3.2 Licensing of the Software Ecosystem
4.1.2 iOS App Development
Blanca como la luna, fresca como el agua y nutritiva como el maíz es nuestra jícama, cuya leyenda brotó por vez primera en tierras michoacanas cuando los hombres amaban a los dioses y los dioses amaban a los hombres.
Sucedió que Curícaueri –el que quema, el gran fuego, el Sol- tomó por esposa a Xaratanga –la que se ve en lo alto. La Luna.
Al Sol le gustaba el oro, a la Luna la plata. El Sol se engalanaba con joyas de oro, la Luna con joyas de plata.
Los dos estaban tan enamorados el uno del otro que nunca se separaban. Así sucedió que había muchos días de luz sin sombras, o había muchas noches de sombras con luz.
Nana Cuerápperi –Madre Naturaleza– el ser supremo, infinito, sabio, constantemente fecundo, base y fin de la armonía de las cosas creadas y por crear, eficiente en todo sin descanso, se sorprendió de lo que estaba pasando; cuando creó al señor Sol le explicó muy bien su divina misión y cuando creó a la señora Luna, también le instruyó en su alto cometido. ¿Por qué esa desobediencia? El Sol recorrería los extensos campos del cielo por el día; la Luna lo haría por la noche.
Y como ambos la habían desobedecido haciendo caso omiso de sus órdenes, pensó en separar para siempre a los enamorados.
No era posible que la tierra sufriera las consecuencias de ese loco amor, aunque en parte ella tenía mucho de culpa al crear esos astros con atributos de dioses.
Nana Cuerápperi nunca imaginó lo que iba a resultar al crear al Sol joven y hermoso y a la Luna joven y bella.
Cuando estuvieron ante ella los esposos, les habló enérgicamente:
– Yo poblé el mundo de ricos vegetales, de plantas, de árboles que ofrecen su semilla de frutos, de hojas, de yerbas cuyas fibras proporcionan vestido; yo sembré la tierra con los gigantes de la creación que ofrecen sus sombras y suministran la madera a los hijos míos, a los hombres, para sus habitaciones y para darle fuego, y por último hice brotar las flores para darles placer y contento.
– Mi obra era grandiosa y sin embargo no estaba completa; crié en seguida los peces del mar, de los lagos y de los ríos, luego los insectos y los reptiles, los cuadrúpedos, las aves de variados matices, y entre ellas el divino Zinzum o colibrí.
Después crié al hombre.
Pero el hombre desaparecía al estrépito funesto de la lucha entre los elementos.
Los volcanes vomitaban fuego, ese fuego que inextinguible ardía en las entrañas de la tierra, y la lava cubría los valles.
Otras veces las nubes que oscurecían la bóveda celeste, preñadas de rayos, se deshacían en diluvio que sepultaba todo bajo el agua.
Entonces comprendí que mi poder fecundo necesitaba de colaboradores que me ayudaran en mi obra, y entonces mi poder creó a ustedes dos; tú Sol y tú Luna con tu séquito de estrellas.
Pero ambos me han desobedecido. Han olvidado mis órdenes por su loco amor. Y ustedes olvidan que antes que el amor está mi mandato.
Tú, Xaratanga, esposa de Curicaueri, tienes que cuidar de tu hogar por la mañana, en tanto que tu esposo da calor a la tierra y hace abrir los botones de las flores y madura los frutos y el maíz; cuando regrese al hogar cansado, cuando él repose de las fatigas, tu deber es salir sin dilación a los cielos, haciendo la centinela del mundo.
– Señora, ¿y cuándo daré mi amor a mi esposo? ¿Cuándo estaré a su lado si tú ordenas que sólo uno de nosotros duerma en el lecho nupcial?
– Más fuerte que nuestro amor es el deber que tenéis con los seres de la tierra que os veneran y aman. Dime, ¿qué serían sin Sol los cielos?
– Tened compasión de mi amor –suplicó la bella Xaratanga. Pero, inflexible, la Madre Cuerápperi sentenció:
– Jamás Cuerícaueri dormirá junto a ti. La sagrada esposa de nuestro padre el Sol jamás compartirá el lecho con su real esposo.
Y sin más explicaciones, se alejó del lado de los acongojados esposos. Cuericaueri, sobreponiéndose a su dolor, habló dulcemente a su esposa:
– Esposa mía –le dijo– no te desesperes. Mi misión es enviar mis rayos que atravesando espesas nubes deben besar la tierra de los bosques hermosos y los mares de azuladas ondas porque yo soy la vida. Pero no temas; nuestro amor no morirá. Cuando yo entre al hogar y no te encuentre, sentiré gran felicidad porque mi amada esposa mientras yo descanso recorre los mismos caminos misterioso de los cielos vigilando ese mundo que tanto aman los dioses –y acariciando su pálido rostro, le aseguró–: Ya no sufras ni te desesperes; hay que obedecer a nuestra madre.
Xaratanga, desconsolada, se arrodilló a los pies de su esposo e inclinando la cabeza en señal de sumisión dejó escapar su sentimiento.
Una delicada lágrima se desprendió de sus bellos ojos, una maravillosa lágrima que atravesó el espacio entre los cielos y la tierra, y allí donde cayó esa lágrima ardiente, sepultándose en el amoroso manto de la madre tierra, cuajó milagrosamente brotando una maravillosa raíz; una sorprendente raíz que al ser descubierta por los hombres y gustar a éstos su pulpa blanca como la luna, fresca como el agua y nutritiva como el maíz, la comieron con deleite ya que calmaba su hambre y quitaba su sed.