¿Qué es el bien y qué es el mal? ¿Cómo ha respondido la tradición filosófica
antigua al problema del bien y del mal? Tanto los antiguos griegos y romanos, como los filósofos y teólogos cristianos, conciben el bien como la realización plena de lo que se es, de la propia naturaleza o esencia. Es una cuestión inherente a lo que los entes son
antes que una valoración de la acción humana. Consecuentemente, el mal es entendido como falta o carencia de bien, o sea, como falta de realización de la naturaleza de cada ente. El mal es una suerte de inmadurez de algo, de falta de plenitud. Lo que no es, es la
negación de lo que es, así como el mal es negación del bien. El mal no tiene realidad. Cuando se habla del mal se está dando nombre a algo que no es, a algo que falta. Y lo que no es (la nada) no puede ser conocido ni querido. Por tanto, concluyen los antiguos, nadie es malo voluntariamente, ya que toda voluntad es voluntad de algún bien. Malo es aquel que juzga mal sobre su naturaleza o esencia y el error en el juicio le conduce al yerro en el obrar. Se equivoca cuando no obra de acuerdo con lo que es, en correspondencia con su naturaleza o esencia. El que dice que quiere el mal, juzga
erróneamente, ya que no puede querer lo que no es y todo lo que es, en tanto que es, es un bien. Si se dice que alguien desea o quiere el mal, se trata indudablemente de un error de juicio.159 El movimiento (no ser) y el mal son errores de juicio. Ser, bien y
verdad se identifican, y también se identifican sus opuestos: no ser (nada), mal y error. Así como la nada es ausencia de ser, el mal es ausencia de bien y lo falso es ausencia de verdad.
El resultado paradójico de esta concepción es que el mal resulta impensable, porque no es y sólo se puede conocer y pensar lo que es. El mal (como el movimiento) no es algo, no es ente. Por eso, no puede pensárselo. Señalar una paradoja es mostrar que un supuesto ente no es, y por lo tanto, no puede pensarse. “Lo que Zenón intenta mostrar [con sus aporías sobre el movimiento o cambio] –dice Deleuze- es que el movimiento en tanto que movimiento es impensable, no que el movimiento no es”.160
De aquí se sigue que no pueda pensarse el movimiento ni pueda pensarse el mal… ¿Cuál es, entonces, el objeto del pensamiento? La respuesta platónica a esta pregunta es que lo pensable y cognoscible es lo que no cambia, es decir, lo que llama
Idea. Desde la Idea, juzga todo lo que es. Es decir, juzga la vida y la realidad (cambiantes) desde un plano (no cambiante) que se erige sobrela vida y la realidad. La Idea del Bien se eleva “a una posición que está más allá del ser”161, por encima del ser.
“Desde entonces, se puede juzgar todo lo que es”.162 El juicio separa lo que es de lo que
no es, pero esta separación no se hace desde el mismo ser sino desde un punto que está
por sobre el ser: desde el Bien. La realización plena de algo no podría ser conocida desde la realidad dada porque lo dado está cambiando y en ese caso nunca se podría estar seguro de que no hay otra instancia posterior y superior a la presente o actual. En consecuencia, se requiere de una instancia superior al Ser para juzgar al Ser.
Aunque Spinoza, como los antiguos, también dice que “el mal no es”163,
introduce algo totalmente distinto: el mal no existe, pero tampoco el bien. No existe ni el bien ni el mal. Esto mismo es lo que había dicho Hobbes antes de Spinoza (que conocía bien la obra de Hobbes): “Los deseos y otras pasiones del hombre no son pecados en sí mismos; tampoco lo son los actos que de las pasiones proceden hasta que
159 En opinión de Deleuze, esto ha llevado a la filosofía a quedar atrapada en el sistema del juicio. “La
verdad es que los filósofos no han cesado de juzgar”. (Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 57).
160 Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 59. 161 Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 60. 162 Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 60. 163 Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 61.
consta que una ley los prohíbe: que los hombres no pueden conocer las leyes antes de que sean hechas, ni puede hacerse una ley hasta que los hombres se pongan de acuerdo con respecto a la persona que debe promulgarla.”164. Es decir: “el bien no es superior al
ser”.165 166 Cuando los antiguos y los cristianos sostienen que el mal no es, están
diciendo que solo lo que es, es. Y todo lo que es, en tanto es, es bueno. El Ser se funda en el Bien. En consecuencia, la nada, el no ser o la privación del ser se identifican con el mal.
1) Lo que es (ente), es bueno: Una cosa, como tal o en sí, no es mala. Que un martillo pueda ser utilizado para romperle el cráneo a una persona no implica que sea malo. Si el azúcar ‘hace mal’ a los diabéticos o la sal a los hipertensos, no por ello son malos. Que algo pueda producir daño o dolor no implica que sea en sí mismo malo.
2) Tampoco las acciones son en sí mismas buenas o malas. Cortar o herir el cuerpo de otra persona se considera una acción mala si lo hace un asesino pero se considera una acción buena si la hace un cirujano. Sin embargo, la acción como tal, o en sí, es la misma.
3) Tampoco los motivos o los fines son en sí mismos buenos o malos. Si fuera así, matar sería siempre malo o proteger la vida sería siempre bueno. Pero se acepta como bueno que se mate en defensa propia o que no se proteja la vida de las cucarachas, las ratas o de los microbios que perjudican la salud humana.
Los antiguos y los cristianos llaman bueno a todo lo que es en tanto que es, a todo lo que realiza su ser o esencia; y llaman malo a lo que no es, a lo que no realiza su ser o esencia. Cuanto más ser, mayor perfección y mayor bondad. Por ejemplo, el ser humano es mejor que el resto de los animales porque ha desarrollado más perfecciones, como el elefante es mejor que el conejo o el buitre mejor que el calamar. De allí que el mejor tenga derecho sobre el inferior acorde con su mayor perfección. También se sigue de estos supuestos que, legítimamente, los adultos manden sobre los niños o que los amos lo hagan sobre los esclavos. No se trata de la supremacía de los más grandes sobre los más pequeños o de los más fuertes sobre los más débiles, sino de los mejores y más perfectos sobre los que son menos. Se ha objetado que el dominio de los mejores es
164 Hobbes, T., Leviatán, Madrid, Editora Nacional, 1979, capítulo XIII. En el estado de naturaleza no hay ni bien ni mal, agregando además que bien y mal surgen con la soberanía (trascendencia) sin la cual no puede salirse de la guerra universal. (Cf. Deleuze, G., En medio de Spinoza, pp. 81 ss.).
165 Deleuze, G., En medio de Spinoza, Buenos Aires, Cactus, 2008, p. 63.
166 Deleuze agrega que Nietzsche (que también conocía la obra de Hobbes y la de Spinoza) replantea el
problema de Spinoza en la Genealogía de la moral (traducción de Andrés Sánchez Pascual, Alianza, Madrid, 5a. edición, 1980) y en Más allá del bien y del mal (traducción de A. Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 8 edición, 1983).
injusto y el daño hecho a los inferiores ilegítimo. La respuesta a esta objeción es que esa relación de dominio contribuye al mejoramiento de los inferiores, haciéndolos participar de una esencia superior a la que se subordinan. Por ejemplo, Aristóteles sostiene que el dominio sobre los esclavos mejora su condición porque da una orientación y un sentido superior (previsión) a la fuerza ciega del esclavo que no es capaz de deliberar por sí mismo pero que puede comprender la orden superior (que le da el amo).
Si lo que es, es bueno, lo que se haga para preservar ese bien, también será bueno. Así, Hobbes sostiene que en el estado de naturaleza el hombre tiene derecho a hacer todo lo que está en su poder para conservar su vida (a partir del ser natural del hombre, no de una ley moral o civil pues solo hay moral y ley en sociedad, lo cual supone la soberanía). Escribe Hobbes: “Y dado que la condición del hombre es una condición de guerra de todos contra todos, en la que cada cual está gobernado por su propia razón, sin que haya nada que pueda servirle de ayuda para preservar su vida contra sus enemigos, se sigue que en una tal condición todo hombre tiene derecho a todo, incluso al cuerpo de los demás”.167
¿Qué significa que el mal no sea? Esta posición no puede entenderse desde las opiniones circulantes, según las cuales el mal existe y existen cosas malas, acciones malas y fines malos. Según esas opiniones, por ejemplo, alguien que viola a otra persona realiza una acción mala (obra mal) y en consecuencia es malo, es una mala persona.168 La acción es real y es mala, tanto como el sujeto que la realiza. O bien, el
motivo de la acción es malo. ¿En qué sentido se habla de mal en este caso? El sujeto
que actúa (el violador) en tanto que es (cuerpo, persona) es bueno (tiene perfecciones o realidades como fuerza, voluntad o inteligencia). En este sentido, no puede decirse que
sea malo. Lo mismo habría que decir de la persona violada: en tanto que es (cuerpo, persona), es bueno. ¿Podría argüirse, entonces, que la acción es mala? Tampoco puede decirse eso, porque es la misma acción que realiza un amante cuando hace el amor con su amada o un médico cuando ausculta o interviene a una paciente. Finalmente, ¿podría sostenerse que el mal se determina por la finalidad que tiene la acción? Si hiere para
sobrevivir estaría bien, pero si lo hace para obtener un placer estaría mal. En ese caso, ¿por qué la supervivencia es buena y el placer malo? ¿Podría decirse, entonces, que el mal consiste en el dolor o el sufrimiento provocados por la acción de un sujeto sobre
167 Hobbes, T., Leviatán, Madrid, Editora Nacional, 1979, capítulo XIII, p. 228.
168 Deleuze da un ejemplo todavía más contundente: el de un matricida. Cf. Deleuze, G., En medio de
otro? Pero aquí vale el mismo argumento que se dio para la supervivencia y el placer. El dolor o el sufrimiento no son males en sí mismos, como puede apreciarse en el ejemplo del que sufre el dolor en los músculos después de entrenar o en el que tiene fiebre como reacción a la infección. Si ni el sujeto ni la acción ni el fin son malos en sí mismos ¿el mal estaría en la intención del sujeto? ¿se trataría de una mala voluntad? Por supuesto, no se trata de la voluntad como capacidad, porque como tal es buena, sino de lo que quiere, de su objeto o de su fin. En el caso del violador, la voluntad quiere algo indigno de su esencia, es decir, un objeto que está por debajo de su capacidad o perfección. El violador que persigue un placer meramente sensible (‘animal’) sin tener en consideración la voluntad de la otra persona, subordina lo más perfecto (la voluntad humana del otro) a lo menos perfecto (su placer sensible animal). Esta es la concepción de un pensador cristiano como san Agustín169. ‘Bueno’ es quien actúa persiguiendo un
objetivo tanto o más perfecto que su propia naturaleza o esencia y malo es el que busca lo opuesto. El placer sensible como objetivo o fin de la acción es bueno en el animal, porque es acorde a su perfección, pero es malo en el ser humano porque está por debajo de su esencia.
Cuando se argumenta que el león que ataca a una gacela y el violador que agrede a su víctima son diferentes e incomparables, se está suponiendo una distinción esencial
entre el ámbito natural y el ámbito humano o cultural. Se está suponiendo que en el ámbito humano hay libertad mientras que en el ámbito natural rige el instinto, la determinación. El león no tiene elección, en cambio, el violador sí la tiene. Pero los griegos, como Platón, no partían de este supuesto. Al contrario, suponían que no hay ruptura entre la naturaleza y la cultura. Por supuesto que hay diferencias, como también las hay entre los leones y los tigres o entre los leones y las gacelas, pero no ruptura. Consideran que los humanos están dentro del orden de lo natural, son una forma de desarrollo de lo natural, aunque aceptan que pueda surgir un desvío de lo natural, esto es lo híbrido, lo monstruoso. Sin embargo, también lo monstruoso, como deformación de lo natural, es natural. No se trata de la diferencia entre lo que no está sujeto a leyes humanas y lo que sí lo está. Los griegos también reconocen la existencia de normas culturales, de aquello que hace posible la convivencia. A eso es a lo que llamaban
nomos, como costumbre, norma y ley. No hacen referencia a la ley escrita o promulgada sino a una ley natural que se manifiesta en las costumbres, en el ethos.
Así como cuando se trata de comprender la naturaleza hay que discernir cuáles son las regularidades, lo que no cambia, las leyes naturales; así también si se quiere comprender la sociedad y la cultura se tiene que atender a sus regularidades o a lo que se repite en las acciones de los hombres, esto es, a las costumbres. Los griegos aceptan que hay un orden cultural o humano, pero no creen que se instaure a partir de una ruptura con el orden natural, sino que lo ven como un grado de desarrollo superior del
mismo orden. De allí que los grandes legisladores, como Solón, cuando se preguntan de dónde provienen las leyes de la polis, de la comunidad humana, responden que son las mismas leyes que gobiernan el kosmos. De allí también que en todas las discusiones que entablan los sofistas y Sócrates surja la cuestión de la relación entre la physis y el
nomos, entre el orden de la naturaleza y el orden de la polis170. Para los griegos, incluido
Platón, no hay ruptura entre el orden natural y el orden de la polis o de la cultura, en cambio, para los modernos, sí la hay. Y como esto forma parte de los supuestos de la modernidad, nos (a los que vivimos en la época moderna) parece obvio que en lo humano rijan otras leyes diferentes a las naturales. Sin embargo, no es lícito dar por verdaderos los propios supuestos sin cuestionarlos (y, correlativamente, considerar falsos los supuestos griegos porque no coinciden con los nuestros). Esto es lo que se evidencia cuando se compara el caso del violador con el caso del león. Se supone [en la concepción moderna, obvia para nosotros] que la libertad humana rompe con los instintos, rompe con lo natural (physis), e instaura otro criterio y otra ley (nomos). Para los antiguos, libertad no significa indeterminación sino un orden más complejo que implica mayor cantidad de combinaciones entre las acciones posibles.
Volviendo ahora al ejemplo del violador, desde esta perspectiva más amplia de las causas naturales: habría que decir que el violador hizo lo que para sus pasiones y capacidad de acción era la realización de su ser (bien). Si hizo eso es porque no vislumbra una posibilidad mejor de realización. Si se le preguntara porqué no hizo alguna otra cosa como invitarla a salir o tratar de seducirla ‘civilizadamente’, respondería que no está en su poder hacer eso, que no es capaz de hacerlo. Por supuesto que se puede objetar que hay un error de juicio, y es esto precisamente lo que argumenta Platón. Este sujeto actúa de acuerdo con un fin que (desde su perspectiva) es la realización de lo que es (= bien), pero yerra en el juicio porque al perjudicar a otro se perjudica a sí mismo. Si supiera verdaderamente qué es, cuál es su esencia o perfección,
170 Cf. Jeager, W., Paideia: los ideales de la cultura griega, México, F. C. E., 1957, especialmente
hubiera actuado de otro modo. Por supuesto, Spinoza argumentaría que si lo supiera incrementaría su potencia y, como resultado, actuaría de otro modo, pero como efectivamente no lo sabe, no puede actuar realmente de otro modo.
Lo que se trató de establecer hasta aquí, a partir de la referencia al pensamiento antiguo y cristiano, es una significación del bien que está presente en toda la tradición antigua pero que no es la habitual ni obvia en la actualidad. Para aquella concepción,
todo lo que es contiene una perfección, es la realización de una naturaleza, y a eso es precisamente a lo que se llama ‘bien’. Inversamente, a todo lo que no se realiza o no desarrolla la perfección que le es propia se le llama ‘mal’. El mal es una falta de bien, como el no ser (nada) es una falta de ser. En consecuencia, el mal no es, no es real, no tiene ser, realidad o perfección. Todo ser natural tiende a realizar su naturaleza o esencia, tiende a permanecer en su ser y a realizarlo plenamente. Desde el punto de vista de cada cosa singular se tiende a realizar la propia naturaleza y desde el punto de vista de la naturaleza en general el conjunto realiza la misma tendencia. Por supuesto que esto implica conflictos y violencia y ello tiene como consecuencia que algunos movimientos hacia la realización aborten o se frustren o se destruyan, con lo cual el bien no se realiza. A esto se lo llama ‘mal’, pero no es otra manera de ser u otro tipo de acciones o realizaciones. Se trata, al contrario, de no-ser, no-realización, no-bien. Si se ha definido el bien como lo que es y el mal como lo que no es, es expresarse inadecuadamente decir que algo es malo, ya que lo que es, por el hecho de ser, es bueno, aun cuando perjudique la realización de otros seres o cuando la impida. Tampoco tiene sentido decir que se quiere o desea el mal. Lo que quiere todo ser es realizarse, satisfacer el deseo que lo impulsa a la realización, a la perfección. Eso es lo que quiere el león que mata a la gacela y es lo que quiere el violador que hiere a otra persona. Desde estos significados no tiene sentido decir que se quiere el mal.
Si nos situamos desde la perspectiva para la cual lo humano es parte de la realidad natural, y no un ámbito separado con leyes propias o distintas, y se dejan de lado también las diferencias que pueden encontrarse entre los humanos, entre las tradiciones o las culturas o las etnias, es posible comprender a los humanos como una forma de ser natural a la que se puede estudiar del mismo modo que se estudia a los leones o a las hormigas. Desde ese punto de vista, no hay diferencias entre los humanos y el resto de los seres naturales en tanto que todos tienden naturalmente a la realización