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Lo que conocemos por trabajo hoy no es un concepto fijo, algo estable que remita a un entendimiento universal, a un hecho que signifique lo mismo en cualquier sociedad, en cualquier tiempo y en cualquier cultura. El trabajo, afirma Alonso (1999), es una

construcción social, en concordancia con la revisión arqueológica que hace Gorz (1991), apoyándose en las definiciones y modelos explicados por autores como Marx y Weber. Está completamente normalizado para nosotros, nativos de la modernidad, nacidos a finales del siglo XX, y a pesar que durante el siglo XXI estén sucediendo grandes

transformaciones, haber crecido con la idea de estructurar nuestra vida a un proyecto en el que fuésemos sujetos productivos, teniendo un rol definido que se complementara con el rol de los demás.

Desde que apenas tenemos memoria nos están preguntando, y nos estamos preguntando, qué ser cuando seamos grandes. Buscando respuesta a esa pregunta nos perfilamos, preparamos y competimos, para llegar a ese lugar, esa existencia, esa identidad social, validada irrevocablemente por el salario. Es esta característica, la de buscar suscribirnos a un trabajo remunerado y bien delimitado, asegura Gorz, es lo que nos define como una sociedad industrial, una “sociedad de trabajadores”, y nos distingue de todas las sociedades que han precedido. Cuando comenzó la sociedad industrial o modernidad “la actividad productiva fue separada de su sentido, de sus motivaciones y de su objeto para convertirse en el simple medio de ganar un salario. Dejaba de formar parte de la vida para convertirse en el medio de ganarse la vida" (Gorz, p. 37).

Pero no siempre fue así. En los periodos pre modernos otras construcciones alrededor del trabajo fueron posibles y definieron las articulaciones con lo íntimo, lo familiar y lo

económico de múltiples formas. En la antigüedad, añade Gorz en la misma obra, trabajar era considerado “someterse a la necesidad” (p. 27). Era encargarse de las actividades necesarias para la subsistencia, lo que, al contrario de la sociedad industrial, no significaba un factor de integración social sino todo lo contrario: quienes trabajaban eran tenidos como inferiores en todas las sociedades pre modernas; pertenecían al reino natural, no al

reino humano. Estaban sometidos a la necesidad, por tanto, incapaces de la elevación de espíritu y de ocuparse de asuntos superiores como lo público.

En este orden, el hombre libre es el que niega someterse a la necesidad, y si trabaja, lo hace solamente para no depender de lo que no domina, es decir, para asegurar o

acrecentar su independencia. Para Platón, por ejemplo, agrega Gorz, los artesanos, en la medida en que no trabajaban para la ciudad, ni en la esfera pública, y su interés principal era el oficio y no la polis, no eran por completo ciudadanos. Así, la esfera privada, la de la familia, se asociaba con la necesidad económica y el trabajo, mientras que la esfera pública y política, que era la de la libertad, excluía rigurosamente las actividades necesarias o útiles, propias de la subsistencia humana.

Sin ánimo de idealizar aquella concepción, donde la forma práctica de no desgastarse en las “indignas” tareas cotidianas, era relegarlas a esclavos o mujeres, las apreciaciones de la antigüedad sirven para evidenciar cómo la racionalidad económica estuvo contenida durante mucho tiempo por otros fines y otros intereses.

En la Gran Bretaña del siglo XIX, reseña Gorz, la producción material no estaba regida por la racionalidad económica. En Europa, explica, el capitalismo fabril y luego industrial, coexistió con la industria doméstica, y su mayor parte consistía la producción textil de obreros a domicilio (p. 29). A propósito cita una descripción ilustrativa que hace Max Weber sobre cómo la forma de producción de aquel tiempo (a domicilio) fue destruida agresivamente por el sistema de fábrica (p. 30), una evidencia de la constante y en ocasiones violenta transformación del concepto de trabajo:

“Las horas de despacho eran pocas, nunca más de cinco o seis al día, y con

frecuencia menos; sólo durante la campaña cuando la había, aumentaba el trabajo; la ganancia era razonable, la suficiente para vivir con decoro y, en los buenos tiempos, capaz de llegar a convertirse en un pequeño capital; en general, los concurrentes se llevaban bastante bien entre sí, por la gran coincidencia en los principios del negocio. Y para completar el cuadro, una visita diaria repetida a las

"arcas", y después, el tarro de cerveza, la reunión con los amigos, en general, un ritmo moderado de vida (…) Pero llegó un momento en que este bienestar fue perturbado de pronto, sin que todavía se hubiese producido una variación fundamental en la forma de organización (por ejemplo, el paso a la industria cerrada, al telar mecánico, etc.). Lo que ocurrió fue sencillamente esto: un joven de una cualquiera de las familias de empresarios habitantes en la ciudad iría un buen día al campo, y seleccionaría allí cuidadosamente los tejedores que le hacían falta y los sometería progresivamente a su dependencia y control, los educaría, en una palabra, de campesinos a obreros; al mismo tiempo, se encargaría directamente de las ventas poniéndose en relación directa con los compradores al por menor; procuraría directamente hacerse con una nueva clientela, haría viajes por lo menos una vez al año y trataría, sobre todo, de adaptar la calidad de los productos a las necesidades y deseos de los compradores, aprendería así a "acomodarlos al gusto" de cada cual y comenzaría a poner en práctica el principio: "precio barato, gran producción". Y entonces se repetiría una vez más el resultado fatal de todo proceso de racionalización: quien no asciende, desciende. Desapareció así el idilio, al que sustituyó la lucha áspera entre los concurrentes; se constituyeron patrimonios considerables que no se convirtieron en plácida fuente de renta, sino que fueron de nuevo invertidos en el negocio, y el género de vida pacífica y tranquila tradicional se trocó en la austera sobriedad de quienes competían y ascendían porque ya no querían gastar, sino enriquecerse, o de quienes, por seguir aferrados al viejo estilo, se vieron obligados a limitar su plan de vida. Y véase lo más interesante: en tales casos, no era la afluencia de dinero nuevo lo que provocaba esta revolución, sino el nuevo espíritu, el “espíritu del capitalismo" moderno que se había introducido” 17

17 Weber, M. (1964). L’éthique protestante et l’esprit du capitalisme (La ética protestante y el espíritu del

capitalismo.), trad. P. Grossein, tel, Gallimard, Paris. págs. 59, 66, 67, 78, 79 y 83, citado por Andre Gorz (1991).

El principal rasgo del “espíritu del capitalismo” que señala Weber es la estrechez unidimensional, indiferente a toda consideración que no sea la contable, con la que el empresario capitalista lleva la racionalidad económica hasta sus últimas consecuencias (ibídem, p. 32). El establecimiento de este espíritu, sin embargo, no fue tan fácil. La resistencia de los obreros a cubrir día tras día una jornada de trabajo entera fue la causa principal de la quiebra de las primeras fábricas, pues para aquellos obreros en transición de campo a las ciudades, el trabajo era una habilidad intuitiva, integrada en un ritmo de vida ancestral y nadie habría tenido la idea de intensificar y prolongar su esfuerzo con el fin de ganar más (ibídem, p. 36).

La burguesía, añade el Gorz, imputaba esa resistencia a la “pereza” y a la “indolencia”. Aún hoy, tras un siglo de establecido el sistema, se señala de vago, mal trabajador o comunista a quien hace huelga o reclama mejores condiciones. Se tuvo que instalar, a fuerza de hambre y necesidad, el modelo de la sociedad industrial. Los primeros capitalistas no veían otro modo de lograr el cumplimiento de esa jornada que pagar salarios tan bajos que fuera necesario dedicar muchas horas al y día y a la semana, y ganar con ello lo meramente suficiente para la subsistencia. “Esto implicaba también que el trabajador no debía entrar en el proceso de producción más que despojado de su personalidad y de su particularidad, de sus fines y sus deseos propios, en tanto que simple fuerza de trabajo, intercambiable y comparable con la de cualquier otro trabajador, sirviendo a unos fines que le son ajenos y además indiferentes.” (Gorz, p. 35)

Dicho de otra manera, explica Gorz citando el concepto de “trabajo abstracto” de Marx, este sistema requería, en vez de un obrero-productor, la figura de un trabajador-

consumidor: un individuo social que no produce nada de lo que él consume y no consume nada de lo que él produce; para quien el fin esencial del trabajo es ganar con qué comprar unas mercancías producidas y definidas por la maquinaria social en su conjunto (p. 37).