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La dificultad para caminar sobre las aguas

«Este episodio es extraño, oscuro, incomprensible, y hasta se siente la tentación de llamarlo inquietante» (G. Dhen).

Y entonces se pretende entenderlo «liberándolo», primero, de su realidad histórica. No sería sino una fábula inventada por algún cantador ambulante. O también una «piadosa leyenda». O una historia simbólica. A elegir.

Alguno, menos malicioso, habla de «acontecimiento natural releído en clave milagrosa». En resumidas cuentas: Cristo ha caminado por la carretera, como todo el mundo. Pero, poco a poco, como la cosa parecía tan banal, no era noticia, los que han «releído» el episodio,

han tenido la feliz ocurrencia de presentar un paseo sobre las aguas, así, por el gusto de lo desacostumbrado y para llamar la atención.

Otros, después, echan la culpa a los discípulos. Quienes eran cortos de vista (la diagnosis de Jesús será aún más cruel: ceguera). Y así, engañados también por la medio

oscuridad, y, por si fuera poco, desconcertados por el cansancio, han descubierto a lo lejos a Jesús que caminaba por la orilla (o, a lo más, se mojaba los pies en la espuma de la ribera) y han creído que era una marcha triunfal sobre las aguas.

Hay también quien insinúa que se trata de una aparición del resucitado, caída aquí por un descuido de composición.

«Al lector moderno lo que dificulta es el caminar sobre las aguas» (V. Taylor). Creo que no sólo para el lector moderno... El mismo Pedro, que era un hombre más bien chapado a la antigua, consideraba la cosa no excesivamente fácil.

En sustancia, Jesús habría caminado sobre las aguas gracias a un milagro provocado por «intereses homiléticos y doctrinales» alimentados por la fantasía. Exigencias publicitarias, hablando vulgarmente.

Un estudioso, a propósito de la observación «no habían entendido lo de los panes» (v. 52), explica: «el asunto de los panes -según nuestra impresión- fue realmente un poco distinto y menos extraordinario de lo que quiere hacer creer el relato tradicional». Una manera bastante desenvuelta para «catalogar» dos milagros de un plumazo.

Mc, por su parte, no se preocupa de lo que ofrece dificultades a los hombres de todo tiempo. El sabe que lo que ofrece dificultades a los hombres, no las ofrece a Dios. Y. por eso, cuenta tranquilamente el camino (¡no la marcha triunfal!) de Jesús sobre el mar. Alejamiento-cercanía

«Inmediatamente obligó a sus discípulos...» (v. 45).

Las razones de la brusca despedida nos las facilita quizá Jn (cap. 6) cuando refiere que, después de la multiplicación de los panes, la gente quería tomar a Jesús por la fuerza para hacerle rey. Probablemente se había concertado también un entendimiento tácito entre la gente y los apóstoles, cuyas concepciones mesiánicas iban bastante de acuerdo.

Entonces Jesús corta por lo sano. Provee él, que no padece ciertas sugestiones, a despedir a la gente. Los apóstoles deben salir disparados hacia Betsaida («casa de la pesca»), que se encuentra casi en la desembocadura del Jordán, por la parte izquierda, al nordeste del lago.

Para una vez que Mc nos facilita una indicación precisa del lugar las cosas resultan complicadas a más no poder. En efecto, ellos parten para alcanzar la orilla oriental y, después de la travesía, desembarcan en Genesaret, ¡en la orilla occidental! Bueno, ellos se han fatigado durante la noche por aquel maldito viento, y es justo que los comentaristas se fatiguen un poco remando con sus doctas plumas.

Para Jesús, de todos modos, no existen problemas de geografía, sino deseo de soledad

y de oración. Por eso, se separa de ellos (v. 46), esto es, tanto de los discípulos como de la gente. «Al atardecer estaba la barca en medio del mar y él, solo, en tierra» (v. 47). Más que una

indicación geográfica, «en medio del mar» quiere subrayar la soledad de los discípulos, quienes se sienten lejanos del Maestro, que quedó en tierra firme.

Lagrange dice que Jesús podía seguir desde la montaña -especialmente con la ayuda de la luna- el caminar dificultoso de la barca, obstaculizada por el viento. Pero creo que vería desde la oración. La oración representa un «punto de observación» privilegiado. La oración permite ver a quien se encuentra en dificultades, y es el punto de partida más seguro para acudir en socorro de los necesitados.

«Hacia la última parte de la noche...» (v. 48). Mc sigue la numeración romana, que dividía la noche en cuatro «vigilias» (los hebreos en tres). Serían, pues, más de las tres de la mañana (entre las tres y las seis).

Una frase misteriosa

«Y quería pasarles de largo...» La última línea del v. 48 ha hecho escribir centenares de páginas y ha incomodado a los estudiosos más cualificados.

También a nivel de traducción, las divergencias son notables. Sin embargo, aun teniendo en cuenta los matices, el significado literal no puede alejarse de esto: «pasar junto a», «más allá» de alguien, sin pararse, sin prestarles atención.

Por tanto: «y quería pasarles de largo». O también: «quería pasar junto a ellos». Pero ¿cómo interpretar el gesto de Jesús?

Las soluciones propuestas son numerosas. Hago mención sólo de las más aceptables. -Algunos sostienen que se trata de una impresión subjetiva de los discípulos. Los cuales atribuyen a Jesús la intención de pasarles de largo.

-Otros dicen que Jesús quería poner a prueba la fe de los apóstoles. Estaríamos, pues, frente a un elemento característico de pedagogía de la fe.

-Pero algún otro afirma que el hecho de caminar sobre el mar era del todo natural para Jesús. Pero no quería que fuese un espectáculo destinado a los ojos humanos. Esta vez Cristo intentaba llegar antes que los suyos a la orilla opuesta, y quizás darles una sorpresa. Y habría seguido adelante sin ocuparse de ellos, si no hubiera sido reclamado por las dificultades con las que luchaban.

-Y otros nos hacen ver una intención deliberada de Jesús para no mezclarse en los

pequeños contratiempos de los discípulos. Algo parecido a cuando seguía durmiendo en la barca apoyado en un cabezal, mientras la tempestad arreciaba (4, 38). En suma, una especie de suprema indiferencia puesta de manifiesto frente a las vicisitudes humanas, y que no merecían que él «se abajase» por esas cosas. Sólo porque les ve aterrorizados, al fin se digna tranquilizarles y darse a conocer.

-Hay alguno que coloca esta frase en el contexto del secreto mesiánico, típico de Mc. A Jesús le gusta revelarse y, al mismo tiempo, esconderse. Manifestarse y esconderse (1). -Finalmente hay estudiosos que meten el «paso» de Jesús en un cuadro de teofanías. El verbo «pasar de largo», o «pasar junto a» se usa con frecuencia, en el antiguo testamento, para indicar el «paso» de Dios en las teofanías, y subrayar el carácter inasible y

trascendente de la divinidad (2).

El episodio de Moisés puede ser iluminador a este respecto:

«...Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad... Tú te colocarás sobre la peña. Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33, 19-23).

Es verdad que aquí aparece cómo la «manifestación» de Cristo (que puede asimilarse a la transfiguración) es intencionada, querida por él, no exigida por los apóstoles. Todas las hipótesis a las que hemos aludido tienen válidos elementos probatorios, y también puntos débiles. El enigma permanece. Personalmente me parece que la última hipótesis es la más convincente.

«Soy-yo» YO-SOY

La aparición de Jesús que se acerca caminando sobre las aguas hace que los discípulos llenos de miedo, griten ante el fantasma (v. 49).

Las palabras usadas y los sentimientos expresados en este encuentro calcan de un modo bastante transparente las apariciones del resucitado.

Y es típica luego la expresión: «¡Animo!, que soy yo, no temáis» (v. 50). Haría falta traducir literalmente «soy yo», palabra peculiar de revelación divina.

«Para Mc, es el ser divino de Jesús que se revela a través de esta narración: mientras todo invita a creer que el Señor resucitado está ausente, su presencia se manifiesta,

turbadora e inesperada, en medio de las dificultades simbolizadas por el mar y el viento» (J. Radermakers).

Jesús sube a la barca, cesa el viento, vuelve la calma (es el don de la «paz», traída por Cristo), pero ellos continúan perturbados interiormente. En efecto, no habían captado el significado de la multiplicación de los panes (v. 52).

Explica R. Schnackenburg: «Si los discípulos hubieran entendido lo que había sucedido en aquel lugar desierto, se habrían dado cuenta también de la aparición de Jesús aquella noche sobre el lago. Aquel que da generosamente la vida es el mismo que vence la muerte. El que ha socorrido al pueblo en sus necesidades es el mismo que camina sobre las olas. En el antiguo testamento se consideraba a las profundidades del agua como potencias del mal... El caminar de Jesús sobre las olas del lago es una revelación de su poder divino; su acercarse a los discípulos es una promesa de la protección divina y de la salvación. Lo que él es para el pueblo quiere serlo y en mayor medida para sus discípulos: el salvador y redentor». Y G. Nolly: «Los discípulos, lentos para percibir la profundidad de los sucesos, no habían salido todavía del atontamiento que les había causado la multiplicación de los panes; ésta, en efecto, había aguijoneado su lentitud de comprensión (semíticamente "dureza de corazón"), por lo que el segundo hecho extraordinario (Jesús que camina sobre el agua) llega cuando aún no está asimilado el primero: Y de aquí el terror, propio de quien se encuentra ante algo que no comprende, pero que ve bien que tiene orígenes superiores. Mc, poniendo en evidencia la lentitud con que los discípulos llegaron a persuadirse del poder divino de Jesús, garantiza que ellos no fueron engañados ni por el entusiasmo, ni por prevenciones, ni por esquemas interiores aceptados y proyectados hacia la realidad exterior. «El martillear de los milagros sobre su inteligencia les hacía aún más confusos,

asustados: retenían de los milagros los elementos exteriores, pero no lograban aún llegar hasta su íntima significación».

Todo esto es llamado "dureza de corazón". Una enfermedad

diagnosticada con el nombre de «esclerocardia». Tendremos ocasión de describirla comentando Mc 8, 17. Aquí será suficiente indicar que se trata, en realidad, de «ceguera del espíritu». Una ceguera que no impide ver los acontecimientos, pero sí entender la verdadera dimensión de los gestos hechos por Jesús, penetrar el significado profundo de lo que pasa ante sus ojos, sobre todo de sacar las consecuencias respecto a la persona de Cristo.

Para terminar, notemos que en el relato paralelo de Mateo se pone el acento, sobre todo, en la barca en peligro, amenazada por la tempestad. Por lo que Jesús es presentado esencialmente como el que salva, que impide a la barca y a sus ocupantes (¡«timonel» a la cabeza!) ir a pique. Es un texto de carácter eclesiológico, más que otra cosa. La comunidad de los creyentes puede contar con el poder del Señor.

Mc -el evangelista de las «epifanías secretas»-, por el contrario, atenúa mucho la tempestad. Hay solamente una alusión al viento contrario. Un elemento de fastidio y de cansancio, más que de peligro.

En su relato se pone en evidencia la manifestación teofánica del Señor que «pasa» cerca de los suyo s, como en las manifestaciones de Dios en el Sinaí.

«Tomado por un fantasma, como en la resurrección, Jesús responde como entonces: Soy yo. Los doce no comprenden el misterio que se les revela, están fuera de sí, porque advierten el poder del supraterrestre. El Señor que ve en la noche está presente para tranquilizar a los suyos.

«...En el caminar sobre las aguas, el Señor manifiesta su trascendencia a los doce, que poco antes había enviado en misión. O sea, su manifestación caminando sobre las aguas hay que ponerla en la perspectiva de los panes. Comprender el hecho de los panes, significa entender el sentido de caminar sobre las aguas; con otras palabras, advertir la

presencia transcendente del Señor. ¿No se podía decir, que Mc, el único que entre los evangelistas hace esta reflexión, sugiere también "a propósito de los panes", una presencia transcendente del Señor glorificado? ¡Y los panes son entregados a los doce!» (A. M. Denis).

¿El Maestro no enseña?

La perícopa se concluye con una panorámica recapituladora acerca de la actividad de Jesús (cf. 3, 7- 12).

El viento ha estropeado probablemente los planes de los apóstoles, obligándoles a modificar la ruta inicial que preveía la llegada a la parte oriental del lago.

Aquí estamos en Genesaret. «Con el nombre de Genesaret se designa un lugar en la

llanura de Gennesar formada por una fértil faja de tierra larga, unos cinco kilómetros, y que en aquel tiempo estaba muy poblada. El lago había recibido su denominación de la antigua ciudad de Gennesaret (en hebreo, Kinnereth); pero entonces en aquel lugar había

solamente una pequeña localidad que la llamaban con el mismo nombre. A poca distancia surgía la aldea de Magdala, patria de María Magdalena, y mucho más al norte, algo distante de la llanura, estaba Cafarnaún. Jesús, pues, se encuentra de nuevo en el territorio donde había desarrollado la mayor parte de su actividad y de cuyo suelo había surgido, por decirlo de alguna manera, el evangelio. Con esto se expresa al mismo tiempo una cierta continuidad con su actuar en Galilea.

«Pero casi al mismo tiempo se hace presente, por parte del pueblo de aquella región, una

creciente indiferencia. Dentro de poco Jesús partirá para nuevos viajes hacia regiones más lejanas (7, 24).

«Los lectores cristianos deben convencerse de que es necesario tocar a Jesús en un sentido más profundo de cuanto no lo han hecho los galileos; se debe creer en él como en el Mesías prometido, que reúne al pueblo de Dios y que es verdaderamente el Hijo de Dios» (R. Schnackenburg).

Apenas desembarca en Genesaret, Jesús es «reconocido». Y el cuadro se recompone con elementos ya habituales: la gente que acude, los enfermos que piden tocar aunque

sólo sea la orla de su manto (3) con la convicción de poder entrar en contacto con su poder de curar. Se diría que es un cuadro más familiar, después de aquel otro, espectacular, de la

multiplicación de los panes y después del misterioso episodio de la noche. Jesús reaparece con el vestido sencillo de todos los días.

Se advierte que esta vez su relación con la gente se «limita» a las curaciones. Falta la enseñanza. Sin embargo, el Maestro que se preocupa de las miserias cotidianas de la gente, que se

deja tocar por los sufrimientos, me parece que constituye ya de suyo una lección importante. PROVOCACIONES

1. Han discutido mucho. Pero no han agarrado la primera ligazón: «Viendo que ellos se fatigaban remando... viene hacia ellos».

Jesús no se ha «cerrado» en la oración. No ha sacralizado el monte. Ha «salido» de su soledad y ha bajado de las alturas de la contemplación, para venir al encuentro de los que estaban atribulados.

Antes, la primera vez, eran los discípulos los que habían ido a molestarle, cuando él había buscado la soledad.

Ahora es él quien interrumpe la oración para ir a buscarlos.

Extraño. Las pocas veces que Mc presenta a Jesús en una actitud contemplativa, habla siempre de oración interrumpida, por una parte o por otra.

¿Acaso la oración no será cosa de «molestia», un buscarse, una serie de interrupciones que garantizan la continuidad?

2. A costa de hacer horrorizar a alguien, tengo la impresión de que Jesús, esa vez, se había distraído en la oración. En efecto, no perdía de vista aquella barca, allá abajo, en medio del mar.

De esta oración me fío.

Esta es una oración que me hace sentir la seguridad. (La suya, no la mía, por supuesto...)

3. Para mí está bien que tú quisieras «pasarles de largo». No sé por qué hacen tantas retóricas al respecto.

También yo conozco, en mi navegación, el viento contrario y malo. Creo incluso ir hacia adelante a fuerza de viento contrario. Sé lo que quiero decir tener las espaldas rotas por el cansancio, los ojos quemados a fuerza de penetrar la oscuridad, el hielo de la soledad, el rostro cortado por las cuchillas de la soledad, las falsas señales, la incertidumbre de la ruta. Sí, pero me basta que tú «pases». No tengo la pretensión de que te pares.

Me basta un gesto, un rato de luz, un rumor amigo, una señal desde lejos, un signo de entendimiento...

No, no subas a mi barca. Bogo lentamente, pero debo conseguirlo.

No tengo necesidad de que hagas cesar el viento. Es suficiente que sea quebrado durante un instante por tu paso.

Los ojos reposarán un momento sobre la estela que has dejado atrás. Pásame, pues, Jesús. Incluso en silencio.

No sé aún dónde desembarcaré.

Pero tengo la certeza de que llegue por donde llegue, tú estarás allí ya esperándome.

CONFRONTACIONES Solamente epifanías secretas

Entonces los discípulos no comprendieron aún el sentido de este encuentro nocturno y la resonancia profunda que tenían las palabras de Jesús. El significado profundo de aquél «soy yo» sólo fue comprendido por los discípulos después de la resurrección. En las apariciones de Jesús resucitado se repitió incluso algo parecido: los discípulos

experimentaron que se trataba de aquel mismo Cristo que habían conocido como hombre y que había sido crucificado, aquel mismo que llevaba aún las llagas y ahora se insinuaba en medio de ellos llevando en los labios un saludo de paz. Era el Señor aquel que ahora se les aparecía con su beatificante presencia y con su poder redentor. Fue Jn, en su evangelio, el que sacó de todo esto la consecuencia última. En Jn, Jesús usa continuamente esa fórmula reveladora "soy yo" y a ella une sus promesas de salvación: «yo soy la luz del mundo», «yo soy la resurrección y la vida»; «yo soy el pan de vida»

En Mc este significado profundo está aún escondido; en él sólo hay "epifanías secretas". El pone de relieve precisamente la incomprensión de los discípulos para explicar con ella el hecho de que la gloria de Jesús, durante su vida terrena, estaba escondida... (R.

Schnackenburg, El evangelio según san Marcos, Barcelona 3 1980). (·PRONZATO-3/1.Págs. 332-340)

...

1) Ejemplos "clamorosos" los encontramos en Mc 1, 43-45 y 7, 24-36

2) Cf. Ex 33, 18-22; I Re 19, 11. También en Job 9, 8 s se habla de Dios que "surcó las crestas del mar"... "Si pasa junto a mí yo no lo veo, si se desliza, no le advierto».

Nazaret, como todos los judíos fieles, llevaba las cuatro franjas coloradas en los bordes del manto, conforme a la tradición (cf. Núm 15, 38-39; Dt 22, 12; Mt 23, 5). Este detalle de tocar la orla del manto se comprende bien en el contexto cultural del antiguo oriente y bíblico, donde la orla del vestido es

representativa, simbólica, de la persona entera (I Sam 24, 5-6). ...

DISCUSIÓN SOBRE LAS TRADICIONES

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