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3.4 Discussion

3.4.3 SfM-MVS Linear Estimation

El digi-activismo es una versión recargada del tecno-optimismo que precisa ser cotejada y criticada para corregir sus errores y mitos (Couldry 2014; Treré y Barranquero 2013). Se despacha con un febril frenesí típico de conductores de

programas televisivos de juegos. Antepone un optimismo infundado frente a realidades complejas y continuidades sociales, políticas y económicas. Pretende entender el cambio social sin discutir a fondo estas cuestiones en sus diferentes dimensiones. Saca conclusiones sobre el impacto de las tecnologías digitales en el activismo sin considerar debidamente cuestiones esenciales del fenómeno que quiere explicar.

Deja una serie de preguntas sin contestar. ¿Qué tipo de participación es efectiva? ¿Por cuánto tiempo son sostenibles diferentes formas de participación? ¿Qué factores explican el cambio social y/o político? ¿Que motiva la participación? ¿Qué condiciones conducen al cambio social y político? ¿Cuál es el perfil social del digi-activismo? ¿Quiénes (no) se movilizan? ¿Qué roles cumplen las viejas y nuevas formas de organización en diferentes contextos políticos, sociales y culturales? Querer explicar el cambio socio-político sin contestar estas preguntas es como querer analizar la obra de Hemingway sin mencionar los toros o el mar.

El “posibilismo” tecnológico piensa la política sin política, sin las dinámicas, prácticas y negociaciones propias que caracterizan cualquier sistema político ya sea autoritario o democrático. Es notable que especialistas en “las redes” ignoran justamente las redes políticas que canalizan, filtran, priorizan y determinan la suerte de cualquier causa cívica. Asumen equivocadamente que las redes de información superan las redes de poder que anclan cualquier sistema de dominación. No discriminan si las redes de plataformas digitales son redes con lazos débiles o fuertes con otras redes que vincular acciones de protestas con la toma de decisiones políticas o el cambio del humor público.

Además, el optimismo digi-activista saca conclusiones sobre la “acción colectiva” sobre una muestra recortada de casos - diferentes formas de protesta. Es preciso recordar que tanto la participación ciudadana va más allá de la protesta y que el digi- activismo no se limita a las marchas callejeras. La participación abarca un repertorio de tácticas y la protesta auto-gestionada por redes digitales es solamente una expresión de formas de participación montadas sobre plataformas en Internet.

El discurso tecno-optimista pretende estar basado en una sólida teoría social - las redes como nuevas formas de sociabilidad que han modificado sustancialmente “lo social” en las sociedades contemporáneas, pero acarrea una serie de malentendidos. Confunde comunicación, activismo e información, como si fueran idénticos o contiguos. No coteja la disponibilidad de tecnologías digitales con la frecuencia o intensidad de movimientos sociales. Ignora las complejas dimensiones vitales que explican el cambio social, como ciclos de participación, oportunidades estratégicas, conjunto de actores en la sociedad civil y el Estado, acceso al poder y otros temas prominentes.

Estos problemas reflejan los errores básicos del “discurso digitalista”: ofrecer una visión selectiva de casos que supuestamente demuestran sus principios analíticos sin considerar casos que complejicen o contradigan sus conclusiones. Hay una

LA COMUNICACIÓN EN MUTACIÓN

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lectura apurada que ve lo que quiere ver y no exhibe mayor interés en ofrecer una panorámica ajustada y minuciosa sobre la acción colectiva. Antepone las esperanzas de activismo público, como si este por sí mismo fuera posible o noble, por sobre el análisis. No responde fehacientemente a la pregunta si las tecnologías digitales han modificado sustancialmente la política en sus múltiples dimensiones, sino que elige ejemplos que parecieran confirman sus presunciones.

Aun si concedemos que la ubicuidad de las plataformas “sociales” han abierto de par en par las puertas para la acción colectiva, no es obvio que estemos asistiendo a una revolución de la política y el cambio social. Por cada ejemplo que afirma esta premisa se puede encontrar contraejemplos que sugieren que poco ha cambiado. Si fuera así, ¿hay relación proporcional y perfecta entre acceso a plataformas digitales y organización, coordinación y cambio? ¿Son las sociedades más conectadas más proclives al cambio social y la democracia?

Asimismo, el argumento digi-optimista deja sin respuesta una serie de preguntas que pretende responder. ¿Es verdad que los liderazgos son líquidos, improvisados, y temporarios? ¿Son las organizaciones digitales más efectivas que las tradicionales en términos de impacto y longevidad? ¿Es la disponibilidad de tecnologías digitales el mejor predictor de la protesta social y del nivel e intensidad de la participación ciudadana? ¿Son las movilizaciones coordinadas digitalmente efectivas para enfrentar la violencia del Estado o derrocar a los poderes enquistados? ¿Qué ocurre con las protestas y “revoluciones digitales” una vez que se reducen el número de participantes y la atención de los viejos medios de información se apaga y se dirige a otros temas? ¿Son los casos de protestas “digitalizadas” representativas del universo de la participación cívica? ¿Hay casos de movilizaciones efectivas en las que “lo digital” no cumplió un rol fundamental en coordinar acciones y conectar ciudadanías?

En vez de caer en ráfagas de felicitaciones y esperanzas sobre el poder de “lo digital” es preciso reformular viejas preguntas sobre la participación y el cambio social. Más que caer en la banalización de conceptos claves o el romanticismo de la coreografía callejera, es necesario entender cómo se producen cambios sostenibles que afectan la vida ciudadana. Esto no implica desmerecer la importancia de las plataformas digitales, sino que se debe reposicionar su significado dentro de preguntas amplias. La alternativa frente al tecno-entusiasmo no es el nihilismo ludista, sino una visión que reformula preguntas sobre los vínculos entre comunicación, medios y cambio social.