• No results found

Chapter 5 Development and psychometric testing of the Rate and Accumulation Concept

5.6 Limitations and Future Work

dicionales: devolver a las personas a su ambiente natural, arraigar al indivi-

duo en el grupo; quiere ser mucho más antimoderno que el comunismo.

Ahora bien, en la práctica, las exigencias de la sociedad de masas, la mo-

dernización y la industrialización liberan a los individuos de su identidad

tradicional y los transforman en elementos anónimos de una multitud.

La revolución consumada por el nazismo no es mucho más conservado- *

ra que la del comunismo; de ahí el conflicto final, en Alemania, entre na- zis y conservadores.

Se dice a menudo también que el programa nazi era hostil a las Luces, mientras que el comunismo reivindicaba su herencia. Pero esta presenta- ción simplifica en exceso las cosas. Las «Luces» no corresponden a un pensamiento único: incluían al materialista Helvetius y a su crítico Rous- seau, el programa cientificista que quería someterlo todo a la necesidad y el programa humanista que definía al hombre por su libertad. El nazismo era tan cientificista como el comunismo (fueron entonces los nazis, entre ellos el propio Hitler, quienes tuvieron que ocultar sus antepasados), y los unos eran tan hostiles como los otros a la tradición humanista. De nuevo, la diferencia es mayor en las respectivas instancias entre teoría y práctica que entre ambas prácticas. En cambio, las referencias a la tradición ro- mántica, la mística de la tierra y de los muertos y los héroes paganos me- dievales son propias sólo de la ideología nazi, están ausentes del programa comunista (aunque no del espíritu de alguno de sus adherentes).

Cierto es que fascismo y nazismo se perciben como pertenecientes a la derecha, mientras que los comunistas reivindican la izquierda; cada uno de esos partidos encuentra, efectivamente, apoyo en las capas de la población que se reconocen, tradicionalmente, en estas dos grandes orientaciones. Pero es preciso, también aquí, estudiar los hechos que re- cubren las palabras. El contenido de la oposición se ha transformado du- rante los dos últimos siglos hasta hacerse, a veces, indiscernible. ¿Es pre- ciso decir que la izquierda está al lado de los pobres y los explotados mientras que la derecha se adecúa a los ricos y a los explotadores? Costa- ría encontrar una distribución tan sencilla en la Europa del siglo xx. En primer lugar porque se ha constituido una clase media, mayoritaria en numerosos países. Luego, porque la derecha recluta también seguidores entre los pobres: Hitler gozaba del apoyo popular; el Frente Nacional francés—para poner un ejemplo contemporáneo—se situó, en cierto momento, en primer lugar en el voto obrero. Finalmente, porque los co- munistas en el poder son, a la vez, dominadores y «de izquierdas».

Tampoco puede decirse que la izquierda defienda la libertad de las personas, mientras que la derecha esté por el mantenimiento del orden, por el Estado fuerte y centralizado. En efecto, estos términos que co- rresponden al combate de los liberales contra los ultras, de Gonstant contra Bonald, después de la Revolución Francesa, ya no nos conviene.

104

El Estado no sólo se ha convertido en el detentador de la violencia legí- tima, sino también en una fuente de protección y de beneficios para los individuos (un Estado-providencia); no se opone ya a la libertad de los in- dividuos, la garantiza. Por lo que a los individuos se refiere, su libertad puede convertirse en fuente de amenaza para los demás que les rodean; restringir esta libertad se convierte, a su vez, en una medida de izquier- das. En fin, la izquierda y la derecha no se oponen ya como la autonomía y la heteronomía, como actuar en nombre de la voluntad general del pueblo o en nombre de las tradiciones: todos los partidos democráticos reivindican hoy la soberanía del pueblo y el sufragio universal, sólo difie- ren en las dosis de conservadurismo y de reformismo, que dependen a menudo del hecho de que esos partidos estén en el poder o en la oposi - ción, más que de consideraciones propiamente programáticas.

Lo que no significa que la oposición izquierda-derecha haya perdido todo su sentido, sólo que este sentido es relativo y cambiante. Las oposi- ciones entre reformismo y conservadurismo, igualdad y jerarquía, liber - tad y autoridad se mantienen en todas las sociedades democráticas, y no hay razón alguna para que desaparezcan, puesto que siguen siendo com- patibles con los postulados básicos de estas sociedades; por lo demás, cada uno de esos términos corresponde a una faceta de la condición hu- mana y puede ser erigido en ideal. Los principios de autonomía indivi - dual y autonomía colectiva, de libertad y de igualdad pueden ellos mis- mos, como hemos visto, entrar en contradicción.

La izquierda y la derecha políticas, que se adueñan sucesiva o simul- táneamente de estas oposiciones y de otras semejantes, tienen pues her- mosos días ante sí: ese gran antagonismo seguirá estructurando la vida política en el interior de cada país. Su razón de ser no es el abismo ideo - lógico que separaría ambos términos (no existe), sino la necesidad de una alternancia para mantener con vida el principio pluralista y para ofrecer a cada ciudadano una acción. El consenso no basta, en efecto, para ase - gurar una vida política en democracia. Es preciso, además, que en su seno el individuo pueda elegir entre dos equilibrios distintos de ingre - dientes democráticos, y también entre dos grupos de personas con esti - los distintos. Al hacerlo, este individuo se adecúa—sin saberlo—a una antiquísima regla de las sociedades humanas que organiza la rivalidad en su seno, lo cual permite así canalizar en estructuras comunes las ambi - ciones y los resentimientos personales.

Sin embargo, por importante que sea la oposición izquierda-derecha en la vida política interior de una democracia, se muestra a nuestro modo de ver como subordinada a otra, que ha desempeñado un papel estructu- rante en la historia del continente europeo en el siglo xx y en las concien - cias individuales. Es, precisamente, la del totalitarismo y la democracia, que nos obliga a poner a un lado el bloque de los extremos, sean de iz- quierda o de derecha, y al otro el de los regímenes moderados, que a su vez pueden ser gobernados por una izquierda o una derecha «parlamen- taria», como solemos decir en estos casos. Lo que no impide a los dos ex- tremos atacarse el uno al otro, verbal e incluso físicamente (combaten por el mismo lugar); ni a los dos grupos «moderados» mantener su rivalidad.

No tiene pues mucho interés oponer el nazismo «de derechas» al co- munismo «de izquierdas»: ambos son, y eso es mucho más importante, «extremos», totalitarios y no democráticos. Ya en 1931, Sémion Frank, en un ensayo titulado «Más allá de izquierda y derecha», veía llegar el momento en que el parecido entre los «rojos» y los «negros» justificaría su inclusión en una categoría única.6 A la diferencia radical utilizada por

los programas, no corresponde una diferencia tan sensible en la práctica. Más significativa es, en cambio, si adoptamos una perspectiva genealógi- ca y no estructural: el comunismo pretende ser una culminación de las ideas propagadas por el cristianismo, el nazismo desprecia esta tradición y se presenta como heredero del pensamiento pagano. El primero se considera una victoria de los antiguos esclavos, el segundo de los dueños; y así sucesivamente.

¿Y qué pasa con lo que parece, a menudo, la más impactante singula- ridad del régimen nazi: su política de aniquilación de las «razas inferio - res» y, especialmente, de los judíos? Tiene, en efecto, una especificidad cuya naturaleza es necesario precisar. El sentido singular del exterminio judío no está en el número de muertos, puesto que Stalin provocó intencionalmente la muerte de otras tantas personas, en 1932-1933. No está tampoco, contrariamente a lo que a menudo se dice, en el hecho de que las víctimas lo fueran por lo que eran y no por lo que hacían, que resultasen «culpables» por el mero hecho de haber nacido: éste es también el caso, en ciertos momentos particulares, de los miembros de las clases «burguesas» o de los kulaks o incluso de los «campesinos», cuando las

6. Po tu storonu pravogo i levogo, op. cit., p. 58. 106

LA COMPARACIÓN

mujeres y los hombres, los niños y los ancianos perecían, unos junto a otros, a causa de su pertenencia al grupo, no de una acción cualquiera; en efecto, todo el grupo había sido declarado indigno de vivir: Grossman te- nía razón a este respecto. Tampoco está en la presencia de una decisión global y una planificación, asumidas por las más altas autoridades del Es- tado, aquí pero no allí: existen en ambos lados. No está, como se sugiere a veces, en el hecho de que los alemanes fueran un pueblo muy culto en el centro de Europa: se sabe, desde Rousseau por lo menos, que la cultu ra no produce automáticamente la virtud, y la inmoralidad de la gente culta no debiera ya sorprendernos. ¿Dónde se sitúa entonces?

Por una parte, la especificidad de este crimen reside en el proyecto asesino nazi. Hemos visto que la idea de eliminar una parte de la humani- dad para asegurar la armonía final existía aquí y allá; es incluso más radi - cal en la ideología comunista, que postula la desaparición pura y dura de las clases enemigas mientras que el nazismo quiere eliminar algunas «ra- zas» (los judíos) y se limita a reducir a las demás (los eslavos) a la esclavi- tud. Sin embargo, en realidad, la balanza se inclina hacia el otro lado: a pesar de una cifra de víctimas comparable, nada puede ponerse en para- lelo con la sistemática destrucción por los nazis de los judíos y otros gru - pos considerados indignos de existir. Para decirlo en una frase, mientras que Kolyma y las islas Solovki son el equivalente ruso de Buchenwald y de Dachau, nunca hubo un Treblinka en la Unión Soviética.

Sólo en los campos de exterminio nazis la ejecución se convirtió en un fin en sí misma. Cierto es que los ideólogos nazis, si hubieran desea- do justificarla, habrían invocado razones superiores: asegurar la felicidad del pueblo alemán, de la «raza aria», incluso de la humanidad así purifi- cada. Pero la existencia de ese lejano objetivo no impide que la acción concreta en la que estaban envueltos los verdugos tuviera una finalidad única: la de acabar con sus víctimas. De ahí la creación de campos desti- nados exclusivamente al asesinato: Treblinka, Sobibor, Belzec, Chelmno, o de sectores de asesinato en el seno de los campos de concentración, como en Auschwitz y en Majdanek. Las grandes masas de víctimas, en la Unión Soviética, son engendradas por una lógica distinta: la privación de la vida no es aquí un objetivo; es un castigo y un medio de terror o una pérdida y un accidente insignificantes. Los habitantes del gulag se extinguían al cabo de tres meses, de agotamiento, de frío o de enfermedad; nadie se preocupaba de ello puesto que eran una cantidad desdeñable y

serían sustituidos por otros. Los campesinos pueden morir de hambre, puesto que ésta es la condición de una colectivización de la agricultura o una sumisión de Ucrania a Rusia, del campo a la ciudad. La muerte no toma aquí sentido sino que la vida no tiene ya valor alguno. Las clases enemigas deben ser eliminadas, en efecto, pero en lo esencial será un trabajo de la historia y la naturaleza (la helada tundra de Siberia). Los nazis practican el mismo desprecio por la vida en los campos de concen- tración o explotando el trabajo forzado; pero, en los campos de extermi - nio, la muerte se convierte en un fin en sí misma. Cada uno de ambos re - gímenes mantiene, desde este punto de vista, su especificidad, a pesar del parecido en los programas.

Debemos al mismo tiempo recordar que algunas acciones compara- bles a los exterminios nazis se produjeron en el campo soviético, aunque allí no fueran la mayor fuente de mortalidad: existieron, en efecto, ejecu- ciones directas que no apuntaban a los individuos sino a grupos enteros. No hay que citar ya, aquí, los muertos provocados por la hambruna, el frío o los malos tratos en los campos, sino la destrucción por fusilamiento de grupos sociales o étnicos. En el mes de julio de 1937 se declaró ne- cesaria la liquidación definitiva de los kulaks como clase, aunque ya sólo fueran ex kulaks. Su ejecución no estaba motivada individualmente sino de acuerdo con un sistema de cuotas (del orden de uno de cada cuatro); unas doscientas mil personas fueron así pasadas por las armas.

El episodio de los oficiales polacos encarcelados desde la ocupación de parte de Polonia, en 1939, se inscribe en la misma lógica. El grupo te - nía una identidad social—eran oficiales, enemigos del proletariado por tanto—y nacional al mismo tiempo: polacos, potenciales enemigos de los rusos. Una decisión del comité político, del 5 de marzo de 1940, decidió brutalmente su suerte: todos debían ser fusilados; 21.900 personas (de ellas 4.400 en el bosque de Katyn) fueron ejecutadas con un tiro en la nuca, sin que se celebrara el menor proceso. Como si advirtiera, incluso en el contexto soviético, el carácter excepcional de esta decisión, Stalin exigió a todos los miembros del comité político que estamparan su firma al pie de la resolución: ninguno de ellos pudo ya decir que no estaba al corriente, todos fueron cómplices. Este tipo de ejecución sistemática, que durante mucho tiempo fue negada por el poder soviético, se emparenta pues con el genocidio nazi, pero fue mucho más limitada: los nazis, por su parte, ejecutaron a dos millones y medio de judíos polacos.

La especificidad del exterminio del pueblo judío puede contemplar- se, también, desde otro punto de vista. Se distingue de otras grandes ma - tanzas llevadas a cabo en el marco totalitario por la naturaleza de la víc - tima. El pueblo, la religión y las tradiciones judías desempeñaron un papel central en la historia de Europa, comparable, por una parte, al de la antigua Grecia, pero más duradero aún. Eso no hace más excusable el asesinato del campesino ucraniano, pero indica que el proyecto que de- seaba desarraigar y eliminar este ingrediente de la identidad europea o, incluso, de la humana, tiene pues un alcance histórico mayor que los de - más proyectos de exterminio, en los que se deseaba «simplemente» ter - minar con una población.

Las matanzas y genocidios llevados a cabo en el seno del comunismo fueron, a su vez, también centrales para esa historia, aunque de un modo muy distinto: no por la naturaleza de las víctimas, que por lo demás varía según los períodos y las regiones (nada tan preciso, aquí, como el antise- mitismo), sino por la de los verdugos. Ciertamente, el antisemitismo está estrechamente vinculado a la historia del cristianismo, y por tanto de Europa, aunque este último nunca se haya acercado al proyecto nazi de exterminio global; pero la empresa comunista es, por su parte, la cul- minación catastrófica, la perversa desviación de tendencias esenciales de esta misma historia: las utopías igualitarias, el milenarismo cristiano, el voluntarismo, el racionalismo, el elogio de la ciencia.

Junto a la ideología oficial y a la práctica de los individuos, existen re- presentaciones que los individuos se hacen de sí mismos. A este respec - to, las diferencias son especialmente grandes: un comunista no se perci- be como un nazi, ni tampoco a la inversa; es imperativo tenerlo en cuenta y no limitarse a afirmar que se parecen «objetivamente». En el plano de la vivencia personal, la oposición es irreductible; por eso es tan difícil convencer a un antiguo militante—por lo tanto antiguo creyente tam- bién—, de que se parece a su enemigo jurado. Mientras permanezcamos en el interior de la memoria individual, esta autorrepresentación mantie- ne toda su legitimidad; ésta disminuye a medida que nos alejamos de la memoria para entrar en la Historia.

Creo que se impone una conclusión: la comparación de ambos tota- litarismos es fecunda; no representa por ello una llave que permita abrir todas las cerraduras. Así sucede con el propio concepto de totalitarismo. Yo diría, más específicamente, que me parece más útil como concepto

englobado que como concepto englobante. Entiendo por ello que la identificación como «totalitarios» de los regímenes comunistas o fascis- tas sólo nos proporciona sus características más generales; no es que sean superficiales, ni mucho menos, pero no bastan. Tras haber desempeñado un papel revelador, tras haber fijado las grandes orientaciones, su utili - dad cesa y nos vemos llevados a introducir nuevas variables. La estructura del Estado, aquí y allá, tiende siempre hacia la unificación, pero la bu - rocracia no desempeña en ello el mismo papel, y el culto al jefe no tiene el mismo sentido cuando se trata de Hitler o de Stalin, ni, por lo demás, de Lenin, Stalin o Bréznev. El terror está presente, los campos florecen aquí y allá, pero, aunque los relatos de sus víctimas se parezcan, sus fun - ciones no coinciden exactamente. La lista podría alargarse hasta el infi- nito. Es, en cambio, del todo ilustrador calificar esos regímenes como «totalitarios» por comparación con los que no son: los regímenes demo - cráticos, la sociedad individualista, la filosofía humanista, pero también los regímenes conservadores o las dictaduras militares.

JUICIOS

¿Qué juicios pueden hacerse de las dos variantes del totalitarismo? Pri- mero habría que distinguir entre los regímenes y sus actores. Por lo que a los primeros respecta, suscribo una conclusión que otros han formula- do ya: son igualmente detestables. Sus víctimas directas se cuentan, en ambos casos, por millones, y tendría algo de indecente intentar estable- cer, desde este punto de vista, un palmares. El sufrimiento de un indivi- duo encerrado en un campo de concentración, que sufre hambre, frío, parásitos y violencia, es atroz. No importa que el campo sea alemán o so- viético: los hombres no sufren de una infinidad de modos distintos. El exterminio directo practicado por los nazis no tiene verdadero equiva- lente en el lado soviético, pero provocar por hambre la muerte de millo- nes de personas, en el transcurso de un año, es a su vez un acto horrible. Esta condena global debe modularse, claro está, según los conceptos específicos. Es evidente, por ejemplo, que la dictadura nazi provocó en Polonia destrucciones humanas mucho mayores que la dictadura comu-

nista; pero en Bulgaria, para poner otro ejemplo, el reparto se invierte. Re- cuerdo, para dar idea de ello, que durante toda la guerra, de 1939 a 1944, período de la represión más severa en el lado profascista, se contaron 357 ejecuciones, sin distinción de penas; sólo durante el año 1944-1945, tras la entrada de Bulgaria en la órbita soviética, el número de personas ejecuta- das por el nuevo poder ascendió a 2.700.

Si nos situamos en una perspectiva histórica, el comunismo ocupa el lugar central: duró mucho más tiempo, comenzó antes y se extinguió más tarde; se extendió a todos los continentes de la tierra y no sólo al centro de Europa; provocó un número de víctimas mayor aún. Desde el punto de vista del presente, su condena es también de mayor actualidad: la mistifi- cación que operó es más poderosa, más seductora, desenmascararla es más urgente. Pero un evidente desequilibrio caracteriza los juicios oficiales so-