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Nos referiremos aquí a la oferta, a lo que ofrece la naturaleza, en este caso una formación forestal, no a la disponibilidad en los términos definidos anteriormente (Cap II.1). La oferta ambiental es el espectro natural de especies, sobre las que la acción selectiva del hombre puede actuar, pero que al mismo tiempo, puede imponer algunos condicionamientos a esa acción selectiva. El conocimiento del territorio en el que se desarrolla una sociedad, y acerca de cómo se presentan los recursos, influye en su grado de disponibilidad. Además de la presencia o ausencia de recursos, deben considerarse la localización, la accesibilidad, cantidad, calidad, y la relación espacial con otro tipo de recursos (Piqué i Huerta 1999).

El comportamiento selectivo respecto a la leña se registra en prácticamente todos los grupos, y como ya hemos visto, está fuertemente ligado a diversos factores. No obstante, también es un hecho que una mayor o menor diversidad florística del entorno, o la fisonomía local pueden

condicionar el accionar del hombre. En algunos casos, la marcada preferencia por algunos taxones en particular, o una estrategia de aprovisionamiento azarosa pueden estar relacionadas con el tipo de oferta ambiental. Una población que ocupa un área cuya diversidad florística es alta, puede tal vez “permitirse” un comportamiento selectivo de mayor espectro, que en los casos en los que esta diversidad es baja.

El abastecimiento de combustible vegetal reviste ciertas diferencias con el aprovisionamiento de maderas empleadas, por ejemplo, en la construcción o en la fabricación de artefactos. Estas diferencias están dadas básicamente por las distancias de aprovisionamiento. El combustible, tanto el empleado para consumo doméstico como artesanal, se obtiene en general de los alrededores de los asentamientos, por lo cual está más sujeto a condicionamientos ambientales. En relación con maderas empleadas para otros propósitos, la leña, tiene una duración efímera y una frecuencia de consumo demasiado alta, de modo que es esperable una menor cantidad de energía invertida en las distancias recorridas para el aprovisionamiento como sugieren varios autores (Badal García 1992; Piqué i Huerta 1999; Carcaillet et al 2000). Por su parte, Brokensha y Castro (1983) indican que es necesario considerar además de las distancias, el tiempo invertido y la frecuencia de los viajes en busca de leña, teniendo en cuenta al mismo tiempo, que estos suelen registrar variaciones estacionales, y hasta diarias. Debido a esto, según estos autores, el concepto de distancia puede presentar problemas, sumándose también el hecho de que los desplazamientos pueden realizarse con multiples propósitos además de la recolección de leña.

Si bien partimos de la premisa de que el abastecimiento de combustible vegetal se rige por las necesidades y preferencias del grupo, considerando que la selección estará determinada por pautas culturales de dicho grupo (Piqué i Huerta 1999) y no siempre regida por el “principio del menor esfuerzo” (Shackleton y Prins 1992), no podemos subestimar la naturaleza del recurso y su accesibilidad, puesto que junto con los factores sociales y tecnológicos, juegan un importante rol en el diseño de las estrategias de aprovisionamiento de un grupo.

En cuanto a la relación entre la oferta ambiental, la selección y el aprovisionamiento, podemos citar algunos ejemplos de trabajos realizados en nuestro país. La investigación de Picchetti Ocedo (1991) realizada en la Puna de Jujuy con comunidades actuales, toma como uno de los criterios de selección de leña a la distancia en la que se encuentra el recurso. Señala que los pobladores de dos localidades cercanas poseen preferencias hacia distintas especies arbustivas combustibles disponibles alrededor de los asentamientos. En la localidad de Huancar el

combustible más utilizado es Parastrephia phylicaeformis y en segundo lugar Parastrephia lepidophylla. Mientras que en la localidad de Barrancas se utiliza mayormente Acantholippia hastulata, Fabiana densa y por último Parastrephia lepidophylla. Para el autor, hay diferencias en la selección de combustibles en ambas localidades más allá de la oferta del recurso combustible, que se encuentra en ambos casos dentro de una distancia de 3 a 12 km. Otras especies de excelente calidad como combustibles se utilizan en menor proporción dado que se encuentran a distancias mayores a una jornada, este es el caso de la añagua” Adesmia horridiuscula. Aunque cabe destacar que, si bien la distancia a la que se encuentran los combustibles, funciona como criterio de preferencia en este caso, los pobladores no recolectan al azar dentro del radio mencionado anteriormente. Por ejemplo, la especie más abundante en la zona es Fabiana densa

y sin embargo, esta leña si bien está en la lista de las más utilizadas en Huancar, no es la primera entre las opciones de los pobladores.

Para Puna Meridional, en contextos arqueológicos, Rodríguez (1996-97; 2000) y López Campeny (2001) proporcionan datos similares. En Quebrada Seca 3, asumiendo que la distribución de las plantas en el pasado fue similar al presente, las distancias recorridas desde la cueva con el fin de recolectar leña oscilaron entre 0 y 3 km del sitio. Para Punta de la Peña 9, Rodríguez afirma que los desplazamientos realizados para el abastecimiento de combustibles vegetales fueron de entre 0 y 6 km desde el sitio, aunque señala que es probable que el radio aumentara hasta 10 ó 12 km cuando los recursos eran escasos en el área inmediata al asentamiento (Rodríguez 2003). Basada en datos de las distribuciones actuales de los recursos leñosos, en datos etnobotánicos y en datos arqueológicos, López Campeny (2001) establece un radio máximo no mayor a 20 km para la captación de recursos combustibles leñosos también en en el sitio Punta de la Peña.

Otros estudios hacen referencia a un comportamiento de abastecimiento de combustibles semejante. Pérez de Micou (1991) afirma que, durante las ocupaciones tempranas de grupos cazadores-recolectores de la zona patagónica de Piedra Parada y de la Puna Argentina, se realizaron recolecciones de leñas en el entorno cercano a los sitios que habitaban, para lo cual debieron realizar recorridos cortos. Según Pérez de Micou (op. cit.) existirían dos áreas de captación de recursos vegetales para estos grupos: una cercana a los asentamientos arqueológicos en la cual se habrían recolectado leñas y los pastos para el acondicionamiento de los sitios de habitación, y otra área de captación más amplia de donde se buscaban las materias primas vegetales para la confección de algunos artefactos y posiblemente las medicinas. Dentro

de este modelo, las áreas de recolección de leñas integrarían una zona de explotación de vegetales destinados al consumo diario, mientras que otras prácticas menos frecuentes, como la manufacturas de artefactos y preparación de medicinas a base vegetal, implicarían mayor esfuerzo de acceso desde los asentamientos. Basándose en su investigación, la autora propone que los grupos debieron realizar la elección del lugar de asentamiento en relación con la oferta de leñas (op. cit.).

Llevando esta problemática al registro de carbón arqueológico, si bien el material procedente de estructuras de combustión domésticas no reflejará la frecuencia de especies en el entorno durante el pasado, sí indicará la ocurrencia de determinados taxones. En cuanto al dato cualitativo de “presencia/ausencia” de especies en el paisaje, podremos evaluar sólo “presencia”, ya que la “ausencia” de un taxón puede estar dado, en relación a este punto, por el simple motivo de que no fue seleccionado.

Otro tema a considerar respecto a la oferta ambiental, es la forma en que se presenta la madera en el paisaje. Puede tratarse de madera verde, madera muerta caída, o madera muerta no caída (Pique i Huerta 1999). La madera verde o madera en pie, es aquella que debe ser talada o cortada y estacionada por algún tiempo dependiendo la actividad para la que será empleada. Los componentes de las comunidades forestales utilizadas tienen sus ritmos de producción de madera muerta, marcadas por ciclos naturales de muerte y regeneración de la masa forestal, debido a lo cual existen variaciones estacionales en la oferta de leña. Al mismo tiempo, en ciertas regiones, encontrar buen combustible durante la estación húmeda puede resultar dificultoso (de Lucía 1983). Estas cuestiones, repercuten también en la forma en que un grupo gestiona sus recursos. Por otra parte, cuanto más viejo sea el bosque mayor cantidad de madera muerta provee y, hay que considerar a su vez que, el ritmo de producción de madera muerta puede ser ampliamente superado por el ritmo de recolección, obligando a la tala de madera en pie. La tala sistemática está vinculada a la densidad de población y demanda de combustible. Con respecto a este último punto, ya hemos hecho referencia al hecho de que dado que algunos árboles proveen además de leña, frutos y semillas, forraje para animales, sombra y reparo, el potencial aprovechamiento de estos como combustible puede ser valorado de diferentes formas dependiendo de posibles usos alternativos. Respecto al corte de árboles, entra en juego también la mano de obra que realiza las tareas de abastecimiento. Tradicionalmente las mujeres y los niños juegan un rol importante en esta actividad con relación al consumo doméstico, y estos sectores de la población generalmente no realizan las

tareas de tala. Como ejemplo de esta situación, de Lucía (op. cit.) señala para grupos de Indonesia y Tailandia, que los niños recolectan madera muerta, y los/las adultos/as podan ramas en épocas de escasez de leña, pero debido a la valoración de otros recursos que proveen algunos árboles, “el árbol no se mata” no se tala.

Otro tema a considerar aquí, es la calidad de las maderas que ofrece el entorno ligado a la actividad de extracción de leña. Esto está vinculado a propiedades físico mecánicas que cada taxón presenta. Los rasgos que determinan la calidad en relación con la selección están vinculados a: la resistencia a la combustión e inflamabilidad; la resistencia a transformaciones mecánicas; y la morfología (Piqué i Huerta 1999). Nos referiremos aquí a los dos últimos ítems, ya que estos rasgos se relacionan con las acciones de extracción y transporte durante el aprovisionamiento. Al proceso de combustión y propiedades de inflamación, haremos referencia más adelante.

La resistencia a las transformaciones mecánicas varía entre los distintos taxa, y puede representar ventajas o inconvenientes según el caso (Tinto 1978). La dureza, la elasticidad o resistencia a la flexión, y la capacidad de ser astilladas, pueden ser variables a tomar en cuenta en el momento de optar por determinadas especies, puesto que la tarea de extracción puede ser dificultosa. Estas propiedades serán, en mayor o menor medida, importantes dependiendo de las capacidades técnicas del grupo. La morfología, por su parte, son las mediadas de troncos y ramas, así como las formas que adoptan, que influyen tanto en la inflamabililidad como en la extracción y el transporte.

Además de la recolección, poda y/o tala, en ocasiones es posible que se utilicen como combustible residuos de maderas empleadas para otras actividades, como por ejemplo la construcción, o algún artefacto descartado. Si bien este comportamiento puede ser ocasional, puede hacer que nos encontremos con alguna especie entre las muestras que salga del rango de taxones más frecuentes seleccionados como combustible.

Un fenómeno que se produce en general en sitios de costa, es la recolección de “leña flotante” (Alix 2000). Este hecho ha sido registrado tanto en sitios del Ártico como de la Patagonia Chilena. En esos casos las mareas pueden traer a la playa maderas de regiones lejanas al asentamiento, que son aprovechadas por los grupos locales. También las crecientes de los ríos pueden producir este fenómeno a partir de un “efecto jangada”.

Finalmente, antes de pasar al tema del consumo de combustible, mencionaremos una última cuestión, también ligada a la instancia del abastecimiento de leña y la selección, el

almacenaje. Así como el transporte implica el desplazamiento espacial de un elemento, el almacenaje, en términos de Schiffer (1972) implica un desplazamiento temporal en el ciclo de vida de estos elementos. En el caso de los combustibles vegetales, el almacenaje se relaciona con dos necesidades: el estacionamiento y la reserva.

El estacionamiento está unido al aumento del rinde de la madera como combustible. Se elimina durante este proceso la humedad de la leña que, en caso de quemarse recién cortada la evaporación del agua se produce a expensas del calor desarrollado durante la combustión.

En cuanto a la reserva, la escala de acopio dependerá de distintas variables tanto de índole social, como vinculadas al tipo de oferta ambiental. La frecuencia de consumo, la densidad de población, la forma de acceso y distribución de recursos, hasta las cualidades de combustión de las especies que ofrece el entorno, aparecen nuevamente aquí como factores de variabilidad.

Nos propusimos estudiar la gestión sobre los recursos forestales a partir de la comprensión de acciones pautadas culturalmente, la selección es una de estas acciones y como hemos visto, se trata de una acción compleja puesto que implica otra serie de acciones, y que es además, moldeada por una serie de factores como el tipo de organización social, las capacidades técnicas y la oferta ambiental, factores que se vinculan entre sí de distintas maneras. La interacción entre estos, a su vez, puede combinarse de infinitas formas, otorgando niveles de variabilidad a la acción selectiva que han de verse reflejados en los materiales que analicemos.