5.2 Process issues
5.2.2 Issues with the co-ordination of care
Las voces de la comunicación
En este capítulo, con el que iniciamos el tercer bloque de la obra, vamos a revisar los múltiples usos posibles de la voz en el contexto de la locución profesional en medios audiovisuales. A través de una breve revisión histórica descubriremos la génesis de las distintas prácticas de la locución y sus principales pilares expresivos. El lector no encontrará en este capítulo instrucciones sobre cómo debe realizar una locución específica, dado que esas instrucciones se han propuesto ya, en términos globales, en los capítulos anteriores. En cambio, sí hallará la disección de esas voces radiofónicas y televisivas con el objetivo de destilar su esencia y entender sus peculiaridades.
VOCES INFORMATIVAS: LA CREDIBILIDAD
Al hablar de información es obligado que, en primer lugar, hablemos del texto, y mejor aún si al enunciarlo le añadimos un énfasis gráfico: el texto.
En todo nuestro planteamiento, en este paulatino desgranar que intenta explicar cómo respirar, cómo pronunciar, de qué manera expeler sonidos en forma de palabras por medio de la voz, damos por supuesto que el texto, lo que se quiere contai existe. Porque sin texto, sin nada que contar, no hay mensaje y sin mensaje de poco sirven la entonación o las pausas, y el medio queda mudo. Texto que (no habría que decirlo, pero lo decimos aunque no sea el propósito principal de este trabajo) es obligatorio que haya sido elaborado según los cánones imprescindibles, repetidos en todos los manuales de redacción radiofónica y televisiva, que permiten que el mensaje pueda ser descodificado con facilidad por quien lo recibe. Ya saben: ideas ordenadas, concreción del objetivo, frases cortas sin apenas subordinadas, elusión de palabras pedantes, abandono de adornos innecesarios; en resumen: claridad y sencillez. Un consejo práctico, que ya hemos sugerido
anteriormente, es el de leer en voz alta el texto recién escrito antes de entregarlo o ponerse delante del micrófono. Pequeños defectos, como por ejemplo la reiteración de terminaciones en ón o en ibles, o falta de concordancia en los plurales, o tiempos verbales alterados, pueden detectarse mejor si son oídos. Por último, damos por hecho que el informador o el locutor que haya de leer el texto comprende su mensaje (sea la información, la noticia, el avance o el comentario). Porque para que el texto pueda ser entendido (descodificado) por el oyente, es obvio que antes debe ser entendido por el informador que lo transmite. Triste destino el de un mensaje sin un buen mensajero. A pesar de la obviedad, ¡todavía! puede captarse en algún informativo actual de radio o televisión la lectura de un mensaje que nos llega indescifrable porque el locutor no lo ha sabido entender.
Entender bien un mensaje, es decir, ser capaz de captar y asimilar con rapidez un texto o, también, interpretar de forma correcta un hecho que está sucediendo en ese mismo instante (en una retransmisión en directo, por ejemplo), permite al locutor experimentado leerlo, decirlo bien y utilizar la actitud oportuna, además de entonarlo bien, darle el ritmo adecuado, etc.
Si bien cada época y cada medio marcan un estilo de locución informativa distinta, se da por aceptado intemacionalmente (aunque sea muchas veces sólo en teoría y pocas en la práctica) que para la locución informativa o enunciativa, que es la que transmite la noticia en stricto sensu, que ni comenta, ni altera, ni subraya, ni por descontado editorializa con ella, el estilo más apropiado es el más sobrio posible, es —si se nos permite este pequeño juego de palabras— el que entona lo menos posible. Es decir, la locución que aplica el llamado código BBC: voz de gran calidad sonora, de pronunciación impecable y con un mensaje libre de toda subjetividad. Así pues, transmisión del texto con absoluta limpieza y perfecta comprensión y sin ninguna carga emocional. Un texto informativo, y así se reconoce y se enseña en todas las Facultades de Comunicación, no debe poseer otra intencionalidad que no sea la pura exposición de unos hechos destacados, con independencia del dramatismo o sensacionalismo que contengan en sí mismos.
Como vemos, la locución informativa es o debería ser la locución más neutra posible. Para ello debemos producir y usar la voz de manera que aseguremos una emisión y una dicción claras e inteligibles. Además debemos controlar los rasgos prosódicos del habla para evitar cargar de emoción el texto o darle matices expresivos que lo alejen de la estricta enunciación de los hechos; Finalmente deberemos ser cuidadosos con la construcción semántica del texto oral —sintaxis sonora— para que éste diga aquello que se pretende decir y no albergue otros significados. Y finalmente entonación y ritmo estarán al servicio de la comprensibilidad sin olvidar, no obstante, que debemos ser agradables al oído de quien nos escucha para no perder su interés o atención. Sin embargo, «o tempora, o mores!» —excúsesenos el célebre lamento ciceroniano—, las costumbres de los tiempos plantean a menudo realidades informativas menos neutras cuando se trata de comunicar mensajes; se sobrentiende que hablamos de mensajes mal llamados políticos porque resultan a la postre sólo partidistas. Pasarán, pues, a la historia desde el legendario Walter Winchell durante la Segunda Guerra Mundial con sus trepidantes emisiones radiofónicas y a través de las que tanto influyó en la opinión pública americana —primero a favor de Roosevelt, después en contra, ¿o fue al revés, primero en su contra y después a su favor?, porque la subjetividad de Winchell fue siempre indisciplinada y voluble—; pasando por Ed Murrow, el único comentarista de renombre que se enfrentó con tesón al tristemente célebre senador ultraconservador McCarthy —y ahora renacido para la memoria del buen espectáculo gracias a la película de George Clooney
GoodNight, ami GoodLuck—; hasta el también legendario Walter Conkrite, ya retirado por edad de la CBS en donde fue primer anchorman (1) de los informativos de radio y televisión, y que no tuvo reparos en aportar siempre su punto de vista audazmente subjetivo y escorado la mayoría de las veces hacia la derecha más extrema.
Igualmente aquí, entre nosotros y ahora, siguiendo los pasos de la hegemónica escuela norteamericana con cuarenta o más años de retraso, podemos escuchar lecturas de mensajes informativos poco o nada neutras, destacando como ejemplos paradigmáticos —que abarcan los dos extremos de la estridencia política, aunque digamos que con más ira en un extremo que en otro—, a los periodistas-comunicadores Jiménez Losantos e Iñaki Gabilondo. A ninguno de los dos les acompleja editorializar con la noticia.
Pero nuestro propósito no es, por el momento, condensar la histoña de la disidencia y de la interpretación personal en el enunciado de mensajes informativos, sino por el contrario, detallar la norma esencial y básica que sostiene el edificio informativo en los medios audiovisuales. Y en su primer nivel —se produce un hecho, salta la noticia y es comunicada de inmediato a la audiencia— la transmisión de una nueva debe realizarse limpia de cargas, intencionalidad y sentimientos. Esta es la consigna inmutable del periodismo sonoro y sobre la que nadie puede objetar nada.
Ahora bien: la práctica cotidiana, que es terca y porfiada, nos ha enseñado que la objetividad absoluta no existe, ni siquiera la relativa. Y así, sin deslucir en apariencia la norma básica de todo buen informador, puede subjetivarse cualquier mensaje. El solo hecho de elegir una noticia determinada para encabezar el informativo, o de anunciarla con doce o con veintidós palabras, o de enfatizar con un interrogante invisible su final, o de adornar cualquiera de las palabras dichas con una pequeña dosis de emoción, de humor, de dramatismo, de sorpresa o de altanería, conducirán al oyente por la senda interesada (consciente o subconscientemente) del locutor-informador.
En cualquier caso, la que acabamos de denominar «senda interesada» del periodista-locutor es la de obtener no sólo la máxima comprensión, sino también la de provocar la máxima credibilidad. Todo sea hecho por el bien de este apasionante oficio de informar, porque cuando el toque de subjetivismo es inteligente y no partidario, el trabajo del periodista-locutor se eleva de categoría y se transforma en arte. A todos los que recibimos mensajes de información —incluidos los que somos profesionales y a quienes por costumbre nos resulta más fácil descubrir los trucos del informador— nos gusta más, quizá de modo instintivo, dificil de explicar, recibir las noticias contadas por un comunicador determinado antes que por otro. Tal vez sea porque ese subjetivismo, transmitido a través de las palabras y la voz de nuestro comunicador preferido, nos sugiere confianza, nos sugiere credibilidad.
En tiempos que ahora nos parecen remotos, el locutor informador dela radiodifusión española carecía por completo de subjetivismo, quizá porque carecía también de alma informativa cuando leía, sólo leía, las informaciones que otros habían escrito cargando el texto de subjetividad. Ejemplo irrenunciable el que ofreció durante muchos años, durante toda la dictadura franquista, Radio Nacional de España a través de su diario hablado, el bien denominado parte. En aquel triste y prolongado caso, el locutor sólo podía aportar la voz y, con ella, dar lectura adecuada al mensaje 1 Infomador líder, también llamado infomiador anda.
que, más que informativo, resultaba siempre coercitivo. Cuando al fin se extinguió la dictadura sobrevino para muchos una auténtica liberación, pero, por lo que respecta a los medios radiofónicos, supuso además un cambio radical en la manera y el estilo de informar. ¡Ya era hora de que pudiéramos hacerlo aquí como lo había hecho casi siempre el resto de los países democráticos del mundo!
Para quienes entonces trabajaban en aquella ilusionada radio llamada retóricamente de la transición, la principal sorpresa labóral con la que se encontraron fue la creación de una figura profesional diferente: la del periodista-locutor. Una misma persona encontraba la noticia —o la recibía o la buscaba o la seleccionaba—, la redactaba y la transmitía de viva voz a través del micrófono. Esas nuevas personas o entes autónomos —a quienes el profesor Balsebre ha calificado oportunamente como voces periodísticas— se han convertido ya en el único eslabón entre el hecho noticiable y el oyente-receptor.
Hasta ese momento se habían hecho claros distingos profesionales entre quien escribía el texto y quien lo leía, de tal modo que las voces que accedían a un micrófono de radio debían estar libres de cualquier responsabilidad de interpretación informativa; se les exigía solamente que supieran leer con daiidad y corrección y que la calidad del sonido que fabricaran fuera buena según los cánones tradicionales. En ese tiempo, una voz para la radio era tanto más cotizada y respetada cuanto más terciopelo y gravedad sonora derrochara.
Por el contrario, cuando la radio buscó más que calidades de voz, cantidades de credibilidad y garra informativa, accedieron a los micrófonos buenos redactores pero neófitos locutores, lo que no les ha impedido que se hayan convertido en excelentes profesionales de la comunicación, voces periodísticas de acrisolado prestigio. Pero la inercia de un sistema de acceso, en el que sólo cuenta la aptitud para redactar la noticia y un mínimo desparpajo en la expresión oral, ha devenido en una radio que en general está dotada de buenos informadores —el producto final suele ser muy interesante y competente—, pero ha decrecido el nivel acústico del medio en cuanto a la calidad tradicional de las voces que nos hablan. Y eso tampoco es excesivamente optimista.
No olvidemos que la voz que informa, para conseguir sus objetivos de comprensión y credibilidad, debe también gozar de un timbre sonoro si no agradable, por lo menos no desagradable. La voz periodística debería cuidar su correcta expresión, corregir sus defectos silos tuviera y leer o pronunciar con voz clara y facilitar su entendimiento con escasas dudas. Hay que huir como de la peste de los tonillos que enfatizan erróneamente, de los aflautamientos equívocos, de la respiración desacompasada, de quienes no saben respetar los puntos y las comas, de quienes «cantan» la noticia en lugar de leerla. En definitiva: no sigamos los pasos de todos aquellos que no comunican bien porque, por un deje o una inflexión a destiempo, perderán el bien más preciado de una voz periodística: su credibilidad.
VOCES DEPORTIVAS: EL DINAMISMO
El 3 de octubre de 1951 tuvo lugar en Nueva York un acontecimiento deportivo que marcó una época y se constituyó en leyenda, enriquecida a lo largo de las evocaciones que año tras año han hecho las crónicas. Y asómbrense: sólo se trata de un partido de béisbol —eso sí, la más importante religión deportiva americana—, pero que por lo visto no fue un partido más. Enfrentó a dos
clásicos, los Giants y los Dodgers. Vencieron los Giants gracias a la consecución, parece ser que memorable, de seis carreras consecutivas y, sobre todo —de ahí surge el mito—, a la bola que un bateador expulsó hasta los cielos de la noche neoyorquina en una curva extraordinaria que maravilló a quienes la vieron en directo y encandiló a quienes escucharon el relato del periodista Russ Hodges a través de la emisora de radio WMCA, integrada en la cadena CBS.
La retransmisión de ese partido legendario en la historia pop de los yankis es el punto de partida que utiliza el gran escritor actual Don De- Lillo en su novela angular Underworld (2). DeLillo abarca en su ambicioso libro la crónica americana de la segunda mitad del siglo xx. En sus páginas se altema ficción y realidad, combinando la peripecia de protagonistas imaginarios con la actuación de personalidades reales, tales como Frank Sinatra, J. Edgar Hoover, Lenny Bruce y muchas otras. Y comienza por el periodista Russ Hodges que, como hemos indicado, fue quien cantó para la radio y la posteridad aquel mágico encuentro, con el relato minucioso, y dicen que sobrecogedor, del vuelo más hermoso de una bola de béisbol por encima de miles y miles de miradas extasiadas. El escritor hilvana su relato de múltiples facetas a través, precisamette, del reçorrido de aquella bola celestial que sobrevoló como ninguna otra el estadio, y luego de la peripecia de las personas que se la disputan una vez que regresa a la tierra y es encontrada, por que acaba ya de convertirse en una preciada pieza de colección y en un trofeo sentimental único.
Si hemos hecho hasta aquí tan pormenorizado recuento del arranque del libro de DeLillo, es porque el autor utiliza como tema literano esencial la narración literal que Russ Hodges hizo del mítico partido de béisbol, la narración real. Nos parece revelador que, cincuenta años después, un escritor literario tan prestigiado y reconocido, haya buscado en los archivos sonoros y descubierto aquella retransmisión, para de inmediato, imaginamos que sobrecogido, transformarla en piedra sillar de su monumental obra. Las frases, o casi seria mejor decir los gritos, los aspavientos sonoros, los ingeniosos retruécanos, los jolgorios lingüísticos que exhaló el periodista mientras les estaba contando a los oyentes un partido de béisbol, mezcla de emoción, asombro y agudeza, se leen ahora, en las páginas de DeLillo, como un compendio nguroso de lo que significa ser una auténtica voz periodístico-deportiva.
Porque es muy diferente la actitud y el comportamiento de la voz que transmite las noticias de un informativo, de la actuación y el carácter y hasta el temperamento de la voz que transmite un acontecimiento deportivo. Si para un locutor que da información general es muy recomendable —y ya lo dijimos antes— conseguir la imparcialidad y el objetivismo aproximado, para un locutor que explica, al mismo tiempo que está pasando, un suceso deportivo, la recomendación es casi la contraria. Es imprescindible el derroche de subjetivismo inteligente, porque, no nos olvidemos, la noticia del hecho que está pasando nos relata una competición, un encuentro tras el que alguien gana y alguien pierde. Y que nos perdone el barón de Coubertin y su loable espíritu olímpico, pero en la sociedad actual es más importante, cotiza siempre al alza, el que gana y no el que sólo participa.
El desarrollo de un choque deportivo —y así lo titulan muchos periodistas renombrados— lo vivimos como oyentes sólo a través de los ojos, de la voz, del sentimiento, del dolor o la alegría del 2 Submundo en la versión española editada por Circe, 2000.
relator que nos lo cuenta. Es una pura narración subjetiva que nos transmite un sólo hecho cierto y objetivo: el resultado final inamovible, pero, ¡ah!, en su trayecto están permitidas, son incluso necesarias para la mejor comunión final entre los oyentes y el relator, toda suerte de fantasías verbales que nos aproximen más a uno de los dos contendientes y nos alejen todo lo posible de su oponente. La retransmisión del mismo hecho deportivo, pero vista a través del subjetivismo contrario, parece que nos está explicando otro encuentro distinto.
Así, el periodista deportivo que conecte mejor con su audiencia, será aquel que se deje llevar por el entusiasmo que suscita en el público un determinado equipo, club o atleta. Y que sepa establecer un código especial de señales, un vocabulario exclusivo sólo inteligible para los oyentes que lo han elegido. Un ejemplo tan primario como la manera de cantar los goles —o las canastas, o los récords, o las victorias—, es suficiente para diferenciar una retransmisión de otra, un relator de otro. Volviendo al tema de inicio, las alegrías sonoras de Russ Hodges sin duda que complacieron más a los seguidores de los Giants que a los de los Dodgers.
También, por supuesto, podríamos defender el rigor y la templanza que antes exigíamos a los periodistas de información general a los informadores de deportes. Pero no, porque si en ocasiones la información general puede transformarse sin quererlo en un espectáculo, la información deportiva es, sin transformación alguna, en su propia esencia, un espectáculo auténtico. Podemos decir que hoy día, en todos los rincones de la tierra, es el mayor espectáculo del mundo. Y el espectáculo de dos que contienden, desde el panem et circenses de los romanos, exige un vencedor y un vencido, por tanto, una visión sesgada para exaltar a los que ganan y atemperar a los que pierden.
Todo este largo relato creemos que nos ha servido para justificar un rango específico en la locución informativa. Ia locución deportiva, aun con sus semejanzas con la noticia, es obligatoriamente distinta de la locución informativa general. Ahora no hay un texto previo que pueda ser leído; ahora sólo hay un reto profesional, una especie de arriesgado cara a cara del periodista con la noticia que se produce en ese mismo instante y de la que se ignora cuál será su final, cuál será su estallido informativo.
La escuela del informador deportivo suele ser autónoma. Cada periodista que aspira a seguir esta especialidad debe estar en posesión de una voz moldeable y flexible que con el tiempo deberá autofabricar el juego de intensidades, la modulación, la música de su entonación y hasta el ululato que caractericen su estilo. Y debe conocer a fondo todo el repertorio de recursos expresivos que le permitan construir una narración en la qlie se refleje el ritmo del acontecimiento deportivo, que advierta sus situaciones singulares, y que sepa expresar las emociones y sensaciones que ese evento despierta entre sus aficionados.
Desde el principio de esta singular modalidad en la radio, cada nuevo especialista ha aprendido escuchando a quien lo hizo antes, procurando imitarle, y sólo después de mucha práctica, aportando