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CHAPTER THREE: CONTEXTUAL REVIEW

JACKSON POLLOCK

Para extraer del genial Miguel Ángel sus mejores enseñanzas lo más conveniente es seguir su obra cronológicamente porque muestra una evolución ejemplar que parte de la recuperación del arte clásico antiguo y con un dominio excepcional del arte de la escultura consigue crear, en una evolución que vemos como contemporánea nuestra, un estilo propio que culmina con la renuncia del virtuosismo y despoja a su obra de lo accesorio para profundizar en lo esencial y más expresivo de su concepción artística. Una vida activa muy larga, una firmeza irreductible en sus creencias y planteamientos, un dominio absoluto de la técnica y, sobre todo, un talento de genio para la escultura y para el arte en general, le han permitido, no sólo ser un hito de la historia de la escultura occidental sino un artista que sigue vivo, plantea preguntas pertinentes y ofrece pistas al artista actual.

Sobre la aportación de Miguel Ángel a la escultura, señala Hans Stegmann, que

“en la amplia y vigorosa constitución corporal de sus figuras de cabeza pequeña, y cuyas masas poseen un movimiento maravilloso, se advierte ya la característica de su arte: la exuberante vitalidad, difícilmente contenida.”50

Entre las primeras obras conocidas de Miguel Ángel hay algunos relieves, lo que responde a la idea de que se trata de una manifestación primaria y principal del arte de la escultura.

El tema del primer relieve, La batalla de los centauros y los lapitas (1492), es mitológico y recrea la lucha entre las fuerzas prehistóricas representadas por los centauros -mitad hombres, mitad caballos- que, ebrios en la boda real a la que han sido invitados por el rey del pueblo lapita, son derrotados. Se afirma así el triunfo de la civilización sobre la barbarie, de la cultura sobre la naturaleza.

Esta obra primeriza, realizada cuando Miguel Ángel tenía apenas 17 años, aporta unas novedades que prefiguran su desarrollo posterior como artista. En sus manos, toda la pieza de mármol se convierte en un relieve, haciendo que las múltiples figuras que lo componen salgan con naturalidad de la piedra, evitando el tratamiento por planos paralelos de profundidades sucesivas, como hacían otros escultores. Aquí, las figuras en lugar de presentarse desde el primer término al último, parecen emerger desde el último, en el que se pierden en la base de la piedra como si el mármol fuera un medio líquido, hasta un primer plano en el que los cuerpos de los contendientes, centauros y lapitas de perfecta anatomía, brillan plenamente. Imprimirá un muy inteligente tratamiento del pulido, en el que matizará los cuerpos según la profundidad hasta llegar a la piedra madre, labrada sin pulir.

50  Ibídem, p. 216.

MIGUEL ÁNGEL (1475-1564). Primeras obras

Pasa por diversos grados intermedios que produce un apenas perceptible pero muy eficaz efecto de perspectiva, que se conocerá como el «non finito». Miguel Ángel utilizará este recurso en muchas de sus obras hasta el final de su vida.

En este relieve compone un conjunto dinámico y equilibrado muy complejo, que muestra un tumulto de cuerpos entrelazados y en movimiento cuyos miembros, en perspectiva, se mueven desde el plano más próximo hasta desaparecer con naturalidad en el plano del fondo, conjugando con habilidad las partes salientes de unos cuerpos con las partes huecas de otros, en una visión plena de escultor que domina los volúmenes.

Practica ya en esta obra primeriza la habilidad de dejar ciertos detalles de la obra sin terminar, con la huella del puntero o de la gradina a la vista, “(…)

y un uso muy atrevido de los trépanos para horadar y profundizar con el cincel,”51 demostrando un valor y un dominio excepcional de la herramienta,

entrando hasta donde los escultores en general sólo se atreven a llegar con la escofina. Con esta técnica consigue, además del mencionado efecto escultórico de perspectiva, semejante a la llamada «perspectiva aérea» en pintura, una viveza extraordinaria en la epidermis de los cuerpos y una belleza inquietante en las figuras, muchas de ellas apenas esbozadas.

Otra obra de juventud, reseñable como precedente del que será su gran David, es la de San

Próculo (1494-1495) que podemos ver como un desarrollo del David en mármol de Donatello.

Destaca por su gesto fiero pero contenido, adelanto de la «terribilittà», y el elegante tratamiento de los ropajes en movimiento, en una postura que anuncia la del David.

Una obra algo posterior, realizada con 21 años, que muestra su madurez artística y su gran dominio de la técnica es la de

Baco (1496-1497), cumbre de la estatuaria clásica que emula

sin complejos a sus precedentes antiguos greco-romanos. Esta obra, de tamaño algo más grande que el natural, concebida en bulto redondo para ser colocada en un jardín entre una colección de antigüedades, con sus múltiples puntos de vista invita a rodearla. Es monumental por su tamaño y prodigiosa por la inteligencia de su planteamiento, lo sutil de sus detalles y su perfecta ejecución, como iremos viendo.

El tema de la mitología clásica desarrollado en su estatuaria, adquirirá un sin fin de matices que permiten descubrir intenciones muy variadas. En principio, como en algunos modelos clásicos, llama la atención la postura de este dios del vino, en un equilibrio difícil, incierto y vacilante. Se apoya como en un amplio anti-contrapposto, que muestra inseguridad en lugar de la estabilidad que proporciona el contrapposto, con el pie derecho muy levantado, apenas apoyado, y la rodilla

doblada y adelantada, el vientre saliente e hinchado y el pecho y los hombros retrasados. Adelanta la cabeza ligeramente ladeada, con la mirada como ida y fija en la copa, la boca sensualmente entreabierta y el pelo ensortijado con rizos y uvas. Adelanta también el brazo derecho que dobla mostrando la copa, mientras el brazo izquierdo, relajado a lo largo de su cuerpo y un poco retrasado, le sirve de inseguro apoyo sobre una piel de tigre y unas uvas que un pequeño fauno come ávidamente.

51  FORCELLINO, Antonio, op. cit., p. 52.

San Próculo, h. 1494- 1495. Miguel Ángel.

Está perfectamente terminada y pulida en todos sus detalles, lo que no será habitual en Miguel Ángel. Es la perfecta imagen de una cierta ebriedad todavía controlada que muestra una espléndida juventud llena de vida y sensualidad, en ese instante previo a una posible pérdida de conciencia por la ingestión etílica, pero sin perder la dignidad de su condición de ser divinizado. La anatomía está resuelta perfectamente, consiguiendo con una gran delicadeza la inserción de músculos y articulaciones, que los antiguos llamaban «appiccature», de muñecas, codos, hombros y rodillas, que resuelve la inevitable rigidez de muchas anatomías antiguas, consiguiendo con ello una carne mórbida, de redondeces y suavidades andróginas, propias de un adolescente sensual y de ambigua belleza. Como señala Vasari, quiso “dotarlo del talante

despierto de la juventud del macho y la carnosidad y la redondez femeninas.”52

Es la representación de la divinidad mitológica, que para los humanistas renacentistas encarnaba el alma pagana, y para Condivi, el biógrafo autorizado de Miguel Ángel, expresaba un contenido moralizante sobre la rápida muerte del bebedor excesivo, insinuado en la piel del animal muerto que acaricia con su mano.

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