planning approach in the Rift Valley drylands of Ethiopia Abstract
Step 6: Field testing of the most accepted RWHM techniques
7.9 Limitations of the study
Parece difícil encontrar autores que afirmen desprejuiciadamente su pertenecía inequívoca a un grupo, generación, círculo, cenáculo o conciliábulo literario; ya los mismos nombres que por inercia y costumbre suelen conformar las membresías literarias de los grupos consagrados en las historias de la literatura, las antologías y libros de enseñanza, comienzan a revelar dificultades y contradicciones cuando alguien se preocupa por poner en duda la validez historiográfica del tal nomenclátor canónico. Cuánto aún más respecto de aquellas siluetas imprecisas que flirtean por entre las líneas intermedias, que se tachan de inclasificables, que gustan del menudeo por los contornos y lo límites, sin dejar nunca de entrar pero sin atreverse del todo a salir. Más allá de las discrepancias entre estudiosos, los propios papeles de los presuntos integrantes arrojan afirmaciones ambiguas o directamente contradictorias cuando, al preguntárseles o reflexionar acerca de su etiqueta grupal dejan entrever, con cierto vértigo para algunos, las imperfecciones del trazo que el dibujo generacional, visto desde lejos y sin cautela, disimula. Suele suceder que cuando se está en esas, inmerso en las contiendas literarias, hostiles y seductoras, abriéndose paso a codazos los jóvenes airados entre las decrépitas osamentas de los mayores, haciendo gala, descarados y petulantes, de su honradez arrogante y su juvenil fe en sus más sagradas convicciones, se busca el calor de la compañía, la fidelidad del cómplice, la hospitalidad del grupo, la unión que hace la fuerza, la fuerza que se gesta en la confianza de la unión. Los padres te tocan, los amigos, se dice, se eligen. Esas vinculaciones fraternales, esas camaraderías de los años guerreros, las tertulias, las noches en vela, los pisos francos para urdir golpes del estado a la república de las letras y las cuitas y desengaños de amor confiados al amigo poeta a la luz humosa del bar que cierra el último, dan buen motivo para confiarse a la causa común y también jugoso pábulo par las posteriores taxonomías generacionales. Después, con la edad madura y quizá el reconocimiento, se valora la independencia, se quiere la
autonomía, se proclama y reclama la relevancia de la aportación peculiar y distintiva, se desprende y se quiere desprender el nombre propio de la etiqueta colectiva, intentar que no se fundan las cualidades y calidades, que no se le quite al autor lo que en puridad le pertenece, ni se diluya y distribuya su peculiar talento en la mezcla indiferenciada del grupo. En la madurez, en la edad adulta, el andar por los propios caminos, el hacer el camino al andar, es el renovado ímpetu que estimula, y atormenta también, al literato hecho. Finalmente, pasadas las horas y los años, ajada quizá la espera de la gloria, o desgastada ésta por la abrasión del tiempo o deslucida y amenazada ante las inquietas e inquietantes hazañas de los nuevos parricidas, se intenta recuperar el arropo añejo de los compañeros de batalla. Cuando los historiadores y críticos, por abreviar, encajan en el marbete del grupo o la generación las bondades y virtudes (de sólito casi nunca las flaquezas y los vicios) de una época y, como sus esclarecidos e iluminados portavoces, un exiguo número de nombres ilustres, ahora no es mal momento para reivindicar la pertenencia a esa eximia foto de familia que está en puertas de hacerse tradición. Azorín, lo sabemos, pergeñó a buena cuenta propia la Generación del 98, en la que no con poca sutil inmodestia se colocaba como prohombre indiscutido. Pío Baroja, por su parte, siempre arisco y renuente a tragarse la invención, no se resistió al encanto de la ya afamada pancarta en sus años tardos.
En el caso de los Contemporáneos, las afirmaciones del simplista pero sugestivo esquema anterior encuentran, como veremos, cierta constatación o reflejo, unas veces manifiesta otras taimada, que da cuenta de la ambigüedad de un grupo de amigos que se acuarteló al socaire de la etiqueta por su común distancia con la norma pacata y provinciana que emanaba de la retórica oficial del nacionalismo revolucionario, en esos años veinte y treinta.
Como toda existencia, como todo nacimiento y muerte, el grupo desarrolla su “vida pública” -así bíblicamente la llama Guillermo Sheridan- durante los años del maximato, enmarcada entre dos hitos colectivos y simbólicos, sancionados por la repercusión mediática, de apertura y cierre de una época: desde 1925, tras el preludio en mayo de 1924 de la ya famosa conferencia-manifiesto de Villaurrutia, a 1932, cerrada por el famoso proceso a Examen en octubre de ese mismo año. La ya citada conferencia de la Biblioteca Cervantes “La poesía de los jóvenes de México”, dictada por Xavier
Villaurrutia en mayo de 1924, supuso la entrada en la república de las letras con derechos plenos de ciudadano de un nuevo grupo. Si bien venían ya publicando poemas y ensayos en distintas revistas, recogiendo y depurando las novedades llegadas de Europa y conformado un nuevo sentir diverso del de las corrientes más oficialistas, fue entonces cuando una sola voz y un portavoz se alzaron como representantes del después conocido como grupo de los Contemporáneos, que se irá definiendo en base de un ideario ético y estético propio, pero también, y quizá sobre todo, y ya desde los inicios, como opuesto y contrario a aquel otro de los vanguardistas más radicales, de los modernistas caducos, de los neorrománticos nostálgicos y, por supuesto, de los nacionalistas adeptos al populismo y al mexicanismo. Villaurrutia no deja escapar la oportunidad y ya cuela, por ejemplo, una inevitable y reveladora mención a una de las estéticas rivales (la primera mordida envenenada a Maples de una serie de la que nunca éste habrá de recuperarse): “Manual Maples supo inyectarse no sin valor el desequilibrado producto europeo de los ismos; y consiguió ser a un mismo tiempo el jefe y el ejército de su vanguardia"145. A partir de
ahora, como nos dice Samuel Gordon, “La querella estaba planteada. Los dos grupos que con el pasar de los años serían contemplados como representativos de la vanguardia en México, comenzaban a perfilarse y reconocerse como irreconciliablemente antagónicos pero, al tiempo, diferentes de su entorno”146. La conferencia fungió de puesta de largo o
acto de presentación del “grupo sin grupo"147, aún sin nombre adjudicado, el fin “de lo
que Sheridan ha llamado la vida oculta de los Contemporáneos (…) y su primer intento de hacerse con un lugar visible y preponderante en el todavía heterogéneo e indefinible
145 Citado en NÚÑEZ, César. Op, cit., p. 105.
146 GORDON, Samuel. “Modernidad y vanguardia en la literatura mexicana: Estridentistas y
Contemporáneos”, en Revista Iberoamericana, 55, 1989, p. 1089.
147 “Grupo sin grupo”, “archipiélago de soledades”, “agrupación de forajidos”, son las distintas
denominaciones que los Contemporáneos se van adjudicando, y que son especialmente significativas de la propia visión de sus miembros respecto de la posición distintiva que ocupaban –o se adjudicaban- en el panorama cultural y del grado de conciencia grupal y de dispersión individualista que irán experimentando a lo largo de su etapa de obra colectiva. Para ver un estudio sobre las implicaciones de estas diversas nominaciones, GARCÍA GUTIÉRREZ, Rosa. “«Archipiélago de Soledades» y otros tópicos sobre los Contemporáneos: lo mexicano según Cuesta”, en ALEMANY BAY, Carmen, MATAIX, Remedios, ROVIRA, José Carlos y MENDIOLA OÑATE, Pedro (eds.). La isla posible. Actas del III Congreso de la
Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, Alicante, Universidad de Alicante, 2001,
sin ref. de p., disponible en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12482280880131519643846/p0000001.htm,
territorio literario nacional"148. A lo largo del transcurso de estos siete años, los propósitos e intenciones de este grupo de jóvenes amigos que rondaba apenas la veintena “comenzarán a convertirse en obras, y en la contundencia manifiesta de los libros habrá de leerse, de ahora en adelante, la justicia de lo que hasta ese momento habían sido apenas enumeraciones de la voluntad, programas imperiosos”149. De aquí en adelante se va consolidando la lista de adeptos; si bien partiendo de grupúsculos unidos por el común magisterio, por la edad, y por la amistad de los años mozos, progresivamente la conciencia y, sobre todo, la acción y el programa colectivo, fue cada vez más patente durante un proceso marcado más en negativo que en positivo. Queremos decir que más que la confluencia de afinidades, estilos o idearios poéticos, lo que terminó por cerrar las filas de la banda fue precisamente el aislamiento y el rechazo al que se vieron sometidos al pretender desplegar un ejercicio artístico libre de las ataduras ofíciales y las genuflexiones que la política esperaba, y exigía, de los artistas. De nuevo la profesora Rosa García Gutiérrez sintetiza la evolución:
Ese nuevo rumbo cultural marcado por el nacionalismo exacerbado, el antihispanismo, el folklorismo indigenista, la literatura de compromiso y la novela de la Revolución es lo que arrinconó verdaderamente a los Contemporáneos en su cenáculo y los obligó a adoptar una estrategia de grupo para luchar contra la institucionalización de la retórica nacionalista y revolucionaria. Superando diferencias, esa ‘distinta personalidad’ de cada cual, según había dicho Villaurrutia en su conferencia de 1924, Novo, Cuesta y Owen por un lado, y Torres Bodet y los suyos por otro, se unieron a través del eslabón Villaurrutia que siempre estuvo en medio buscando puntos de conciliación y limando asperezas, y pusieron sus fuerzas en común en aras de un proyecto cultural alternativo al oficial150.
A partir de aquí los Contemporáneos respondieron a las fórmulas decretadas por el nacionalismo oficial con propuestas puristas y autonomistas en todas las formas artísticas: la novela, el teatro, la poesía y, si se quiere incluir a la lista nombres no
148 GARCÍA GUTIÉRREZ, Rosa y GARCÍA MORALES, Alfonso. "Una historia de las antologías
poéticas mexicanas modernas", en Los Museos de la Poesía. Antologías Poéticas Modernas en Español,
1892-1941, Sevilla, Alfar, 2007, p. 509-10.
149 SHERIDAN, Guillermo. Los Contemporáneos Ayer, México, FCE, 1985, p. 179. 150 GARCÍA GUTIÉRREZ, Rosa. “«Archipiélago de Soledades» y otros..."
literarios, también la pintura y la filosofía151. La relación consolidada de miembros literatos que puede encontrarse en la mayoría de manuales, textos de crítica o de historia de la literatura recoge nueve autores agrupados, siguiendo a Sheridan –que a su vez retoma a E. J. Mullen y M. H. Forster- de la siguiente manera: un primer grupo de los ‘mayores’ estaría formado por Bernardo Ortiz de Montellano (1899–1949), Enrique González Rojo (1899–1939), José Gorostiza (1901–1973) y Jaime Torres Bodet (1902– 1974); una segunda etapa de incorporación correspondería a Xavier Villaurrutia (1903– 1950) y a Salvador Novo (1904–1974); finalmente Jorge Cuesta (1903–1942) y Gilberto Owen (1904–1952). Circulan en derredor de éstos otros nombres que más aún que los propios incuestionables cuestionaron en vida su pertenencia y que la crítica lo mismo los autoriza que expulsa del círculo: Carlos Pellicer, Elías Nandino, Rubén Salazar Mallén, Emilio Abreu Gómez, por citar algunos152.
Los Contemporáneos atesoraban y demostraban en el “país antilibresco que era México en las primeras décadas del siglo”153, una cultura excepcional y rara en su
entorno, eran cultos, educados, políglotas, distinguidos y exquisitos, afeminados algunos, vigilantes de las novedades venidas de Europa y los Estados Unidos, unos más afrancesados, otros anglófilos, todos dotados de una actitud crítica amenazante de los dogmas del arte institucional, atraídos por el gusto de la experimentación, educados en la aspiración universalista que heredaran de los maestros del Ateneo y guiados por una conciencia radical de la dignidad e independencia del artista. La actitud autónoma y librepensadora de estos escritores, más que el contenido de sus propuestas estéticas, disímbolas y que, por añadidura, nunca olvidaron la preocupación por la identidad del mexicano –siempre nacional y universal-, fue el elemento aglutinante que los convocó en grupo para defenderse y contraatacar frente a la presión del programa nacionalista del gobierno, que obstaculizaba las posibilidades de desplegar una rica y vigorosa cultura
151 “Frente a la tendencia general de la crítica a negar la condición de grupo de los
Contemporáneos, pienso que existen datos suficientes para afirmar que el «grupo Contemporáneos» existió y, lo que es más importante, que sólo partiendo de esa conciencia de grupo puede entenderse todo lo que organizaron y escribieron muy específicamente entre 1927 y 1932, a saber: exposiciones de pintura, el Teatro Ulises, un corpus considerable de novelas, la polémica Antología de la poesía mexicana moderna, o las revistas Ulises (1927-1928), Contemporáneos (1928-1931) y Examen (1932)”. Ídem.
152 SHERIDAN, Guillermo. Los Contemporáneos ayer..., p. 17–21.
mexicana. Y dado que el universalismo –especialmente el latinoamericano- se define más en cuanto a lo que no es que en cuanto a lo que es –ni nacional, ni local, ni racial, ni indígena, ni español, ni europeo, ni ideológico, ni político, ni revolucionario, ni caudillista, pero al tiempo capaz de todo esto y más154-, la empresa común del cenáculo y sus allegados fue una negación como punto de partida y como ejercicio de preparación para el desarrollo ulterior de las preferencias, excelencias y virtudes personales. Como los maestros del Primer Ateneo, que se dispusieron a plantar cara a la hegemonía del credo positivista, “esta vez, en palabras de Carlos Monsiváis, citado por José Joaquín Blanco, el enemigo al frente no es el positivismo, si no el nacionalismo, el patriotismo, los desplantes, sectarios, el extremismo infantil en materia de arte"155. Todos estos atributos, más de talante que de ideología, explican bien que se encontraran e hicieran causa común en los mismos rincones al que el rechazo oficial y oficioso los empujaba, y a la vez que admiten naturalmente la disidencia interna, el distanciamiento, la ruptura y, en definitiva, el cultivo maduro de las sendas individuales.
Hablábamos de la solidaridad juvenil atrevida y subversiva que se hace fuerte al calor de la conjura; el ya célebre ‘grupo sin grupo’ que Villaurrutia, con diecinueve años, acuñara en la renombrada conferencia del 24, pretendía asignar el honor del relevo y la modernidad a ese plantel de jóvenes poetas que se iba abriendo hueco con el beneplácito de algunos de los consagrados de la anterior generación y al que Villaurrutia pretende incorporarse para hacer lucha común y no quedar descolgado. Si bien teniendo siempre pendiente esas consabidas diferencias personales que justificaba el sin grupo, para Villaurrutia se anuncia aquí el germen distintivo de un grupo caracterizado “por la seriedad y conciencia artística de su labor; porque sintetizan, en su porción máxima, las primeras realizaciones de un tiempo nuevo”156. El proceso de afirmación colectiva
continúa, como dijimos, durante el 25, para llegar a una de sus mayores verificaciones
154 “Creo, como dijo Lezama Lima, que nuestra tradición es lo desconocido, y que el hombre
americano tiene derecho a todas las culturas, ya que no es deudor de ninguna, y las ha padecido o padece todas”. ARENAS, Reinaldo. Op. cit. p. 21.
155 BLANCO, José Joaquín. Op. cit., p.13.
156 De la Conferencia de Villaurrutia “La poesía de los jóvenes de México”, citado por
editoriales con la polémica y polemista Antología del 28, que supone la presentación pública de Jorge Cuesta.
Hablábamos de las búsquedas persistentes, que adquieren la necesidad de la independencia o hasta la soledad, una vez van quedando atrás los años del aprendizaje y se atisba una sentida o querida madurez personal. Las discrepancias, los laureles del reconocimiento, las imposiciones institucionales y el alejamiento físico de las vidas particulares marcan las divergencias. Ya en 1929, con Owen, González Rojo y Torres Bodet fuera del país, éste último reconocía, en carta a un Gorostiza empeñado en mantener la ligazón, “el confuso deseo de hacernos, cada quien por nuestro lado, una situación de hombres, sin apoyarnos ya, para la vida al menos, en la fuerza o en la debilidad de un grupo”157. Gorostiza, al igual, a fines del 31 le devolvía a Torres Bodet la
constatación resignada del comienzo del fin: “Hemos llegado ya al momento crítico de nuestra generación: el de la soledad (...) ¿Qué vamos a dar ahora aislados?”158. El que
otrora voluntarioso reclamaba a Torre Bodet volver a “ese grupo mental, grupo con grupo que a pesar de todo hemos formado” y reanudar la intensidad compartida de “aquellos cielos cargados de electricidad que se cernían sobre nuestras comidas de otros tiempos”159, ocho años después, en 1937, cuando seguramente ya gestaba, con conciencia
de su magnitud, la monumental Muerte sin fin que aseguraría imperecedera e indiscutida gloria a su nombre en el parnaso de las letras hispanas, afirmaba que el grupo “ha tenido solamente –insisto- una existencia virtual, no exenta, sin embargo, como toda producción mítica de producir efectos importantes sobre el mundo de los hechos"160.
O, precisamente el ejemplo de Cuesta que, con mayor justicia y justeza personal, pues un año antes había sufrido el ignominioso proceso a su revista, parece hacer resentido recuento y hasta nostálgico balance de la trayectoria de Contemporáneos, asumiendo la fatalidad de su disolución. En una carta de 1933 a su amigo y ex-colega Bernardo Ortiz de Montellano, a propósito de la publicación de su poemario Sueños,
157 Citado en GARCÍA GUTIÉRREZ, Rosa. “«Archipiélago de Soledades» y otros..." 158 Ídem.
159 Ídem.
vuelve el cordobés con la idea del grupo de soledades, de la unión de aislamientos, del encuentro de disidentes y marginados, de la solidaridad de exilios. Al comentar las sensaciones provocadas por la lectura del libro de su antiguo camarada deja suficientemente clara la imposibilidad ya de la identificación de grupo, utilizando tiempos verbales terminantes que desvinculan su actualidad con unos hechos ubicados en un pretérito ya cerrado:
Yo tomaba su libro con familiaridad, lo tomaba como mío, me hacía correcciones, en fin, pensaba colectivamente, (…) frente a un libro de usted, de Jaime Torres Bodet, de Carlos Pellicer, olvidado de mi personalidad de lector, colaborando (…). Su carta de usted (…) me exige (…) que vea su libro sin familiaridad, que lo vea objetivamente, en posesión de nadie más que de su destino personalísimo. Ya no me abandonaré al íntimo deseo de corregirlo, de apropiarlo a mí a fin de ser expresado yo también en él pues se me hace evidente la naturaleza de nuestra colectividad, de nuestra compañía literaria: son nuestras diferencias las que nos reúnen y nuestra falta de solidaridad161.
Y, finalmente, hablábamos también, entrevisto el temor de la obsolescencia y del olvido llegados los años finales, de la posible postrera busca de la compañía, antes regateada por hambre de independencia, con la que se quiere ahora compartir ese triunfo colectivo sobre el tiempo, que injustamente pasara desdeñoso. Rubén Salazar Mallén, nombrado entre esos indecisos Contemporáneos, fue un novelista prolífico y un personaje contundente y pendenciero, un escritor incómodo para el gobierno, amigo de la disidencia y cómodo en la marginalidad162. Allegado de los Contemporáneos e íntimo de Cuesta -y compañero suyo en el banquillo de acusados por la publicación de aquella Cariátide soez y malhablada- frecuentó tertulias y colaboró en las revistas de la cuadrilla, sin embargo siempre se declaró hombre independiente que “decidió merodear por la literatura mexicana como un lobo solitario, desdeñoso de las sobras del banquete y dispuesto a
161OR, III, p. 217.
162 “Rubén era el periodista dipsómano, el hombre de todos los burdeles, el mexicano fracasado y
resentido, amargado y feroz, cuya tarjeta de visita, si la tenía, era rechazada por el poder y el dinero, la izquierda y la derecha. Su leyenda escenificaba el Mal en su mexicana manera, una irritación incesante que se las arreglaba para sobrevivir en el páramo de una literatura podada por la difusión cultural del Estado, las claridades democráticas recién asumidas y doblemente sospechosas, los reconocimientos protocolarios y las