6 Conclusion and further issues
6.1 Issues for further exploration
La guerra de Bosnia comenzó formalmente el 1 de abril de 1992, cuando la Guardia Voluntaria Serbia de «Arkan» tomó el centro de Bijeljina, una ciudad fronteriza, con apoyo de milicias serbias locales. Los hombres de Arkan entraron en las casas, detuvieron a presuntos islamistas y después ejecutaron a una parte de ellos, y provocaron la huida de la población musulmana.
Este esquema de actuación se repitió en Zvornik y otras localidades cercanas a la frontera: el primer objetivo fue asegurarse un cordón umbilical con la vecina Serbia. Posteriormente, y en las semanas que siguieron, las milicias serbobosnias se desplegaron por numerosos pueblos y pequeñas ciudades de la república para asegurar un sistema de corredores entre las regiones autónomas serbias en aplicación de dos grandes planes operativos: «Most» («puente») que debía unir la Krajina con Serbia, de este a oeste, y que daría lugar al corredor que, por el norte de Bosnia, enlazaría con los serbios de Croacia. El otro plan, bautizado «Drina», debía conectar los trozos de territorio controlado por los serbobosnios en Hercegovina oriental, esto es: el valle del Drina. El resultado fue una enorme «C» orientada hacia el oeste, que junto con la otra gran «C» que miraba hacia el este, la croata, encerraban en un estrecho territorio el núcleo de población bosnio-musulmana.
Las tácticas desplegadas por los serbios recordaban las utilizadas previamente en Croacia. Determinadas unidades paramilitares se encargaban de los trabajos sucios, que consistían básicamente en provocar la huida masiva de los musulmanes de regiones enteras, ya fueran población minoritaria o mayoritaria. Estas prácticas, que pusieron en boga el término «limpieza étnica», pronto se convirtieron en una característica distintiva del conflicto bosnio y alcanzaron su momento álgido en los primeros meses de guerra. Con esas tácticas, los serbios consiguieron unir sus regiones autónomas en una entidad geográfica más o menos continua, libre de población musulmana. Esa
extensión abarcaba grosso modo entre el 60 y el 70% de la superficie de
Bosnia. Pero no todo ese territorio provenía de las conquistas militares, dado que antes de la guerra los distritos de mayoría serbia ya cubrían una parte importante de la república. En total las tropas serbias vinieron a ocupar por la fuerza en torno a un 20-25% «extra» de territorio sobre el total de la superficie de Bosnia.
La batalla por Sarajevo La batalla por Sarajevo La batalla por Sarajevo La batalla por Sarajevo
Una vez completadas las operaciones Most y Drina, la guerra entró en una fase de estancamiento que tenía mucho de empate, debido a la incapacidad de cualquiera de los tres bandos por imponerse y ganar la contienda. En efecto, el impulso inicial de los serbios se detuvo durante el verano por causas diversas. En primer lugar, la ofensiva lanzada en abril se fue encallando, víctima de fallos sucesivos y, sobre todo, ante la incapacidad de tomar las grandes ciudades bosnias, aparte de Banja Luka y Bijeljina. A lo largo de los días 2 y 3 de mayo fracasó el intento de ganar el centro de Sarajevo, tras una serie de confusos combates protagonizados por unidades del Ejército federal y milicias bosnio-musulma- nas de la Liga Patriótica. Era el primer paso para poner en marcha el plan de Karadzic destinado a dividir la capital en barrios serbios, musulmanes y croatas. Sin embargo, los atacantes cometieron los mismos fallos que en la batalla por Vukovar. Los carros de combate y medios blindados no dispusieron del necesario acom-
pañamiento de infantería y fueron detenidos en las estrechas calles de la ciudad vieja por un puñado de defensores armados con cohetes antitanque.
A esas alturas de mayo, la operación fue llevada con desgana por lo
que todavía eran unidades del Ejército Popular Yugoslavo 70 ,
comandadas por el general Milutin Kukanjac, un yugoslavista convencido y nada dispuesto a ponerse a las órdenes de Karadzic. De hecho, los militares actuaron aquel día con el ánimo de fuerzas de interposición entre los milicianos serbios y musulmanes que habían
convertido la ciudad en un laberinto de controles y barricadas71. La
situación evolucionó a peor en las horas que siguieron, puesto que las milicias bosniacas, siguiendo el modelo establecido previamente por eslovenos y croatas, asediaron los cuarteles de Bistrik y exigieron que el Ejército les entregara las armas.
Entretanto, el presidente Izetbegovic, que regresaba de la con- ferencia de Lisboa, se empeñó en aterrizar en Sarajevo y fue detenido por los militares, que lo tomaron como rehén y contraofer- taron la salida de la ciudad a cambio de la seguridad del presidente bosnio. Pero el convoy de vehículos militares fue asaltado, el trato se rompió e incluso se puso en peligro la vida de Izetbegovic. La iniciativa fue, al parecer, de Sefer Halilovic, comandante de la milicia musulmana Liga Patriótica.
70 Los últimos contingentes no serbo-bosnios del Ejército federal fueron retirados de
Bosnia-Hercegovina entre el 4 y el 20 de mayo.
71 El mejor relato de la complicada situación en Laura Silber y Alian Little,
The Death
En cualquier caso, sólo una porción de Sarajevo quedó en manos serbias, que ya no pudieron hacer un nuevo intento de tomarla. La razón era simple: el Cuerpo de Sarajevo-Romanija que asediaba la capital, contaba con 28.900 soldados, incapaces por sí mismos de tomar al asalto una ciudad de medio millón de habitantes, defendida, además,
por 35.400 combatientes bosniacos3. En consecuencia, las fuerzas del
Ejército de los serbios de Bosnia, o VRS (Vojska Republike Srpske) cercaron la capital, y comenzó un largo asedio, preparado con antelación, pues ya en octubre de 1991 se habían instalado las primeras
piezas de artillería en el Monte Trebevic, sobre Sarajevo4.
Mientras tanto, fallaban otros planes. Y así, mientras que Tudjman y Milosevic podían ponerse de acuerdo en el reparto de Bosnia, y lo mismo estaban dispuestos a hacer sus peones en la república, sobre el terreno y en medio de la guerra, las cosas podían tomar rumbos inesperados. A ese respecto fue clave la reunión llevada a cabo el 6 de mayo de 1992 en la ciudad austríaca de Graz entre Radovan Karadzic y su contrapartida, el croato-bosnio Mate Boban, líder de la comunidad croata de Herceg-Bosna, que había sido proclamada medio año antes. El denominado acuerdo de Graz fue una continuación del acuerdo de Karadjordjevo y Tikves, y cabe decir que Boban puso su empeño en aplicarlo, de tal suerte que llegó a la eliminación física de aquellos que se atrevieron a cuestionarlo. La víctima más conocida fue Blaz Kraljevic, el líder de las milicias del HOS en Hercegovina, que se negaba al reparto de Bosnia, la cual debería ser ensamblada a Croacia en una federación, dando lugar a un estado similar a la Gran Croacia ustacha de la Segunda
Guerra Mundial5. En consecuencia, Kraljevic y sus estado mayor fueron
eliminados el 9 de agosto de ese mismo año, en un control de carreteras; y el HOS fue asimilado al HVO o Fuerzas de Defensa Croatas de Bosnia (Hrvatsko Vijece Obrane, Consejo de Defensa Croata).
■ Marko Attile Hoare,
How Bosnia armed.
, Saqi Books, Londres, 2004;vid
pág. 73.4
Ibid.,
pág. 35.5 Kraljevic: publicó el 9 de mayo una proclama instando a desacatar los acuerdos de Graz.
Véase una reproducción del original en su biografía en Wikipedia, edición inglesa: Blaz Kraljevic.
Sin embargo, en Graz no se lograron perfilar por completo las líneas de demarcación serbocroatas, la posesión de Mostar quedó en entredicho, y en consecuencia las fuerzas croatas lanzaron una ofensiva que entre el 12 y el 17 de junio, expulsó a los serbios de la ciudad. Este tipo de situaciones terminaron por cortocircuitar las relaciones entre Belgrado y el gobierno de los serbios de Bosnia, establecido en el pueblo de Palé. Pero tampoco las relaciones eran del todo fluidas entre el gobierno de Zagreb y los croatas de Hercegovina.
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A esas alturas, los ineficaces esfuerzos de las grandes potencias por parar la guerra terminaron por complicar más y más la situación, contribuyendo, en realidad, a alargar el conflicto. La primera gran cita tuvo lugar en la conferencia de Londres, celebrada el 26 de agosto de 1992. Milosevic acudió a ella convencido de que los serbios eran el bando ganador y ya sólo se trataba de negociar las condiciones para concluir el conflicto a favor de sus intereses. Estaba equivocado, pero la conferencia degeneró en un lío en el cual el presidente serbio se encontró con la hostilidad de su propio primer ministro, el serbio-americano Milán Panic, que él mismo había nombrado, con la idea de manejar mejor a los estadounidenses y a los británicos. Por otra parte, la delegación de los serbios de Bosnia fue dejada de lado en las negociaciones. Estos sabían muy bien cómo Milosevic había manipulado a los serbios de la Krajina y también estaban enterados de cómo se las gastaba el croata Mate Boban con sus connacionales disidentes. En consecuencia, comenzó un desencuentro que ya no tuvo marcha atrás y que Milosevic tuvo cada vez menos posibilidades y ganas de recomponer.
El dirigente serbio no quería enterarse de la mala imagen acu- mulativa que estaban cosechando los serbios en general y su figura en particular. El 28 de mayo, Sarajevo sufrió el bombardeo más violento de los primeros 52 días de combates. En consecuencia, el
Comité de Representantes Permanentes de la CE decidió imponer un embargo comercial contra Serbia y Montenegro. Dos días más tarde, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó una nueva Resolución, la 757, por la que se declaró a Serbia y Montenegro «principales culpables» de la guerra en Bosnia-Her- cegovina, lo que conllevaba un completo bloqueo económico y la suspensión de toda cooperación científica, cultural y deportiva con Yugoslavia.
Eso dejó muy contrariado a Milosevic, quien hasta ese momento había estado convencido de que las potencias occidentales nunca llegarían tan lejos como para aplicar un embargo contra un país europeo. La medida sentó muy mal en Serbia, y en Belgrado comenzaron a verse las primeras manifestaciones de abierta hostilidad a Milosevic, ya a lo largo de junio. Por lo tanto, el presidente serbio regresó de Londres sin ni siquiera haber resuelto ese problema. A lo largo del verano la guerra de Bosnia aún habría de complicarse más.
En julio, el periodista Roy Gutman, que escribía para un pequeño
periódico de Nueva York, el NeNeNeNetosday,tosday,tosday,tosday, dio con un filón informativo
cuando logró llegar hasta la pequeña localidad de Man- jaca, en el norte de Bosnia, y publicar su primer reportaje sobre un campo de detención de las tropas serbias. En capítulos sucesivos, el reportero cargó las tintas todo lo que pudo para exprimir a fondo el descubrimiento y dado que no tardó en entablarse la característica carrera entre periodistas por el
scoop informativo, en agosto la prensa internacional ya comparaba abiertamente los centros de detención serbios de Bosnia con los campos de exterminio nazis.
Los responsables políticos de ese bando, comenzando por Ra- dovan Karadzic', se alarmaron ante la desastrosa imagen internacional que estaba dando el asunto de la causa serbobosnia. En consecuencia, y para demostrar que Man jaca, Omarska o Trno- polje no tenían nada que ver con Auschwitz o Dachau, accedieron a que equipos de periodistas occidentales visitaran los centros. Por otra parte, los nazis nunca hubieran permitido el acceso de la prensa internacional o las cámaras de televisión a sus instalaciones concentracionarias. De hecho, ni siquiera lo hubiera consentido la dictadura militar argentina. El problema estaba en que no existe forma humana de que un régimen logre dar una
imagen positiva de sus centros de detención y concentración, como experimentaron los mismos norteamericanos una década más tarde con el campo que organizaron en Guantánamo para los prisioneros de Al Qaeda, o la prisión de Abu Ghraib, en Irak. Razón de más si las instalaciones son provisionales, mal organizadas y destartaladas, como eran las que habían habilitado los serbios de Bosnia en granjas, fábricas y lugares parecidos. Además, era cierto que en muchos casos se habían producido abusos, crímenes, violaciones y torturas. Y sobre todo ello estaba el hecho de que la limpieza étnica era una práctica odiosa. Por muchos precedentes que existieran en la historia europea, incluso entre países civilizados y en épocas bien recientes, era algo que ningún régimen u opción política podía aspirar a defender frente a los países más democráticos de la denominada comunidad internacional.
En consecuencia, a lo largo del mes de agosto, la imagen de la causa serbia alcanzó uno de sus puntos más bajos. Por primera vez se alzaba un clamor de opinión pública pidiendo alguna forma de intervención militar exterior para detener aquel horror. Si no se produjo algo así fue debido a razones técnicas: no era tan fácil improvisar una acción a gran escala, y como se vio más tarde, los resultados tampoco solían ser tan inmediatos y contundentes, a pesar de que la opinión pública occidental, notablemente intoxicada por la fácil victoria en la guerra del Golfo, y sobre todo, por el optimismo inconsciente que se vivía a comienzos de los años noventa, como consecuencia de la victoria en Guerra Fría, creía en ese tipo de milagros militares. Pero además estaban los argumentos políticos para no lanzarse a tales aventuras. Uno de ellos era la nula voluntad intervencionista de los norteamericanos en aquel verano de 1992. Ayudaba el hecho de que por entonces algunos de sus mejores conocedores del mundo yugoslavo eran notablemente favorables a los serbios y estaban políticamente bien situados en la administración Bush, como el vicesecretario de Estado, Lawrence Eagelburger, conocido como «Mr. Yugoslavia» por haber servido en dos ocasiones como diplomático en ese país. El consejero para la Seguridad Nacional, Brent Scowcroft también había sido agregado militar en Belgrado. En cualquier caso, Geor- ge Bush padre ya había cosechado sus laureles en Kuwait, se acercaba el final de la legislatura y no era
cuestión de comprometer lo ganado en una acción apresurada y azarosa en Bosnia. Y si los norteamericanos no encabezaban una coalición militar internacional, ninguna potencia europea se arriesgaría a hacerlo en su lugar.
Por otra parte, la deriva política en Rusia se había vuelto muy incierta, y ejercía una mayor influencia de lo que entonces se quería aceptar sobre la situación en la desintegrada Yugoslavia. O mejor dicho, en relación con las cancillerías de las potencias occidentales implicadas en buscar alguna forma de solución para lo que acontecía en Bosnia.
Rusia iba mal debido a que la terapia de shock recetada por Jeffrey Sachs y los teóricos del neoliberalismo de aquellos años se había convertido en un «shock sin terapia». Las magnitudes del empobrecimiento en el enorme país llenan páginas y más páginas de
cualquier manual de historia sobre aquellos años72. Pero en el terrible
1992 la inflación alcanzó el 2.500%, y los ahorros de 118 millones de personas se evaporaron. No era de extrañar que nadie confiara en los bancos; y menos cuando los fondos de inversión piramidales —una forma de estafa que se extendió por toda Europa del Este en esos años— limpió las carteras a otros 16 millones de rusos. La producción cayó en un 20%, la agricultura se arruinó por falta de subvenciones. También descendió con rapidez la esperanza de vida de la población y las diferencias de riqueza entre pobres y ricos pasaron de la proporción 4/1 de 1991 a un espantoso 16/1, mientras el umbral de la pobreza se extendía al 30% de la población, doblando los porcentajes de la Europa occidental. Para Rusia 1992 fue el año del shock, sin que en ningún momento se viera ni por asomo un horizonte de estabilización.
La desintegración de Yugoslavia había cumplido sus objetivos ayudando a la desintegración de la URSS. Pero ahora las recetas occidentales pendían de un hilo. Ni las financieras ni las políticas habían servido para evitar el desastre yugoslavo. Por lo visto, en Rusia se estaban llevando demasiado lejos y el resultado podía ser más que
72 Valga como referencia el excelente estudio de Rafael Poch-de-Feliu:
La gran
transición, 1985-2002,
Crítica, Barcelona, 2003;vid
págs. 251 a 261. Los datos citados para el 1992 ruso proceden de esa obra.catastrófico: una revolución, un golpe de estado «involu- cionista», una guerra civil. En ese contexto, lo que hicieran los occidentales en Bosnia podía tener repercusiones graves en Rusia. Una intervención militar podría dar la impresión de que las soluciones a tiro limpio eran las únicas válidas. Y, llegado el caso, era impensable hacer eso en Rusia si la situación se descarrilaba. Por otra parte, era mejor no pensar qué podría suceder si la intervención militar era improvisada y además salía mal en
un pequeño país que, como Bosnia, tenía una extensión de 51.000 km2.
Por lo tanto, el efecto espejo en Rusia era una consideración que im- ponía andarse con pies de plomo en Bosnia, y seguir buscando soluciones negociadas.
Así, en enero de 1993, un enviado de las Naciones Unidas, el exsecretario de Estado Cyrus Vanee, y otro de la CE, el británico David Owen —antiguo Foreign Secretary— se pusieron a trabajar en un plan de paz basado en diez cantones semiautónomos, derivado del que había presentado Cutileiro el año anterior. El que terminó por denominarse Plan Vance-Owen favorecía a serbios y croatas de tal manera que de hecho representaba el triunfo del reparto de Bosnia, aunque aplicado dentro de la república como estado soberano y manteniendo sus fronteras de 1991. El territorio controlado por los croatas crecía apreciablemente, cubriendo las expectativas de Tudjman en Hercegovina y la Posavina, en el norte. Los cantones bosniacos, divididos en dos trozos, conectaban uno con Croacia y otro con Serbia. Pero los territorios serbios perdían la conexión entre sí, divididos en tres porciones. En conjunto, los croatas salían ganando de forma neta en el reparto, porque además sus territorios conservaban conexión directa con Croacia y eran los más coherentes. Pero la filosofía subyacente al plan era la de equilibrar el poder político de las tres entidades.
Según se afirmó en la época, la guerra que estalló en enero de 1993 entre los croatas y los musulmanes era una derivación directa del Plan Vance-Owen: la negativa musulmana y la serbia estaban aseguradas, y antes de perder la oportunidad, las fuerzas croatas habrían jugado a los hechos consumados. Una broma muy conocida era la que afirmaba que las siglas del Consejo de Defensa Croata o HVO (Hrvatsko Vijece
Vance-Owen»]. Sin embargo, esta versión forma parte de la historia canónica que se forjó por entonces, directamente asociada con la imagen victimista que se tenía del bando bosnio-musulmán, y que el mismo gobierno de Sarajevo se esforzaba en mantener para justificar la demanda de ayuda exterior por parte de las potencias occidentales.
La guerra La guerra La guerra
La guerra croato----musulmanamusulmanamusulmanamusulmana
En 2003, el analista de asuntos militares Charles R. Shrader publicó un documentado libro sobre la guerra croato-musulmana en Bosnia, en el