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6.4 Bayesian Network Structure Learning on Distributed Medical Data

6.4.3 Island Model for Distributed Data

4.1. INTRODUCCIÓN

Este capítulo se centra en el análisis de los niveles de vida en la España interior en el período comprendido entre 1790 y 1840. Un período trascendental de la historia contemporánea española, ya sea desde su vertiente económica, social, institucional o política, por cuanto marca el fin -o la transformación- de las viejas estructuras socioeconómicas vigentes en siglos anteriores, el Antiguo Régimen en síntesis, y contempla la emergencia del estado liberal; con las consecuencias de todo tipo que acompañaron y sobrevinieron al proceso.

En concreto, desde la historia económica, la relevancia de esta fase se justifica con sólo citar algunos de los temas que han centrado su estudio, a saber, el legado económico del Antiguo Régimen –en qué medida la herencia de siglos anteriores condicionó el desarrollo contemporáneo de la economía española-, el impacto de la

reforma agraria liberal sobre la producción y la productividad agrícolas o sobre las

condiciones de vida del campesinado, los orígenes y causas del fracaso de la industrialización española, el comienzo del crecimiento económico moderno según su definición kuznetsiana –autosostenido y ligado a cambio estructural-, el impacto – inmediato y a largo plazo- de la pérdida de la mayoría de las colonias americanas, la formación e integración del mercado nacional o los procesos de industrialización y desindustrialización de las distintas regiones y localidades. Temas a los que podría añadirse, desde el punto de vista del estudio de los niveles de vida, la discusión acerca del impacto de los fenómenos mencionados en las condiciones generales de vida de la población y en los distintos sectores sociales.

La interpretación –en buena medida pesimista, como se verá- más generalizada en la historiografía económica y político-institucional, ha tendido a diferenciar tres etapas en el período que nos ocupa. La primera, desde los últimos años del Setecientos hasta el comienzo de la invasión napoleónica, ha sido caracterizada por la inestabilidad

política internacional, con sus graves repercusiones en el comercio y las finanzas nacionales, el progresivo agotamiento del modelo extensivo de crecimiento agrario, con su culminación en las violentas crisis agrarias y demográficas que asolaron gran parte del país entre 1803 y 1805324, la inflación, los problemas de la Real Hacienda y, desde un punto de vista político, la aparición de las primeras fisuras, los primeros signos de crisis, en el orden social del Antiguo Régimen. La segunda, incluida en ocasiones en las fases anterior o posterior, abarcaría la Guerra de la Independencia, estando marcada por las secuelas económicas directas del conflicto y por la rápida descomposición del entramado institucional y político del “viejo orden”; siendo, por un lado, colofón de las crisis de principios de siglo y, por otro, arranque de un nuevo ciclo de expansión agraria que se terminaría de consolidar en décadas posteriores. Finalmente, la tercera, probablemente la más desconocida y equívoca, iría desde la definitiva expulsión de las tropas francesas y la consiguiente restauración de Fernando VII en el trono, hasta la consolidación -en cualquiera de las interpretaciones que de este proceso se han hecho- en la década de 1830 del régimen liberal, “el nuevo orden de cosas”; en esta última fase se habría consolidado el modelo de expansión agraria - básicamente extensivo y sin mejoras en la productividad– mientras que buena parte de los sectores más dinámicos –agrícolas e industriales- habrían salido de la crisis comenzando en los últimos años una importante recuperación.

Más allá de la caracterización de las singularidades de cada etapa existen, sin embargo, al menos dos razones de peso para articular el estudio de este período de forma conjunta y monográfica. La primera, atiende a razones de uniformidad historiográfica. La extensísima bibliografía que, en las últimas décadas, ha tratado las transformaciones económicas, políticas e institucionales ocurridas durante la transición del Antiguo Régimen al régimen liberal, ha considerado imprescindible estudiar los distintos planos del proceso, sucedidos con tempos no siempre coincidentes, de forma conjunta, acotándolo en fechas a grandes rasgos coincidentes con las aquí elegidas (p.e. Anes, 1970; Artola, 1978; Fontana, 1979; García Sanz, 1985; Llopis, 2002b; Sebastián, 2004). La segunda tiene que ver con los problemas comunes

324 Es difícil exagerar la virulencia de las crisis de subsistencias que asolaron el país, sobre todo las zonas

interiores, entre 1802 y 1805. Baste recordar que en términos de mortalidad fue la crisis más grave desde la gran peste de finales del Quinientos (Pérez Moreda, 1980: 390).

que, relacionados con la desaparición o la merma significativa en su disponibilidad y fiabilidad, presentan en estos años buena parte de las fuentes tradicionalmente utilizadas para el estudio de las economías del Antiguo Régimen; a lo que debe añadirse el hecho de que la estadística pública tardará todavía décadas en llenar el vacío ofreciendo información con regularidad, lo que en algunos casos –sirvan de ejemplo las estadísticas sobre la producción agraria (GEHR, 1991)- no ocurre hasta los últimos años del siglo. En este sentido, caso paradigmático es la información procedente de las contabilidades eclesiásticas, tan útil a la hora de cuantificar y seguir la trayectoria de variables clave como la producción agraria325, la renta de la tierra, los precios o salarios326. Algo similar puede decirse de la información demográfica, que entre 1797 y 1857 carece de un censo propiamente dicho. Ante esta situación, sólo la laboriosa reconstrucción de series a partir de libros sacramentales, caso de la población, y de contabilidades privadas, eclesiales o no, en el caso de las variables económicas, junto con la escasa información estadística recopilada por el estado para variables y momentos puntuales, permiten avanzar en la investigación; que, huelga decirlo, en cualquier caso estará siempre sujeta a mayores márgenes de error que en épocas precedentes y posteriores.

No debe extrañar, por tanto, que las primeras décadas del Ochocientos hayan sido consideradas una de las etapas más desconocidas de la historia económica contemporánea española (p.e. Anes, 1970b: 256-257; García Sanz, 1980: 51-52 y 1985: 8; Fontana, 1985: 103; Llopis y Sebastián, 2007: 162; Carreras y Tafunell, 2010: 69-71). En definitiva, la expresión “décadas olvidadas”327 (Ringrose, 1996), referida a los años comprendidos entre el fin de la Guerra de la Independencia y el triunfo, más o menos definitivo, de la revolución liberal en la década de 1830 (Artola, 1978; Fontana, 1979),

325 Aunque, como se explicó detenidamente en el capítulo anterior, los problemas de fiabilidad de la

información diezmal arrancan de la segunda mitad del siglo XVIII, se agudizaron sobremanera, hasta hacerla prácticamente inútil, con los avatares ocasionados por la Guerra de la Independencia y la legitimación de la resistencia al pago que, de forma directa o indirecta, supusieron las medidas tomadas por las Cortes de Cádiz, el gobierno de José I y el Trienio Constitucional (Canales, 1985). Como señalara un agente de la Dignidad Arzobispal toledana “si mal se dezmaba antes, mal y aún peor se diezma ahora” (Rodríguez López-Brea, 1995: 286).

326 La información relativa a los precios –de la tierra, de los productos o del trabajo- originada por las

contabilidades monásticas, aun viéndose menos perjudicada por las turbulentas circunstancias del período, tampoco escapa a problemas. Tras la frecuente laguna de los años de la Guerra de la Independencia, suele terminar desapareciendo hacia 1836 con la desamortización de Mendizábal.

327 Como también se ha dicho recientemente, la revolución liberal nació entre brumas (Barquín: 2001,

15).

puede ser extrapolada, todavía hoy, con pocos matices, a todo el arco cronológico que aquí nos ocupa.

A las dos razones aludidas para justificar el estudio conjunto y monográfico del período, se puede añadir, en el caso concreto de esta investigación, una tercera relacionada con las fuentes documentales empleadas para el estudio de la estatura media, los Expedientes Generales de Reemplazo. Dicha fuente posee características sustancialmente diferentes a las de los Padrones empleados en el capítulo anterior, lo que aconseja un tratamiento particularizado de sus datos.

Buena parte de la historiografía ha calificado la etapa de 1790 a 1840, en términos agregados, con un balance general de estancamiento o crisis. Como se verá a continuación, la revisión de algunos de los principales manuales y clásicos de la historia económica de España aparecidos en las últimas décadas, aunque con matices e incluso interpretaciones contrapuestas, así lo atestigua.

Las raíces de esta visión pueden remontarse, al menos, hasta alguno de los pioneros de la historia económica en España. Sardà (1948: 73-74), ya planteó el carácter depresivo de la economía española tras el fin de la Guerra de la Independencia tomando como indicios la coyuntura deflacionista de los precios y la paralización del comercio con América. Vicens Vives (1959: 176-177), por su parte, señaló cómo a partir de 1812 se inició una onda larga de contracción que duraría hasta 1854.

Dentro de esta perspectiva sombría, quizás sea Gabriel Tortella quién más claramente se posicionó al señalar en El desarrollo de la España contemporánea una primera fase, hasta 1840, de contracción económica y, una segunda, ya fuera del alcance de este capítulo, desde la fecha anterior hasta 1860, de lenta recuperación (Tortella, 1994: 4). Con una interpretación distinta, pero también con tintes pesimistas, se manifestó Jordi Nadal (1975: 21-23), quien en el clásico El fracaso de la Revolución

Industrial señaló, para la primera mitad del siglo XIX y en términos agregados, la

ausencia generalizada de cambio estructural e industrialización y la plena vigencia del “antiguo régimen económico”. Según este autor, la población habría aumentado de forma importante hasta alcanzar su “techo preindustrial” hacia 1860, sin que, en el conjunto del país, se produjeran cambios económicos fundamentales. De parecida

manera se manifestaba Nicolás Sánchez Albornoz al subrayar cómo, todavía a mediados del siglo XIX, la agricultura de tipo antiguo predominaba con idéntico rigor al de siglos atrás (Sánchez Albornoz, 1977: 13). Según este autor, el innegable aumento de la producción agrícola de los dos primeros tercios de la centuria se habría logrado de forma extensiva, con la mera adición de nuevas tierras marginales al cultivo, en una lógica maltusiana de rendimientos decrecientes que habría comenzado a manifestar su crudeza a mediados de siglo (Sánchez Albornoz, 1977: 19). En una clara analogía entre deflación y crisis económica, Josep Fontana (1985) también se decantaba por el pesimismo al afirmar que el siglo XIX se estrenó, tras las Guerras Napoleónicas, con una crisis agraria generalizada en España y en toda Europa –incluso a nivel mundial-, que duró hasta, al menos, la década de 1830; dejando, sin embargo, un importante resquicio de duda al calificar a dicha crisis - en contraposición con la Crisis Agraria Finisecular- como gran desconocida y aludir a su posible carácter transformador. Más recientemente, Albert Carreras (1993: 159-160) calificaba a la etapa 1790-1830 como desastrosa debido a la pérdida de la mayoría del imperio americano, las dificultades de la hacienda pública y las secuelas de la Guerra de la Independencia, problemas que, en su conjunto, habrían ocasionado una divergencia del PIB por habitante español frente a la media europea.

Sin embargo, como han señalado Yun (1991: 48-50) y Ringrose (1996: 98-99), esta impresión de estancamiento y depresión económica puede haberse basado menos en sólidos argumentos económicos que en una vaga analogía con el curso inestable de la vida política e institucional -la crisis del Antiguo Régimen- y con fenómenos como la pérdida de la mayor parte del imperio americano328, los efectos de la invasión napoleónica, la deflación que siguió al fin del conflicto, las estrecheces de la Hacienda, el ocaso de las manufacturas reales y de buena parte de la industria tradicional y la crisis de algunos sectores hasta entonces clave para la economía

328 Aunque la pérdida de las colonias americanas de tierra firme produjo un importante déficit en la

balanza de pagos, acentuó la crisis de la Real Hacienda y supuso la pérdida de un mercado cautivo, en términos agregados –aunque en determinadas zonas y sectores su impacto pudo ser muy importante- supuso más un obstáculo que una catástrofe. Según Leandro Prados (1988: 86), el impacto de la pérdida de las colonias pudo suponer la pérdida de menos del 6 por 100 de la renta nacional. Téngase en cuenta que las exportaciones netas suponían menos del 5 por 100 de la renta nacional a finales del siglo XVIII (Prados, 1988: 77-82). Otra cuestión, distinta y mucho más difícil de valorar, es el efecto potencial que sobre el crecimiento a medio y largo plazo de la economía española podría haber tenido el mantenimiento del Imperio.

española –el ejemplo más claro sería el de las lanas mesteñas-. Lo que, en su conjunto, debería de haber provocado un desastre económico. Fenómenos que, empero, tenían una importancia directa relativamente pequeña en una economía que, en términos agregados, estaba marcada todavía por el enorme peso de la agricultura cerealista329 y los altos niveles de autoconsumo. A pesar de la fuerza de las tesis negativas, sin embargo, desde los primeros trabajos que abordaron el análisis de la coyuntura económica del período, ha habido cabida para la incertidumbre, los matices y el debate; nada extraño si atendemos a las limitaciones de la base empírica con la que, como ya se ha señalado, en general, se deben afrontar los estudios sobre este período. La década de 1790, como ya se recalcó en el capítulo anterior, lejos de mostrar el progresivo agotamiento de un modelo productivo, muestra un claro repunte de la producción de granos en numerosas series decimales del interior. Repunte que, si atendemos a lo dicho acerca del comienzo del resquebrajamiento del “antiguo orden” institucional y social, no parece ser sino el antecedente directo de la expansión agraria que se produciría a raíz de la invasión napoleónica.

En lo que atañe a la Guerra de la Independencia, aunque no cabe duda de que a corto plazo tuvo un acusado impacto negativo, si bien en un grado bastante diverso según la zona, tanto a nivel macro -agudizó la crisis fiscal, desarticuló el comercio internacional, hundió la producción industrial- como microeconómico - descapitalización humana, animal y financiera de las explotaciones agrarias y saqueos y destrucciones de cosechas y maquinaria textil-, a medio y largo plazo tuvo efectos estructurales positivos sobre el crecimiento agrario. Las circunstancias del conflicto alteraron radicalmente las relaciones políticas y sociales, propiciando la pérdida de poder en las instituciones locales del viejo frente antirroturador y abriendo, por tanto, la espita a una gran oleada de roturaciones330 mediante ventas, repartimientos y, en no pocos casos, ocupaciones ilegales de tierras municipales (Sánchez Salazar, 1990; Rueda, 2003). Además, la invasión francesa produjo un fuerte incremento de la

329 La España seca abarca más del 85 por 100 del territorio y en ella, exceptuando zonas muy localizadas

del litoral y aledaños, en el siglo XVIII el cereal cubría más del 80 por 100 de la superficie cultivada (Llopis, 2002b: 128). Por su parte, la población activa agraria, de acuerdo con los censos de Floridablanca y Godoy, representaba el 64,4 por 100 en 1787 y el 53,8 por 100 en 1797 de la población activa total de Castilla-la Mancha y Castilla la Nueva respectivamente (Llopis, 2001: 510-511).

330 Roturaciones que pueden englobarse en lo que se ha venido en llamar “desamortización silenciosa”

(Rueda, 1997 y 2003).

defraudación en el pago del diezmo –véanse a este respecto las referencias citadas en el capítulo anterior- y en los derechos señoriales, así como una transgresión sistemática de los privilegios de los rebaños del Honrado Concejo de la Mesta (Llopis, 2002b: 174).

Para el período posbélico, ya en la obra clásica de la moderna historia agraria española Las crisis agrarias en la España moderna, Gonzalo Anes (1970a: 434-435) manifestaba sus dudas acerca del comportamiento de la producción agrícola en la primera mitad del Ochocientos. A pesar de las repercusiones que, sin duda, los destrozos de la Guerra debieron de tener sobre la economía -caso, por ejemplo, de la pérdida de cabezas de ganado estrangulando la producción vía escasez de abono y de ganado de labor-, por otro lado, la prohibición de importar granos desde 1820, las crecientes exportaciones a las Antillas y la intensidad del aumento de la población, de poco más de 10 millones en 1787 a 15,6 en 1860, parecían evidencias incontestables de un incremento en la producción agraria.

Perspectiva corroborada, matizada y ampliada por Llopis (1983) con nuevos argumentos como la ausencia de crisis alimentarias después de 1812 –desde entonces sólo se notarán en la natalidad y la nupcialidad-, la coexistencia de la prohibición de importar granos con la mejora del abasto a la periferia peninsular, la deflación relativa de los precios de los granos frente a otros productos agrarios y el mantenimiento de altos salarios nominales tras la Guerra y hasta la década de 1830, indicando una alta demanda de trabajo y, en definitiva, de forma indirecta, una expansión de la producción agraria. A los argumentos anteriores añadió García Sanz (1985: 79-80), de forma contra intuitiva, la posibilidad de que la deflación posbélica hubiera servido de estímulo a la producción y a su orientación hacia el mercado para hacer frente al aumento de los pagos en metálico y a la adquisición de otros bienes de producción externa a la unidad familiar campesina. Más recientemente, una nueva idea, planteada por Sebastián (2004: 166), se ha añadido a las anteriores, la renta de la tierra no parece haberse recuperado de su caída desde los máximos del último tercio del Setecientos hasta después de 1840, lo que, de forma indirecta parece indicar, en un período de fuerte crecimiento demográfico y, por tanto, de gran demanda de labrantíos, que la entrada en producción de nuevas tierras fue masiva.

Todos estos argumentos han ido articulando, desde un momento relativamente temprano de la evolución historiográfica, una interpretación menos negativa de trayectoria económica de la España de la primera mitad del Ochocientos331. En síntesis, gracias a las aportaciones de esta línea de pensamiento, hoy parece fuera de toda discusión que los niveles medios de producción agraria, con los cereales como protagonistas, aunque con fortísimos altibajos en determinados momentos como en las crisis de 1802-05 o en algunas zonas durante la invasión napoleónica, siguieron una senda ascendente desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX. Dicha senda se habría logrado, como ya atestiguaron los contemporáneos (p.e. Moreau de Jonnès, 1835; García Sanz, 1980: 55), principalmente con la puesta en cultivo de grandes cantidades de tierras. A este respecto, se ha estimado que en la primera mitad del Ochocientos la superficie agrícola pudo crecer entre algo menos de un 40 (Gallego, 1986: 41 y 2001: 186) y un 50 por 100 (Llopis, 2002b: 188); porcentaje que debió de ser superior en las tierras, menos colonizadas, de la mitad sur de la Península, incluyendo buena parte del área que aquí se estudia. Otra cosa es la caracterización y cuantificación de dicho crecimiento, la reflexión acerca de si las transformaciones económicas del período pudieron haber transcurrido por otros caminos -es decir, si se perdió una parte importante del potencial de crecimiento y cambio estructural y por qué332- y la comparación con lo sucedido en otros países de nuestro entorno en las mismas fechas.

Aceptada, por tanto, la hipótesis de un aumento del producto agrario, el debate se centra ahora en responder a las siguientes cuestiones: ¿qué magnitud tuvo?, ¿cómo se logró?, ¿se había tratado de una mera extensión de los cultivos o había habido algo más? Dicho de otra forma, el incremento de la superficie cultivada es evidente y generalizado, pero, ¿aumentó o disminuyó la productividad?, ¿hubo diferencias entre la trayectoria de la productividad de la tierra y del trabajo?, ¿qué factores las motivaron?

331 En los últimos años esta interpretación está siendo desarrollada y ampliada alcanzado notable