Appendix 1: Case studies
1. Learning goals
En el sentido del gusto, como un modo de presentación y de aprehensión de la realidad, las cosas reales y la misma realidad están presentes como degustadas, como realidades poseídas gustosa, o en ocasiones, disgustosamente. La realidad está presente como fruible, como susceptible de intelección en fruición.
Desde antiguo la sensibilidad y en particular el sentido del gusto han estado hermanados con el saber y con la filosofía. De alguna manera, filosofar es saber sentir filosóficamente y además, saber sentirlo intelectualmente. “No es una sensibilidad afectiva ni trágica: es una serena sensibilidad intelectual, o si se quiere, una inteligencia sensible al matiz filosófico. Es, finalmente, saber sentirlo todo” (OMF, 267). A juicio de Zubiri, Ortega es ejemplo de esta exquisita sensibilidad filosófica. Zubiri es, sin duda alguna, también preclaro ejemplo de sensibilidad y de fruición intelectual: “tras el penoso bracear de la inteligencia, en grado vario –desde el más sencillo aprendiz hasta el más genial pensador se oculta siempre una singular fruición, que, fiel a mi oficio, he procurado despertar en el ánimo de quienes me han pedido ayuda” (NHD, 21).
El filósofo, el científico y todo aquel que ha conquistado los principios –saber principal gusta de la realidad de las cosas: “Tiene gusto por las cosas, las saborea. Por esto dice que tiene un sapere, un sabor, sapientia, un afinado gusto por los principios de lo realmente verdadero” (QS, 82). Saber y sabiduría son
etimológicamente sabor; son un caso de estricta fruición de la realidad. “Los latinos tradujeron sophia por sapientia” (IRE, 105; HD, 3435). En nuestro tiempo, la sapientia dejó de ser gusto, sabor, para convertirse en ciencia, en conocimiento, en buen sentido; sapio dejó de ser tener sabor, gusto, para convertirse en entender, en tener buen sentido, en ser sabio. El sapiens se tornó en racional, en razonable, cuerdo, juicioso, prudente.
En la filosofía como amor a la sabiduría, como amor al saber, tenemos un fruición de la totalidad, una intelección en fruición, del todo:
En la sophía se va al descubrimiento de la verdad por sí misma, se va a la theoría. Y este tipo de sophía misma, es lo que se llamó ‘el gusto por saber’, philosophía, frente a la philokalía, el gusto por la belleza (IFA, 132; A, 14).
Esta idea particular de filosofía que viene gravitando desde los griegos, particularmente desde Aristóteles, ha enfatizado en el gusto por el saber y en la delectación, el deleite que tenemos en el ejercicio de la función de sentir (A, 12 17). Este deleite, “esta complacencia la siente el hombre no por la utilidad que tiene lo sentido, sino que el hombre se complace, por ejemplo, en ver por ver, por la riqueza y variedad de lo visto” (A, 38). La delectación es un asunto que trata Santo Tomás, en el esfuerzo de establecer cuál es el fin último de la vida humana, por ejemplo. Con un matiz medianamente distinto aparece en Bergson: “a la base de la concentración del pensamiento propia de la filosofía, hay una emoción distinta que sólo ésta puede dar: la joie, la gozosa alegría de poseer la realidad” (B, 167).
Frente a la intelección visual, la intelección gustativa debe cobrar el puesto que, en dignidad, le corresponde. El gusto recubre todos los demás modos de presentación de la realidad en el sentir intelectivo. La realidad nos está presente en diversos modos de presencia que se encuentran referidos al gusto. La preeminencia de lo visual no es más que una limitación de nuestras culturas. En la tradición filosófica de la India, por ejemplo, la esencia se dilucida por intelección gustativa y no por intelección visual como en la tradición occidental. En el Rig veda y en las Upanisad más antiguas, como en el comienzo de la Chandogya Upanisad, según Zubiri, se denomina rasa a aquello que nosotros llamamos esencia, que es lo que en última instancia nos permite distinguir una cosa de otra: “Primaria y usualmente significa jugo vital, savia, elixir de vida, etc. (...) A diferencia del discernimiento por species, que es de tipo ‘visual’ el discernimiento por rasa es, para esta filosofía, de tipo ‘gustativo’: es el sabor lo que nos permite discernir una cosa de otra. El vocablo rasa tiene también, en efecto, el sentido de gusto, de sabor” (SE, 179180).
Así entendido, el saber es más sabor que vista. “De donde sapientia, sabiduría” (IRA, 348).Por el sentido del gusto el hombre está realmente en la realidad. En la vida, entendida como un comportarse con la realidad y como un comportarse consigo mismo, con los otros y con Dios, el hombre posee las cosas reales y en esta posesión se autoposee fruitivamente: “Porque la autoposesión es esencialmente posesión, esa especie de reposo activo en sí mismo, en la propia
realidad, esto es, fruición. Fruición es el reposo en la plenitud de la propia realidad” (HD, 169170).
El estado humano no consiste en la simple satisfacción estimúlica que puede sentir, y que efectivamente siente, el mero animal, es, más bien, un estado de fruición satisfaciente. El hombre se encuentra enfrentado a la satisfacción como realidad o, si se quiere, a la realidad de la satisfacción. En este sentido, dirá Zubiri, el hombre se encuentra en un estado animalmente real (SH, 39). El hombre no sólo se encuentra colocado entre las cosas, sino también situado fruitivamente frente a ellas. El disfrute, su disfrute, es diferente del que puedan tener otras personas incluso frente a una misma realidad y situación (SH, 148).
El estado del hombre es animalmente real en virtud de su inteligencia sentiente. La inteligencia del animal de realidades esta en unidad primaria y radical con la sensibilidad. Por la vista el hombre tiene una inteligencia vidente, por casi todos los demás sentidos su inteligencia es posidente. Poseemos la realidad, además, fruitivamente: “La fruición no es una complacencia subjetiva, junto a la cual la inteligencia viera o actuara, sino que es la visión posidente y la posesión vidente de la realidad” (SH, 405). Toda posesión desencadena una autoposesión fruente y fruitiva de mi propia realidad.
La fruición en el hombre no se encuentra referida solamente al dominio de la inteligencia sentiente, por el contrario se encuentra también en estrecha relación con la voluntad tendente y con el sentimiento afectante.
La fruición es un acto formal de la voluntad. La voluntad tiende hacia la cosa querida, entre las muchas cosas posibles hacia las que se puede dirigir. El hombre como todos los animales busca complacencia; pero a diferencia de todos los animales busca complacencia en la realidad en tanto que realidad. “Es precisamente lo que se expresa cuando uno dice: ‘lo que quiero es esto’. No solamente uno dice ‘yo quiero esto’, sino ‘lo que quiero es esto’ ” (SH, 369370). En la complacencia nos complacemos por algo que trasciende la cosa: la realidad.
En la fruición el hombre se encuentra atenido a la realidad; su atenimiento se debe, de algún modo, a la apropiación de posibilidades con las cuales puede hacer su vida e imprimirse su propia configuración personal. Por la voluntad el hombre puede querer, elegir y preferir posibilidades: “El acto en que formalmente consiste la volición es no solamente un acto de decisión, sino que es un acto activo, un acto de ser querido. Pues bien, la unidad intrínseca de estos tres momentos es lo que se expresa con un solo vocablo y un solo concepto: la fruición” (AV, 43) 14 .
En su estudio Acerca de la voluntad Zubiri aclara que la fruición no es alegría, no es el gaudium de los escolásticos, aunque no la excluye. La fruición es la forma suprema de la vida en tanto que acto de la voluntad. Lastimosamente, el hombre actual ha ido perdiendo su sentido de realidad por haber perdido su capacidad de fruición: “al hombre se le conoce por lo que hace en los días de fiesta (...) Es
14 “A la altura de 1962 Zubiri aplicaba el término ‘fruición’ a la voluntad tendente. Más tarde, cuando
estudio con cierto detalle la dimensión afectiva, lo que él llamo sentimiento afectante, reservó el término fruición sólo para el sentimiento, como aparece claramente en el texto del curso de 1975,
justamente la hora y el día en que el hombre, efectivamente, no tiene que hacer más que ser sí mismo, tener esa misma fruición sin la cual la humanidad y la vida no podrían existir” (AV, 81). En los días de fiesta los hombres simplemente nos dejamos vivir. En la inteligencia la realidad se actualiza como verdad, en la voluntad como bien y en el sentimiento como belleza. Por esto, la fruición de algo en tanto que real es lo que constituye el sentimiento estético. Es lo que comúnmente denominamos goce estético. La contemplación de las cosas, en cuanto bellas, produce en el hombre una fruición; pero una fruición que no acompaña necesariamente todo sentimiento: “Uno puede gozarse en su tristeza, como puede estar triste en sus goces. El goce afecta siempre y concierne a la dimensión por la cual el sentimiento como atemperamiento da a la realidad” (RFE, 344). El sentimiento estético es una fruición, una complacencia en la realidad como realidad que, sin embargo, no agrega nada a la realidad, sino tan sólo actualidad. Las cosas son, por una parte, término de la fruición en su realidad; son también, por otra, término de la fruición por ser reales (RFE, 359361), y no tanto porque sean bellas o feas.
El sentido del gusto hace posible la fruición. Fruición que necesita el hombre para poder vivir. Sin embargo, la plenitud de la vida humana no consiste tanto en la cantidad de fruiciones sino en la calidad de esas fruiciones. Frente a la angustia, el aturdimiento y la desesperanza de nuestro tiempo necesitamos con urgencia de una higiene de la fruición:
El hombre de hoy necesita entre otras cosas, la higiene de la tranquilidad. Necesita también la higiene de la fruición. Parece que el hombre actual se haya en tal forma disparado hacia el futuro que carece de tiempo y de holgura para saber dónde tiene apoyados sus pies; no tiene fruiciones, sino perpetuos proyectos en que se devora a sí mismo. El futurismo reacciona sobre todo el presente disolviéndolo en angustia. (FEAE, 403404).