7.4 Fitting of the RAS results to the model
7.4.3 Limitations of the different models
En el capítulo II, dentro de mi caracterización del contexto de interpretación, propuse utilizar la noción de género discursivo para distinguir un subconjunto relevante -más o menos amplio, más o menos prominente, más o menos coherente o estructurado- del contexto de interpretación, que contiene información cultural implícita y prominente que abarca y costriñe rasgos relevantes del (de los tipos
de) texto(s) que típicamente se esperan en una situación comunicativa dada, y cuya accesibilidad se deriva del reconocimiento de la situación comunicativa y/o del género discursivo.
Como vimos en este capítulo, el reconocimiento de la tensión lingüístico-discursiva tiene lugar típicamente (aunque no únicamente) en relación con el reconocimiento de un género -discursivo o literario. La tensión ha sido descrita como la explotación sistemática, un uso intensivo, “fuerte”, de rasgos presentes naturalmente en la lengua y en el discurso.
No obstante, hay casos en los cuales se derogan o violan las reglas no escritas que caracterizan el mismo género discursivo o literario y/o la norma lingüístico-textual interna al género mismo. Cuando esta violación se reconoce como deliberada, como parte de la intención expresiva de quien habla, y no como efecto de la ignorancia o de un manejo insuficiente o deficiente de dichas reglas, y hay otros indicios que nos permiten atribuir a la emisora una intención expresiva, entonces hablamos de un descarte: una violación intencional del uso lingüístico/ discursivo normal con finalidades expresivas.
El descarte es un mecanismo lingüístico-discursivo que se puede describir como la percepción de una ruptura de convenciones, reglas, patrones mutuamente manifiestos con respecto a: (i) el género literario o discursivo en su totalidad, comunicando la intención de la emisora de forzar las posibilidades comunicativas normales del discurso -del marco de interpretación- para impulsar al escucha hacia un proceso de interpretación basado en la evocación y/o (ii) el sistema lingüístico: la violación de reglas morfológicas como la concordancia singular-plural146 o masculino-femenino, o de reglas sintácticas, semántico-léxicas -que puede resultar por ejemplo en la invención de palabras absolutamente nuevas, inexistentes en la lengua, o en su deformación expresiva, etcétera.
Ambos aspectos están estrictamente interrelacionados, ya que la caracterización de un género discursivo abarca tanto mecanismos lingüísticos típicos o recurrentes como aspectos discursivos relativos a los temas y a la forma de tratarlos, al registro, a la interacción entre los participantes, a información que se considera mutuamente manifiesta por default, etcétera.
Por ejemplo, como vimos en el capítulo II, la parodia es un metagénero, un género parasitario que imita rasgos relevantes de un género literario -o discursivo: se puede parodiar la forma de hablar del presidente en los discursos oficiales -un género discursivo- o el poema caballeresco -un género literario- como hace Cervantes en el Quijote. Se pueden parodiar aspectos del contenido y/o formales: típicamente involucra ambos, y frecuentemente tiene la función de comunicar una actitud irónica, la actitud de la emisora de burlarse de (algún aspecto) del contenido o de la forma -típicamente de ambos-
de la propia enunciación, atribuyéndola implícitamente a alguien distinto de sí misma en el momento de la enunciación. La parodia puede tener también una función humorística, manipulando la expectativa de relevancia por medio de un cambio repentino de la prominencia de las implicaciones del texto (Curcó 1997); y puede tener también una función expresiva, al detonar un proceso de interpretación basado en la evocación.
La percepción de un descarte se distingue claramente -al menos en principio- de la noción general de “violación de las reglas” -que puede tener distintos efectos en la interpretación, porque se puede atribuir al desconocimiento de las mismas o a la voluntad de interrumpir la comunicación, de ofender al interlocutor, de marcar una distancia social, etc. En el capítulo II.1.4 presenté varios ejemplos, marcando una distinción entre violación y descarte a partir del contenido de la interpretación. La percepción del descarte detona la atribución de una intención expresiva a la emisora: “forzar”, “violar” algún aspecto de un “código” (en un sentido muy laxo del término) para expresar lo inefable, detonar procesos de imaginación a través de la evocación, produciendo un artefacto verbal ostensivo con características únicas y peculiares. Y esto implica la posibilidad de derivar propiedades emergentes en la interpretación.
En la noción de descarte se destacan dos aspectos cruciales: (i) el descarte no depende del texto en sí sino de la relación entre un texto y el marco de interpretación que utiliza quien lo interpreta (como en el caso del humor: cfr. Curcó 1997: 231 y passim), por lo que (ii) la percepción del descarte influye en la representación de las intenciones informativas de la emisora, que a su vez guía la búsqueda de relevancia óptima. Lo importante entonces no es el reconocimiento del descarte en sí, sino los procesos que se detonan en su interpretación, que implican cierto tratamiento/ manipulación del descarte.
La noción de descarte es relativa a una cultura en determinado momento histórico, ya que éste sólo se puede reconocer en el trasfondo del contexto discursivo/ literario: con respecto a un canon lingüístico y/o literario y/o a reglas no escritas de comportamiento social, de las cuales las reglas discursivas forman parte en cierta medida. La tensión lingüístico-discursiva y el descarte pueden dejar de percibirse como tales una vez que se difundan en el uso de determinada comunidad lingüística, estabilizándose en el uso. Nuevos géneros -literarios y discursivos- o nuevas caracterizaciones de viejos géneros nacen a partir de la estabilización de nuevos parámetros de violación expresiva de la norma (lingüística, discursiva y/o literaria)147.
147 Este fenómeno no se observa sólo en el discurso, sino en cualquier expresión articulada y consciente de la cultura humana,
en particular en la producción artística. Pensemos en el escándalo que causó en 1907 Les demoiselles d’Avignon de Picasso: fue exhibida en público sólo en 1916 y uno de los primeros intelectuales que lo defendió fue André Bréton en los años Veinte. Sin
El efecto del descarte se describe como extrañamiento, una noción que se utiliza aquí en un sentido muy general de “impresión” derivada por el procesamiento de lo irregular, lo inesperado, lo “diferente”, a partir de la identificación de un descarte, que implica la atribución de una intención expresiva.
Para ilustrar cómo opera el procesamiento y la manipulación del descarte en la interpretación de un texto expresivo, consideremos este ejemplo del poeta vanguardista argentino Oliverio Girondo:
10)
Mi lumía Mi Lu mi lubidulia mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes con sus melimeleos
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu mi luar mi mito demonoave dea rosa
mi pez hada mi luvisita nimia
mi lubísnea mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio mi lubella lusola
mi total lu plevida mi toda lu
lumía (Oliverio Girondo, “Mi lumía”, La masmédula (1956)
1
5
10
15
20
Es un poema en versos libres donde prevalecen los heptasílabos (vv. 3, 5, 6, 8, 14, 16, 21, 22), en alternancia con versos más cortos, de tres o cuatro sílabas, y con la fuerte excepción de tres versos muy largos (el v. 4 de 13 sílabas, el 7 de 14, el 9 de 23 y el 20 de 19): un ritmo rápido, a veces entrecortado y a
embargo, en 1937 la pintura fue adquirida por 24 mil dólares por el Museum of Modern Art de New York, entrando así en el canon del arte contemporáneo.
veces fluido. Desde el punto de vista fónico está basado en la repetición de la sílabas “mi” y “lu”, la aliteración de la “l” y la “m”, además de sistemas de aliteración más restringidos y localizados (por ejemplo, la “r” en los vv. 5-7; “me/li/le/s” en el v. 8; “t” y “d” en los vv. 22 y 23; y “de-/a“ en el v. 14, “mi/lu/mía” en el título y en los últimos dos versos).
Para reconocer anáforas y poliptotos primero hay que reconocer palabras: aquí tenemos en todo el texto el anáfora del posesivo “mi” en poliptoton con “me”, y del posesivo “sus”, en poliptoton con “suyo” (en los vv. 7-8-9); otro poliptoton es el entre “total” y “toda” (vv. 22-23). También tenemos la anáfora de “tan” en el v. 4, y “más” en los vv. 18-19.
Todas las palabras que están en anáfora o poliptoton son palabras que tienen un significado en la lengua, que son invocadas y que estructuran el texto haciendo posible su interpretación: es a partir del reconocimiento de estas palabras que se pueden asignar roles sintácticos a las (numerosas) palabras inventadas por el autor. La única palabra inventada que tiene un papel similar (está en anáfora constante) es “lu”, a la que se asigna fácilmente el referente de “ella”, considerándose un epíteto o inclusive un nombre propio; además esta palabra se asocia fácilmente con “luz”, asociación reforzada por el verbo “enluciernabisma” -del cual “mi lu” es sujeto-, en el v. 4, el epíteto “luar” (luna en portugués) en el v. 12, “lar” (que se asocia con “fuego”) -en asonancia y aliteración con “luar”- en el v. 18, y “lampo” en el v. 19.
Las demás palabras del texto son casi todas inventadas o -aunque realmente existentes- evocadas de forma radical, y esto detona la percepción de un fuerte descarte léxico-semántico. El texto se puede interpretar sólo dejándose llevar por su fuerza evocativa, que se basa al mismo tiempo en los sonidos y en las palabras -reales o inventadas, sosteniéndose en un esqueleto sintáctico mínimo que consiste en las palabras invocadas, todas palabras con significado de procedimiento y no conceptual: adjetivos posesivos, preposiciones, pronombres.
La sílaba “mi” se encuentra en principio de verso en quince versos sobre veinticuatro, y esto marca un paralelismo y un homeoarcton (repetición del mismo sonido al comienzo de cada palabra o verso): un efecto fónico-rítmico. Es a partir del reconocimiento del posesivo que podemos considerar “Lu” un nombre propio -o un epíteto que se refiere a “ella”- y las palabras -inventadas- “lubidulia” y “golocidalove” (que se pueden interpretar sólo por medio de asociaciones fónicas: la primera hace pensar en “lujuria” o en “libido”, la segunda en “gulosidad”, golosina” o “golosa” y “love”) como epítetos de “Lu”.
Dirigirse directamente a alguien en segunda persona (plural o singular) es un apóstrofe: un mecanismo discursivo común en varios géneros literarios, como la poesía lírica (fuertemente basada en un “yo” y en un “tú”), pero también la oración judicial (donde el orador se dirige a un jurado, como las oraciones de Demóstenes o Cicerón) o el anuncio comercial o de propaganda política. Típicamente, el apóstrofe se acompaña con epítetos: palabras o sintagmas que califican a la(s) persona(s) a las cuales se dirige el discurso, como por ejemplo “O honorable senadores romanos”. En este caso, la palabra referencial más prominente en la serie de apóstrofes que encontramos en el texto -todos en paralelismo- es una palabra inventada, “lu”, y muchos epítetos también son inventados.
La forma general del texto, la presencia de un “yo” y un “tú”, la evocación de ciertos campos semánticos nos la hacen considerar como un poema lírico de amor: y las características semánticas tan peculiares del texto -combinadas con efectos fónico-rítmicos- nos hacen percibir un descarte con respecto a varios rasgos típicos del género, que en el texto se deforman, se desconstruyen y se pueden reconocer como un descarte con respecto (i) a los rasgos típicos del género y (ii) al léxico del español.
En este caso es evidente que la interpretación no se puede alcanzar por medio del ajuste conceptual, ya que todas las palabras con significado conceptual son evocadas de forma radical, tan radical que muchas de ellas son inventadas. Como dije supra, es la posición sintáctica de las palabras la que nos guía en la búsqueda del sentido, a partir de la asignación de roles sintácticos a palabras inventadas: así reconocemos predicados como “enlucielabisma” (v. 4; además introducido por un tan…que), “descentratelura” (v. 5), “venusafrodea” (v. 6) y “nirvana” (v. 7), todos verbos transitivos que rigen el argumento (complemento directo) “me”. El sujeto de “nirvana” es “el suyo, la crucis, los desalmes” (v. 7), en anástrofe (inversión) con respecto al orden natural suj.+verbo.
En los vv. 8-10 es gracias al reconocimiento del posesivo “su” que reconocemos una enumeración de sustantivos de los cuales algunos inventados, como “melimeleos”, “eropsiquisedas” y “gormullos”, otros realmente existentes, como “decúbitos” “lianas” y “limbos” (aunque esta última palabra normalmente se encuentra sólo en singular), mientras que “dermiferios” es un adjetivo que introduce una variatio en la enumeración.
Cabe observar que la diferencia en términos evocativos entre las palabras reales y las que no existen no es muy grande, porque (i) las palabras existentes no son invocadas sino evocadas y (ii) también en las palabras inexistentes podemos reconocer raíces semánticas y/o principios de formación de las palabras en español. Por ejemplo, “melimeleos” (v. 8) hace pensar en algo dulce, se puede asociar con palabras como “miel”, “meloso”, “melindroso”, o “melodrama”/ “melisma”; “eropsiquisedas” (v. 9)
evoca Eros y Psique, el amor y el alma, protagonistas de un célebre mito, o, de todos modos (aunque no se conozca este mito), son raíces semánticas existentes en la lengua, “ero-“ (como erótico) y “psic-” (como “psicología”), además de la palabra “seda”. Lo mismo vale para “venusafrodea”, (v. 6); “gormullos” (v. 10) se asocia fácilmente con “murmullos”. Además hay sustantivos, como “crucis” (que es un genitivo latino “de la cruz”, como en el rito cristiano de la via crucis), que no existen como tales en español aunque se puedan reconducir fácilmente a otra, como “cruz”, o al nombre latín del rito de la
via crucis, asociándose a un extremo sufrimiento, a la Pasión de Cristo, asociación reforzada (y matizada) por el sustantivo “desalmes”; y otras que se usan cambiando su categoría gramatical, como “nirvana” (v. 7), que en español es un sustantivo y aquí se utiliza como un verbo, y “desalmes” (v. 7), que en español es un verbo, “desalmar”, y aquí parece ser un sustantivo.
El adjetivo “dermiferio” está compuesto según una variación de una regla productiva en español (que deriva del griego), donde “-fero/a” es un sufijo que se puede agregar después de un sustantivo x para crear un adjetivo que significa “que lleva, contiene o produce x”; ya que “dermi-“ es siempre una palabra de origen griega que significa “piel”, “dermiferio” es algo portador de piel, que produce piel, que lleva piel.
A nivel sintáctico notamos un rasgo muy típico de la poesía: la ruptura del sintagma dentro del verso, que se llama enjambement o encabalgamiento: en los vv. 9-10 el último elemento de la enumeración anterior está separado (i) de su conjunción “y” y (ii) del resto del sintagma (de los demás miembros de la enumeración). También el encabalgamiento es un fenómeno de ordo artificialis, que como vimos es un rasgo típico y preponderante (aunque no exclusivo) de la poesía.
En los vv. 11-24 -después de una parte sintácticamente más compleja- se regresa a la estructura del principio, la del apóstrofe con epítetos. Algunos de ellos son palabras reales, otros palabras inventadas, pero poco importa esta distinción, ya que en todo caso su interpretación sigue la ruta de la evocación: “luar” (v. 12: palabra sí real pero del portugués), “mito” (v. 13), “dea rosa” (v. 15), “pez hada” (v. 15; que además se pronuncia como “pesada”), “lar” (v. 18) “lampo” (v. 19), y el complejo sintagma “mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio” (v. 20). Entre las palabras inventadas, “demonoave” (v. 14, que se asocia fonéticamente con “demonio” y con “ave”, o con “suave”, y está en asonancia y aliteración con “dea rosa”), “luvisita” y “lubísnea” (vv. 16-17: estas palabras tienen una fuerte relación de asonancia y aliteración, y ambas se asocian con “lluvia” y “llovizna”), “lubella lusola” (v. 21: este parece una palabra compuesta “lu bella” y “lu sola”: obsérvese que dentro del texto ya le asignamos un referente claro a “lu”, que por lo tanto ya no es una palabra desconocida, aunque sí
inexistente en la lengua), “total lu plevida” (v. 22: se evoca “luz plena” y “vida” ), “toda lu” (v. 23: que evoca la expresión “a toda luz”); “lumía” (v. 24: que repite el título del poema y crea una sola palabra que es sinónima de “mi lu”).
La explicación que intenté hacer de este texto es mucho más pobre que el texto mismo y el análisis detallado de sus mecanismos lingüísticos y discursivos que hacen de este texto un objeto, un artefacto cuya forma y estructura es inseparable del contenido- al fragmentarse en categorizaciones y al desarrollarse de forma necesariamente secuencial no logra aprender su complejidad, que se puede resumir (pero no reducir) con un alto grado de tensión fónico-rítmica y sintáctica y la percepción de un descarte (i) léxico-semántico y (ii) con respecto al género literario de referencia (poesía lírica de amor). El efecto del descarte es el extrañamiento, que forma parte de los efectos no proposicionales de la interpretación del discurso expresivo y que tiene que ver -así como sucede en el proceso de imaginación- con poder asumir nuevas perspectivas, nuevas formas de sentir (percibir y pensar) la realidad -más específicamente el discurso, que de la realidad forma parte- irreducibles a contenido proposicional sino relacionadas con la percepción y la apreciación (implícita o explícita) de aspectos formales de la lengua y del texto.
Finalmente, es como si todas las palabras del español no fueran suficientes para que el autor exprese la esencia de su mujer, de su “lu”. Es como si las formas poéticas, las rimas convencionales y toda la parafernalia de la poesía lírica fueran inútiles, desgastadas por el uso, demasiado manoseadas. Para expresar sus sentimientos -para comunicar lo inefable- el poeta necesita crear palabras nuevas, palabras vírgenes e inusitadas y derogar o violar las reglas no escritas del género literario -la poesía lírica- para que su artefacto textual logre comunicar la inefabilidad de sus sentimientos.
Después de haber presentado y analizado las propiedades emergentes del tipo I (Qualia) ilustraré el papel del conocimiento privado del mundo en la derivación de propiedades emergentes, que caractericé como Personalia porque presentan rasgos proposicionales y no proposicionales. Su irreducibilidad depende de (i) la integración de información representada como no mutuamente manifiesta -ni manifestable- en la interpretación y (ii) la heterogeneidad de los procesos de interpretación por medio de los cuales se deriva esta información.
IV.3 Personalia I y II. Conocimiento privado del mundo e interpretación del discurso expresivo