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Lessons Learned and Unresolved Challenges

Criatura corporal pero poseedora de una naturaleza racional o espiritual, la persona se destaca, en todo el universo creado por su inteligencia que le permite abrirse al mundo y, a su vez, traspasar los contornos sensibles del mismo, esto es, trascenderlo. Dicho con otros términos, el principio vital humano goza, por decirlo así, de la “plasticidad” propia de las realidades espirituales, lo que le permite revestirse, en cierto sentido, de infinitud. Porque, como enseña Aristóteles, además de ser lo que es en virtud de su naturaleza específica, el alma humana puede llegar a ser intencionalmente todas las cosas y hacer suya la perfección del universo.48

Queremos destacar aquí las substanciales implicaciones que supone para la vida personal y social reivindicar este alcance metafísico de la razón, es decir, de su capacidad de abrirse al horizonte ilimitado del ser. La razón humana posee la aptitud natural de captar los componentes no materiales o inteligibles del mundo sensible o físico con el que se relaciona de manera constante y directa. Dichos componentes, si bien son imperceptibles a simple vista, no son por eso menos relevantes, sino más. Precisamente, son estos datos intangibles los que permiten descifrar, en último término, el sentido profundo de las realidades tanto humanas como no humanas. En la negación o en el olvido de esta dimensión sapiencial de la inteligencia, radica, creemos, buena parte de las contradicciones y frustraciones que atormentan al hombre y a la mujer contemporáneos. Así, lo certifican los estudios que, desde los ámbitos disciplinares más diversos se ocupan del tema. “El mal –escribe el médico y psicoanalista español Juan Rof Carballo– está en la absolutización del pensamiento tecnocientífico, en pensar que estos aciertos suprimen todos los demás horizontes que, en ciertos casos, son los que prestan esplendor a la vida. La ausencia de este esplendor, la ceguera para esa riqueza eludida es lo que, en el fondo, está alimentando la desgana de vivir de nuestro tiempo, sus depresiones y sus desvaríos.” 49

48 Aristóteles, Acerca del alma; Tr. Tomás Calvo Martínez, Madrid, Gredos, l978, De An. , III, 6, 430b21-25.

El hombre es un animal de sentido precisamente porque es racional. Su vocación de sentido es innata. Su inteligencia lo induce naturalmente a buscar fuera del “aquí y ahora” el significado último de sus afanes y proyectos. Por eso, cuando por caminos diversos ahoga está llamada, experimenta una frustración muy honda que se traduce en “pobreza existencial”. Es decir, una existencia que deviene en cierto modo inercial al carecer de metas que hagan las veces de un potente motor vital propio, es decir, que actúen como fuentes de inspiración genuinamente humanas, en tanto que meditadas y escogidas desde el núcleo del propio ser, trascendiendo las pulsiones mediáticas y los criterios de moda.

Porque la razón del hombre podrá, de alguna manera, ir acostumbrándose poco a poco a prescindir de esta dimensión crucial de su existencia. Su corazón, nunca. Así se explica que por encima del consumismo reinante y de las constantes invitaciones que recibe a vivir bajo el vértigo de imágenes y sensaciones, el hombre intuya con nostalgia que está llamado a “una vida superior”. En su índole esencialmente espiritual, que lo lanza instintivamente hacia un horizonte de significación que lo trasciende, se encierra el secreto de esa añoranza que nada ni nadie de este mundo puede colmar.

No resulta de ningún modo casual, por tanto, la profunda crisis de sentido que azota a nuestra cultura y que a menudo se hace perceptible en las patologías psíquicas aludidas por Rof Carballo. Y es que nuestra cultura no sabe ofrecer al hombre otro arraigo que el oscilante y vulnerable de las convenciones, precisamente porque ha negado a la humana inteligencia su capacidad meditativa e indagadora de verdades definitivas. Se trata de la aptitud radicalmente sapiencial del ser humano que lo habilita, por un lado, para enfrentar el desafío que implica el reencontrarse consigo mismo a partir del reencuentro profundo con los demás y con el origen común y Absoluto que nos solidariza. Por otro, le concede la posibilidad de la comunicación auténtica que descansa en la base de todo entendimiento y de todo progreso humano legítimo. Porque, tal y como enseña el

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profesor Llano: “Más que del alimento material, los humanos vivimos del sentido. Compartimos un logos común que está en la raíz de toda conversación ciudadana y, por lo tanto, en la base del progreso científico y tecnológico. En nuestro tiempo, la tesis del humanismo cívico es la tesis del sentido: la vida humana posee sentido, no es vana ni inútil, no es falaz ni del todo ilusoria, no se reduce algo meramente funcional o reactivo que fuera más primitivo o anterior a ella. Mas lo que pasa con el sentido en nuestro tiempo es que no acabamos de saber dónde se halla. No ‘recordamos’ que se encuentra precisamente en la tierra natal de la propia naturaleza humana, en el modo de ser característico de esos seres anímicos y corpóreos que las mujeres y los hombres somos.” 50

Ahora bien, ante la pregunta acerca de por qué la filosofía moderna no ha sabido ver que la relación y la dependencia no son indignas de la persona, sino que le son connaturales, y que hay relaciones que le son constitutivas, no dudamos en afirmar que el rechazo obstinado a la trascendencia está en el fondo del fracaso de la modernidad, que ha desembocado en el nihilismo de la postmodernidad. Creemos que sólo mediante la recuperación del sentido y valor más obvio de la trascendencia se podrá salvar cuanto hay de bueno en la modernidad y liberarla del caos del nihilismo.

Negando la trascendencia, la modernidad y la posmodernidad se privan de poder entender por qué “la plenitud de la persona no se encuentra dentro de la persona misma, sino fuera de ella: en el mundo, en los demás, en aquello que nos trasciende.”51 Les

resulta imposible comprender que “El hombre es un incansable buscador. Su foco de referencia se encuentra en el exterior, como si fuera el punto de fuga de un paisaje en perspectiva, cuyos límites se pierden en un horizonte indefinido. Somos seres excéntricos, no sólo porque hacemos con frecuencia cosas extrañas, sino porque nosotros mismos consistimos en la rareza que presentaría una circunferencia cuyo centro estuviera en el exterior de sí misma.”52

50 A. Llano, Humanismo Cívico..., p. 181. 51 A. Llano, En busca de la trascendencia, p. 31. 52 A. Llano, idem.

Por el contrario, el humanismo cívico quiere rehabilitar la innata condición humana de apertura a la trascendencia. Y lo quiere hacer precisamente en un mundo fuertemente marcado por su cerrazón frente a ella, rescatando, así, la cuestión del sentido que sólo puede resolverse satisfactoriamente a la luz del Absoluto trascendente, es decir, Dios. Sin duda, la suerte de este humanismo político se juega de modo decisivo en el empeño teórico y práctico que pongamos en desvelar la imagen de Dios en cada uno de nosotros; en aceptar nuestra condición de criaturas. Decir criatura, en el caso del ser humano, alude a la posesión de una dignidad indeleble que enraiza en el Creador, de quien es imagen. Sólo, entonces, bajo la luz que irradia el Absoluto trascendente, aparece en toda su diafanidad el verdadero rostro de la persona como ser espiritual y buscador innato de sentido. Se comprende así, por qué nuestros jóvenes, y también los adultos, se encuentran sumidos en el desazón y el hastío, y es que aunque intentemos convencer a los demás y autoconvencernos de que el hombre cabal y emancipado no necesita de ningún Absoluto, sino que es autosuficiente y autónomo (de esto se jacta un pretendido “humanismo inmanente”), sin embargo, el hombre se pregunta incesantemente sobre el sentido de su existencia, de su presencia en el mundo. Se cuestiona con ansia incontenible acerca del sentido de sus relaciones interpersonales, de su actividad, de su vida individual y comunitaria. Al no poder encontrar dicho sentido encerrándose en su inmanencia, entonces, se hunde en la soledad y en el tedio de la vida. Pues bien, únicamente con su apertura al infinito trascendente, la persona puede comprenderse a sí misma y a los demás en toda la altura y proyección de su dignidad. Quedando, así, iluminada la índole relacional y solidaria de la libertad –pues somos imagen y semejanza del Dios que es Amor-.

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