• No results found

3.3 Dimensionality Reduction

3.3.2 Kernel Principal Component Analysis

Ml 3, 19-20a; Sal 97; 2Ts 3, 7-12; Lc 21, 5-19.

Nos dice el Señor en el Evangelio de hoy: “Cuando oigáis ha​blar de guerras y de revueltas, no os asustéis, porque es preciso que eso suceda, pero el fin no vendrá inmediatamente... Se levanta​rá nación contra nación y reino contra reino...”. Al hablarnos así, el Se​ñor nos está mostrando lo que es la historia humana: un sucederse de violencias sin fin. Basta que ustedes lean el Antiguo Tes​​ta​men​to: a una guerra sucede otra, y los asesinatos se multiplican sin fin. El Salmo 54 resume esta situación cuando exclama: “¡Quién me die​ra alas de paloma para volar y hallar reposo! Me marcharía lejos, vi​viría en el desierto... Porque veo violencia y discordia en la ciudad... Dentro de ella hay opresión y maldad, sólo crímenes hay en su interior; jamás se ausentan de sus plazas la

tiranía y el engaño” (vv. 7-12). O si no leamos cualquier historia, la de cualquier país del mundo o la de nuestro país: todo es una historia de violencias. De manera que la situación de hoy es lo mismo que ha habido y que habrá hasta el fin. Aunque, de todas maneras, hay épocas en las que la violencia se agudiza.

Ante esta realidad, y teniendo presente lo que nos dice el Señor en el Evangelio, de​bemos estar alertas frente a los falsos profetas. ¿Quiénes son los fal​sos profetas? Vamos a identificarlos por lo que la misma Palabra de Dios nos señala. Pero antes, tengamos en cuenta esto: los terro​res de que está llena la historia son sembrados por el hombre, no por Dios. El Salmo 10 dice: “Cuando tú escuches las súplicas de los humildes... entonces, el hombre salido de la tierra no volverá a sem​brar el terror” (v. 18). E Isaías advierte: “No tembléis, ni ten​gáis miedo de lo que esa gente tiene miedo” (8, 12b). Y el pro​fe​ta Jeremías exclama: “No imitéis el proceder de las naciones pa​ga​nas, no os asustéis de las señales del cielo, como se asustan ellas, pues las costumbres que tienen son tontas” (10, 2- 3). Y oigan lo que nos dice el Señor por boca de Isaías: “¿Por qué tienes miedo de un ser mortal, de un hombre que pasa como la hierba?” (51, 12). En el Evangelio de Juan nos asegura Jesús: “No ten​ga miedo vues​tro corazón ni se acobarde” (14, 27). ¿Cómo es que el hombre siem​bra el terror en la tierra? Las guerras y revuel​tas, las pestes y las matanzas de todo género son hechas por el hombre: seres aterro​ri​zados exterminan a sus semejantes porque, cuando el espanto llena el corazón, se siente la necesidad de defenderse de todo cuanto lo ro​dea, todas las personas se vuelven peligrosas y sospechosas para el que está despavorido. Un asesino es una persona dominada por el te​​rror; por eso mata.

Pero, además, una de las estrategias que muchos utilizan para do​minar a la gente e imponerle su voluntad es crearle miedo. Mu​chos lo hacen porque tienen el corazón repleto de terrores, y quie​ren proyectarlos sobre los demás: de esta manera enredan a los otros en sus propios espantos. Por eso no hay mayor equivocación que tenerle miedo a un ser humano; esto es hacerle el juego a sus te​rrores y caer en su propia trampa. Así que la Sagrada Escritura constantemente repite: “No tengáis miedo”. La Segunda Carta a Timoteo nos de​clara: “No nos dio el Señor un espíritu de temor, sino de fortale​za, de amor y de templanza” (v. 1, 7). A su vez, san Juan dice: “En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el te​mor, porque el temor mira al castigo; quien teme no ha llegado a la ple​nitud en el amor” (1Jn 4, 18).

Los falsos profetas, pues, son personas llenas de espantos que anu​ncian estos terrores como si fueran la voluntad de Dios, en contra de lo que nos dice la Escritura. Con lo que se demuestra que pre​dican sus espantos y alucinaciones y no la voluntad de Dios. Es por eso que Jesús nos dice hoy: “Mirad, no os dejéis engañar. Por​que vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. “No vayáis detrás de ellos”. Y en el Evan​ge​lio de san Mateo advierte: “Si alguno os dice: ‘Mirad, el Cristo está aquí o allí, no le creáis. Porque surgirán falsos cristos y falsos pro​fe​tas, que harán grandes señales y prodigios,

capaces de engañar, si fue​ra posible, a los mismos elegidos. ¡Mirad que os lo he predicho!’” (24, 23-24).

Hay dos clases de terroristas: los terroristas antisociales y los terroristas religiosos. Respecto a los primeros, tengamos en cuenta que el mayor peligro que nuestra sociedad tiene actualmente es el de dejarse aterrorizar por los violentos. Si a los violentos les per​de​mos el miedo los podemos apaciguar; si les tenemos miedo nos he​mos dejado atrapar en sus redes y nos veremos envueltos en una vio​lencia sin salida y sin fin. Lo que buscan es volvernos a to​dos violentos contagiándonos sus miedos.

De los terroristas religiosos es de los que hemos venido hablando y el problema es que se dan, no sólo en esa cantidad de sectas que pescan en el río revuelto de los miedos sociales, sino también den​tro de nuestra Iglesia católica. Estos anuncian supuestas revela​cio​nes, apariciones, o mensajes de Dios o de María Santísima que anun​cian catástrofes, guerras, temblores, epidemias o cosas por el es​tilo. Es decir, manipulan hasta la misma Madre de Dios para hacerla mensajera del terror. Sobre tal cosa tengamos muy en cuenta el Evan​gelio de hoy, pero también esto: María es la primera servidora del Evangelio y lo que el Evangelio comunica es el mensaje de paz, la salvación de Dios. Cuando el ángel saludó a María le dijo: ‘Alé​gra​te, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se asustó y el An​gel le dijo: ‘No temas, María, pues has hallado gracia ante Dios’ (Lc 1, 28-30). Esto que ella recibió es lo que sigue anunciando y co​municando. No es un mensaje de terror ni intenta crear miedo. Al con​trario, como Jesús, como el Evangelio, lo que busca es libera​r​nos de los terrores de la historia, estos pánicos que el hombre siem​bra y de los cuales la fe nos libera. Por eso mismo el profeta Je​remías nos amonesta: “¿Qué pretenden estos profetas que profetizan mentiras y anuncian sus propias imaginaciones?... Aquí estoy pa​ra hacer frente a esos profetas de sueños engañosos, oráculo del Se​ñor, que al contarlos extravían a mi pueblo con sus mentiras y sus fanfarronadas. Yo no los mandé ni los envié; son inútiles para es​te pueblo, oráculo del Señor” (23, 26. 32).

SOLEMNIDADES

“Los Santos son ante todo ejemplos vivos del

Evangelio, no milagreros” “Fiesta de todos los Santos”

Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12.

¿Es posible vivir el Evangelio? ¿Es posible ser un auténtico cris​tia​no? Sobre esto no se trata de especular sino de ser muy concretos, porque el Evangelio es ante todo para ser vivido. Gracias a Dios, la historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que han vivido plenamente el Evangelio y han acentuado, en su modo de vivir, uno de sus aspectos. Son miles de miles los que realmente, en todas y cada una de las épocas de la historia y en los más diversos países del mundo, han vivido ejemplarmente la fe cristiana. Por eso, precisamente, la primera lectura de hoy, tomada del libro del Apo​calipsis, dice: “Vi una muchedumbre enorme que nadie podía con​tar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie de​lante del trono y del Cordero”.

A muchas de estas personas la Iglesia las ha canonizado, es de​cir, las ha declarado oficialmente como dignas de imitación para to​dos nosotros, los que nos llamamos cristianos.

La Iglesia ha canonizado a algunos santos pero no todos están ca​nonizados. O sea, no todos los santos han sido declarados tales por la Iglesia, pues el número de los santos sobrepasa enormemente a quienes aparecen oficialmente reconocidos como tales.

Es preciso tener en cuenta que la santidad es propia única y ex​clu​​sivamente de Dios. El es el único santo. Esta peculiaridad de Dios es anunciada de manera particular en los libros del Levítico y en el libro del profeta Isaías. Pero ahí mismo y, luego, en el Nuevo Tes​​tamento, se nos dice que Dios comunica su santidad al hombre cuan​do lo acerca a El. Así lo proclama el Levítico: “Sed para mí san​​tos, porque santo soy yo, el Señor, que os ha separado de los de​más pueblos para que seáis míos” (20, 26).

Por eso san Pablo habla a los cristianos que han sido llamados por Dios, “los santos en Cristo”, “los llamados a ser santos”, o en for​ma ge​ne​ral “los santos”. El cristiano, todo cristiano, puesto que ha sido escogido y llamado por Dios en

Cristo, puesto que per​te​ne​ce a Cristo y “vive en Cristo” gracias a la fe, es “santo”, participa de la santidad de Dios.

De esto, precisamente, nos habla la segunda lectura de hoy, tomada de la Primera Carta de san Juan, que dice: “Somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que se​re​mos... Todo el que tiene en El esta esperanza se purifica a sí mismo, co​​mo El es puro”.

A veces caemos en una gran confusión y pensamos que para ser san​to se necesita macerar terriblemente el cuerpo y hacer milagros des​lumbrantes. En realidad, no es el hombre por su esfuerzo el que se hace santo; es Dios, es Cristo quien lo hace santo. Más aún, todo cris​tiano ya es santo, sólo que debe crecer en la santidad que ha re​ci​bido. En otras palabras, debe crecer en su relación con Dios y per​severar en su seguimiento de Jesús.

Lógicamente, esa santidad debe expresarse en su conducta, pero lo que se le pide no es que tenga visiones, éxtasis y bilocaciones. No se le pide que realice prodigios asombrosos. Lo que se le pide es lo que expresa Jesús en el Evangelio: que libere su espíritu de to​da codicia y vanagloria, que no se resigne a las injusticias y mentiras que reinan en el mundo, que camine humildemente con el Se​ñor, que se esfuerce y busque sin descanso hacer la voluntad de Dios, que sea misericordioso con su prójimo, que purifique su co​ra​zón con la verdad y se libere de la mentira, que luche por la paz. Si a esto se agrega que es perseguido, injuriado y calumniado y eso lo afronta con alegría y paz, entonces esa persona está realizando los verdaderos prodigios evangélicos. Esa persona es santa y por eso mismo es “bienaventurada”, ha descubierto en qué consiste la ver​dadera felicidad, que no está en las riquezas, el poder, la vana​glo​ria, en satisfacer sus propios caprichos. Pero, además, para tener le​vitaciones, mortificarse sádicamente y hacer prodigios fantásticos, para eso no se necesita ser santo ni tampoco cristiano. El mis​mo Jesús lo advierte: “Surgirán falsos mesías y falsos profetas y ha​rán grandes señales y prodigios con el propósito de engañar, si fue​- ra posible, aun a los mismos elegidos” (Mt 24, 24).

“Jesucristo guía la historia y sostiene el universo”

Related documents