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2.4 Algorithms for calculating MST and GT

2.4.2 The Kruskal algorithm

que ha salido en algún artículo de esos en los que no se nombran a los propietarios. Y lo sé, porque ya conocéis mi obsesión por los muebles. La recepción es digna de un hotel pero la casa se sale. Es lo más que he visto en mi vida y, para ser sincera, jamás me hubiera visto en una de estas. Sigo a Gabriel hasta la cocina que es de lo más imponente del apartamento. Está forrada en mármol y tiene una máquina de expreso gigantesca que yo no sabría ni usar. Lo mejor de todo, sus vistas panorámicas; Desde allí se ve la mismísima estatua de la libertad y el Empire State, según por donde me asome veo Central Park que es mi zona favorita. A lo mejor se ve hasta mi casa… Se, porque fue bastante sonado, que este ático cuesta más de ochenta millones de dólares. Solo decirlo me pone los pelos de punta. Parece impensable que alguien puede gastarse esa millonada en una casa para que, al final, viva su hijo solo. Increíble. Me duele hasta pisar su suelo de roble que debe de valer más que mi casa.

No veo el apartamento entero pero sé, porque no puedo evitar preguntarle, que dispone de seis dormitorios y siete baños. Las ventanas, que me han robado el corazón, se extienden de suelo a techo lo que permite que aun sea mejor la increíble vista que se aprecia desde allí arriba. Gabriel me dice que vamos a seguir “nuestra reunión” en la biblioteca y yo pienso que se está flipando un poco con su papel en todo esto pero, me callo porque, la verdad es que quiero ver la biblioteca. Se me caen las bragas… no hay nada que adore más que una biblioteca y esta es preciosa. Incluso tiene una chimenea de leña y un sillón gigantesco donde bien podrían caber diez personas. Me imagino allí, las tardes de domingo, con mi chimenea puesta, tumbada en el sofá y con un buen libro… soñar es gratis y a mí me gusta hacerlo la verdad.

- ¿Te gusta lo que ves?

Las palabras de Gabriel me llegan muy lejos porque mi mente está puesta en todas partes, en cada rincón, en cada libro, en todos los lugares menos en él. Mi aversión por el muchacho sigue siendo la misma pero debo admitir que está siendo bastante agradable, no sé si porque cree que está en la obligación de serlo o porque realmente es una persona simpática. Si me paro a pensarlo no sé nada de él, nunca me he preocupado de preguntarle nada porque nuestros pocos encuentros no han acabado demasiado bien. Sin embargo, él sabe mucho más de mí, que cualquiera de la oficina. Ni si quiera Susan sabe de mis problemas amorosos con Tom. Se conocen de alguna cena o de algún acto al que hemos ido acompañados pero poco más y Gabriel ha vivido un momento bastante íntimo en el que me he creído vacía por dentro. De repente me siento un poco incomoda, ¿habré dejado entrever demasiado? ¿Me habré vuelto más débil a ojos de mi becario?

Comienzo a retorcerme incómoda en el sillón. - ¿Algún problema Laura?

- No… ninguno. ¿Qué me habías preguntado? - Que si te gustaba la biblioteca.

- Mucho- contesto a la vez que me levanto para ver algunos libros más de cerca- Adoro los libros. Pasé mucho tiempo entre sus páginas cuando era más joven.

Lo estoy haciendo otra vez… qué tendrá Gabriel que me suelta tanto la lengua no lo comprendo, porque no siento ninguna afinidad hacía él.

- ¿Eras de esas niñas?- pregunta mientras me sigue con la mirada. - Define “de esas”…

- De esas que devoran libros, llevan gafas de pasta dura y la expresión de no haber roto un plato en la vida.

- De hecho llevo gafas de pasta dura.

- Pero que luego- continua como si no me hubiera oído- cuando se sueltan la melena y se quitan sus gafas se comen el mundo y lo que no es el mundo.

Tiene una expresión canalla en la cara. Se perfectamente que me habla con segundas pero no pienso entrar en su juego porque no hemos llegado a ese nivel de confianza ni a ningún otro. - Creía que ese era precisamente tu trabajo conmigo.

Se queda callado y me mira, me mira muy fijamente con esos ojos que parece que se le salen de la cara, pero no aguanta una risa tonta.

- No dudes de mi talento te sorprenderás. Pero contéstame, me ayudará mucho a trabajar contigo saber más de Laura Sorda.

- Creía que ya habrías investigado.

- Hay cosas que no se pueden investigar que solo se pueden contar. Pensamientos, inquietudes, sensaciones…

- La sensación es la de estar perdiendo el tiempo.

Contesto secamente porque quiero levantar una barrera invisible que no deje traspasar a Gabriel, un perímetro de seguridad que me proteja de su curiosidad porque sé que acabará sonsacándome todo lo que se proponga. De hecho, de alguna manera inexplicable siento que no me importaría contarle lo que quiere saber porque me ayudará a mí también a liberarme. Dicen que hay que contar en voz alta nuestras inquietudes para alejar a los fantasmas y a los remordimientos. Pero por otro lado sé que tengo que ser cautelosa porque ¿quién es Gabriel? Apareció como un torbellino fastidiándome mis días y ahora se cree con el derecho de interrogarme.

- ¿Y tú? ¿Quién eres tú? ¿Qué buscas en mi revista?

Me sorprendo a mi misma preguntando algo que no tenía planeado. Mecanismo de defensa supongo. Y aunque él también parece sorprendido contesta, aunque se toma su tiempo, le gusta hacerse el interesante.

- Busco hacer lo que me gusta y para lo que sé que estoy preparado. Busco que la gente deje de subestimarme y de ver a un niño rico e inútil cuando me miran.

No sé si yo soy esa gente a la que se refiere pero supongo que si porque lo primero que hice, incluso antes de conocerlo, fue juzgarlo. Yo he sido juzgada tantísimas veces que nunca me

imaginé a mi misma haciéndolo pero la vida te cambia, te cambie y te moldea a su antojo y muchas veces no nos gusta el resultado pero cambiar es más difícil de lo que uno se puede imaginar así que le juzgué y, aunque aun no sabía si fue premeditado o no, al menos tenía que admitir que

predispuesto era un rato.

- ¿Sabes? Mi padre y yo nunca hemos sido de esos que van a pescar los domingos o que ven juntos el beisbol pero nos tolerábamos bien. El me exhibía entre su séquito con orgullo y dejaba que le acompañase a muchos eventos de la alta sociedad, hasta que le dije que no quería seguir sus pasos. Eso le mató pero saber que estudiaría comunicación acabó con él y con nuestra relación. Desde entonces no hemos vuelto a cruzar palabra, más allá de lo estrictamente necesario quiero decir.

- Pero vives aquí, con ellos…

- Mi padre nunca me cerró el grifo, no es de esos. Es capaz de repudiarme pero dejarme tirado como una colilla daría que hablar y eso lo detesta aun más que a mí así que me siguió costeando todo y cuando volví a la ciudad volví al hogar familiar.

- Entonces, ¿el no te ayudó a conseguir la beca en TWT?

- No, me ayudaron mis notas, las cuales ni te has molestado en mirar por lo que veo. Lo dice con guasa pero es cierto, no las he mirado y debería haberlas revisado junto a su expediente pero recuerdo que por haberle juzgado a la ligera pasé del tema.

Gabriel me explica que utilizaremos el gimnasio de casa para ponerme buenorra, aunque no con esas palabras, y que me ha concertado cita en el salón de belleza del edificio porque, por lo visto, no voy a la moda, cosa que yo ya sabía. Para quién se lo esté preguntado si, el edificio tiene salón de belleza, gimnasio, spa y hasta un restaurante muy chic. Es como un puto barrio del que no tienes que salir para nada porque, por si no lo había dicho, también tiene sala de cine.

Lo único sensato que he hecho en mi vida es hacerme el laser, y menos mal, porque la chica del salón de belleza me desnuda entera en busca de pelos que sobren por todas las partes de mi cuerpo. Se empeña en hacerme las cejas y a mí no me da tiempo a oponerme así que me dejo y me acuerdo de mi madre que siempre me decía eso de “niña, no te toques las cejas o van a parecer las ingles de tu tía Paquita” Imaginaros el miedo que me metió en el cuerpo porque vosotros no lo habéis visto pero mi tía Paquita tiene unas ingles de cuatro palmos con más pelo que yo en la cabeza. Dos caniches lleva colgando.

Con el pelo se tiran dos horas, me lo nutren, me dan brillo, me cortan, me peinan… cuando terminan conmigo no me reconozco. Por más que me busco en el espejo no me veo. Y entonces pienso en cómo me vería con uno de los modelitos nuevos que hemos comprado y sonrío. Sonrío con disimulo porque me gusta lo que veo y me hace sentir bien y poderosa.

De repente me veo con ganas de ir a esas fiestas a las que Gabriel me quiere llevar, con ganas de que me exhiba y de relacionarme. De relacionarme… yo que de pequeña sufría por tener que ir a comprar el pan. Es increíble como una sesión de peluquería te puede cambiar la vida y hasta la visión de esta. Y entonces se me olvida Tom, se me olvida pensar en el y se me olvida que había quedado en llamarle y no lo he hecho ni lo hago. Porque cuando Gabriel me lleva a casa caigo rendida en la cama con ropa incluida

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