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Investigation and evaluation of Concept

In document Crossing Cultural Chasms (Page 162-171)

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5.3.2 Investigation and evaluation of Concept

La organización militar del imperio incaico estaba calcada de su estructura administrativa, por la sencilla razón de que, fuera de la guardia de corps del emperador, los soldados eran campesinos que se llamaban a las armas en caso de guerra, dentro de su marco social y con sus cuadros habituales. Así las decurias, medias centurias, centurias, etc., se convertían en unidades militares, sustituyendo sus herramientas de trabajo por armas, con la simple superposición de jefes incas. Así cada Haeret danés proporcionaba uno o varios combatientes, que se organizaban en centurias. En Mesoamérica, por el contrario, los campesinos-soldados — a los que se agregaban, en el país maya, cuerpos de mercenarios— se levaban por calpulli o por aldea, formando unidades de estructura muy variada, como sucede en todo régimen feudal o comunero.

Lo que aztecas e incas tenían en común —no así los mayas— era la institución militar que bien tenemos que designar, pese al anacronismo etimológico, con su nombre europeo de

caballería. Tanto en el Anáhuac como en Altiplano del Perú existía, en efecto, una minoría de

formación militar y religiosa que respetaba una escala de valores encabezada por el heroísmo, el honor y el servicio y que ocupaba una posición privilegiada en la sociedad. Sin embargo, su organización no era la misma en ambas regiones.

En México, la Orden de los Caballeros Águilas y Caballeros Tigres tenía una estructura y un papel en todo semejantes a los que caracterizaban, en la misma época, a las órdenes militares europeas. Sus miembros desempeñaban altas funciones en la Corte y el Ejército. Pero eran monjes-soldados que tenían su propia jerarquía y su propia regla —sin hablar de uniformes especiales— y constituían un factor de poder monolítico, con gran incidencia en la conducción del Imperio. Seleccionados según normas que desconocemos, entre los hijos de las familias aristocráticas, eran formados en monasterios-fortalezas muy semejantes a las commanderies del Temple e iniciados en el curso de una ceremonia que el cronista Muñoz Camargo nos describe así:

"Se armaban caballeros con muchas ceremonias, porque ante todas las cosas estaban

encerrados cuarenta o sesenta días en un templo de sus ídolos y ayunaban este tiempo y no trataban con gente más que con aquellos que los servían, y al cabo de los cuales eran llevados al Templo Mayor y allí se les daba grandes doctrinas de la vida que habían de tener y guardar; y antes de todas estas estas cosas les daban vejámenes, con muchas palabras afrentosas y satíricas, y les daban de puñadas con grandes represiones y aun en su propio rostro... En todo el tiempo del ayuno no se lavaban, antes estaban todos tiznados de negro con muestras de grande humildad para concebir y alcanzar tan gran merced y premio, velando las armas todo el tiempo del ayuno según sus ordenanzas, usos y costumbres entre ellos tan celebradas".

Los Caballeros Águilas y Tigres tenían por función principal la de dedicarse a la "guerra

florida", cuyo propósito era conseguir prisioneros para los sacrificios. No se trataba de una

guerra de odio, ni de conquista siquiera, sino de parte de un ritual que suponía el respeto del adversario y tenía normas que nadie violaba. Nada más extraño a los mejicanos que nuestra guerra total. Ante un casus belli, se entablaban negociaciones con el enemigo. Sucesivos embajadores cruzaban libremente las líneas y trataban de conseguir la sumisión del adversario por medio de conversaciones corteses en las cuales se intercambiaban marcas de consideración. Si las negociaciones fracasaban, los últimos embajadores se retiraban, no sin obsequiar a sus interlocutores con escudos, espadas y flechas, "para que nadie pudiera jamás decir que se los

había vencido a traición".

También en la guerra se respetaban convenciones estrictas. Así, la muerte o captura del general o la toma de la bandera significaba la pérdida de una batalla, y el incendio del Templo Mayor acarreaba la rendición de una ciudad. El mismo espíritu caballeresco presidía el final del conflicto. El vencido conservaba sus autoridades, sus dioses y sus costumbres. Pero su príncipe se convertía en vasallo del vencedor y le pagaba el tributo. Los incas reservaban al vencido un trato idéntico. En el Perú, sin embargo, no existía el equivalente de los Caballeros Águilas y Tigres, que suponían una diferenciación en el seno de la aristocracia. La raza se encargaba, en efecto, de distinguir a los Hijos del Sol, y sólo éstos recibían la formación y rendían las pruebas propias de la orden militar que constituían.

Cuando los jóvenes incas llegaban a los dieciséis años, se los armaba caballeros —Garcilaso emplea esta expresión— después de seis días de riguroso ayuno y de varios ejercicios atléticos y guerreros, en los cuales debían demostrar fuerza, resistencia y, sobre todo, valentía y dominio de sí. Paralelamente, maestros de novicios les dictaban conferencias en las cuales, según el mencionado cronista, les recordaban su ascendencia divina y las hazañas de sus antepasados, "el ánimo y esfuerzo que debían tener en las guerras para aumentar su Imperio; la paciencia y

sufrimiento en los trabajos para mostrar su ánimo y generosidad; la clemencia y piedad y mansedumbre con los pobres y súbditos; la rectitud en la justicia, al no consentir que se hiciese agravio a nadie; la liberalidad y magnificencia para todos, como hijos que eran del Sol". El

heredero del trono era tratado como los demás, pero con mayor severidad: el futuro emperador merecía reinar "más por sus excelencias que por ser primogénito de su padre". Aprobado el examen, los jóvenes, de rodillas, recibían uno por uno, de mano del soberano en persona, "las insignias de caballeros de la sangre real". Luego, se los vestía y armaba al modo de los incas. Hasta el ceremonial se parecía al usado en Europa.

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