carruaje, saldrá de la zona mefítica en que vive, en compañía de trescientos mil mártires de la aglomeración. Tomará tres horas de aire puro y no se ocupará usted de diarios, ni de finanzas, ni siquiera de asuntos de familia. Esta noche volverá usted, si no sano, por lo menos aliviado.
―¿Y puedo llevar alguien conmigo?... ―Ciertamente... puede usted llevar un libro.
―Tengo justamente sobre la mesa un volumen que me guiña hace dos días. Tiene una firma simpática y estimable; su título es atrayente: se llama La gran aldea.
Evidentemente debe tratar de Buenos Aires y tengo curiosidad de saber qué dice su autor sobre su país.
Generalmente no se es justo con su ciudad natal. Se la ve con colores sombríos, como Ovidio, como Byron, o bien se sostiene a despecho de los naturalistas, que la brisa es en ella más dulce y el vuelo de los pájaros más rápido que en otra parte.
―Yo conozco particularmente al señor López —interrumpió el doctor. Es un espíritu fino, observador, nutrido de sólidos estudios. Tiene el sarcasmo dulce. Su pensamiento es espontáneo, correcto y ricamente engalanado. Vaya, pues, con él, que va en buena compañía.
Un cuarto de hora más tarde, mi carruaje rodaba por el camino de Belgrano y yo leía La gran aldea.
Hay dos maneras de leer: la del gastrónomo que saborea y la del glotón que devora. Prefiero la primera, pero a menudo me veo obligado a recurrir a la segunda por falta de tiempo.
Por otra parte, tiene esta sus ventajas. Permite coger más fácilmente la intención del autor, escondida casi siempre bajo las bellezas del estilo. El lector gana sobre el conjunto lo que pierde sobre los detalles. Se siente menos seducido y por consecuencia más imparcial.
Los viejos porteños recuerdan la ciudad de Rosas, la ciudad sin empedrados y sin pisos altos, en que la locomoción exigía al caballo y excluía a la calesa.
Así que Rosas salió de ella, los porteños se pusieron a reconstruir la ciudad, y mientras estaban en ello, reconstruían también la sociedad.
En aquel tiempo el pueblo argentino, tenía la admiración tan fácil que la llevaba a menudo hasta la adoración.
Su libro es una colección de retratos. Gracias a la habilidad del pincel, a la vivacidad de los colores y a la semejanza de los personajes, los tipos de La gran aldea quedarán, y cuando se quiera designar a uno de los protagonistas de la época, bastará con nombrar a la tía Medea, al general Buenaventura o al doctor Trevexo para ser comprendido.
La política no siempre ocupa a nuestro autor. El tipo del tendero sirena (boutiquier-sirene) merecía ser conservado. En vano se le buscaría hoy; no podría encontrársele ni en los suburbios. Los tranways lo han arruinado, puesto que no han tenido el suficiente poder para hacerle transformar su almacén y poblarle de amables vendedores vestidos a la última moda.
En cuanto al tío Ramón, el cordero enamorado, es de todos los países y de todos los tiempos. Lo hemos conocido aquí y en otras partes. Es la eterna víctima de la mujer sin corazón. Balzac le llama Hulot, Molière lo había bautizado con el nombre de Geronte.
Un estilo lleno de imágenes, muy francés, pone de relieve observaciones llenas de delicadeza.
El señor López ha estampado su retrato sobre un canvas, quizás sin sospechar que trazaba el plan de un drama interesante, que tendría gran éxito en el teatro.
El martirologio del tío Ramón haría el triunfo de La gran aldea durante todo un invierno. El plan está hecho, los personajes sacados del natural. Con un poco de ciencia escénica podría hacerse de ese libro una obra maestra dramática.
Aconsejo pues a Lucio V. López que ponga sus tipos en acción sobre la escena. Desde ya le predigo un éxito sin precedente y quizás pueda enorgullecerse de haber ejercido sobre su época una influencia decisiva.
El Diario, 5 de agosto de 1884
La gran aldea
Sam Weller Una obra literaria es un organismo viviente por el cual circula un soplo animador que lo mueve, lo agita y le comunica ese aspecto especial a que llaman bello, que se convierte pronto en atractivo que seduce nuestros sentimientos y nuestra imaginación y nos obliga a querer la obra, a leerla y releerla con un entusiasmo creciente que concluye por imponerse como modelo de nuestros sentimientos, de nuestro modo de pensar y de apreciar las cosas. Diríamos que modifica nuestro carácter y nuestras costumbres. El escritor que puede comunicar esa vida a sus obras, es hombre de talento, es artista, es literato y su nombre está destinado a vivir en la vida de sus libros.
Se entiende perfectamente que estas son prendas de las obras perfectas o relativamente tales, y que son más o menos buenas las que se acercan más o menos a este ideal. Desde lo malo y lo mediocre hasta lo perfecto o relativamente tal, existe una gradación indefinida que solamente los críticos experimentados pueden apreciar.
De los críticos de La gran aldea no hemos podido sacar nada positivo. Todos dicen la misma cosa: que el libro de López tiene chispa, que carece de unidad, que contiene cuadros admirables, que debía ser publicado en libro y no en folletines para sorprender el gusto de sus lectores; que se admira en él el talento de su autor, que contiene descripciones en estilo ameno, variado, sencillo, etc. En fin, todo el repertorio de vulgaridades trilladas por Hermosilla y sus compinches. Generalidades vacías y a veces indiscretas.
Nuestra crítica no ha adelantado mucho. Si se apunta un defecto en un libro, el autor se exalta, se enoja: es ya un enemigo declarado. O callar o elogiar: no hay término medio. Y el redactor de diario se halla en la condición terrible o de llamar sabio a un pelele o de hacerse de un enemigo que a veces puede ser temible.
¿Qué vía seguiremos nosotros en el análisis del libro de López? No lo diremos para no prevenir el ánimo de los lectores. Ellos dirán después de haber leído.
La novela es drama narrado, como el drama es novela representada. Pueden en la novela entrar gran número de episodios y pormenores que en el drama no tienen cabida; pero el esqueleto de una producción sirve de base al esqueleto de otra, indiferentemente. La diferencia consiste en la que hay entre narrar y representar, entre la acción misma que es el hecho resucitado y la narración del hecho.
Echadas las bases de la novela, todos los episodios deben converger al fin que el escritor se propone. Los que no tienen atingencia alguna con el fin, con el sujeto, con lo fundamental, son paréntesis que pueden contribuir al desarrollo de la idea principal o pueden ahogarla de manera que lo accesorio se convierta en fundamental, según la habilidad artística del escritor.
¿Y cómo se puede saber si un accesorio es o no indispensable para el desenvolvimiento del sujeto principal?
Muy fácilmente; determinando el fin que el escritor se propone y cotejándolo con los episodios. Si tienen atingencia, bien, si no, no.
El señor López se propone poner de manifiesto: que una niña joven y bella que se casa con un viejo rico, es impulsada a ello por codicia, por amor al lujo o por satisfacer sus caprichos variados o libertinos, sacrificando el honor del marido y hasta la vida de sus hijos; que un viejo rico que se une en matrimonio con una joven, no puede esperar más que la deshonra y todas las calamidades que destruyen la paz y la santidad del hogar.
Este es el que podríamos llamar el sujeto de la novela, el fin que el autor se propone, lo que suelen llamar fondo los preceptistas.
¿Es verdadero? ¿Es falso este principio?
Esto no hace al caso. Verdadero o falso, real o imaginario, poco importa. Lo que debe preocuparnos es saber si el autor ha dado en el clavo, es decir, si la novela ha llenado este fin con todas las dotes literarias que esta clase de producción exige; si es una obra bella, completa, una en su variedad, que despierta el sentimiento, que seduce la imaginación, que nos invita a meditar, a compadecer, a amar, a odiar; si es una obra que vive, se mueve, se agita; si la vemos nacer y desarrollarse con gradación, naturalmente, sin esfuerzo alguno; si la vemos llegar al desenlace, a su término, previendo el fin, manteniéndonos suspensos o admirados, agitados o complacidos; si nos obliga a seguir ansiosos los episodios, la trama, la narración; si nos conmueve, si nos deleita; en fin, si la obra nos domina desde la altura de lo bello y del arte.
Empieza la novela:
Dos años hacía que mi tío vivía con mi compañía cuando de pronto una mañana al sentarnos a almorzar me dijo:
―Sobrino: me caso (pág. 7).
―Pero tío ―le dije―, esa es una unión imposible, absurda. Blanca es una mujer joven, usted casi le triplica la edad.
―Julio ―me dijo―, toda reflexión es inútil: Blanca me ama (pág. 236). El lector habrá visto que la novela empieza en la página 7 y sigue en la 236.
¿Y las 229 que median entre el principio y la continuación? Están llenas, pero de episodios, descripciones, cuentos, narraciones, retratos... que con el sujeto de la novela no tienen ninguna relación.
Toda la novela se reduce a las 78 páginas restantes, aunque uno que otro paréntesis, más o menos pertinente, tenga también sus ribetes de inútil y exuberante.
Completamente destacadas de la novela están las páginas en que se narra o describe la niñez de Julio, las escenas conyugales de Medea y Ramón con las notas salientes del carácter de cada uno, la muerte del padre de Julio y su entierro, el cambio de domicilio de Julio en la casa de su tío Ramón, la sesión política en la misma casa, el entusiasmo producido en Buenos Aires por la victoria de Pavón, el carácter y naturaleza de tiendas y tenderos de la época, el desembarque del ejército vencedor, la representación de Flor de un día en el teatro de la Victoria con los gustos de entonces, la vida de colegio, el empleo de Julio en la casa de Eleazar de la Cueva, el carácter y vida íntima de éste y su quiebra, la vida común de Julio con Benito y el carácter de éste, el Club del Progreso con sus particularidades íntimas, la muerte de Medea y su entierro, y —si se quiere— el encuentro de don Benito y Julio con Fernanda y Blanca en las avenidas de Palermo.
El que quiera suprimirlas no deja trunca la novela, y el desarrollo y desenlace de esta llegan, aunque un poquito cojos, a su fin y remate.
Todos los incidentes, episodios, particularidades y detalles narrados en las 229 páginas inútiles, no están mal trabados en sí, y separadamente podrían servir para llenar unas cuantas columnas de la sección literaria de un diario, pero en la novela están completamente de más, y no vienen al caso, o como dice Horacio: sed nunc non erat his locus.
La novela nos parece una de esas estatuas cuyas manos y cabeza son obra de escultor, y el resto del cuerpo obra de carpintero tapada con cuidado por un vestido de lujo. El pensamiento y los personajes principales nadan en ese mar de incidentes insignificantes, ripio menudo que sirve solamente para llenar los cuatro quintos del libro, so pretexto de describir las costumbres de La gran aldea. ¡Y qué costumbres, Dios le perdone!
Si el extranjero va a abrir juicio sobre las costumbres porteñas bajo la guía del libro de López, estaremos perdidos.
No hay un personaje, ni uno solo, que atraiga simpatías. Exhalan todos ese olor a podredumbre que va gradualmente despidiendo la materia que se descompone. Quién más y quién menos, todos ellos están en el camino de la perdición y del vicio, oprimidos algunos por una capa de ignorancia o de maldad, otros por el peso de su insolente cinismo, vanidad o hipocresía. Las mujeres o son Mesalinas o Furias infernales; las niñas son o desvergonzadas o cínicas o vendidas a viejos acaudalados. Los viejos tienen el vicio de la carne, con la añadidura de un cretinismo que da lástima.
Los jóvenes están dotados de un instinto feroz de sensualismo, rara vez contenido por un rayo luminoso de la razón.
Los efectos de la educación, de la moral, de la civilización, del trato social fino y distinguido envuelto en una ráfaga de moralidad, se mantienen a discreta distancia de los personajes de La gran aldea. Materia, sensualismo, oro, ira, imbecilidad, son las únicas cuerdas que dan sonido.
Es toda una sociedad en descomposición. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, políticos y comerciantes, ricos y pobres, ignorantes y sabios, se presentan por su lado flaco, por su aspecto vicioso, por su debilidad humana que la mano piadosa del escritor debiera tapar con tinta, siquiera por respeto a su naturaleza y a sus elevados destinos. No, no son ésas las costumbres bonaerenses. El vicio como la virtud son herencia humana. Ningún país, ninguna ciudad civilizada son habitados únicamente por pervertidos. Las costumbres bonaerenses desarrolladas por López aparecen en toda sociedad humana. Toda planta proyecta su sombra, pero no toda planta produce frutos dañinos. El interés de sacar de las agrupaciones sociales solamente la parte cancerosa y presentarla al mundo como muestra de toda una agrupación social, es obra demoledora y poco o nada patriótica cuando se refiere a su propio país.
En medio de tantos incidentes desencajados y fuera de quicio, asoman tres figuras desgraciadas: la de un viejo idiota y paralítico, la de una niña quemada viva en la cuna y la de una joven esposa que abandona a ambos para correr la vida fácil con su amante. Son el nervio de la novela, el centro de todos los episodios narrados, pero no forman la sustancia de las costumbres bonaerenses. Estas se cifran en las tiendas y en los tenderos, en Trevexo y Buenaventura, y en el color local que representan los caracteres depravados de viejos calaveras.
Luego es evidente que el título de la novela está completamente equivocado. Si lo general es accesorio y lo particular es la parte fundamental, muy claro está que el nombre del libro debe indicar lo particular, lo fundamental, el sujeto que lo distingue. Así, pues, el título debía ser Blanca Montifiori y no La gran aldea. Alrededor de Blanca podían agruparse todos o casi todos los episodios del libro, pero no como una incrustación o superposición en la superficie, sino como algo que sale del argumento principal, que brota de él como de su íntima sustancia y germina al calor de la imaginación verdaderamente artística. Podían tratarse todos los incidentes relatados en el libro, pero no como algo movible a piacere y capaz de ser colocado delante o detrás, antes o después, al frente, en el medio o al fin, sin dañar ni la unidad ni el organismo interno de la obra, como sucede con el libro de López. Esos Eleazares y Trevexos, esos Buenaventuras y Benitos podían perfectamente entrar en la novela, pero a condición de perder lo superfluo y lo exuberante, esas germinaciones que salen de sus cuerpos como excrecencias, abscesos o tumores que los afean, cortando a la novela cien páginas redondas y relacionándolas con las familias de Montifiori y Berrotarán. La unidad se habría conservado à merveille, y esas figuritas secundarias habrían dado realce y tono a las figuras principales del cuadro. En una palabra, y para servirnos de una comparación agronómica, el señor López debía podar todos los accesorios narrados en las 229 páginas superfluas, deshacerse de los inservibles, reducir los más robustos a estado de
púas e injertarlos en el tronco principal y en sus ramas diferentes, de canutillo unos, de coronilla otros, de corteza estos, de escudete aquellos, de mesa algunos y de pie de cabra los restantes. Así todos habrían formado una planta sola, robusta, exuberante, hermosa y habrían contribuido a su fecundidad, esterilizada hoy por tanto abrojo que impide la luz y el aire y desvía la savia que debía alimentarla.
Si hubiéramos leído el manuscrito, habríamos aconsejado la poda y el injerto: operaciones admirables en estos desgraciados accidentes.
Todo autor acaricia sus ideales, ama sus criaturas nacidas al calor de su imaginación, vive con ellas, las contempla con afecto. Al colocarlas en la escena de la vida literaria trata de evitar los golpes de luz muy vivos y deslumbrantes al mismo tiempo que evita el exceso de sombra que los desluce. Imita la naturaleza que no vacía todas las criaturas en el mismo molde, ni acaricia siempre forma ni los mismos caracteres. Su aspecto es siempre diferente, pero corresponde al alma que los vivifica. Para dar realce a algunas criaturas deprime la fisonomía de otras, pero no son todas igualmente odiosas. Se ama una y se odia otra en distintas ocasiones, según la impresión que producen en nosotros. Ninguna de las criaturas de La gran aldea nos inspira amor, afecto, ternura, ninguna nos seduce, nos atrae, nos complace. Están todas entretenidas en disfrutar del mundo y de la carne. Y hay entre ellas algunas que son verdaderamente la piel del diablo, como a menudo nos lo recuerda el señor López. Muchas veces el autor intenta colocarlas en situaciones cómicas, para hacernos reír indudablemente. Pero lo cómico de las criaturas de López es externo y no interno. No nace de la situación, sino de la palabra y del artificio retórico. Lo cual produce muchas veces lo epigramático, lo satírico o lo grotesco, pero no lo cómico.
En estos casos, en vez de excitar nuestra hilaridad, nos deja fríos y malhumorados como cuando se nos cuenta algo sin gracia ni chiste.
Recorramos un momento esa galería de retratos y detengámonos delante de los principales.
La tía Medea es un tipo bárbaro y salvaje, incapaz de bajar a la realidad e introuvable en la sociedad porteña. Es tipo completamente exagerado, carácter excitadísimo, vida continuamente exaltada, figura abultadísima. Muere como vive: congestionada. Cuando uno lee tantas páginas consagradas a persona tan vulgar y guaranga...
No se sabe para qué tanto lujo de palabras y tantas páginas de libro para una mujer que de nada sirve en el desarrollo del asunto principal.
El tío Ramón representa la sombra de esa furiosa figura mujeril. Es el más bellaco y cobarde de los hombres, y seguramente el más degradado —bajo el peso de las injurias de su querida mitad. No es tampoco un carácter genuinamente porteño. No hay en Buenos Aires esposos encenagados en tanta bajeza. Más bien en el segundo estadio, siendo viudo, aparece cual tipo verdadero, natural, copiado del vivo. En segundas nupcias es tipo indiferente, pues no inspira ni lástima ni cariño. Es regularmente pasable.
¿Y Trevexo? Es la caricatura del abogado y del hombre político. Sumamente exagerado, se escapa del mundo de los vivos. Quizá modificando su retrato, sería el más interesante de la galería y el más porteño de todos. Pero así como está, tiene perfiles que no corresponden a tipos vivientes. Montifiori, don Benito, Buenaventura, son tipos comunes en altas capas sociales, con sus ridiculeces y sus defectos de la especie. No son importantes