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D) LEASE COMMITMENTS

l emperador Carlos V gobernó España, con el nombre de Carlos I, desde 1517 hasta su abdicación, en enero de 1556, en favor de su hijo Felipe. De estos cuarenta años de reinado, sólo pasó dieciséis en España. Estos dieciséis años se reparten en una larga estancia de siete años y cinco cortas visitas:

de septiembre de 1517 a mayo de 1520 de julio de 1522 a julio de 1529 de abril de 1533 a abril de 1535 de diciembre de 1536 a la primavera de 1538 de julio de 1538 a noviembre de 1539 de noviembre de 1541 a mayo de 1543

Después de 1543 no se le volvió a ver en España hasta septiembre de 1556 cuando, tras haber renunciado al trono, regresó para residir en un pequeño palacio junto al monasterio de Yuste, donde murió en septiembre de 1558.

En esta breve lista de las visitas de Carlos V a España reside una de las claves esenciales del carácter de su imperio y de los caminos de la historia española durante los años de su gobierno. Los temores de los comuneros se cumplieron totalmente: el primer Habsburgo español fue un rey ausente. Además, fue un rey con muchas otras preocupaciones, que hicieron siempre necesario para él anteponer a los intereses nacionales españoles los más amplios intereses de la política imperial. A pesar de la importancia siempre creciente de España en la balanza del imperio carolino, ésta ocupó siempre un lugar secundario en cualquier conflicto de intereses y tuvo que ceder la preferencia a consideraciones de prestigio y autoridad imperiales que la mayoría de los españoles difícilmente comprendían.

El obligado absentismo de Carlos, la extensión de sus dominios y sus muchos compromisos, planteaban numerosos problemas que debían ser resueltos de algún modo. Existía la cuestión inmediata de quién tenía que gobernar el país durante las frecuentes ausencias de Carlos y, sobre todo, la cuestión, más difícil de resolver, de la situación y las obligaciones de España respecto a los diferentes territorios que formaban el patrimonio imperial. Cualquier solución que pudiera hallarse, requeriría unos reajustes administrativos y fiscales, que a su vez recaerían sobre toda la estructura de la sociedad y la economía españolas.

Durante la larga estancia de Carlos en España, de 1522 a 1529, su principal consejero fue, nominalmente, el Gran Canciller Imperial, el piamontés Mercurino Gattinara. Sin embargo, dada su condición de Gran Canciller, Gattinara tenía que acompañar al emperador en sus viajes y actuar sobre todo como su principal consejero en los asuntos de política exterior. La revuelta de los comuneros había dejado bien sentado que España no podía ser gobernada desde el exterior, y la reina Juana era incapaz de hacerse cargo, aunque sólo fuera a título puramente nominal, del gobierno del país en ausencia de su hijo. Sin embargo, en 1526 Carlos se casó con su prima Isabel, la hija de Manuel de Portugal. La boda, que era una continuación lógica de la política seguida por los Reyes Católicos para asociar más estrechamente Castilla y Portugal, dio un hijo a Carlos, Felipe, al año siguiente. También le proporcionó, en la persona de Isabel, a la emperatriz ideal, una magnífica figura real, que actuó como regente durante las ausencias de su marido hasta su temprana muerte acaecida 1539.

El gobierno efectivo de España estuvo, sin embargo, durante veinte años o más en las manos de un hombre de origen humilde, natural de la ciudad andaluza de Úbeda: Francisco de los Cobos. Cobos había obtenido primero un cargo en la secretaría real gracias a la protección del secretario de la reina, Hernando de Zafra. Fue ascendiendo lenta pero firmemente al servicio de Fernando hasta que, en 1516, tomó una decisión de crucial importancia para su carrera, al abandonar España y dirigirse a Flandes a la muerte de Fernando. Hombre competente y trabajador, que se distinguía más por su afabilidad y buen humor que por cualquier rasgo de personalidad, llegó a Flandes con la recomendación de Cisneros y con la ventaja de ser uno de los pocos funcionarios reales llegados de España que no tenía rastros de sangre judía. Con su capacidad natural de agradar a los poderosos, consiguió el favor de Chièvres que le designó para ocupar el cargo de secretario real. A partir de este momento su carrera estaba ya decidida. Su experiencia en los diferentes departamentos de! gobierno de Castilla le colocó en una buena situación cuando el emperador vino a España, y el hecho de que fuese ganando cada vez más el favor real le señaló como un rival cada vez más claro del Gran Canciller Gattinara. A partir de 1522 se desarrolló una lucha entre estos dos hombres para asegurarse el control de la máquina del gobierno, batalla que Cobos ya había ganado cuando

Gattinara falleció en 1530. Entre 1529 y 1533 Cobos viajó con el emperador, actuando como principal consejero suyo, junto a Nicolás Perrenot de Granvella; pero más tarde, dada su experiencia en los asuntos financieros y quizás por su falta de entusiasmo por la política imperial, se le ordenó permanecer en España, donde gozó de gran poder e influencia hasta su fallecimiento en 1547.

El gobierno de España se deslizó tan llanamente bajo la dirección de Cobos que casi parece como si durante veinte o treinta años no hubiera habido historia interna española. Las terribles tormentas que la habían sacudido en 1520 y 1521 habían pasado ya. Una calma casi sobrenatural flotaba sobre la vida política de Castilla, donde las reiteradas quejas de las cortes por las largas ausencias del emperador y los enormes gastos que acarreaba su política, eran prácticamente los únicos signos externos del desasosiego ante el futuro que había provocado la revuelta de los Comuneros.

Aunque la tranquilidad del país puede en parte atribuirse a la habilidad de Cobos en el gobierno de una nación agotada por la guerra civil, también debe ser achacada al carácter esencialmente estático del imperialismo de Carlos V. El imperio estaba integrado por una serie de posesiones hereditarias —de los Habsburgo, borgoñonas y españolas— adquiridas por la dinastía en épocas diferentes y gobernadas por ella bajo condiciones que variaban mucho de un país a otro. El concepto que tenía Carlos V de sus numerosos y extensos territorios era patrimonial. Tendía a considerar a cada uno de ellos como una entidad independiente, gobernada según sus propias leyes tradicionales y nada afectado por el hecho de no ser más que uno de los muchos territorios gobernados por el mismo soberano. Sus territorios tendían también, por su actitud misma, a reforzar este concepto. Ninguno de ellos deseaba ser considerado de importancia secundaria sólo por el hecho de que su rey hubiese llegado a ser también emperador del Sacro Romano Imperio y soberano de otros Estados: España, por ejemplo, arrancó de Carlos V en septiembre de 1519 la promesa de que “por anteponer el título de Emperador al de Rey de España. no se entendiese que perjudicaba a la libertad y exenciones de estos reinos”.

La asociación de los diferentes territorios de Carlos V era, pues, semejante a la asociación de los territorios que habían formado, en la Edad Media, la federación de la Corona de Aragón. Cada uno de ellos siguió gozando de sus propias leyes y fueros, y cualquier modificación de estas leyes para uniformizar los sistemas constitucionales de los diferentes Estados hubiera sido considerada como una flagrante violación de las obligaciones heredadas por el soberano con respecto a sus súbditos. El punto de vista tradicional fue muy bien expresado por un jurista del siglo XVII: “los reinos se han de regir y gobernar como si el rey que los tiene juntos lo fuera solamente de cada uno de ellos”. El rey de todos ellos fue en primer lugar rey de cada uno de ellos y se esperaba de él —sin la debida consideración a los formidables obstáculos que imponían la distancia y el tiempo— que se comportase de acuerdo con este principio. Para los aragoneses, Carlos era rey de Aragón, para los castellanos, rey de Castilla, para los flamencos, conde de Flandes; y si en alguna ocasión se concedían algún sentimiento de orgullo por el hecho de que su rey fuese también soberano de otros países, quedaba en general ahogado por el enojo ante las demandas que se les hacían en favor de aquellos territorios y por el olvido consiguiente de sus propios intereses.

Dos importantes consecuencias derivaban de este concepto del imperio carolino como simple conglomerado de territorios unidos casi por azar por un soberano común. En primer lugar condujo al “congelamiento” de los diferentes sistemas constitucionales de estos territorios. Cada uno de ellos estaba atento a cualquier amenaza real o imaginaria contra sus estatutos tradicionales, y esto impedía

a su vez el desarrollo de alguna organización institucional común a todo el imperio, cosa que Gattinara hubiera probablemente deseado, pero que el propio Carlos parece no consideró. En segundo lugar, evitó que se produjera una más estrecha asociación de los diferentes territorios con fines económicos o políticos, lo cual hubiera a su tiempo contribuido a crear una mística imperial, un sentimiento de participación en una empresa común. Al faltar una mística semejante, los dominios de Carlos V siguieron pensando exclusivamente en sus propios intereses y lamentando su implicación en guerras que parecían atañerles muy poco o nada en absoluto.

Por lo que hace a Castilla, gran parte de la política de Carlos V parecía a los castellanos desviarse demasiado de la política tradicional seguida por sus predecesores. Sus luchas con el rey de Francia, su guerra contra los príncipes protestantes alemanes, no parecían tener mucho o nada que ver con la defensa de los intereses españoles y justificaban muy difícilmente el empleo de recursos humanos y fiscales de Castilla. Incluso su política italiana, que culminó en la adquisición del ducado de Milán y la consagración de la hegemonía española en la península, fue duramente criticada por aquellos castellanos que, como Juan Tavera, cardenal arzobispo de Toledo, vivían con los ojos vueltos a los días de Isabel y Cisneros. Para Tavera y sus amigos, la intervención española en Italia era una perpetuación de la política exterior “aragonesa” de Fernando y había de arrastrar a Castilla a los conflictos europeos, cuando los intereses castellanos requerían paz en Europa y la continuación de la cruzada contra los infieles en la costa africana. Al no menos “castellano", pero mucho más realista duque de Alba, correspondía comprender la fundamental importancia estratégica de Italia para la defensa de una de las principales áreas de interés para Castilla, la cuenca mediterránea central y occidental, cada vez más amenazada por los avances turcos.

El aumento del peligro turco en el Mediterráneo occidental iba de hecho a dejar una huella decisiva en el carácter y el desarrollo de la España del siglo XVI. La Europa de Carlos V se veía enfrentada a un poderoso Estado específicamente organizado para la guerra, un Estado que poseía recursos monetarios y hombres a escala imperial. La amenaza para España era clara y obvia. Sus costas estaban expuestas a los ataques de piratería, su aprovisionamiento de trigo siciliano podía ser muy fácilmente cortado y tenia en su numerosa población morisca un elemento subversivo en potencia, bien situado para ayudar y estimular un ataque otomano al suelo español. Por lo tanto, España se hallaba en la primera línea de batalla y constituía un bastión natural de Europa contra un ataque turco. Es aquí donde interviene oportunamente el imperialismo carolino. Se necesitaba un imperio para hacer frente al ataque de un imperio. Los Estados de la Corona de Aragón hubiesen resultado demasiado débiles para detener y rechazar un ataque turco, mientras que Castilla necesitaba también una línea de defensa ante sus propias fronteras. El imperialismo de Carlos V proporcionaba precisamente lo que se necesitaba. Podía contar con los recursos económicos y militares de sus vastos dominios, el poderío naval de sus aliados genoveses y los préstamos de sus banqueros alemanes, para defender Italia y Sicilia y poner una barrera ante España frente a la expansión del imperialismo otomano. Aunque los vínculos entre sus diferentes territorios fuesen débiles, constituían sin embargo, una base lo suficientemente sólida como para impedir que los turcos siguieran avanzando y aportar entre todos, los recursos para una eficaz defensa que nunca hubieran podido reunir por separado.

Existían, sin embargo, para España desventajas en la dominación de media Europa por Carlos V. Este estaba, sobre todo, demasiado absorbido por el problema alemán y por sus guerras contra Francia para poder llevar adelante una consistente política ofensiva contra el poder otomano. La

S

conquista de Túnez en 1535 se redujo así a un incidente aislado y, en el fondo, la política mediterránea del emperador, a una simple operación de defensa. En este aspecto, sobre todo, los súbditos castellanos y aragoneses de Carlos V hallaron en el título imperial de su soberano un compromiso molesto, que exigía frecuentes diversiones de una política estrictamente mediterránea y exigía de ellos amplios y continuos sacrificios por causas que les parecían innecesarias y lejanas. España gozó, bajo el reinado de Carlos V y el de su sucesor, de la inapreciable bendición de la paz interior, en una época en que extensas regiones de Europa eran escenario de continuas guerras. Pero si escapó de los destrozos de la guerra, Castilla, sobre todo, estuvo permanentemente en pie de guerra, librando batallas a veces por sí misma, pero no menos frecuentemente por los otros. Carlos insistió siempre en que en última instancia estas batallas redundaban en beneficio de sus súbditos españoles y consiguió que muchos castellanos se identificasen a sí mismos y a su país con su cruzada contra el turco y la herejía. Al perpetuar la tradición de cruzada castellana y al darle un nuevo sentido en los propósitos y la dirección, satisfizo sin duda alguna una necesidad psicológica. Pero debía pagarse un precio muy elevado, pues la perpetuación de la cruzada entrañaba la perpetuación de la arcaica organización social de una nación de cruzados. Esto supuso también que las instituciones y la economía de la España del siglo XVI y de su imperio se formasen, y deformasen, ante el sombrío fondo de una guerra incesante.

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