras, las que señalan la diferencia de género frente al espejo porque han logrado hacerse a la palabra que era, según muchos análisis juiciosos, una exclusividad masculina. Una mujer escritora, Anne Paoli (2000), refiriéndose a otra mujer escritora, la novelista contemporánea Carmen Martín Gaite, a quien el tema ha preocupado, sugiere que son los héroes masculinos los que logran la unificación buscada cuando superan el doloroso trance de la fragmentación de la propia figura en el espejo. Ella fue quien adujo dentro de su argumento la historia de Kay, el niño héroe de Andersen, que logra superar el síndrome del espejo roto y reconquistar el dominio de sí, del mundo, y de un par de patines.
La imagen masculina, ocasionalmente rota, pero reunificada en el espejo recompuesto del ideal hegemónico aparece confirmada en los estudios empíricos que sobre la figura masculina en el Perú urbano adelanta la antropóloga Norma Fuller (1997) y en otros referentes a Latinoamérica que he podido revisar: aunque el tema no es tratado de frente (excepto en Fuller, que es mujer), sí es posible leer entre renglones esta fuerte diferencia de género.117 La anterior conclusión resulta más que obvia si nos concentramos en una franja de acción, la de los amores, que llegó a ser crucial como tradición deóntica, en aquellas culturas que se rigen por el conocido complejo del honor y la vergüenza118. Este complejo, propio del área que en antropología suele denominarse “Eurasia” (Norte de Africa, Europa toda, y parte del Asia Menor, incluyendo la India) puso en el centro mismo de la vida social, de un modo casi obsesivo, la sexualidad de las mujeres de casa (madre, esposa, hija, nuera, etc.); este “tesoro familiar” aparece amenazado por una conjunción curiosa: la creencia en la innata debilidad de las mujeres y la asechanza permanente de los hombres extraños a la casa. La lógica profunda de la historia en Eurasia, detectada por los antropólogos, apunta a dos vertientes de preocupación: el mantenimiento del patrimonio económico y de prestigio familiar que puede perderse en alianzas matrimoniales no controladas, y el control de los límites externos de la comunidad, amenazados por los puntos débiles que son, precisamente, las mujeres y su atractivo erótico y sexual (Goddard 1987). Los colombianos no necesitamos extendernos mucho en escribir en textos complicados este complejo cultural porque ha sustancia de nuestra historia, como bien lo documentan los tres tomos de la Historia de las Mujeres en Colombia (Velásquez, Ed. 1995) y bien lo ha descrito doña Virginia Gutiérrez (1968, 1988). Bien lo conocen, en efecto, las generaciones anteriores, por lo menos
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Véanse los estudios sobre masculinidades en Latinoamérica: Valdés y Olavarría, Eds. (1997 y 1998).
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Un resumen de este tema tradicional en la antropología mundial puede verse en Goddard (1987), quien remite a las fuentes tradicionales, en especial a Pitt-Rivers (1965), Caro Baroja (1974) y Peristiany , Ed. (1974), y para los límites simbólicos de la comunidad Douglas (1966). Virginia Gutiérrez (1968 y 1988) ha trabajado el tema con detalle para Colombia; y los tres tomos de la Historia de las Mujeres en el mismo país ( ref ) trae numerosos ejemplos de este complejo en plena acción.
campesinas: don Abel, abuelo muy querido en un pueblecito del Cauca solía saludar la llegada de sus nietas o vecinas con un saludo al padre a quien decía “!Bueno, amigo, a cercar mejor el patio... y a comprar más perros bravos!”.
El complejo del honor y la vergüenza tiene dos consecuencias importantes en la perspectiva del presente ensayo. Primero, las narraciones que nos traen, por ejemplo, los historiadores de la condición de las mujeres en Colombia sustentan ampliamente no sólo que ese complejo ha tenido plena vigencia en nuestro medio sino que las transgresiones al ideal deóntico del varón no fragmenta su figura en el espejo; a lo sumo la empaña, y levemente119. Y, segundo, la figura moral del varón, así protegida, adquiere una misión bifronte ante dos prototípicos conjuntos de mujeres que resultan en esta singular lógica cultural: el bien delimitado grupo de las mujeres de la casa, que son objeto de protección y vigilancia; y el grupo residual, abierto, e indefinido, de las mujeres “otras”, que se convierte en coto de caza erótica y sexual, y por lo mismo de abyección moral. Entre éstas mujeres “otras” hay un grupo que es particularmente abyecto, aunque paradójicamente funcional y atractivo120, el de las prostitutas de toda condición. Finalmente, es preciso notar bien que ambos grupos de mujeres, las buenas y las otras, no son tratadas por los varones como sujetos de la vivencia y acción en asuntos de amores, sino como objetos, de protección las unas y de depredación las otras.
Dada esta lógica cultural, la situación fragmentada de la figura femenina es, al parecer, irredimible. La novelista italiana Natalia Ginzburg, recordada por Carmen Martín Gaite, quien a su vez es citada por Anne Paoli (2000) –citas de citas como en los espejos de Borges— lo reafirma con referencia al espejo:
Cuando he escrito novelas, siempre he tenido la sensación de encontrarme en las manos con añicos de espejo, y sin embargo conservaba la esperanza de acabar por recomponer el espejo entero. No lo logré nunca, y a medida que he seguido escribiendo, más se ha alejado la esperanza. Esta vez, ya desde el principio no esperaba nada. El espejo estaba roto y sabía que pegar los fragmentos era imposible.
En la literatura femenina de Occidente esta imagen del espejo roto, con su triple sentido de ideal