Reactive Capabilities
Case 2. Leg in Process
El análisis crítico de traducciones suele estar encaminado, de manera más o menos sistemática, a la evaluación de las mismas. En cambio, no será ese nuestro objetivo en esta sede, y ello por diferentes motivos que intentaremos exponer. El primero y más importante, porque consideramos que la traducción es un tipo de “reescritura” y cualquier TT un eslabón más en la cadena intertextual. No existe una versión única o verdaderamente original, ya que, como dijimos, ni el mismo TO, deudor de numerosos textos anteriores que le permiten tener “voz”, lo es. El segundo porque, en consecuencia, no existe una equivalencia absoluta basada en ese tertium comparationis que nos
haría llegar la solución perfecta: cada circunstancia requerirá soluciones diferentes, que dependerán del criterio del traductor. El tercer motivo es que el enfoque textual que hemos venimos sosteniendo aboga por la importancia de la función o funciones del texto, que condicionarán sin duda el TT. Si una traducción literaria es, como ya dijimos, aquella que es aceptada como tal por una determinada cultura en una época dada, cualquier valoración debería
hacerse siempre, y por tanto, de acuerdo con las intenciones del traductor:
“No existe ninguna forma de traducción que sea válida o ‘mejor’ que otra, ya que esta depende de la intención. Una vez que el traductor haya expuesto claramente lo que se ha propuesto llevar a cabo, y con qué propósito, entonces se deberá juzgar su trabajo de acuerdo con la integridad de éste y no condenarlo por lo que nunca se pretendió que fuese. Todas las traducciones son válidas y deberían ser valoradas por su idiosincrasia” (Friar, 1973)64.
Es sabido que las críticas literarias rara vez especifican que el texto comentado es una traducción (Chamosa, 1997), es más, la mayoría de las veces el crítico no tiene acceso al original, y puede no conocer siquiera la lengua en que está escrito. Aún así, éste es un terreno donde a menudo se cae en juicios de valor subjetivos, ambiguos y demasiado genéricos: se sigue diciendo que una traducción es “buena” o “mala”. Todo ello viene de una habitual confusión, la de intentar juzgar la calidad de un producto terminado (su corrección lingüística; su literariedad misma, ya que, cualquier texto literario - y el TT lo es - es susceptible de juicio estético) en tanto que integrante del sistema cultural de recepción (Chamosa, 1997: 36). Creemos en cambio que la única posibilidad de crítica proviene, como decíamos, de la función del TT; o lo que es lo mismo, de la capacidad del traductor de manejar los códigos lingüísticos para resolver los problemas técnicos de trasvase según la función esperada. La crítica literaria suele preferir el primer modelo, juzgando la traducción “aceptable” si ésta se lee con “fluidez”, y llegando a valorar a través de este criterio aquellas cuyo original no pretendía en absoluto ser “legible” o “fluido” (Connelly, 2001: 69). Las propias editoriales fomentan este tipo de traducciones (sobre todo para la novela), mejor aceptadas por el público, a quien se le ofrece así un producto de fácil consumo. La ausencia de peculiaridades lingüísticas
o estilísticas65 que conduzcan al TO lleva a crear una “ilusión de transparencia” (Connolly, 2004: 69) de la que ya avisaba Venuti (1999), la cual expone al TO a serios riesgos de tergiversación66 y desemboca inevitablemente en la mayor “invisibilidad” del traductor.
Por todo lo dicho, la “caza al error”, que la crítica tiende a sobrevalorar, resulta absolutamente prescindible en el marco de valoración de traducciones que aquí nos hemos prefijado. Además, hay que tener en cuenta que no todos son iguales: en palabras de Salvador Peña (1997: 54), “un error puede serlo sólo desde un punto de vista determinado y […] detectarlo es sólo enunciar el problema, pues a partir de ahí será necesario realizar las inducciones necesarias para saber a qué debemos atribuirlo”. Esto es especialmente importante desde el punto de vista didáctico, campo en el que hay que distinguir muy bien entre los “tipos de error”. En primer lugar, porque aunque los que salten a la vista sean los de cariz lingüístico, son los pragmáticos y culturales, menos visibles, los que pueden resultar más graves. Esta situación se ve potenciada si, como en nuestro caso, hablamos de traducción directa, menos sujeta, como ya vimos [cfr. 4.2], a dificultades relativas al sistema lingüístico (gramaticales, morfo-sintácticos, etc.). Por ello, Hurtado Albir (1996: 49) diferencia claramente entre las inadecuaciones – término que hoy se prefiere al de “error”, poco productivo en didáctica, terreno en el que es mejor “premiar” que “penalizar” - que provienen de problemas de comprensión del TO (contrasentidos, falsos sentidos, sinsentidos, adiciones o supresiones innecesarias de información, referencias extralingüísticas no resueltas, etc.); las que afectan a la expresión en la lengua del TT (ortografía, puntuación, gramática, léxico, errores
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La traducción literaria no debe resultar nunca “plana”, neutralizando implicaturas textuales o haciendo desaparecer la cultura que lo ha producido. “Lo reprochable no es que un TT huela a traducción, sino que huela a mala traducción” (García López,
2000: 237).
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Tergiversación que no viene siempre de la figura del traductor: “sovente il libro che esce in stampa non corrisponde esattamente a quello elaborato dal traduttore. Le redazioni, i revisori e i correttori di bozze, infatti, spesso intervengono, a volte limitandosi ad applicare le proprie norme tipografiche o i criteri che rendono omogenei i libri appartenenti a un aspecifica collana, in altri casi, in modo più desciso, modificando il testo” (Liverani, 2001: 282).
textuales, estilística) y las de tipo funcional (con respecto a la función prioritaria del TO y del TT)67.
Nuestro objetivo será, pues, observar y estudiar las dificultades contextuales del texto, analizando y comentando las soluciones encontradas por el traductor68. Éstas, en cualquier caso, estarán siempre sujetas a discusión, en función de la “equivalencia comunicativa” [cfr. 4.3.] empleada en cada caso. El carácter intersubjetivo de la comunicación verbal justifica sobradamente las diferentes traducciones de un mismo texto.
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De forma parecida, García López (2004: 116) incorpora en la evaluación de su modelo de análisis textual dos tipos de errores que coinciden plenamente con los objetivos propuestos por ella misma [cfr. 4.1] para la didáctica de la traducción: errores contra el programa conceptual del autor (errores de sentido, de valoración, de omisión, etc.) y contra la aceptabilidad en el sistema del TT (ortográficos, estilísticos, léxicos, gramaticales, etc.).
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De hecho, no nos interesa el traductor, sino la traducción. Por eso estos no aparecerán en los comentarios realizados en la parte práctica (cap. 6-8); se ha preferido, en cambio, incluir su nombre (porque el traductor no es invisible) sólo en la referencia completa a las versiones italianas y españolas empleadas, en bibliografía.
5. EL MODELO DE CONTEXTO DE HATIM Y