El vocabulario político adolece hasta tal punto de rigor que hay motivos para preguntarse si el equívoco y la oscuridad no estarán deliberadamente cultivados y mantenidos. A propósito de una materia en la que reina tanta confusión en las cosas, ¡qué pocos esfuerzos se han hecho para introducir por lo menos un poco de claridad en las palabras! Así, los vocablos liberal y liberalismo significan a un lado del Atlántico exactamente lo contrario de lo que significan en el otro; igualmente, en América del Sur lo contrario que en América del Norte. En Europa y en América Latina, un liberal es el que reverencia la democracia política, o sea, la que impone límites a la omnipotencia del Estado sobre el pueblo, no la que la favorece. Es, en economía, un partidario de la libre empresa y del mercado, o, en pocas palabras, del capitalismo. Es, en fin, un defensor de los derechos del individuo. Cree en la superioridad cultural de las «sociedades abiertas» y tolerantes. En los Estados Unidos, un «liberal» es todo lo contrario: sostiene la intervención masiva del Estado en la economía y en la redistribución autoritaria de las riquezas, y simpatiza más con los regímenes socialistas que con el capitalismo, en particular en el Tercer Mundo. Un «liberal» norteamericano se inclina por la tesis marxista sobre el carácter ilusorio de las libertades políticas cuando la igualdad económica no las acompaña. Un «radical» norteamericano es, por su parte, un émulo de nuestros revolucionarios violentos, y no de nuestros radicales europeos o argentinos, gentes de negociación y de compromiso. Un radical norteamericano es un «liberal» que se convierte en adepto de la violencia. Los «liberales» norteamericanos, sobre todo en las universidades, durante años han cerrado los ojos a las violaciones de los derechos humanos más elementales por Fidel Castro, y luego por los sandinistas. En pocas palabras, se parecen a la izquierda marxista de Europa, a los extremistas del partido laborista británico, a los sectores prosoviéticos, aunque antiestalinistas, de la Internacional Socialista de los años setenta y ochenta, marcados por la influencia de los Willy Brandt, Olof Palme o Andreas Papandreu. Igual que estos últimos, el «liberal» norteamericano odia a su propia civilización, detesta la cultura occidental y clasifica entre los pecados capitales al «imperialismo», es decir, para él toda tentativa, incluso tímida y abortada, de mantener con vida esta civilización y esta cultura. Todo lo contrario, un «conservador» en América del Norte es en todo punto igual a lo que se conoce por la palabra liberal en Europa y en América Latina, donde, en cambio, un conservador es, como quiere la etimología, alguien que desea conservar en el estado actual lo que existe. Pero como el liberalismo, sea económico, político o cultural, no puede desarrollarse en Europa y en América Latina sin conmociones, puesto que estos continentes han sido modelados, durante varios decenios, e incluso siglos, por el estatismo, el dirigismo, el socialismo, el corporativismo, tanto en la práctica como en la ideología, los liberales en ellas no son, pues, conservadores en el sentido literal, sino reformadores: perturban hábitos anclados e ideas preconcebidas. Serían más bien revolucionarios. El adjetivo «revolucionario» no puede, en efecto, tener un sentido absoluto. No tiene más que un sentido relativo, ya que califica un cambio con relación a un estado dado. Ese estado dado no es el mismo siempre ni en todas partes. Nada es revolucionario en sí. La «Revolución», en China o en Cuba, es sinónimo de orden establecido, de poder situado, el cual se desea inmutable y en perfecto estado de «conservación». Por vía de consecuencia, el término «conservador» no implica tampoco ningún contenido permanente, no ofrece
ningún catálogo fijo de soluciones, ya que lo que se trata de conservar o de rechazar no es nunca la misma cosa según las sociedades y los momentos de la historia. ¡Cuán descorazonador es, no obstante, comprobar que, a pesar de los miles de cursillos de «politología» impartidos en el planeta, a pesar de los millones de palabras de comentarios políticos que se escriben y se pronuncian cada día, no conseguimos introducir un mínimo de orden en el vocabulario político más elemental!… Por mi parte —el lector tal vez se habrá dado cuenta—, adopto aquí el recurso que consiste en emplear las palabras «liberal», «liberalismo», «conservador» entre comillas en el sentido norteamericano, y sin comillas en el sentido europeo o latinoamericano.
Ante la vaguedad del lenguaje socialista no es menos fácil dejarse engañar que ante la del lenguaje liberal. En su momento me referiré a la media docena de acepciones del vocablo «socialismo», todas incompatibles entre sí, que empleamos corrientemente, como si fueran intercambiables, lo que acaba por hacerlas ininteligibles. De momento me limitaré a observar, a título preliminar, que todo socialista con el que discutáis rehusará, en general, suscribir explícitamente ninguna definición del socialismo, y recusará la validez de todos los ejemplos concretos de socialismo sobre los cuales le pidáis que se pronuncie. El socialismo es siempre, para vuestro interlocutor, lo que no es, lo que no es «ni esto ni aquello». No está representado por los diversos regímenes, por desgracia imperfectos, que se proclaman socialistas, no es reducible a una u otra de las definiciones que figuran en los buenos autores y los innumerables programas, y que sometéis a su aprobación. ¿Por qué esta evasiva, o esta impotencia? Proceden de la contradicción intrínseca que afecta a toda definición del socialismo así que se pretende precisarla algo. Fundándose el ideal socialista en la ambición de yuxtaponer ventajas incompatibles, no sobrevive intelectualmente más que en la confusión tolerada de los contrarios. He aquí por qué sus campeones retroceden precipitadamente cada vez que perciben una luz demasiado viva y os acusan de mala fe si insinuáis que debieran escoger entre dos o más versiones del socialismo. Los socialistas franceses sostuvieron, en 1981, que las nacionalizaciones eran buenas porque suprimían el provecho; luego, en 1983, que eran buenas porque permitían el provecho. Su doctrina moral sobre el provecho había variado en el intervalo. Pero no sintieron que sólo una de las dos proposiciones podía ser verdadera, y sólo una de las dos auténticamente socialista. Ellos no habían corregido —pensaban— un error: habían «profundizado», ampliado, afinado el análisis. En la fraseología sartriana yo diría que su «elección fundamental» consiste en no elegir y que ellos «existen sobre el modo de la negación». Laurent Fabius, ex primer ministro socialista, declara[23]: «El socialismo no es [soy yo quien subraya] un paisaje fácil de describir que se descubre de una sola ojeada desde lo alto de una colina». Ya lo imaginábamos. La idea de que el fruto de la acción podía preexistir a la acción en forma de paisaje es absurda. ¿Qué es, pues? «Es, dice el señor Fabius, una dirección». ¿Cuál? Misterio.
Del mismo modo, en la mayor parte de los diarios escritos o televisados, Birmania dejó bruscamente de ser socialista cuando el pueblo se sublevó contra el poder y cuando se supo, en agosto de 1988, la amplitud de la catástrofe económica y de la opresión política debidas al régimen. Se describió este último como una «dictadura militar» o, irónicamente, la «vía birmana hacia el socialismo», lo que insinuaba que aquello no era el «verdadero» socialismo. Los especialistas de la prospección repiten, de buena gana, como Jacques Lesourne: «Entramos progresivamente en una sociedad de información». ¿No pecan de optimismo? De comunicación o de transmisión, sí. Pero ¿de información?
empleada, según se cree, en el mismo sentido por todos los partidos y en todas las doctrinas, en todas las latitudes: es la voz racismo. Unanimidad tanto más afortunada y oportuna cuanto que el combate contra el racismo, la noción de racismo, su misma extensión a esferas sin relación con las razas y las etnias (se habla de «racismo» antihomosexual, o antijóvenes o antiviejos); la reprobación antirracista, universal y vehemente, la subordinación a esta prioridad de casi todas las demás consignas, la reducción al racismo de casi todas las violaciones de los derechos del hombre, han conferido a este problema un poderío emocional e ideológico preponderante, en el final del siglo XX. El racismo ha relegado al segundo rango
casi todas las otras causas humanas.
Si se admite que el respeto a la persona humana y el deber de tratarla «siempre como un fin y nunca como un medio» pueden, en efecto, proveer la base de una moral universal y, en política, de un principio internacional, se puede entonces con razón y se debe evidentemente considerar la lucha contra el racismo como esencial en la defensa de los derechos del hombre. Pero la tendencia que prevalece en nuestra época es la de tener por graves las violaciones de los derechos del hombre sólo cuando contienen un componente racista. Sin embargo existen numerosos casos de atentados a la dignidad humana, de persecución incluso de exterminio, que tienen causas muy diferentes al racismo; que proceden, por ejemplo, del fanatismo religioso, como en el Irán de la «revolución islámica» de Jomeini, o del fanatismo ideológico, como en la China de la revolución cultural o en la Camboya de los khmers rojos. Si la esclavitud moderna, en América del Norte y del Sur, fue alimentada por la trata de negros, en cambio la esclavitud en el mundo árabe, dentro del mundo negro en la misma África, en la Antigüedad europea, luego la servidumbre en la Edad Media y hasta mediados del siglo XIX en Rusia presentaban poco o
ningún aspecto racista. Los esclavos o los siervos, en numerosos países y en las más diversas épocas, han pertenecido en la mayoría de casos a las mismas razas que sus amos o señores. ¿Eran menos dignos de lástima? Aristóteles juzgaba al esclavo inferior, por su esencia, al hombre libre, aunque uno y otro, lo más a menudo, fueran griegos o, por lo menos, el esclavo, aunque procediera de algún pueblo vencido, no se distinguiera en absoluto del griego por el color de su piel. ¿Merece por ello la tesis de Aristóteles nuestra indulgencia? ¿La relegación del esclavo al rango de subhombre se convierte en aceptable cuando no se opera según un criterio racista? Si la reducción a la esclavitud, durante la trata de los negros, adopta un carácter doblemente odioso por su racismo, continúa siendo la misma esclavitud lo que constituye lo esencial del delito de atentado a la dignidad humana. Si los blancos se hubieran limitado a despreciar abstractamente a los negros, quedándose en su casa y dejándolos a ellos en la suya, el daño hecho a los africanos, reconozcámoslo, aunque existiera moralmente, habría sido menos grave en la práctica y más fácil de corregir después. Si el racismo es una violación de los derechos del hombre, todas las violaciones de los derechos del hombre no se reducen al racismo.
¿De dónde viene que sólo cuentan, según parece, y son juzgados abominables los atentados contra la libertad y la dignidad que se inscriben o pueden inscribirse en el catálogo de los comportamientos racistas? En el plano internacional se ha llegado así, durante los años ochenta, a hacer de Sudáfrica el gran réprobo y, por así decirlo, el único culpable del mundo contemporáneo. En la cumbre de los siete países más industrializados, en Venecia, en junio de 1987, el jefe de la delegación canadiense definió el
apartheid como «the most important human rights issue of our time, «el problema de derechos del
hombre más importante de nuestra época». Pero si es un problema, en efecto, muy grave, una forma de maltrato inexcusable e insoportable, pueden citarse muchos otros que lo son tanto, e incluso más: por
ejemplo, los 600 000 boat-people vietnamitas muertos en la mar desde 1980, de los cuales el 40% eran niños. ¡Sin embargo, los países industrializados aplican sanciones económicas a Sudáfrica y conceden, en cambio, ayudas económicas y créditos a Vietnam! ¿Qué valor puede, pues, tener una filosofía de los derechos del hombre que no es universal, es decir, que se aplica a ciertos hombres y no a otros? ¿Acaso no cae, a su vez, en el pecado de discriminación racial, por otra parte tan vigorosamente reprobado? ¿Por qué el apartheid se ha convertido en el supremo pecado contemporáneo, hasta el punto de aparecer a menudo, sin venir a cuento, en discusiones cuyo objeto no tiene nada que ver con esa aberración? Así, la noche de las elecciones generales británicas del 11 de junio de 1987, un inglés negro, laborista, que acababa de ser elegido diputado por el condado de Brent, comentó su victoria declarando en la BBC: «Brent no será libre mientras Sudáfrica no sea libre». ¿Qué tiene que ver Sudáfrica con las elecciones inglesas? Si ese diputado quiere decir que la señora Thatcher se ha equivocado al oponerse a las sanciones económicas contra Sudáfrica, que demuestre su tesis. Pero incluso si logra convencernos, no habrá demostrado al mismo tiempo que el Reino Unido no es libre. ¿Tiene sentido la frase cuando siempre ha habido pueblos libres y pueblos que no lo son, lo que no impide a los primeros serlo? No obstante, si admitimos la validez de esta aseveración en el sentido muy metafísico de que ningún hombre es verdaderamente libre mientras no lo sean todos, ¿por qué citar sólo a Sudáfrica como ejemplo de país privado de libertad? Varios ejemplos más de sociedades esclavas actuales podrían venir a la mente. ¿Por qué, en el primer plano de la elocuencia ideológica contemporánea, Sudáfrica, aunque sin rival en el arte de oprimir, vuelve con una frecuencia tan repetitiva y obsesiva? Si ella viola indudablemente los derechos del hombre, la República Sudafricana no es, sin embargo, la única en hacerlo, ni muchísimo menos. ¿Por qué es, pues, casi la única en sufrir el oprobio?
A ese privilegio se le descubre una causa general y una particular. La causa particular se relaciona con la importancia económica y la situación geoestratégica excepcionales de Sudáfrica. Convertida ya desde 1975 en una potencia africana de primer rango, la Unión Soviética trata de conseguir que la conquista del poder por los negros sudafricanos se efectúe en beneficio exclusivo del African National Congress (ANC), prosoviético desde el principio, del mismo modo que en Namibia lo es la SWAPO (South-West Africa's People Organisation). La ANC podría, en la futura República Popular del África del Sur, desempeñar el mismo papel que el DERG de Mengistu en Etiopía. La Unión Soviética, apoyada por sus numerosos enlaces, conscientes o inconscientes, efectúa, pues, a propósito de Sudáfrica, en el mundo entero un trabajo de propaganda que es para ella de simple rutina; un trabajo en el que tiene una larga práctica y en el que ha experimentado muy pocos fracasos. Ello consiste en concentrar sobre el
apartheid toda la indignación disponible en el planeta, describiéndolo como el mal absoluto, el mayor
azote y una plaga tan incurable que no se podría osar, sin faltar a la decencia, plantear siquiera la cuestión del régimen que le sucederá. ¿Será democrático o totalitario? Si la Unión Soviética gana, si el curso actual prosigue, será ciertamente un régimen totalitario en el que los derechos del hombre serán todavía más violados que bajo el apartheid. Pero cuando se den cuenta, ello será indicio de que ya está sólidamente implantado. La izquierda y los «liberales» entonces reconocerán consternados su carácter totalitario. También ellos tienen una larga experiencia de tales desenlaces, y se consuelan. Su ardor en instarlos con sus deseos, incluso en provocarlos, corre parejas con su rapidez en olvidarlos cuando llega la hora de evaluar las consecuencias de las posiciones tomadas en el pasado. En la misma África la condena del apartheid es casi el único tema sobre el cual los Estados africanos llegan a ponerse de
acuerdo cada vez que tiene lugar una cumbre de la OUA (Organización de la Unidad Africana).
No obstante, la causa particular y coyuntural que constituye el interés soviético en el estréllate del
apartheid no sería tan poderosa si no se sirviera de una fuerza suplementaria de otra causa más vasta y
general, en la que se enraíza y que le comunica un prodigioso impulso. Esta causa general consiste en que no sólo reducimos casi todas las violaciones de los derechos del hombre al racismo, sino que reducimos todo el racismo al de los blancos contra las otras razas o etnias.
Para permanecer en el marco de África, las violaciones de los derechos del hombre, las persecuciones, incluso los exterminios perpetrados por negros contra otros negros, desde, aproximadamente, 1960, al principio del acceso a la independencia, han causado un número de muertos e infligido una cantidad de sufrimientos que sobrepasan en mucho las maldades y los crímenes de la opresión blanca en Sudáfrica. Además, esos crímenes negros son muestra, casi todos, de lo que llamaríamos sin dudarlo «racismo» en Europa y en los Estados Unidos, puesto que son cometidos muy a menudo contra una etnia dominada por una etnia dominante. Las explicaciones políticas e ideológicas, sacadas de la retórica occidental, recubren y disfrazan superficialmente conflictos que, en profundidad, oponen a tribus entre sí. Las realidades tribales constituyen un factor de la historia del que la izquierda bien pensante —quiero decir inclinada a idealizar el Tercer Mundo— no gusta que le recuerden su existencia. Por haberlo, no obstante, recordado, con todas las precauciones oratorias posibles, me hice abroncar un día por un auditorio muy tercermundista, en París, en 1985, en ocasión de un debate público sobre «Democracia y desarrollo», en el que participaban también Jean-Pierre Cot, antiguo ministro socialista de la cooperación, Bernard Kouchner, fundador de Médicos sin Fronteras y presidente de Médicos del Mundo, así como especialistas de los problemas africanos. Habiendo tenido la curiosidad de consultar diversos tratados de sociología recientes, en inglés o en francés, me di cuenta de que no había ni un solo capítulo consagrado a la noción de tribu como tal. Igualmente, los diccionarios enciclopédicos se limitan a una vaga definición, se encasillan en generalidades, sin citar los muy numerosos ejemplos históricos y contemporáneos que permitirían una comprensión concreta del fenómeno.
La guerra de Biafra que, a finales de los años sesenta, causó un millón de muertos en Nigeria, tenía por finalidad destruir a los ibos. Ese pueblo deseaba separarse del poder central. En efecto, la partición de los Estados por las tribus dominantes, en la Nigeria recientemente independiente, había sido hecha de manera que impidiera a los ibos aprovecharse de las ganancias del petróleo. Además, Nigeria, el más vasto y más rico de los países del África Negra, como es sabido, brilla por sus actos en el primer rango del racismo. Lo atestiguó, en 1983, la brutalidad con la que su gobierno expulsó, de un golpe, unos dos millones de trabajadores inmigrados en situación irregular, obligados a partir a pie hacia Ghana, Benín,