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Contestation and Decision-Making

4.4 Knowledge, Values and Process

Uno de los fenómenos que en la primera parte del presente trabajo no quedó muy bien explorada, sino que se trató como un fenómeno tangencial fue el aburrimiento. Este hecho resulta particular pues parece haber sido una de esas omisiones que tal como afirma Freud (1914/1975) hace parte de contenidos psíquicos que siempre se supieron, pero nunca se pensaron en ellas.

Es claro en los registros de las sesiones, que cada uno utilizaba un mecanismo diferente para lidiar con el aburrimiento; y ese aburrimiento se había atribuido en las discusiones precedentes a un producto de la desconexión entre los participantes. Es ahora posible hilar más fino y descubrir que inversamente esa desconexión puede ser producto del estado de aburrimiento; producto de una mentalidad de la cotidianidad en los

participantes.

En este sentido, no será atrevido formular la hipótesis de que los tres participantes, en mayor o menor medida, llegaron a los encuentros en un estado mental de cotidianidad; y esto marcó de entrada la forma en la que se desenvolvieron las sesiones. Pero es necesario ahora detenerse en las observaciones y dar cuenta de la veracidad de esta observación.

En primer lugar es posible decir que en los momentos donde emergía el aburrimiento en los relatos; era frecuente encontrar una sensación de hastío frente a la presencia de repeticiones musicales que se daban de manera reiterativa. Adicional a esto, la repetición excesiva y prolongada, conllevaba la impresión de algo que surgía de manera no deliberada y producía una sensación de enclaustramiento y encierro frente a lo

inevitable fuera de la propia voluntad; incluyendo la presencia de repeticiones pertenecientes a composiciones ya conocidas con anterioridad.

Emergía entonces lo que a posteriori se puede relacionar con el concepto de lo ominoso (Freud 1919/1975); pues surgía en los participantes la idea de lo inevitable y fatal. No importaba lo que tocaran los participantes, todo sonaba como un cliché; y en una muestra de apercepción monótona (ver 0.2.5 El recordar, el repetir y el aburrimiento (segunda parte)) los participantes no pudieron identificar la espontaneidad y creatividad de sus composiciones.

Ahora bien, a la luz de la teoría de Arcila, se podría llegar a vislumbrar una similitud entre dicho proceso de repetición musical, y la concepción de lo que el mismo ha denominado como las habladurías. Dicha forma de describir o hablar propia de lo cotidiano; seria producido tras la prolongación de un ejecutar musical que se siente “vacio” y “ausente de sentido”. Se toca entonces para llenar el aburrimiento de sonidos, y no para crear.

Paradójicamente, la intención manifiesta de los participantes, siempre fue la de ser lo más creativos que pudieran. Al respecto se podría decir que ese deseo es típicamente propio de la cotidianidad, puesto que es de carácter totalmente general y no incita a una acción concreta. Es además siguiendo a Arcila (1984a.) “habladurías: es lo que cualquiera haría, o lo que uno haría, o lo que en esa situación se haría en general y, por lo tanto, yo como parte de la generalidad, pero no lo que yo quiero hacer verdaderamente aquí y ahora en singular” (pp. 8)

Además esta búsqueda de creatividad se relaciona también con la novelería

(Arcila, 1984a.). Es una eterna búsqueda en las sesiones, por romper con lo viejo, lo usado; en suma, con lo ominoso. Pero al intentar liberarse de esa compulsión de repetición

se pone en acto una comedia de oposición (Arcila, 1984a.), en la que lo nuevo se torna

repetitivo y esto hará buscar nuevamente la novedad; constituyendo un movimiento cíclico que se perpetúa en el transcurso de todas las sesiones sin excepción alguna.

Estas consideraciones remiten a dos planteamientos teóricos anteriormente trabajados. Por un lado la compulsión de repetición (Freud, 1914/1975. ver 0.2.5 El recordar, el repetir y el aburrimiento (segunda parte)) de aquello que no ha podido ser

recordado; y por otro, la metáfora de los teatros de la mente (McDougall, 1987. Ver 0.2.2

Sobre lo intrapsíquico y los estados mentales).

Esto para reforzar la idea de que lo acaecido en las sesiones de improvisación respondió en su mayoría a la puesta en escena de los dramas internos (McDougall, 1987)

(o pasado no recordado (Freud, 1914/1975) de los participantes. Esto se puede ejemplificar con el drama del “colchón”, situación en la que era frecuente encontrar un tercero excluido, que servía exclusivamente de base para que los otros dos participantes pudieran establecer un vínculo significativo.

El aburrimiento en este caso surgía precisamente en ese tercero excluido que se sentía privado de la satisfacción de los otros dos. Es evidente aquí entonces notar el retorno de ese ya conocido drama edípico de envidiar la satisfacción que padre y madre obtienen; pero que a mí se me ha visto negada. Es entonces una forma de retorno de lo reprimido que despierta la sensación de lo ominoso (Freud, 1919/1975); y del que se busca

defenderse.

Es clara entonces la posición defensiva de los participantes en las sesiones; lo cual ya se había comentado al destacar la presencia de los prejuicios en casa sesión. Sin embargo, lo que es relevante en este punto es darse cuenta de que todo ese mecanismo defensivo está estructurado en la mentalidad de lo cotidiano (Arcila, 1984a). La música

interpretada sería una forma de las habladurías, los movimientos durante las improvisaciones novelería y la búsqueda de lo creativo; un deseo inmerso en la más evidente ambigüedad.

Ambientado en un ánimo de aburrimiento, este panorama resulta sumamente desalentador. Tal vez por esto, el silencio resultaba tan sumamente perturbador para los participantes; pues vendría a ser el momento en el que el vacío dejado por el deseo (Arcila, 1984b) se hacía más presente y doloroso que nunca. No obstante, en la primera parte de este trabajo se evidenció una forma de encuentro y experiencia emocionalmente significativa que debe ser reivindicada.

Para esto es preciso destacar lo que afirma Arcila (1984a.) con respecto a la regla técnica fundamental: “al prescribir la necesidad absoluta de comunicar todo lo que efectivamente esté pasando por el campo de conciencia durante la sesión psicoanalítica, esta regla fundamental potencializa el habla y no habla, el ver y no ver, el entender y no

entender” (pp. 5). Así, es posible traer a primer plano la cotidianidad y con esto, viene la

posibilidad de romperla y “pasar de las habladurías al habla, del afán de novedades al ver, de la ambigüedad al entender”.

Traer a colación esto, no tiene la pretensión de igualar el encuadre psicoanalítico con el de las sesiones de improvisación; sino pensar lo que se logra en una situación en la que “todo puede pasar” tal como la sesión psicoanalítica, pero también, las sesiones de improvisación. Y es que como afirma Arcila (1984a.) la cotidianidad no se puede dejar

afuera del consultorio, como se haría con una chaqueta; tampoco así se pudo dejar afuera del salón de improvisación.

Sin embargo esto no implica que éste sea el destino inexorable del curso de la sesión; porque en los momentos propicios será posible ese rompimiento de la cotidianidad, y justamente allí surgirá el encuentro en una dimensión especial (Winnicott, 1971/1994). Esto es de hecho, lo que ocurrió en las improvisaciones: los momentos en los que el sujeto encontró el camino hacia el otro sujeto (Green, 2010) estuvieron libres de cotidianidad, y llenos de apercepción creadora.

Esto permite pensar en una de las paradojas de la comunicación señaladas por Rousillon (1991); y que aquí se extrapola como paradoja de la condición humana, y es que no se puede buscar ser espontáneo. Esta espontaneidad, base de la creatividad, (Winnicott, 1965/1993) necesita de una madre suficientemente buena que la reconozca cuando ésta aparezca y que le da la confianza al infante para vincularse con el otro. En otros términos, de un ambiente en el que las defensas puedan descansar, y den paso al deseo en su camino hacia la satisfacción.

Tal vez sólo de esa manera pueda el aburrimiento no ser distraído sino vencido, al lograr el camino de la sublimación y no el de la distracción (Arcila, 1984b); el arte y no el pasatiempo, la música y no el ruido, la improvisación y no la repetición. Tal vez también, habrá que conformarse con la fugacidad del acontecimiento en el tiempo (Deleuze, 1971) que sin embargo dejará tras de sí la huella del recuerdo.