2.7 Cross Validation
2.7.3 Leave-One-Out Cross Validation
mite en muchos casos compensar la falta de datos. Así, por ejemplo, cuar do W ittgenstein utiliza en las Investigaciones filosóficas (§ 79) el ejemp. (que por razones evidentes y bien conocidas no ha sido escogido al azi- de “Moisés” en una discusión sobre el problema de la significación de lo
nombres propios, es obligada una comparación con el ensayo de Freu. Moisésy el monoteísmo (op. cit., pp. 2 1 8 y ss.). Leyendo cosas de este tip puede medirse hasta qué punto las críticas de W ittgenstein, de las qu se celebra su pertinencia y profundidad, han resultado inoperantes.
Capítulo 2
¿Qué puede [...] decir el filósofo a propósito de una doctrina que afirma, como el psicoanálisis, que lo men tal es [...] en sí inconsciente, que el hecho de ser cons ciente no es sino una cualidad que puede acompañar al acto mental individual o no hacerlo, y que no cam bia nada de éste cuando aquélla está ausente? [S. Freud, Die Widerstánde gegen die Psychoanafyse (1925)].
A menudo se atribuye a Freud, si no el verdadero “descubri miento” del inconsciente (ha tenido, en general, la prudencia de no reivindicar esto completamente), al menos la introduc ción de una concepción revolucionaria de lo que él es y de lo que hace. Se ha señalado mucho menos hasta qué punto su visión de la conciencia permanece, en contraste, enteramente tradicional, vinculada, así, a la idea de la conciencia como una percepción intema de “objetos” de cierto tipo, una clase de percepción que constituiría el paradigma de la percepción inme diata y cierta. Uno de los que, con razón, han insistido en este hecho, que no deja de tener consecuencias, es Tugendhat26. La concepción que Freud tiene sobre la naturaleza de la con ciencia está completamente conforme con el modelo clásico. Es lo que Breuer expresa cuando escribe: “Llamamos cons cientes a las representaciones de las que tenemos conocimiento. Existe en el hombre el hecho maravilloso de la conciencia de sí; nosotros podemos considerar y observar como objetos las representaciones que surgen y se suceden en nosotros. [...] Las representaciones que observamos o que observaremos si les prestamos atención como viviendo en nosotros, las llamamos conscientes” (Studien überHysterie, p. 179). En un pasaje cita do a menudo de El inconsciente (1915) escribe Freud:
Tenemos que declarar, en el psicoanálisis, a los pro cesos psíquicos como siendo en sí mismos inconscientes
26 Cfr. Emst Tugendhat, Selbstbewusstsán und Selbstbestimmung, Spra-
chanafytische Interpretationen, Suhrkamp Verlag, Fráncfort, 1979 (existe
trad. cast., Autoconcienciayautodeterminacíón, Fondo de Cultura Econó mica de España, Madrid, 1993).
y a comparar su percepción por la conciencia con la percepción de mundo exterior por los órganos de los sentidos. Esperamos extraer de esta comparación cier tas ganancias de cara a nuestro conocimiento. La asun ción efectuada por el psicoanálisis de la actividad psí quica inconsciente aparece, por un lado, com o un perfeccionamiento que va más lejos en el mismo sen tido del animismo primitivo en el que por todas partes encontraba imágenes de nuestra conciencia, por otro, como una continuación de la corrección aportada por Kant a nuestra concepción de la percepción externa. Lo mismo que Kant nos advierte que no hemos de olvi dar el carácter subjetivamente condicionado de nues tra percepción, y no considerar nuestra percepción como idéntica a lo percibido incognoscible, también el psicoanálisis nos advierte que no hem os de poner la percepción de la conciencia en el lugar del proceso psí quico inconsciente que constituye su objeto. Como lo físico, lo psíquico no es forzosamente en la realidad tal y como se nos aparece. Con satisfacción nos prepara mos a hacer la experiencia del hecho de que la correc ción de la percepción interna no representa una difi cultad mayor que la proporcionada por la percepción extema, pues el objeto intemo es menos incognoscible que el mundo exterior27.
Contra la tendencia de los filósofos a identificar lo men tal y lo consciente, Freud sostiene que lo mental debería ser considerado, más bien, como algo que es por esencia incons ciente y que accidentalmente posee esa propiedad que deno minamos conciencia, así el hecho de ser percibido es para un objeto mental, más o menos, tan contingente y acceso rio como lo es para un objeto físico. A sus ojos no hay nada problemático en la distinción que hace entre lo consciente y lo inconsciente: “Se reduce a una simple cuestión de per cepción, cuestión que comporta la respuesta sí o no, el acto de percepción mismo no nos proporciona la menor infor
27 “Das U n bew usste” (1 9 1 5 ), en Studienausgabe, Band III, Fischer Taschenbuch Verlag, Francfort, 1982, pp. 129-130.
mación sobre las razones por las cuales una cosa es percibi da o no”28. Pero es claro que, si los procesos psíquicos incons cientes fueran simplemente procesos no percibidos, por opo sición a los procesos que lo son, no habría nada de específicamente freudiano en este uso del término “incons ciente”. Una buena parte de los procesos mentales que deno minamos “inconscientes”, en el sentido de que no están pre sentes a la conciencia en el momento considerado (pero que no lo están por ellos mismos ni de un modo permanente), no son inconscientes en el sentido freudiano. Los procesos inconscientes, en el sentido propiamente freudiano del tér mino, no son solamente procesos que la conciencia no per cibe en el momento en el que tienen lugar, sino procesos que no puede percibir porque algo se opone a que lo haga. No son sólo procesos desconocidos, sino procesos que el suje to no “quiere conocer” y que no llegan a ser conocidos sino por vías intrincadas y de un modo desfigurado que las hace más o menos irreconocibles. Como subraya Freud, la teoría psicoanalítica afirma que “si ciertas representaciones son inca paces de volverse conscientes es a causa de una cierta causa que se le opone; sin esa fuerza podrían desde luego hacerse conscientes, lo que nos permitiría constatar en qué bien poco difieren de otros elementos psíquicos, oficialmente recono cidos como tales” (ibíd., p. 181). En otros términos: “Nues tra noción del inconsciente se haya deducida de la teoría de la represión. Lo reprimido es, para nosotros, el prototipo de lo inconsciente” (ibíd.). Los procesos inconscientes, en el sen tido del que se trata aquí, deben ser tales que 1) son legíti mamente inferidos porque la hipótesis de su existencia es indispensable para explicar efectos comportamentales y efec tos mentales de tipo perceptible, 2) su presencia no puede manifestarse sino en los límites y bajo las formas especifica das por la teoría, que no corresponden a lo que percibiría mos si no estuviéramos impedidos de hacerlo. La técnica psi coanalítica proporciona - y es la única que puede hacerlo-
28 “Le moi et le £a”, en Essais de psychanalyse, Petite Bibliothéque Payot, París, 1963, pp. 182-183.
los medios de triunfar sobre la resistencia y alcanza así a hacer , conscientes las representaciones que tienen prohibido el acce so a la conciencia.
De esto resultan dos consecuencias importantes en lo que concierne a la posición que Wittgenstein adopta sobre el pro blema del inconsciente. 1) En la medida en que pone en cuestión el modelo de la conciencia como órgano de percepción sensorial que nos da acceso al conocimiento (directo) de lo mental, Wittgenstein no puede sino encon trar filosóficamente confusa la idea de que los fenómenos inconscientes tienen la particularidad de no ser percibidos en el sentido en que lo son los fenómenos conscientes. De manera más general los fenómenos inconscientes no son “desconocidos” en el sentido en que los fenómenos cons cientes podrían ser llamados, hablando con propiedad, “cono cidos”. Un enunciado como “me duele”, por ejemplo, no es comparable realmente a un juicio de percepción, y no se distingue de “hay dolor” por la realización de un acto de conocimiento directo, que es reemplazado en el segundo caso por una inferencia. 2) Si es el modelo de la percepción mismo el que resulta inadecuado, no es cierto que la dis tinción, crucial para Freud, entre el sentido simplemente descriptivo y el sentido dinámico del término “inconscien te” pueda permanecer utilizable. Como he tratado por otra parte con amplitud la crítica wittgensteiniana de la idea del sentido interno o introspectivo y de la idea de que las des cripciones que damos de nuestra experiencia inmediata se refiere a hechos que observamos de algún modo en nosotros mismos, no entraré aquí en muchos detalles. Me limitaré simplemente a recalcar que la idea de que la conciencia per cibe sucesos que tienen lugar en una suerte de espacio inte rior y que podrían ser tales que unos son percibidos, otros no (aunque podrían serlo) y otros que no pueden serlo por que algo lo impide, difícilmente podría subsistir a tal crítica o, en todo caso, no verse afectada en gran medida por ella.
Una de las metáforas favoritas de Freud consiste en em plear la imagen espacial de dos habitaciones, entre las cuales un guardián ejerce un control sobre las representaciones que buscan pasar de la primera a la segunda y decide permitirle o negarle el paso. “Os aseguro, escribe, que esta grosera hipó
tesis de dos habitaciones, con el guardián que se encuentra en el umbral entre ambas y con la conciencia jugando el papel de espectadora al fondo de la segunda de ellas, sólo signifi can aproximaciones que se encuentran muy lejos del estado de cosas real”29. La idea de una suerte de local en el que son relegados y mantenidos objetos mentales que, aunque inac cesibles a la percepción, son presentes en tanto se dejan sen tir por efectos de muy distinta naturaleza, plantea con evi dencia numerosos problemas que han sido discutidos muchas veces. Pero un lector de Wittgenstein encontrará probable mente muy problemática y contestable la de un local en el que hay objetos que o están o pueden estar bajo la mirada de una conciencia espectadora. Es un hecho que cuando Witt genstein utiliza la palabra “inconsciente”, lo hace general mente en un sentido esencialmente descriptivo y que, inclu so en su crítica a Freud, da la impresión de desatender curiosamente el aspecto propiamente dinámico, que es sin embargo el esencial. Denuncia como una fuente de confu sión constante el hecho de que hablemos de estados menta les a la vez para designar estados conscientes y para nombrar estados hipotéticos de un mecanismo mental inconsciente. Ahora bien, la diferencia es mucho más grande de lo que ten demos a creer. La “gramática” de estados y de procesos incons cientes es verdaderamente diferente de la de los estados y pro cesos conscientes. Es posible estar tentado a considerarla como relativamente menor si se dice, como hace Freud, que al margen del hecho de que unos son percibidos y otros no, nada impide después de todo sostener que poseen exacta mente las mismas propiedades. Como veremos, uno de los problemas esenciales que se plantea, a ojos de Wittgenstein, en el caso de Freud es que se halla obligado, de buen o de mal grado, a recurrir a la gramática de los procesos conscien tes para describir los procesos inconscientes y el funciona miento del mecanismo inconsciente que postula, mientras que este mecanismo obedece a leyes que son en principio