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1.4 Robustness

1.4.3 The Larger Example with Robustness Added

La implantación de la esclavitud pudiera, en principio, considerarse un progreso, ya que, al contrario que en tiempos anteriores, los prisioneros de guerra no eran ya aniquilados -ni, caso frecuente, devorados-, sino que eran, cabalmente, empleados al servicio del vencedor. Pero dejando eso aparte, la esclavitud se convirtió, fuera de toda duda, en la peor forma de explotación entre las hasta ahora conocidas, en la maldición del mundo antiguo y en una tragedia sin igual para muchos, si no para la mayoría, de los que cayeron en ella. Mientras que en muchas zonas era totalmente desconocida, pongamos por ejemplo Australia, algunas islas de los mares del Sur, muchas tribus indias, los esquimales, los bosquimanos y los ho- tentotes, la esclavitud adquirió especial auge entre los pueblos cultos. «La cultura antigua es una cultura esclavista» (M. Weber).201

Se desconoce el número de esclavos que había en Grecia o en Italia. Las estimaciones muestran amplias diferencias. En la época más flore- ciente de Atenas, la población ática se habría compuesto de 67.000 ciu- dadanos libres, 40.000 metecos y 200.000 esclavos. Pero las conjeturas de los modernos estudiosos acerca de la población no libre de la Atenas clásica varían entre 20.000 y 400.000. Los esclavos de toda la Hélade (de la península griega, las islas griegas y Macedonia) se cifran en aproxima- damente un millón -frente a unos tres millones de habitantes- durante la época del Peloponeso. En Roma y durante la época de César, los esclavos constituían al parecer tres cuartas partes, como mínimo, de los ciudadanos residentes en la ciudad. Y en el conjunto de Italia, supuesta una pobla- ción de unos siete millones y medio, los esclavos señan, quizá, unos tres millones.202

En Grecia la esclavitud no solía ser particularmente dura. En el caso de que un esclavo fuese objeto de malos tratos, podía denunciar a su se- ñor igual que un ciudadano libre. Si éste lo mataba, debía someterse a una penitencia religiosa o ir temporalmente al destierro. Si lo mataba un ex- traño, el castigo para el autor era el mismo que si lo hubiera hecho con una persona libre. Era frecuente que los esclavos domésticos, las ayas, 158

los pedagogos y los médicos de cabecera tuvieran buena relación con sus amos. El esclavo ateniense podía reunir un patrimonio propio, casarse le- galmente y ser enterrado junto a la tumba de su señor. Podía ser manumi- tido por éste o comprarse su libertad. La manumisión por un acto de gra- cia del señor era ya una práctica muy extendida en la Grecia precristiana. La conseguida autorrescatándose por dinero está ya documentada en el siglo IV a. de C., si bien es probable que esta práctica fuese en Grecia tan antigua como la misma esclavitud. Se nos ha trasmitido un buen número de documentos de manumisión. Ahora bien, la manumisión no hacía del manumitido un ciudadano griego. Además, el esclavo, al menos en la Ate- nas clásica, podía ser vendido, donado y dejado en herencia. No tenía de- recho legal a la propiedad y los hijos tenidos por un matrimonio de escla- vos eran también esclavos. Cuan grande y pérfida podía ser la brutalidad frente a los esclavos lo muestra la suerte de los 2.000 hilólas a quienes los espartanos habían prometido su manumisión a causa de sus méritos militares. Éstos los llevaron realmente al templo como para dejarlos en libertad, pero, según nos cuenta Diodoro, después mataron a cada uno de ellos en su casa.203

En la época grecorromana no solamente se esclavizaba a los prisione- ros de guerra, sino también a campesinos a quienes se expulsaba de su tierra y de su casa. En los grandes mercados del comercio de esclavos, en Tañáis del Ponto, por ejemplo, en Délos o en Puteoli no era infrecuente la venta de hasta 10.000 esclavos al día, negocio que se asemejaba al del mercado de ganado. Las rebeliones de esclavos se sucedían ininterrumpi- damente. Algunas duraron años y se extendieron sucesivamente entre 140 y 70 y puede que abarcasen incluso el período entre 199 y 62 a. de C. En ellas intervinieron asimismo muchísimas personas libres, pero desposeí- das de bienes. Todas las rebeliones fueron, sin embargo, ahogadas en san- gre. Después de la rebelión del año 104, Lucio Calpumio hizo crucificar a todo esclavo que caía en sus manos.204

En la época helenística uno sólo se convertía irrecusablemente en es- clavo legal cuando era alumbrado por una esclava o era prisionero de guerra. La conversión voluntaria en esclavo, en cambio, o la esclaviza- ción por impago de deudas, tan difundida en los comienzos de la Repú- blica Romana, no podían fundamentar legítimamente la esclavitud. El es- clavo podía además, con el permiso de su señor, adquirir patrimonio y contraer matrimonio legal con persona esclava o libre. Era, desde luego, parte de la propiedad y tratado como tal. Se le podía alquilar, empeñar, vender. A finales de la República y a comienzos de la época imperial, la situación de las personas no libres era especialmente mala. En su condi- ción de trabajadores de las plantaciones estaban acuartelados y vivían como instrumentum vocale (herramientas hablantes) o instrumenü genus vocale (Varrón) en el establo de esclavos, junto al de los animales. «Pu-

ros instrumentos de trabajo [...] que sólo se distinguían del ganado por su voz» (Brockmeyer). El esclavo acuartelado no tenía familia ni propiedad y su trabajo estaba militarmente regulado. Como porteros podían ser en- cadenados cual perros o se les hacía trabajar penosamente sujetos a liga- duras. Se les podía vender como gladiadores para el acoso de animales, convertirlos incluso en pasto de aquellos o matarlos para entretenimiento de los huéspedes. Augusto, a quien el cristianismo tanto glorificó, hizo crucificar a un esclavo porque había matado y comido su perdiz favorita. Un esclavo carecía de todos los derechos. «Servile capul nullum ius ha- bet» (Julius Paulus, jurista romano).205

Sea como sea, durante los primeros siglos del Imperio Romano el mundo de los esclavos experimentó cierta transmutación. Los peores abu- sos fueron eliminados, los cuarteles de esclavos fueron suprimidos y la situación jurídica de éstos mejoró gradualmente, si bien no (sólo) por ra- zones humanitarias. En lugar de la pura «motivación lucrativa» de un Catón, que consideraba económico hacer trabajar a los esclavos en con- diciones de máxima dureza hasta que murieran exhaustos y sustituirlos después (aunque los costos de adquisición no eran bajos) por otros nue- vos, se dio la preferencia a un «sistema remunerativo». El relativo bienes- tar del esclavo y cierta satisfacción anímica creaban al parecer la pers- pectiva de beneficios aún mayores. En todo caso, las personas no libres obtuvieron paulatinamente la protección jurídica para su vida y su propie- dad y pudieron fundar familias, entre otras y nada livianas razones, insis- timos, para hacerse con nuevas reservas de esclavos. Pues, por una parte, éstas faltaban una vez acabadas las guerras de conquista que «de hecho ha- bían tomado ya el carácter de cacerías de esclavos» (M. Weber): se estima que entre la segunda y tercera guerra púnica, es decir entre 200 y 150 a. de C. habían sido transportados violentamente a Roma unos 250.000 es- clavos. Por otra parte, el comercio de esclavos mostró ser enormemente lucrativo. Por lo demás, la Iglesia fomentó el matrimonio entre esclavos, el cual lo sustrajo, ya en el siglo u, al poder de los amos.206

La literatura de esta época rezuma escrúpulos respecto a la esclavitud, sin pensar desde luego en su supresión. Un número relativamente grande de médicos, escultores, profesores e incluso unos cuantos escritores es- clavos elevaron la reputación de éstos y aminoraron las tremendas dife- rencias estamentales. No pocos esclavos tenían una formación especializa- da y era incluso impensable prescindir de ellos en el servicio de bibliotecas o en el sistema financiero. En la economía municipal había esclavos que ocupaban puestos directivos. Antiguos esclavos podían incluso llegar a ser miembros de la más alta sociedad. Incluso algunos caballeros y senado- res tenían esclavos entre sus antepasados. La tortura de esclavos era algo muy inusual y la ley ponía límites bien definidos. El emperador Claudio decretó que aquellos que matasen a sus esclavos, en vez de abandonarlos,

fuesen castigados como asesinos. Bajo el poder de Nerón, que, se presu- pone, prohibió emplear esclavos en las luchas de toros, había un juez es- pecial encargado de instruir todas sus quejas y de castigar a los amos crueles. (Sin embargo, cuando por aquel entonces un esclavo asesinó al prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo, todos los esclavos domésticos de éste, unos 400, fueron ejecutados con el permiso expreso del gobier- no.) El humanitario emperador Antonino Pío concedió a los esclavos in- justamente tratados el derecho a presentar quejas, pero fue especialmente el estoico Marco Aurelio quien mejoró la suerte de los esclavos. Muchos de ellos podían comprarse la libertad con sus ahorros, a veces al cabo de pocos años, y adquirir después un patrimonio por medio del comercio, las manufacturas o incluso concediendo préstamos. Otros muchos obtuvie- ron la libertad a iniciativa de sus señores, en especial a la muerte de és- tos, costumbre tan difundida en la misma época de Augusto que éste de- cretó que nadie podía manumitir testamentariamente más de cien es- clavos.207

También los germanos tenían derecho a disponer irrestrictamente de sus esclavos, ocupados en las labores domésticas. Aquéllos carecían ab- solutamente de derechos, eran cosas que podían ser vendidas o elimina- das. «Es poco frecuente que se golpee o castigue a un esclavo con el ca- labozo o el trabajo forzoso. Más frecuente es, sin embargo, que se le abata a golpes», escribe Tácito. Entre los germanos, los siervos de la gleba eran más numerosos aún que los esclavos.208

En Israel, del que se cuestionó a veces que hubiese conocido la escla- vitud, el esclavo era durante la época bíblica y según la ley un compo- nente del patrimonio. Se le podía tratar como objeto de compraventa o de trueque. «El esclavo no tiene nombre, familia ni descendencia. Era una pieza desamparada del orden económico-social (Comfeld/Botterweck).209

Fue especialmente bajo el poder de David, tan ensalzado por la Pa- trística, y de Salomón cuando el número de esclavos del Estado experi- mentó un aumento extraordinario en Israel. Con el último se convirtieron en una parte considerable del patrimonio y sirvieron al rey en sus cons- trucciones, en sus minas, en su industria del metal y como bienes de ex- portación. Se les denominaba simplemente «esclavos de Salomón» y per- duraron como una clase especial de esclavos durante toda la época de los reyes «hasta el día de hoy» (I Re. 9, 21).210

El Antiguo Testamento señala muchos casos en que está permitida la esclavización de personas. Permite suprimir la libertad personal de los prisioneros de guerra y la historia de Israel presenta varios ejemplos de ello. Permite también esclavizar a los ladrones que no están en situación de restituir lo robado ni de pagar la multa. Los padres que no puedan sa- tisfacer sus deudas o alimentar a sus hijos podían asimismo vender a és- tos, habiendo al respecto una forma de venta absoluta y otra condicional.

Si un esclavo israelita era manumitido, su mujer y sus hijos seguían, no obstante, siendo esclavos de por vida. Finalmente, el Antiguo Testamen- to conoce también la esclavización por voluntad propia. A ella se some- tían muchas veces los deudores morosos que, tras haber vendido ya a sus hijos, se vendían después a sí mismos. El tiempo de su esclavitud estaba en todo caso limitado a seis años, pues era norma habitual que todo es- clavo israelita fuese manumitido después de ese tiempo sin que hubiese de mediar pago alguno. El esclavo extranjero, en cambio, debía serlo de por vida. Es por ello presumible que la mayoría de los esclavos de los ho- gares judíos fuesen de origen no israelita.2"

La Biblia permite el maltrato de esclavos por parte de sus amos. Ahora bien, si un golpe arranca a un esclavo un diente o un ojo, el esclavo debía ser manumitido. Si el esclavo moría en el acto, el señor debía ser castiga- do, pero si vivía uno o dos días más, aquél escapaba al castigo, «pues es dinero suyo».212

Los esenios prohibían se verísi mámente todo tipo de esclavitud. La Stoa enseñaba al menos la ilicitud de la esclavitud hereditaria. El Islam, anticipémoslo brevemente, supuso una notable humanización de aquélla. El musulmán no podía aprovecharse en demasía del vigor del esclavo y debía concederle suficiente reposo y recuperación de fuerzas. El esclavo obtuvo entonces el derecho a exigir atención sanitaria. Podía en todo mo- mento dar los pasos para obtener su rescate tras del cual ya no podía ser vendido de nuevo. La remisión de una parte de la suma del rescate, al ob- jeto de acelerar la obtención de la libertad del esclavizado, era reputada como obra de caridad especialmente buena. «Si uno de tus esclavos de- sea la carta de libertad -dice El Corán-, extiéndesela si conoces su bon- dad y dale una parte de la riqueza que Dios te ha prestado.»213

La Iglesia cristiana, por su parte, propugnó enérgicamente el manteni- miento de la esclavitud e incluso su consolidación. Es más, fue ella la que convirtió en virtud la servil sumisión de las personas no libres.

Pablo, el Nuevo Testamento, la Patrística y la Iglesia

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