4. Context of wetlands: conversion and global markets
4.2 Kenya: Context of Wetlands
Pilar Lizárraga es investigadora de la Comunidad de Estudios JAINA (Tarija, Bolivia). También integra el Grupo de Trabajo de Desarrollo Rural del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
La experiencia que intentaré compartir con ustedes parte del análisis de las reivindicaciones de comunidades campesinas y pueblos indígenas guaraníes del Sur de Bolivia. El tema que se ha propuesto en este capítulo es por lo menos provocador, sobre todo en la coyuntura actual de Bolivia que plantea un proceso de refundación del país. Pensar en el tema de la producción de valores de uso, de mercados para la sustentación de la vida, es una forma de interpelar a un proyecto de dominación que tiene una visión de desarrollo que está impregnando todos los aspectos de nuestras vidas, cambiándolos, transformándolos y haciéndonos cada vez más dependientes. El tema nos convoca a pensar en toda esa serie de demandas, de movilizaciones, que se han venido protagonizando en Bolivia para fundamentar las propuestas de transformación que puedan ser articuladas en el marco de la Asamblea Constituyente. Como ustedes saben, nosotros tenemos mucha esperanza en que este proceso histórico que vivimos cambie las reglas de juego. Reglas de juego que no sólo den paso al reconocimiento de un sujeto político, sino que también nos permitan reconocer a los sujetos económicos. Esto implica reconocer las formas de vida, implica replantearnos los conocimientos, las tecnologías, las reglas de juego que van a dar paso a las estrategias de vida de los pueblos.
La interpelación que se ha venido dando a partir de 1990 con la “Marcha por el territorio y la dignidad” protagonizada por pueblos indígenas de las tierras bajas, estuvo centrada alrededor del concepto de ciudadanía. Un concepto de ciudadanía que invisibilizaba a los sectores de las tierras bajas del Oriente. Todas estas reivindicaciones y movilizaciones nos plantean un primer hito en 1990, cuando los pueblos indígenas de las tierras bajas van a cuestionar un punto fundamental como lo es la ciudadanía. Una ciudadanía que no reconocía a los pueblos de las tierras bajas: mojeños, trinitarios,
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ignacianos, chiquitanos, como ciudadanos bolivianos. Esta marcha logra el reconocimiento político y de los territorios indígenas, pero no logra algo fundamental que es el reconocimiento de las formas de vida. Si bien se hace el reconocimiento político, éste es enunciativo porque ignora, una vez más, la existencia de esas formas de vida, sus conocimientos y su identidad.
En los primeros años de la década del 2000, la llamada “guerra del agua’ también cuestionó principios fundamentales este proyecto de dominación, como el tema de la mercantilización de los recursos y la expropiación que se hace de ellos, que están en manos de indígenas y campesinos y son su fuente de vida.
Después viene la guerra del gas, que también es una consecuencia, una interpelación profunda a las reglas de juego imperantes, en la cual se habla del tema de la soberanía, pero no de una soberanía dada solamente por la propiedad sino también en términos de pensar los nuevos roles que podría jugar la sociedad civil y las formas bajo las cuales podrían producirse los bienes para la sustentación de la vida. En este caso los protagonistas fueron los bolivianos en su conjunto. Hace poco estalló el conflicto minero en Guanuni que una vez más pone en evidencia la visión mercantilista sobre los recursos.
Sobrevuelo estos temas para llegar a la cuestión del mercado. La interpe- lación que los movimientos sociales realizan al proyecto de dominación en diversas etapas de nuestra historia es el cuestionamiento activo al modelo del desarrollo. La ideología del desarrollo parte del principio de dominación del mercado. Un mercado que en realidad es el ordenador de una modalidad de vida que se impone sobre otras posibles; el mercado determina tipos de trabajo, tecnologías, conocimientos y nuevas instituciones.
Si analizamos el caso concreto de un producto como el maíz, se pue- de observar que dentro de la cadena productiva de Bolivia, adquiere una connotación bastante importante a partir de lo que es la producción del alimento balanceado. Pero este producto, visto desde una óptica cultural, no es solamente portador de un valor monetario, sino portador de un valor simbólico que le permite a todo un pueblo poder reproducir su identidad y su cultura. Me refiero concretamente al pueblo guaraní que se encuentra situado en la parte del Chaco boliviano y que comparte territorio con el Brasil, la Argentina y el Paraguay. Este pueblo tiene una estrategia diver- sificada, vive de la caza, la pesca, la agricultura. Dentro de la agricultura, el producto fundamental es el maíz. El maíz es ese producto que da a las familias un valor y una identidad muy importante. Hay familias que llegan a cultivar hasta veinte variedades de maíz y en base a eso sustentan su
44 El trabajo por venir. Autogestión y emancipación social
soberanía alimentaria. Cuando el mercado define el valor monetario de un producto, el producto pierde su valor simbólico y tiene solamente valor de cambio. £Por qué? Porque entra en un circuito en el que se demanda una variedad específica, obligando a los productores indígenas a que cambien la matriz productiva. Lo que se produce es la sustitución de variedades fun- damentales para la vida de los indígenas por variedades que se requieren en centros consumidores que tienen otra perspectiva de vida.
Para los indígenas el maíz tiene un valor simbólico. Cuando circulan sus múltiples variedades de maíz está circulando su identidad; esto significa la posibilidad de reproducirse no solamente como sujetos individuales, sino como sujetos colectivos. De modo que el maíz cumple muchas funciones: alimento, reproducción de espacios festivos, elemento de trueque, etc.
La transformación de las matrices productivas provoca un cambio de las relaciones de producción. Los indígenas comienzan a transformarse en asalariados, trabajadores y jornaleros que pasan a depender totalmente de las empresas. Esto introduce nuevas jerarquías sociales, tales como la de concebir “pobres viables” y “pobres no viables”. Los pobres viables son los indígenas que pueden acceder, transformando su matriz productiva, al circuito comercial. Los pobres no viables son aquellos que, por condiciones y limitaciones que se dan dentro de su sistema, no van a poder acceder a nuevas tecnologías, a nuevos insumos y a nuevos conocimientos. Aquí comienza a generarse un problema de desestructuración de la comunidad que, entre muchos otros factores, genera la pérdida de la identidad.
La introducción del mercado capitalista influye además en otras áreas de la organización comunitaria indígena; una de ellas es la de la producción de conocimiento. Para los indígenas, el conocimiento y su producción son un bien colectivo. El hecho de producir una semilla de tipo específico es propiedad de todos los miembros de la comunidad. Ahora, bajo la nueva lógica de organización del capital, lo que se ha logrado es que ese conoci- miento pertenezca sólo a algunos miembros de una comunidad, no todos manejan el mismo conocimiento para producir un tipo determinado de se- milla. La nueva lógica no permite que todos ingresen en la nueva forma de organización del trabajo.
Estos son sólo algunos elementos que nos han llevado a tratar de vin- cular algunos argumentos con las propuestas de cambio que proclamó el gobierno de Evo Morales en Bolivia. Estas propuestas no sólo deberían ir más allá del sujeto político, sino que también deberían reformular los roles que habrá de atribuírseles a las economías campesinas. Se ha dicho que uno de los elementos fundamentales de la propuesta política del gobierno es la
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soberanía alimentaria. Para lograrla se propone trabajar sobre estructuras productivas con base campesina e indígena, para que el conocimiento local, las tecnologías y todas las formas de organización propias que tienen estos pueblos, puedan ser reconocidas. Es importante trabajar sobre circuitos regionales en los cuales cada uno pueda intercambiar lo que tiene para no incorporar en la producción lo que demandan los centros consumidores.
Territorio, producción y mercados
La lógica de las demandas que se está planteando desde las organizaciones campesinas e indígenas es la de revalorizar sus instituciones, sus conoci- mientos y aquellos circuitos alternativos que la lógica del mercado convierte en subalternos.
Nosotros pensamos que es necesario descolonizar el territorio. Esa des- colonización pasa precisamente por entender cuáles son las lógicas pro- ductivas territoriales para que sirvan de base en la articulación de nuevos territorios y nuevas instituciones. Hay que pensar de qué manera pueden emerger esas formas de vida complejas, indígenas y campesinas, incorpo- rando esas innovaciones que los mismos pueblos han hecho a través de quinientos años de experiencia –sin pensar que hay que volver a los ayllus de hace 500 años– Ya que estamos en otra coyuntura, hay que pensar en nuevas categorías, en circuitos alternativos, con identidad, con comercio justo, pensar en un tipo de mecanismo que permita darle visibilidad a las posibilidades de intercambio para sustentar sus vidas. Cómo conceptuali- zamos el mercado, cuáles son las relaciones de producción que se van a dar y cómo se van a poder transformar las relaciones de poder de ese proyec- to de dominación. Creo que estos son desafíos que también tenemos que plantearnos en términos de manejo conceptual.
Dije que la economía indígena tiene un circuito alternativo que es el de la identidad. Pero la economía indígena también está articulada al circuito del mercado, un mercado que se define a partir de un tipo de matriz productiva específica. Por eso se trata de pensar un nuevo concepto de mercado.
El gobierno de Evo Morales tiene un gran desafío debido a que por sus características tal vez sea el primero en la historia de Bolivia que puede re- organizar los territorios de la producción indígena partiendo de sus formas tradicionales, conservando las modalidades que fueron el sustento de sus vidas. Si vuelve a imponerle lógicas externas a la producción indígena, ati- zará el conflicto. El mayor problema está en aplicar políticas tradicionales en zonas en las que el capital ya se ha apropiado de los recursos naturales, tales como la zona de Tarija.
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