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2. KNOWLEDGE MANAGEMENT AND PERSONAL KNOWLEDGE MANAGEMENT

2.5 Knowledge sharing

Con las grandes transformaciones políticas, el hundimiento del Imperio romano y el ocaso de la civilización antigua, dieron fin también estas dispu- tas. Mas cuando al cabo de algunos siglos se hubo logrado una cierta estabilidad, surgieron de nuevo las diferencias psicológicas en su forma caracterís- tica, primero tímidamente, pero con más intensi- dad al aumentar la cultura. No se trataba ya, cier- tamente, de los mismos problemas que habían conmovido a la antigua Iglesia. Se habían encon- trado nuevas formas, pero la psicología que tras ellas se ocultaba era la misma.

A mediados del siglo ix dio a la publicidad el abad Paschasius Radbertus un escrito sobre la co- munión en el que defendía la doctrina de la tran- sustanciación, es decir, la afirmación de que en la comunión el vino y el pan se transforman en la ver- dadera sangre y la verdadera carne de Cristo. Seme- jante criterio llegó a convertirse, como es sabido, en dogma, según el cual la transformación se veri- fica "vere, realiter, substantialiter"; si bien los "acci- dentes", es decir, el pan y el vino, conservan su apariencia, son, sin embargo, según la sustancia, car- ne y sangre de Cristo. Contra esta extrema con- creción de un símbolo arriesgó ciertas objeciones Ratramnus, monje del mismo convento, en que Rad- bertus era abad. Mas en quien Radbertus encontró un decidido adversario fue en Scotus Eriugena, el gran filósofo y audaz pensador de la temprana Edad Media, tan en soledad y a tal altura sobre su época,

que la execración de la Iglesia sólo al cabo de sí- glos le alcanzó, como en su historia de la Iglesia dice Hace. Siendo abad de Malmesbury fue asesi- nado el año 889 por sus propios monjes Scotus Eriugena, para quien la verdadera filosofía era tam- bién verdadera religión; no era un ciego satélite de la precedencia, ni de la autoridad, pues a diferencia de la mayoría de las gentes de su época, era ca- paz de pensar por sí mismo. Ponía la razón sobre la autoridad, muy en desacuerdo con su época, muy fuera de tiempo y lugar acaso, pero seguro del reco- nocimiento de los siglos venideros. Incluso a los Pa- dres de la Iglesia, que por modo excelso estaban encima de toda discusión, los consideraba como auto- ridad tan sólo porque sus escritos encerraban tesoros de la razón humana. Así, pensaba que la comunión no era otra cosa que la conmemoración de la última cena que reunió a Jesús con sus discípulos, que es lo que pensará siempre toda persona razonable. Pero Scotus Eriugena, por muy claro y simplemente que pensara y aunque no pretendiera, ni mucho menos, negar el sentido y el valor de la ceremonia sagrada, no participaba con el sentimiento en el espíritu de su época y en los deseos de los que le rodeaban, lo que se evidencia elocuentemente ya por el hecho de su asesinato a manos de sus propios compañeros. Por eso su pensar razonado y consecuente no tuvo el éxito que Radbertus alcanzó. No sabía éste pen- sar, pero sí "transustanciar" ingeniosamente lo sim- bólico y entosquecerlo sensualmente, participando así con su sentimiento en el espíritu de la época, que pedía la concreción del acaecer religioso.

Se reconocen aquí sin dificultad aquellos elemen- tos fundamentales con que hemos tropezado en las disputas de que hemos tratado anteriormente: el punto de vista abstracto, contrario a la fusión con el objeto concreto, y el que tiende a lo concreto, atraído por el objeto mismo. Nada más lejos de

nosotros que enjuiciar parcialmente con menospre- cio, desde el punto de vista intelectual, a Radbertus y su obra. Y aunque precisamente este dogma pa- rezca absurdo al espíritu moderno, no hemos de caer en la ligereza de negar su valor histórico. Se trata, ciertamente, de una pieza magnífica para una colección de humanos extravíos, pero no se le ha de quitar valor "hoc ipso", pues antes de condenar debemos averiguar con alguna atención lo que este dogma supuso en la vida religiosa de aquellos siglos y lo que nuestra época ha de agradecer aun indirec- tamente a su influjo. No puede, en efecto, pasarse por alto el hecho de que precisamente la creencia en la realidad de este milagro exige un desprendi- miento del proceso psíquico de lo puramente sen- sible, lo que no puede dejar de influir sobre la natu- raleza del proceso psíquico mismo. El proceso del pensar ajustado llega a ser una completa imposibi- lidad cuando lo sensible tiene un valor de umbral excesivo. Merced a este excesivo valor se introduce en la psique constantemente y asuela y destruye en la función del pensamiento ajustado que se basa en la exclusión de lo no adecuado precisamente. De esta sencilla reflexión se deduce, sin más, el sentido práctico de esta clase de ritos y dogmas, que desde este punto de vista precisamente mantiene un modo de consideración puramente oportunista y biológico, eso sin hablar de la influencia directa, específica- mente religiosa, que la fe en este dogma había de ejercer en el individuo. Por muy altamente que es- timemos la personalidad de Scotus Eriugena, no hemos de permitirnos rebajar el valor de la obra de Radbertus. Pero este caso debe servirnos de en- señanza para que nos demos clara cuenta de hasta qué punto el pensamiento del introvertido es incon- mensurable con el pensamiento del extravertido, pues ambas formas de pensar, referente a su deter- minación, son total y fundamentalmente distintas.

Acaso pueda decirse que el pensar del introvertido es racional y el del extravertido programático.

He de hacer notar expresamente que en estas con- sideraciones nada en modo alguno decisivo quiero decir sobre la psicología individual de ambos auto- res. Las noticias personales que tenemos de Scotus Eriugena son bien escasas: no bastan para un diag- nóstico seguro de su tipo. Lo que sabemos habla a favor del tipo de introversión. De Radbertus puede decirse que no sabemos nada. Es decir, sabemos que dijo algo que contradecía el general pensar humano, pero que con segura lógica del pensamiento descubrió aquello que la época estaba dispuesta a aceptar como lo a ella adecuado. Este hecho parece hacer probable el tipo de extraversión. Pero la insu- ficiente información que sobre ambos personajes poseemos nos obliga a suspender nuestro juicio, pues sobre todo lo que a Radbertus se refiere podría la cuestión presentar un aspecto completamente dis- tinto. Pudo haberse tratado muy bien de un intro- vertido que por su entendimiento limitado no reba- saba en modo alguno las concepciones de los que le rodean y cuya lógica, por muy exenta de origina- lidad que estuviera, alcanzaba justamente para obte- ner una inferencia inmediata de las premisas que se le ofrecían en los escritos de los Padres de la Iglesia. Y en cambio Scotus Eriugena podría muy bien ser un extravertido si se probase que había obrado im- pulsado por un ambiente que, de todos modos, se distinguía por su "common sense" y que aceptaba toda manifestación de acuerdo con este sentido co- mún como lo adecuado y deseable. Ahora bien, esto precisamente es lo que en modo alguno ha podido probarse por lo que a Scotus Eriugena se refiere. Por otra parte sabemos hasta qué punto se anhelaba en aquella época la realidad del milagro religioso. A este carácter del espíritu de la época debió pare- cerle frío y mortificante el punto de vista de Scotus

Eriugena y llena de estimulo vivificante, en cambio, la afirmación de Radbertus, pues venía a concre- tarse en ella lo que todos deseaban.

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