GUSTAVO GONZALEZ OCHOA
Señor Rector de la Universidad de Antioquia. Amigos de toda mi consideración:
No es mi propósito en esta ocasión desarrollar con la técnica que se merece el tema, la psicología del hombre antioqueño. Sin prescindir totalmente de las normas científicas ni de los derroteros establecidos en la investigación de la materia, pero valiendome más de los hechos característicos y señalados por la opinión, he tratado de aproximarme en estas notas a la realidad popular antes que a la consideración teórica. La mejor psicología no es la profesional y estadística sino la conflictiva y multiforme que arrojan los medios sociales agobiados de problemas y fecundos en reacciones.
Las monografías psicológicas que a veces tenemos oportunidad de leer en textos y revistas, casi siempre desenvuelven temas de psicología general como la memoria, la apercepción, las emociones, la personalidad; en otros casos y cuando a sus autores les atrae la realidad, las disertaciones se concretan a un caso determinado: un complejo de inferioridad, una imaginación confabuladora, un caso de cleptomanía, un fenómenos de hipertonía o un tipo ciclotímico. También sucede frecuentemente y ya en aquellos que afrontan el estudio psicológico de un pueblo o de una comunidad, que escogen las personalidades o tipos sobresalientes para deducir de su análisis las cualidades de los núcleos en que están interesados.
En conferencia anterior y al dirigirme desde estos mismos micrófonos a los maestros de Antioquia con la buena intención de darles una noticia bibliográfica de alguna utilidad para sus estudios de psicología, les sugerí de paso la
importancia de realizar investigaciones sobre aquellos síntomas propios de la psique popular, y en tal sentido, creo yo, deben orientarse los Liceos y Centros que tienen por disciplina preocupaciones de esta índole. La psicología social ha reemplazado a la psicología teórica y técnica. La observación de los hechos en su ambiente predomina hoy con mejores resultados sobre la introspección y la experimentación.
Hechas estas explicaciones a manera de proemio detengámonos un poco sobre la posición de la psicología moderna para establecer un criterio que nos permita entrar con propiedad a la consideración de nuestra vida, de nuestro comportamiento.
La determinación formal de un tipo psicológico, no puede establecerse por los datos que arroja su conducta solamente. Aunque aquellos datos constituyen el material de que se vale el interesado para trazar la fisonomía que busca, es indispensable partir de un criterio sobre la materia y de algunas experiencias admitidas por la ciencia con el fin de que las conclusiones logradas resistan la crítica y sirvan de apoyo a posteriores averiguaciones.
Hasta hace muy poco la psicología permaneció al margen de las ciencias positivas y su estudio formó parte de la especulación racional, en cierto modo esteríl y propia a la divagación. Sobre la psique humana pesaba un complejo de respeto y de temor, creado por la moral religiosa que, con gran delicadeza y mucha discreción logró vencer la biología, la ciencia de la vida, en los albores del siglo XIX. En este caso se produjo el fenómeno admirable de cómo una ciencia que toca los linderos de otra más delicada y atrayente, despierta su sensibilidad. La psicología ya no estudia formas espirituales ni operaciones inaprehensibles sino reacciones, es decir todas aquellas manifestaciones que integran la conducta de un individuo, de una institución o de un pueblo.
El estudio de la reacción, sin embargo, presupone la existencia de un organismo, de n material adquirido y formado de experiencias y conocimientos –la conciencia- y de un ambiente que condiciona. De esta reacción sabemos por la introspección o análisis interior, por la observación cuidadosa y ordenada y por la experimentación que en gabinetes, clínicas, laboratorios y escuelas, implica intervención premeditada y artificiosa para facilitar el descubrimiento del fenómeno.
La conducta del hombre está tan ligada a sus funciones estrictamente vitales, que, en muchas academias y centros de estudio, cada día cobra más fuerza la tendencia a involucrar el principio biológico y el principio psicológico en un solo sistema que parte de la “unidad mental y biológica”. Con la biología y la psicología acontece algo muy semejante a lo
que sucede con la física y la química, en que los conceptos de “energía” y de “materia” se encuentran tan íntimamente relacionados que propiamente entre ambos forman una sola entidad científica: la físico-química. Pero esta tendencia, atrayente de por si-ya que todo proceso de simplificación tiende a permitir con más dominio la adquisición del concepto científico- es peligrosa y no puede admitirse sin reparos. Es verdad que hasta la fecha, nadie ha podido señalar el límite entre lo biológico y lo psicológico, pero la oscuridad del problema no es prurito par dejarnos llevar de la fantasía y afirmar que el pensamiento es una secreción o en contrario aceptar como doctrina las tesis obre la curación por el espíritu.
De provechosa significación ha sido en el adelanto de la ciencia la escuela de la psicoloanálisis, patrocinada y fomentada por los profesores Freud, Pfíster y Feedern de un lado, Jung, Adler y Rank de la otra parte. No obstante, este movimiento que trate de ocnjugar lo mental y lo biológico en torno a lo “líbido” y que en el fondo responde a una noble aspiración, ha caído en grave degeneración, causada por sus pseudocultivadores, quienes inspirados en un pansexualismo de enorme éxito entre los incautos, han gestado libros a topa tolondra y anegado librerías y anaqueles, calentado imaginaciones y asestado un golpe a la responsabilidad social, de mucho detrimento. Mejor resultado y eficiencia han rendido las normas ascéticas preconizadas por los monjes del medioevo, las sugestiones de Marden y Paul Yago, de un extremo, y, las pacientes experimentaciones y valiosos hallazgos de Voronoff, Pavlow, Marañón y Alexis Carrel, del lado opuesto.
La tesis de la unidad mental y biológica obedece en términos estrictos a la correlatividad de funciones que con base en el neuroglandular, definen la individualidad. Pero, realmente existe n tipo caracterizado por sus fuerzas vitales y sus manifestaciones psíquicas? La etnología nos habla de tipos raciales y la biología nos atrae con sus biotipos. También la psicología en el capítulo concerniente a la tipología nos cita casos psicológicos generalizados y hasta los agrupa en dos clases, la de los perturbados o anormales y la de los adaptados sociales o normales.
El eminente profesor George dumas en su Traité de Psychologie (dos tomos) hace clara distinción entre las formas individuales y las formas colectivas, como esta ciencia suele manifestarse y aparecer a la consideración, va más lejos aún y les asigna cualidades propias a la “unidad psicológica individual” y la “unidad psicológica social”. Pero, quizás, el profesor Alexis Carrel ya citado, en su obra “El hombre, un desconocido”, es más explícito sobre el particular. A propósito, en el capítulo VII que lleva por título “el ser humano y el individuo”, expone un temario importantísimo que no desdeña lo trivial y recoge datos que ordinariamente escapan al ojo avizor y la mirada diestra y perspicaz. Perfectamente podemos decir que, nos sorprende y maravilla con la sutileza de sus juicio y la riqueza que hay en sus
observaciones. Los estudios de Carrel son como intuiciones psicológicas que inducirán a tesis comprobables; hoy por hoy, en esas sugestiones el problema de la individualidad se nos muestra misterioso y complejo.
Sin desechar estos adelantos pero situándonos en el plano de la realidad inmediata, con que se hace la literatura científica las más veces, podemos entrar en la consideración de algunos detalles sobre las características que informan un tipo de individualidad.
Ante un desconocido, lo primero que nos preocupa es su origen, su pueblo o su raza, su localización o nacionalidad. Al inquirir este dato nos comportamos como seres humanos, como animales curiosos, como sujetos que piensan interrogándolo todo. Y al formular esta pregunta de la procedencia y natividad, le atribuímos –tal vez sin quererlo- un valor a la cuna, al origen de la familia o al enigma de la individualidad. Y si el sujeto responde al título de francés, a nuestra imaginación vienen los conocimientos y experiencias que tengamos sobre el pueblo de Francia, deseamos comprobar en él nuestros conceptos y le sometemos a una vigilancia solemne y en veces hasta engorrosa y molesta. El hombre siempre busca la verdad y no pierde ocasión de comprobarla, es decir de hacerla evidente, de sentirla y de satisfacerse en ella. Tales son los fenómenos que ocurren ante un sér extraño, de repente aparecido. Cuando ese tipo es un ruso, pensamos en Lenín, el comunismo, los cosacos, la revolución, la sangre de los zares, el plan quincena, y si por casualidad hemos leído a Resurreción de Tolstoi, o Crimen y Castigo de Dostoiewski, queremos encontrar en él a un personaje novelesco, exótico y atormentado. Efectos similares causan el inglés, el húngaro, el alemán, el turco, o el norteamericano (gringo). Y estos fenómenos son más intensos cuando más lejana es la procedencia del sujeto y más rara su fisonomía, es decir cuando sus características se apartan más de las nuestras, cuanto tienen más de originalidad. Hay en todo ello un deleite de imaginación excitada por un arte de leyenda y misteriosa evocación. Cuánta sorpresa y qué grande efecto no nos causaría si tal ocurrencia fuese posible, la presencia en ese sillón que en la actualidad ocupa nuestro rector y en su lugar, de una califa al modo de las Mil y una Noches, o de un ciudadano griego de la época de Pericles, para no decir de un señor florentino a la usanza del Renacimiento? No sólo en el vestido, ni en la alimentación, ni en la vivienda hallamos aspectos de interés, que también en los hábitos, ademanes, artes y ritos se revela la capacidad peculiar de un núcleo humano. Desde los etnólogos hasta los turistas, buscan todos ansiosamente en las regiones que visitan esos síntomas, más valiosos cuanto más extraños, a que nos referimos, y que se apresuran a constatar en fotografías, cuadernos de viaje y archivadores. Particularmente los científicos encuentran muchas veces, valores raciales que no anotan ni estiman los nativos, por faltarles a éstos la comparación que sí pueden establecer y muy de veras aquellos que trajinan con la disciplina harto costosa de conocernos a todos para darse el placer de clasificarnos.
En América existen tipos de diversa índole a saber: primarios o aborígenes muy definidos; otros, venidos de Europa y que se han modificado en constante batalla con la tierra, luchando y progresando en ella al par que asumiendo una novísima modalidad como acontece en el caso de los norteamericanos; y algunos, formados de aborigen mezclado a uno o dos elementos foráneos que, con el tiempo constituyen troncos de tan fuerte fisonomía que, ni el biólogo versado en estudios de filogenia, ni el arqueólogo perito en rasgos y examen de documentos, ni el sociólogo experto en reducir a principios universales conglomerados o agrupaciones por complejas que se demuestren, logran una explicación féliz y ampliamente satisfactoria.
La misión de la pampa argentina que gravita en la nostalgia del gaucho, el folklore indígena que realza las festividades mejicanas, o el judaísmo acendrado que nos asignan a los habitantes de Antioquia, son enigmas para la ciencia e insolubles interrogantes aunque indescartables y evidentes. Y a propósito de sabios valientes y hallazgos increíbles, sea muy del caso citar la información que en algún círculo o universidad norteamericana diera un famoso y acucioso investigador, quien, “en una de sus excursiones por las selvas de Sur América descubrió una tribu hasta entonces ignorada, dotada de un acento muy particular y de una habilidad para el negocio infinitamente superior a la de los judíos, para más señas denominada de los antioqueños”. Es muy probable –y hago la anotación aunque no forma parte de la cita- que, a este connotado profesor le hubiese acontecido algún desaguisado o entuerto de mala especie, pues para hacer honor a la verdad fenómenos de esa clase no son del todo extraños en las posadas y dormideros de algunas regiones antioqueñas, hoy en menor escala que antaño. A no ser por una fuerte demostración de judaísmo, no se explicaría la sorpresa y alarma de ilustre profesor, aunque parece que, tanto a los responsables como al autor de la cita, se les fue la mano.
Y ya que a nuestra Antioquia hemos llegado en esta disertación y quizá con demorada manera y por vía de una mala credencia, anotaremos los aspectos que a nuestro sentir humilde y respetuoso, más nos acercan al dictamen sobre lo que podría llamarse psicología del hombre en Antioquia, de este hombre cuyas tres gracias mayores parecen concentrarse en la belleza desenfadada de su estirpe, la fecundidad asombrosa de sus padres y la fortaleza inquebrantable de sus hijos.
Muy de veras estuve esperando que se dirimiese en conferencia anterior el problema de la raza antioqueña y se estableciesen los caracteres distintivos del biotipo antioqueño, no ya por su origen e historia que estos son puntos difíciles de averiguar sino por las cualidades genéticas, embrionarias y fisonómicas. De haber obtenido este favor,
menos escabrosa me habría resultado la tarea en lo tocante al aspecto psicológico, quiero decir: de legar sobre planos criticados a la determinación que me he propuesto despejar.
El hombre antioqueño está personificado en “El Paisa”, en ese héroe popular, soñador y aventurero que en todas partes deja huella perdurable y cuya fisonomía y cuyo acento le distinguen por doquier. El paisa es ese minero que tras el oro, la mujer y el aguardiente hace correr los dados de la suerte sobre un poncho de rayas coloradas. El paisa es aquel arriero corujudo que porta con sin igual donaire el chango, el carriel, y la peinilla de veinticuatro pulgadas en su vaina dibujada y fechendosa, y que con la mulada, por entre los barrancos, tremedales y senderos, por entre el cafetal o en la llanada, loma arriba o por la calle empedrada de la aldea, retiembla en salud y vierte energía. Una caricatura de Rendón –el irónico y suicida- pinta mejor que ningún cuadro la estampa de ese arriero, por poco se salen del papel el silbido vivaz del arriador y la vibrante exclamación a la recua.
El paisa es aquel campesino que siembra el maíz adjuntándole el fríjol y que ha inmortalizado un poema virgiliano el más antioqueño de nuestros vates. Gregorio Gutiérrez González. En esa “Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia” es en donde mejor podemos entender nuestra psicología ungida de gracia y pletórico de afectos.
El paisa es ese hacendado o gamonal que montado en buena cabalgadura demuestra en las arrugas de su rostro patriarcalísimo una seriedad de Quijote y con la mirada hundida y la voz profunda nos enseña la autoridad que conceden los años y el respeto a que es acreedora la experiencia fecunda.
El paisa es aquel aventurero que con su simpatía y mañas se sale de apuros y apura la situación de las gentes dejando tras sí una estela de hazañas que no están escritas en novela picaresca alguna, pero de cuya fama sabemos por cuantos de Federico Trujillo y ultra andanzas de Cosiaca y Pedro Rimales.
Ese paisa que embauca y urde cosas increíbles y se vale de trampas y recursos apenas comparables con el ilusionismo y la prestidigitación, que imita lenguaje de místeres y se hace pasar hasta por el mismo diablo, es en otros lugares el astuto negociante de ganado, el judío hasta las agallas pero firme en sus compromisos, o el comerciante o industrial que pone en jaque a turcos y polacos en la propia capital de la República, para no decir que en todas partes.
El paisa palpita en la sangre de todo antioqueño legítimo, es como un fermento cuyos símbolos no admiten discusión: el poncho, el carriel y la barbera.
El paisa es ese trovador de Concordía y Titiribí o el Chirimero de Barbosa y Girardota. El mérito singular de Ñito (Antonio José Restrepo) no estiba en haber sostenido los derechos naturales del hombre ante la elocuente argumentación del doctor Guillermo Valencia, ni en haber presidido la embajada de Colombia ante la Liga de las Naciones; su fisonomía de varón esclarecido y antioqueño integral está para solaz nuestro en “El Cancionero”, en todas y en cada una de sus colas.
El país no pierde su configuración regional sino cuando le interesa algún negocio o la situación es grave, casos en que nadie le gana para aparentar. Mejor diremos que posee un gran poder de adaptación sin perder los caracteres fundamentales de su raza. Sábese por noticia de etnólogos que han venido a estudiar los núcleos aborígenes de nuestros llanos que, en algunas tribus el cacicazgo se halla en manos de un antioqueño, quien se ha sabido rodear de comodidades y en cuya compañía han pasado los mejores días de sus excursiones.
Cuéntase también el siguiente caso, a propósito de la presencia insólita de paisas en regiones extrañar al suelo nativo. Durante la revolución rusa, en un teatro de Leningrado y cuando se llevaba a efecto una reunión bolchevique para convenir asuntos de importancia (no se sabe si negocios) algún anarquista entusiasmado gritó: fuego!! Al tiempo que quemaba un petardo. La muchedumbre se precipitó hacia fuera vociferando en parte y aullando los más, pero entre los gritos que se oyeron con entera claridad recuérdase alguno que llamó poderosamente la atención, pertenecía naturalmente a una paisa, quien al verse en tamaña aventura exclamó: Carajo, me llevó al diablo!!
No podríamos constatar a fuer de quedar entre cejar, si el paisa que hemos pintado brochazos y en el que se resume toda nuestra psicología, pertenece a la raza blanca desmembrada de las Provincias Vasconadas, Asturias, Aragón y Andalucía, y ya heterogénea por haber sido las tres últimas regiones campo de lucha entre pueblos de diferentes procedencias. Tampoco podríamos afirmar que en el paisa predomina el elemento indígena nativo, llegado del Caribe en edad imprecisa ni que la mezcla a que fue sometido con el negro americano le creó esa anatomía o estructura psicológica excepcional. Existen casas en Antioquia cuyo celo por guardar los fueros de la tradición demuestra un apasionamiento consanguíneo que parece aludir a una pureza de abolengo. Pero en estas casas o troncos linajudos el paisa no falta. Algunas agrupaciones tribales de los lados de Frontino y Urabá, más bien sí representan cierto carácter autóctono de escasa analogía con el paisa. Fuera de estos núcleos aislados casi puede aseverarse que, en la idiosincrasia de los antioqueños no opera rastro indígena en forma apreciable o acentuada. En algunas tierras del departamento viven familias negras sin mezcla advertible que, sumisas y abnegadas resisten y luchan
al lado del paisa. Pero el fondo social en el que se destaca con toda nitídez el paisa corresponde a un hombre alto, de piel morena pálida, de cabellos negros ligeramente ondulados, ojos regulares y negros, nariz recta y prominente, no tan grande como la de los huilenses aunque crónicas hay que cuentan que, en Remedios hubo un ciudadano poseedor de nariz tan desmedida y alargada que le era imprescindible levantarla con tres dedos de la mano izquierda cada vez que deseaba echarse a la boca un trago de aguardiente. Otros rasgos fisonómicos del paisa son: boca grande, pómulos