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Invariant Generation using Linear Regression

6. SECURITY ANALYSIS AND INVARIANT GENERATION

6.2. DATA-CENTRIC APPROACH

6.2.2. Invariant Generation using Linear Regression

chos períodos históricos, geológicos y astronómicos-, el ser

humano adquiere la noción de que la realidad, tal como se la

ve, no es un modelo terminado, ni es una Creación hecha por

un ser superior para permanecer imperturbable; asimismo,

desarrolla la idea de que los animales, gente, instituciones,

países, continentes, estrellas constituyen sistemas dinámicos

en continuo cambio, que no son cosas sino etapas de procesos.

Los conceptos de proceso y evolución surgirían en el siglo xvüi;

preponderantemente en el xix con Hutton, Lamarck, Hegel,

Marx, Clausius, Darwin, Freud y otros sabios que adecuaron

sus disciplinas para entender situaciones dinámicas, procesos,

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¡ OH, EL PROGRESO no cosas inmutables. En los nuevos escenarios, en los que "La Creación" no está acabada, los pueblos y las personas se ven a sí mismos como productos históricos; como resultados de cam- bios que en parte dependen de lo que ellos mismos vayan haciendo (véase Blanck-Cereijido y Cereijido, La vida, el tiem- po y la muerte).

Todos aceptaron el cambio, pero hubo discrepancias en cuanto a su dirección: los pesimistas opinan que para mal, los optimistas que para bien, y llamaron al cambio "progreso"; los termodinamistas son progresistas en la escala humana y pesi- mistas en la escala cósmica.

Hegel (1770-1831) no sólo se ocupó del proceso dialéctico (tesis, antítesis y luego una síntesis más rica) sino que además puso el conocimiento filosófico en una perspectiva histórica, como si se tratara de estados de conciencia que se van superan- do con el tiempo: autoconciencia --> razón -+ espíritu --* religión --> conocimiento absoluto. Para él, la historia es el relato de una aproximación a la realización del espíritu, en el que el progreso se puede medir por la mayor o menor cercanía a esa meta. Una de sus consecuencias fue buscar la verdad en el mundo mate- rial, en la naturaleza, en el proceso histórico.

Para los positivistas, el progreso pasó a ser un "en sí": su meta pasó a ser el mismo hecho de progresar, y depositaron una fe tan ciega en la ciencia del siglo xix, que llegaron a medir el progreso por el progreso de la ciencia. En nombre de ese pro- greso se pasó a mutilar el planeta con el trazado de vías férreas y supercarreteras, con el talado de bosques y la desecación de lagos. Algunos críticos tempranos ironizaron sobre "la piqueta del progreso" al referirse a la actitud de demoler tesoros edili- cios para asentar una industria, cuyas emanaciones y desechos acababan con la flora y la fauna, además de disolver tanto es- culturas como pulmones.

Se operó un cambio aun en la religión. En el catolicismo, por ejemplo, se manifestó una tendencia historicista, que el papa Pio X se vio urgido a frenar en 1907 con un enérgico de- creto (Syllabus). En el contexto artístico aparecieron depura- dores como Matisse, Mondrian y Brancusi, que serían sucedi- dos por el expresionismo abstracto, el cual parecía augurar que el arte iría hundiéndose con la vida hasta desaparecer. La litera- tura buscaba la verdad en el simbolismo evolutivo y en las es-

! OH, EL PROGRESO!

187 tructuras que crea la mente (Rosa Beltrán, Postmodernismo ¿La modernidad revisitada?). Filosófica, social, cultural y cien- tíficamente, el hombre se propuso progresar a como diera lugar.

Marx y sus seguidores esperaban desembocar en el socia- lismo. Desgraciadamente, la implantación del socialismo mu- chas veces cayó en manos de burócratas asesinos, y aunque las monstruosas organizaciones engendradas por ellos nada tienen que ver con los ideales socialistas, los resultados están siendo manipulados por los intelectuales, sobre todo los del primer mundo, como base para asegurar que dichos modelos fraca- saron (algo así como si la defensa de la teoría de la evolución y la segunda ley de la termodinámica se les hubieran encomen- dado a Lenin y a Jrushov). El Paraíso Humano no se ha logra- do, y cientos de sectas religiosas se apresuran a proponernos en su remplazo nuevas versiones de Paraísos Divinos.

A su vez, la razón científica fue encontrada culpable sólo porque, en un momento dado, los incautos supusieron que era una varita mágica que resolvería todos los problemas y curaría todos los males. Eso ha puesto de moda quejarse de la moder- nidad y condenar a la ciencia. Pero lo que falló no fue la cien- cia, sino los pronósticos acerca de qué se iba a hacer con ella; la modernidad no es más que una utopía fabricada con expectati- vas exageradas y patológicas. Los literatos tuvieron, al menos, el buen tino de llamar a esas utopías "ciencia ficción", y hasta imaginaron unos cuantos infiernos tecnológicos.

La sensibilidad de escritores como Aldous Huxley (Brave new world) y Rachel Carson (Silent spring),y de actores como Charlie Chaplin (Tiempos modernos) los llevó a expresar sus preocupaciones referentes a que los seres humanos fueran sin- cronizadamente integrados a máquinas, controlados por com- putadoras, instalados en paisajes esterilizados por desechos industriales. Pero nadie los escuchó, pues eran momentos en los que ya habían comenzado a reinar los economistas, sumos

sacerdotes de las sociedades modernas.

Los grandes debates son siempre hechos por el sí o por el no, en blanco y negro; en realidad, en los grandes debates no se debate nada, sólo se puja. Por eso tengo pocas esperanzas en que hoy se entienda a quienes creyeron en el progreso, e hicie- ron esfuerzos por transformar el planeta de la suntuosa hacien-

188 ¡ OH, EL PROGRESO da de un noble atendida por millones de esclavos aturdidos en el hogar de millones de habitantes, con vehículos, hospitales, medios de comunicación, máquinas y leyes laborales que de

hecho llevaron la jornada humana a 8 horas diarias, permiten que un anciano no muera acarreando bolsas, redujeron drásticamente el número de lisiados por accidentes industriales, incorporaron a la mujer a la tarea humana, sacaron a los niños limpiadores del interior de sofocantes chimeneas y quitaron

cepos y grilletes a los locos.

El colapso modernista refleja el doloroso fracaso de un sueño de gente como nosotros, que creyó y trabajó sinceramente por un ideal; no, el plan macabro de crápulas que se proponían transformar al ser humano en un tornillo, y a su hábitat en un cajón de concreto desde el que envenena con sus desechos un paisaje calcinado. Por eso, si el desencanto filosófico con el modernismo y la ciencia sirve para revisar algunas categorías' que se tenía mal fundadas, bienvenido. Si en cambio se usa pa- ra eliminar toda validez de sentido, para descalificar al cono- cimiento, se está encubriendo un intento de dominación, un retorno oscurantista, cuyo análisis y comentario cae fuera del plan que nos propusimos para este texto.

Por ahora nos basta con tener en cuenta que, gracias a la investigación científica moderna, más de dos terceras partes de la gente que hoy continúa viviendo (y acaso quejándose de la ciencia) estaría muerta en las condiciones de la Edad Media, para tomar con pinzas las aseveraciones de las plañideras pos- modernistas y de la gente que da por supuesto que todo sucede en el orden de lo simbólico.

En los últimos años, el libro

El

fin de la historia y el último hombre del estadunidense Francis Fukuyama ha provocado grandes discusiones, tanto por las opiniones que vierte como por su apología del sistema de gobierno democrático liberal, así como por la inserción del autor en los cuadros intelectuales- políticos de los Estados Unidos. Un "liberal' es alguien que res- peta los derechos individuales, y una "democracia" (moderna) es un estado en el cual el pueblo elige a su gobierno mediante el sufragio universal. Pero una democracia no es necesaria- mente liberal: Irán, por ejemplo, tiene elecciones regulares pero es religiosamente intolerante. En cuanto al "fin de la historia", se refiere a la creencia de Hegel de que debería ser posible

OH, EL PROGRESO! 189

escribir una "Historia Universal", una teoría de todo lo que ha sucedido. A su vez "el último hombre" alude a una visión de Nietzsche: la homogeneización de todos los habitantes del pla- neta. Por estas tierras hispanoamericanas cabría traer a co- lación la masificación temida en el análisis de Ortega y Gasset. Esa situación se está alcanzando a medida que los estudiantes guatemaltecos ven por televisión que los estudiantes japoneses visten como ellos, protestan como ellos y bailan como ellos; que los obreros uruguayos observan que los obreros alemanes ha- cen piquetes de huelgas similares a los que hacen ellos; que las mujeres africanas y asiáticas constatan que las mexicanas lucen plácidamente sus cuerpos en las playas sin que Dios les envíe plaga alguna, y se enteran de que no a todas las mujeres del planeta se les arranca el clítoris ritualmente. Esa homoge- neización se va alcanzando a medida que los teatros para una selectísima minoría se van transformando en cines y videos en los cuales todo el mundo puede enterarse de los dramas que ocurren en familias estadunidenses, chilenas, francesas o ja- ponesas... aun en el caso de que se trate de estúpidas telecome- dias. Esa homogeneización se avecina en la medida en que hoy una gran mayoría de los habitantes puede escuchar un concier- to de Mozart en un cassette, muchísimas veces más de lo que lo oyó el propio Mozart. Hay gente que sólo ve el lado negativo de esta masificación y, en consecuencia, estorba su proceso.

Pues bien, según Fukuyama, una vez que se llegue a ese grado de homogeneización, supuestamente se evitarían las con- troversias entre quienes tienen y quienes no, entre quienes piensan de una manera u otra. Opina que la marcha hacia ese "fin de la historia" llegará a su meta cuando todo el mapa polí- tico del globo terráqueo esté compuesto de democracias libe- rales, habitado por "últimos hombres"; asimismo, que la única manera de ser felices en semejante escenario, consistirá en que esas réplicas inacabables del "último hombre" encuentren ocu- paciones interesantes. En fin, cabe opinar que, aun en el caso de que ésa vaya a ser la meta de la humanidad, no parece estar a la vuelta de la esquina.

Pero, a pesar de que el concepto de posmodernismo viene circulando en las esferas de los artistas y humanistas desde ha- ce unos cuarenta años; los políticos lo adoptaron de manera os- tensible hace unos quince, y los científicos todavía se pregun-

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¡ OH, EL PROGRES tan después de qué cosa (es decir ¿pos-qué?) se ubica el pos- modernismo. De hecho, ya surgen voces que lo cuestionan.

Así

Frederic Jameson (Postmodernism, or the cultural logic of late capitalism) opina que se trata de una historización del propio; modernismo. A su vez, nosotros, los subdesarrollados, tratando de colarnos en el vagón de los posmodernistas, damos un triste espectáculo: no hemos podido desarrollar un aparato científico técnico productivo eficiente, ni tenemos un marco cultural ade- cuado para conseguirlo; pero, por copiar esas poses posmo- dernistas, ya estamos facilitando el advenimiento de una inci- piente oleada oscurantista con sabor a Contrarreforma.

Sin embargo, la solución no parece consistir en quemar bi- bliotecas, museos y laboratorios y arrojarse por la ventana. In- 1 fierno por infierno, encuentro que el del primer mundo es mu- cho más confortable que el del tercero. Allá, los diablos tienen poder y recursos muy superiores a los de por aquí. Ellos nos aseguran que ya no creen en el progreso... pero no obstante siguen perfeccionándose, estudiando, investigando, sacándonos ventajas y recursos, tanto materiales como humanos. Sus inte- lectuales dicen estar convencidos de que, puesto que la Unión Soviética y la Europa del Este se han colapsado, las democra- cias liberales han triunfado y... ya: la historia ha terminado; pero, irónicamente, no han tenido el mismo poder de convicción con sus propios gobernantes, pues éstos siguen aferrándose a tratados sobre canales, bases militares, y penetración de em- presas transnacionales, como si se propusieran durar. El perio- dista Blas Matamoros (Paradojas), tras analizar las enclenques bases de quienes afirman que la historia ha terminado, señala que difícilmente podríamos convencer de dicho fin a nuestros pueblos, a los hambrientos, a los enfermos crónicos, a los iletra- dos de la periferia mundial y, muchísimo menos, a nuestros herederos. Por eso, yo seguiría insistiendo por ahora en cono- cer, desarrollar y perfeccionar el aparato científico hasta donde seamos capaces, tratando de modificar nuestra cultura para darle cabida y hacerlo posible.

Quienes más lamentan este colapso de las expectativas tec- nocráticas son los burócratas. Burocracia deriva del francés (bureau: oficina) y, hasta no hace mucho, se refería al gobierno por medio de empleados administrativos. Hoy en cambio los empleados han dado un paso al costado (nunca atrás) y, por lo

J OH, EL PROGRESO!

191 que observo, ahora burocracia significa "gobierno de las nor- mas"; tal vez de las mismas normas de las que se quejaban Ellul y Lefebvre, aunque al menos ellos tenían la ventaja de sa- ber quiénes las generaban: los gaullistas. Veamos algunos ejemplos, mediante ciertas rabietas personales:

Rabieta 1. Me disponía a comprar un automóvil mitad al contado y mitad en mensualidades cuando, en la lista de las co- sas que debía pagar, apareció una por concepto de averiguación de antecedentes sobre mi persona. "Si ustedes necesitan averi- guar sobre mí, paguen por su propia curiosidad." "Son normas", me contestaron. "Muy bien, argumenté, yo estuve averiguando sobre qué coche me conviene comprar y sobre la seriedad de su empresa. Hagamos así: yo les cobro por mis averiguaciones una cantidad exactamente igual." "Lo siento señor, son normas" insistió el vendedor, quien de pronto creyó descubrir que yo te- nía temor de que averiguaran mis antecedentes y solvencia eco- nómica, y decidió apaciguarme: "Vea, puesto que pagará la mitad al contado, le prometo que no averiguaremos nada sobre usted. Eso sí puedo decidirlo. Pero no puedo dejar de cobrarle por la averiguación: normas son normas." Pedí entonces que me trajeran a la persona que había implantado tales normas, para poder discutir con ella mis puntos de vista. El empleado no me entendió. No compré ese coche, pero sentí que mis princi- pios pueriles quedaban a salvo.

Rabieta 2. En el aeropuerto de cierto país (no vale la pena aclarar cuál, pues todos lo hacen en estos días) se me requería que marcara en el casillero correspondiente si viajaba por placer, estudios o negocios. Como estaba viajando a un con- greso, me pareció que la planilla no consideraba mi caso. No marqué nada... razón por la cual se me hizo a un costado y sólo se me atendió una hora después, cuando se hubo marcha- do hasta el último pasajero, momento en el cual el oficial marcó "negocios".

Rabieta 3. Una burócrata requirió que escribiera en su pla- nilla el nombre del jefe de mi familia. "En mi familia no hay je- fes", expliqué. "No importa, ponga su nombre... o el de su es- posa", agregó con sorna. "Va en contra de mis principios", me negué. Salvé mis principios, pero no obtuve el seguro que esta- ba gestionando.

192 ¡ OH, EL PROGRESO ñarme, que me hago mala sangre y no consigo otra cosa que perjudicarme, pues "son normas establecidas". De modo que no parece quedarme otra alternativa que entrar por los bretes bu- rocráticos y aceptar una relación asimétrica, en la cual no pue- do argumentar, pues el burócrata que me enfrenta no está en condiciones de decidir absolutamente nada.

Él y

yo estamos atrapados por las normas.

El filósofo vasco Nicanor Ursúa, analista de las consecuen- cias éticas de la ciencia y sus actividades asociadas, encuentra que hubo una instancia en la cual se buscaba que la com- putación pudiera facilitar a la tarea humana; además, una se- gunda, la actual, en que se invierte el proceso y se modifica la tarea humana para que cumpla con las necesidades de la com- putación. La computadora ya no es vista como una especie de cerebro de segunda categoría, sino que los humanos hemos pa- sado a ser computadoras de segunda. Ursúa entiende que esas tendencias son partes de un proceso más amplio por el cual el hombre-máquina (antes se quería que cumpliera una función) está siendo suplantado por el hombre sintético (ahora se quiere que tenga una estructura determinada). Ursúa aún trepida al recordar una exposición industrial efectuada en Chicago, que exhibía ufanamente el lema "La Ciencia descubre, la Industria hace, el Hombre se conforma"; pero uno teme que la palabra "conforma" pronto pueda ser remplazada por "resigna" o "desa- parece".

Sin embargo, como hemos discutido en un capítulo ante- rior, nosotros los investigadores, incluso en nuestra profesión, seguimos insistiendo en evalúos y catalogaciones de número de artículos originales, número de artículos de divulgación, número de capítulos, de cursos impartidos, de citas bibliográ- ficas, de graduados, etcétera, para introducir normas que pue- dan ser procesadas por computadoras operadas por buró- cratas, que eliminen el "error humano". Lo malo es que con el error se elimina también lo humano. Pero, como se suele ex- plicar, son normas, y resulta imposible discutir con una nor- ma. Al tratar de poner en práctica una tecnocracia los cientí- ficos hemos fallado, pero los burócratas, provistos ahora de computadoras, lo siguen intentando; para ello exigen que mar- quemos las cruces correspondientes, nuestras cruces, en las planillas que nos dan.

¡ OH, EL PROGRESO! 193

Que los científicos no puedan establecer un gobierno tecno- crático no descarta que haya aspectos cruciales del Estado, cu- yo manejo les concierne de dos maneras: a] porque no se pue- den manejar sin su participación, y b] porque el asunto que se intenta manejar es la misma investigación. Hay, por así decir, una doble política científica. Veamos:

Política científica 1. Asuntos del Estado que no se pueden manejar sin la participación de los científicos.

En realidad, ya casi no quedan aspectos que se puedan manejar sin contar con un altísimo nivel de conocimiento. Pero, en algunos asuntos, la participación directa de los cientí- ficos resulta más crucial aún. Winston Churchill, por ejemplo, llegó a amenazar a los científicos británicos con adoptar medi- das represivas si no acataban dócilmente y aplicaban sin chis- tar las decisiones que él tomaba en relación con la energía ató- mica. Algunos países crearon campos de concentración de lujo para sus investigadores, a quienes les averiguaban los antece- dentes políticos y los de sus parientes, les restringían los viajes, les filtraban la correspondencia, las llamadas telefónicas, las visitas, etcétera.

Se trata de asuntos de alta técnica, en los que la participa- ción de los científicos no sólo se necesita para poner en práctica una solución conocida; sino también porque involucra aspectos que aún son tema de investigación, tales como el uso de ener- gía atómica, el empleo de recombinación genética, y el ensayo de nuevos medicamentos. En estos casos, la diferencia entre

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