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Lorenzo solía sentarse en el segundo tramo de escaleras, que están tras las puertas de cristal del metro de Opañel, justo antes de las taquillas, y no en el primero, que da a la boca de la estación. La razón es sencilla; hace menos frío y el viento apenas llega. Claro, eso sí, para cualquier mendigo cuanto más cerca de la boca del metro mucho mejor, porque la competencia no se pone delante y eres el primero, y si la caridad del usuario del metro es escasa y se marchita a la primera de cambio, la moneda pelada que tenga destinada al pobre de turno será para el primer mendigo que aparezca. Pero la estación de Opañel, que Lorenzo considera suya, no es muy concurrida y los mendigos que pululan por el barrio no suelen tenerla en cuenta, y además, la clientela es casi fija y de confianza, de la familia si me apuras, es decir, que la moneda diaria, la vuelta del periódico o del primer café destinada al pobre, antes de dársela a ningún otro desarrapado la van a destinar al bueno de Lorenzo, que es un mendigo muy limpio, muy educado y conocido de toda la vida.

Sin embargo, al “bueno” de Lorenzo de vez en cuando le sale un competidor que se pone, precisamente, donde él no quiere, en el primer tramo de escalera, en plena boca de metro, a la intemperie. «¿Es que es

inmune al frío ese mal nacido?» Lorenzo se queja de vicio, porque a

diferencia de él este pedigüeño no usa la estación como punto fijo para el oficio. Aparece y desaparece sin avisar, y ni siquiera de una manera periódica u ordenada; puede ser que tarde en volver tres meses, y después, a la semana siguiente de su última desaparición, retorne y se tire cuatro días pidiendo a la puerta, para largarse y evaporarse durante otros nueve meses, o incluso un año entero. Además, siempre es el mismo mendigo, un tipo raro que parece sacado a hostias de otra época, hediondo como un puerco, que lleva una carretilla sin neumático y se rodea de toda una pléyade de perros enfermos y lisiados a los que hasta el niño más piadoso amante de los animales menesterosos, despreciaría sin dudarlo.

Si fuesen muchos los mendigos que le disputan el puesto —su estación— a Lorenzo, sus problemas sí que serían considerables, pero este pobre, que ni le molesta ni le toca las narices para putearlo ¡o peor!, para echarlo con

cajas destempladas de su escalón cálido previo a las taquillas (que de todo hay en el oficio de pedir y cosas peores se han visto), en definitiva es un bendito; sería para estarle agradecido e incluso entablar algún tipo de relación cordial si el hecho singular de la amistad no fuera posible. Joder, si además consideramos que el pobre en cuestión fluye y se esconde como el Guadiana por sus ojos, la conclusión es sencilla: el mendigo extraño y apestoso de la carretilla y los perros resulta un chollo, una bicoca, una suerte para Lorenzo. ¡Vete si no a la estación de Oporto, a ver cuántos y de qué pelaje te encuentras!

Y sin embargo, a pesar de que Lorenzo reflexiona y reitera su opinión una y mil veces en torno a estos argumentos, no está contento, y cada vez que el dichoso pordiosero reaparece de ignoramos qué ignota dimensión, Lorenzo se pone malo y una extraña ira lo posee convirtiéndolo en otra persona; y hasta ahora se ha contenido, no crean que es incapaz del esfuerzo, pero un día cualquiera el pobre de Lorenzo estalla sin remedio, y se va a buscar al mendigo raro de los perros, sentado en los primeros escalones graníticos de la boca de la estación rodeado de sus pulgosos amigos; cae la helada, pero ellos le dan calor.

El pordiosero hediondo, el de los chuchos y la carretilla sin neumático, el Polizón que va y viene nadie sabe “de o hacia donde”, fuma pensativo un cigarrillo, con una pose y un estilazo digno de Julio Cortázar después de haber terminado de escribir Rayuela. Aunque tiene los ojos cerrados, mira al cielo; escuálidos rayos de sol lamen su cara. Sobre el suelo, entre sus pies, un pañuelo recoge tres monedas de duro y seis pesetas rubias. No es para tirar cohetes la recaudación. Apenas percibe que alguien le está arrebatando el bronceado.

Lorenzo grita fuera de sí; si sus clientas habituales lo vieran de esta guisa tan violenta, le retirarían el saludo y la calderilla. Es este un Lorenzo desconocido, tan formal que parece y ha resultado una mala bestia. Pero Lorenzo sabe que esas personas que le aprecian y sostienen ya se encuentran en sus trabajos y quehaceres, y no volverán a pasar por esta boca hasta las seis o las siete de la tarde. No hay peligro de que descubran otra faz, la más bruta del bueno de Lorenzo.

¡¡¡Ya te estás largando de aquí con los putos perros y la carretilla roñosa!!!, ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo el puesto y la

clientela?, ¡¡¡la estación de Opañel es mía!!!, ¡¡¡búscate otro sitio o lo vas a pasar mal!!!

Los perros, lejos de defender a su amo con el gruñido amenazante o el mordisco no mediado, escaparon a la otra punta de la escalera con el rabo entre las patas, lejos de aquel poseso ruidoso cuyo rostro iracundo ha cambiado hasta de color. Tal vez no era su amo, y por eso no lo defendieron ni hicieron nada por el Polizón. Salvo huir. Y nada también es lo que hizo el Polizón, volver de su reflexión (cualquiera que esta fuera) y apagar la colilla del cigarrillo contra el suelo.

No sé por qué se enfada así; usted está dentro y yo fuera. ¡¡¡Aun así la estación es solo una, y es solo mía, y no quiero compartirla!!! Pero vamos a ver, hombre de dios, si por tres o cuatro días que vengo al año, ¿tanto perjuicio le hago al señor? El mismo que si vinieras cuatrocientos; ¡te quiero fuera de aquí ya! Pero a usted todo el mundo le conoce, y a mí... vea, cuatro perrillas de nada, ¡y mire la de bocas que tengo que mantener!, que ahí donde los ve, tan flacos y tan mansitos, comen una barbaridad. Si no te largas ahora mismo, llamo a los Candis. Si me echan a mí, le expulsarán a usted también. A mí no me van a echar porque me conocen, y además, tienen la fea costumbre de contactar a las primeras de cambio con la gente de la perrera municipal, y cagando leches aparecen con la camioneta, la jaula y el lazo... y adiós a tus amiguitos perrunos, así que tú sabrás.

El pedigüeño Polizón achinó la mirada tras saborear un regusto agrio en su boca. No le agradaba aquel señor ni la forma que tenía de dirigirse a él, y mucho menos que amenazara a los perros, así que se levantó como un titán de incógnito cubierto de miseria, que ocultase su personalidad gigantesca tras el cuerpecillo minúsculo de una pulga de circo; no tenía miedo y sí muchas cosas que decir. Lorenzo retrocedió ante el recién descubierto tamaño de su enemigo, pero no puso los pies en polvorosa porque aquel pobre de mierda, de apariencia y tiempo indescriptible e indefinible, y olor nauseabundo, no le daba miedo... aún.

¿Saber?, yo lo sé todo; sé todo sobre ti, y como sé, puedo dejar de tratarte de “usted” y escupirte a la cara, que debería darte vergüenza, Lorenzo, ¡debería darte mucha vergüenza!, tú no eres un mendigo, tú no eres ni has conocido nunca la verdadera dimensión de la pobreza material; tienes una pensión, un piso ahí al lado, en Abrantes, donde duermes todas las noches y almuerzas con el alba, y es la enfermedad, el vicio y la miseria que se

pudren dentro de ti quienes te sientan todas las mañanas en aquel escalón a mendigar, a convertirte en un pordiosero de mentira, en pobre pulcro, en pedigüeño no menesteroso, y sin embargo, no se te cae la cara de vergüenza al pedir cuando eres un intruso del oficio, cuando no lo necesitas, porque tú no te peleas en la noche con el frío, con el hambre, con los fachas que vienen a flambearte cuando en invierno duermes dentro del cajero automático, y eso no ocurre simplemente porque tú descansas en tu cama, desayunas en tu cocina, te aseas en tu baño, y después, vienes al que consideras “tu Metro”, fichas como si fueras un empleado de esto, y te pones a pedir, y no te das cuenta de que llevas toda la vida pidiendo, pidiendo, pidiendo, pidiendo un puesto mejor en la empresa, un piso mejor en un barrio mejor, mejores amigos de más categoría, mejor coche, mejor presente y desbocado futuro, mejor esposa, mejores hijas, y si pides, es porque no estimas lo que tienes, porque crees que no es suficiente y eso ha hecho de ti lo que eres, un ser ruin que vive y tiene la cabeza llena de chatarra, de calderilla, de miseria aún más miserable que la que yo arrastro o la que se rascan mis chuchos, porque eso es lo que eres, un miserable, siempre lo has sido y siempre lo serás, el mayor miserable que jamás supo hacer otra cosa que rezongar, envidiar y reprochar a los otros a pesar de que nunca se le ocurrió dar nada a nadie e intentar ser mejor para entregarse a los demás. Y así perdiste a tu mujer, y así te han perdido en su memoria tus hijas, y ahora no posees más que ese odio como un jirón de mala baba enganchado en la garganta, además de esta estación, que defiendes como si fuera el trono de Persia cuando en realidad no es más que un puto escalón de terrazo. Tu mujer e hijas se equivocaban en una cosa: no te has convertido en un mendigo; para serlo, se requiere una dignidad que tú nunca alcanzarás, la dignidad del pordiosero que se acuesta sobre su cogorza entre cartones y se despierta afilando legañas para sobrevivir en este hogar inhóspito y, sin embargo, adictivo que es la calle y que tu rechazas, ignoras y jamás estarás a la altura de conocer a fondo, porque la media jornada raquítica que le dedicas a lo de pedir no es ni mucho menos suficiente como para formar parte de la categoría del lumpen; crees ser un mendigo, pero jamás me llegarás a la suela de los zapatos, porque nunca alcanzarás a comprender qué es realmente la pobreza y cuáles son los placeres que se experimentan al transitar por los universos de la miseria.

Lorenzo no pudo escuchar más y huyó. Llevaba un buen rato con la cabeza gacha, encajando los golpes de aquel muerto de hambre que parecía sacado de una novela de pícaros, cuando de repente consideró que el piojoso atemporal del Polizón tenía toda la razón, y eso le sumió rápidamente en la tristeza más oscura y embreada que pudo encontrar en toda la extensión del examen de conciencia involuntario que estaba haciendo, a raíz de su enfrentamiento con aquel apestoso pastor de perros apestosos. Se fue, dejándolo con la palabra en la boca, pero dueño y señor de toda la estación de Opañel.

A la vuelta del trabajo, sus “clientes” masticaron la extrañeza de su ausencia desde el escalón vacío de Lorenzo, el pobre impoluto, hasta la misma boca del metro. ¿Dónde andará? Con el frescor del aire de la tarde, ya en el exterior, y ante la presencia del ser inmundo aquel, que se rodeaba de perros tan inmundos y malolientes como él, se diluía su momentánea preocupación y volvían a sus casas como los gorriones a las tejas cuando el sol se precipita al acantilado del descanso.

Y Lorenzo, ¿qué hizo más tarde, allá en el agujero donde anduviera escondido, tras lamerse las heridas de tan tremenda paliza y baño amargo de realidades? Nada. Mirar el techo desde su cama. No tuvo ni hambre, ni ganas, ni merienda, ni cena. Una jaqueca de tristezas se instaló sobre su cabeza y se hizo fuerte en la cumbre. El sueño era inalcanzable, tanto el relativo al descanso como el que se refería a la consecución de algo que no se es o no se tiene, y por eso, Lorenzo, el mendigo impostor, ni dormía, ni jamás alcanzaría la dignidad o el rango de pobre, a tenor de las palabras del Polizón. Aquellas sentencias de tan sucio y rotoso juez le herían el alma, porque a nadie le agrada que le refrieguen la roña del rostro con el estropajo de su propia verdad; pero así las fue tomando Lorenzo durante toda la tarde, como verdades rotundas bebidas a pequeños tragos, y precisamente porque eran ciertas, porque las fue tragando poco a poco y porque se trataba de un proceso muy largo y tremendamente purgante, es posible que la amargura, como la de la cerveza, acabase gustándole y transformándose en placer.

De acuerdo, era cierto, jamás sería un pobre de verdad; ¿y quién coño querría ser un mendigo de mierda?, y ya que aquel asqueroso mendigo auténtico, de sentimiento, raza y oficio, tenía toda la razón en sus palabras y en el juicio que sobre él había dictado, Lorenzo, el más ruin, el más impostor, el pordiosero más de pega de todo Madrid, iba a defender su

escalón, su estación y el aprecio de sus clientes, costase lo que costase. Aquel pobretón mal nacido, por muy de la nobleza mugrienta y de la roña que se creyera, heredera directa de la estirpe del mejor Diógenes de Sínope, no iba a sumirle en la tristeza ni mucho menos iba a poder con él ni a desplazarlo del metro de Opañel, que fue, es y será suyo y de nadie más.

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