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3. Elections of 1997

3.2 Issues in the Elections of 1997

occidental elegido democráticamente? Desafortunadamente, los dos son parte del mismo proceso global.

Peter Sloterdijk ha dicho en alguna parte que si es que hay una persona a quien se le harán con seguridad monumentos de aquí a cien años, esa persona es Li Quan Yew, el líder de Singapur que inventó y realizó el llamado “capitalismo con valores asiáticos”. Hoy, el virus de su capitalismo autoritario se está extendiendo lenta pero seguramente por el mundo. Antes de poner en marcha sus reformas, Deng Xiao-Ping visitó Singapur y alabó el modelo como aquel que toda China debía seguir. Este cambio tiene un significado histórico-mundial: hasta ahora, el capitalismo parecía inextricablemente ligado a la democracia –se recurría, claro, de vez en cuando, a la dictadura directa, pero luego de una o dos décadas, la democracia se imponía (recordemos los casos de Corea del Sur y Chile). Ahora, sin embargo, el lazo entre democracia y capitalismo se ha roto.

Lo que esto significa es, claro, no que debamos renunciar a la democracia en nombre del Progreso capitalista, sino que deberíamos confrontar las limitaciones de la democracia parlamentaria representativa. Walter Lippmann, un ícono del periodismo norteamericano del siglo XX, tuvo un papel decisivo en la auto-comprensión de la democracia estadounidense. Aunque políticamente progresivo (abogó por una política justa hacia la Unión Soviética, etc.), propuso una teoría de los medios de comunicación que tuvo un escalofriante “efecto de verdad” [truth effect]. Acuñó la expresión La Manufactura del Consentimiento, más tarde popularizada por Chomsky, que Lippmann entendía referida a un hecho positivo. En Public Opinion (1922)10,

escribió que una “clase gobernante” debía enfrentarse al reto –pues veía al público como lo hacía Platón: una gran bestia o un rebaño confundido– de mantenerse a flote en el “caos de las opiniones locales”. Por eso el rebaño de ciudadanos tenía que ser gobernado por “una clase especializada cuyos intereses vayan más allá de lo local”, una élite que actuara en tanto aparato de conocimiento capaz de eludir el defecto primario de la democracia: la imposibilidad de realizar el ideal del “ciudadano omni-competente”. Así es como nuestras democracias funcionan, es decir, con nuestro consentimiento: no hay ningún misterio en lo que Lippmann propone, pues es un hecho obvio; el misterio está en que, sabiéndolo, juguemos el juego. Actuamos como si fuéramos libres y decidiéramos libremente, mientras, al mismo tiempo, no

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sólo aceptamos en silencio sino inclusive exigimos que un mandato invisible (inscrito en la forma misma de nuestra libertad de expresión) nos diga qué hacer y qué pensar. Como Marx lo sabía hace tiempo, el secreto radica en la forma en sí misma. En este sentido, en una democracia, cada ciudadano común es efectivamente un rey, pero un rey en una democracia constitucional, un rey que decide sólo formalmente, cuya función es sólo aprobar medidas propuestas por la administración ejecutiva. Esta es la razón por la que el problema de los rituales democráticos es homólogo al gran problema de la democracia constitucional: ¿cómo proteger la dignidad del rey?, ¿cómo mantener la apariencia de que el rey efectivamente decide cuando todos sabemos que no es cierto?

Trotsky tenía pues razón en su reproche a la democracia parlamentaria: no es que otorga demasiado poder a las masas sin educación, sino que, paradójicamente, pasiviza demasiado a las masas, dejando la iniciativa a los aparatos de poder estatal (en contraste a los “soviets” en los que las

clases trabajadoras se movilizaban directamente y ejercían el poder)11. Lo que

llamamos “crisis de la democracia” no ocurre cuando la gente deja de creer en su propio poder, sino, al contrario, cuando deja de confiar en las élites, en aquellos que supuestamente saben por ella y proporcionan las pautas a seguir, cuando sienten la ansiedad de sospechar que “el (verdadero) trono está vacío” y que la decisión es ahora realmente suya. Hay siempre por lo tanto en las “elecciones libres” un mínimo gesto de amabilidad: aquellos en el poder amablemente pretenden no detentar realmente el poder, y nos piden que decidamos, libremente, si queremos dárselo. Se reproduce así la lógica de los gestos de cortesía cuyo destino es ser rechazados.

O, para ponerlo en los términos de la Voluntad: la democracia representativa en su noción misma supone una pasivización de la Voluntad popular, su transformación en sin-Voluntad [Willenlose]. La voluntad es transferida al agente que re-presenta al pueblo y tiene voluntad en su lugar y por él. Cuando uno es acusado de socavar la democracia, deberíamos responder con la paráfrasis de la respuesta, en el Manifiesto comunista, a un reproche similar (que los comunistas debilitan la familia, la propiedad privada, la libertad, etc.): el orden dominante mismo la está socavando. De la misma forma en que la libertad (de mercado) no es libertad para aquellos que venden su fuerza de trabajo, de la misma manera en que la familia es socavada por la familia burguesa en tanto prostitución legalizada, la democracia es socavada por su forma parlamentaria, con su pasivización concomitante de

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la gran mayoría, así como también por los crecientes privilegios ejecutivos implicados en la lógica, cada vez más extendida, del “estado de emergencia”. Es el auténtico potencial de la democracia el que está perdiendo terreno por el ascenso de un capitalismo autoritario cuyos engendros están cada vez más cerca de Occidente. En cada país, claro, de acuerdo a sus “valores”: el capitalismo de Putin a partir de “valores” rusos (brutal despliegue del poder), el capitalismo de Berlusconi a partir de “valores italianos” (posturas cómicas)… Tanto Putin como Berlusconi gobiernan en una democracia casi reducida a la ritualizada y vacía cáscara de sí misma, y, a pesar del rápido deterioro de la situación económica, ambos disfrutan de un inmenso apoyo popular (más de dos tercios de los votantes). No es de extrañarse que sean amigos: comparten la misma debilidad por esos “espontáneos” y ocasionales arranques escandalosos (que son, por lo menos en el caso de Putin, preparados con mucha anticipación para que encajen con el “carácter nacional” ruso). De vez en cuando, a Putin le gusta usar alguna mala palabra o proferir alguna amenaza obscena. Cuando, hace un par de años, un periodista occidental le hizo una pregunta desagradable sobre Chechenia, Putin muy bruscamente le respondió que, si todavía no estaba circuncidado, lo invitaba cordialmente a Moscú, donde excelentes cirujanos circuncidarían su pene un poquito más allá de lo aconsejable…

3.

La figura de Berlusconi es en esto crucial: la Italia actual es