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The LINKFINDER Algorithm

5.3 LINKFINDER: Discovering Prex and Sux INDs

5.3.3 The LINKFINDER Algorithm

1 Reyes 17,7-16: «El cántaro de harina no se vació, como lo había dicho el

Señor»

Entra en este relato del AT:

– ¿Qué temes perder en este tiempo? ¿Qué te reservas porque tienes miedo de vaciarte, de secarte? – Acoge la promesa del profeta, allí donde estás tus temores: «El cántaro de harina no se vaciará».

Lc 21,1-4: La generosidad en el amor

Mira el aprecio con que Jesús contempla la vida de esta mujer pobre

¿Me creo de verdad que mis dos moneditas son tan valiosas para Dios? ¿Me atrevo a echarlas sin creer que sirven para poco?

¿Qué significa para mí en estos momentos dar de aquello que necesito para vivir? ¿Qué niveles de confianza supone vivirme desde ahí?

– ¿Qué retengo, a qué me aferro, que no me deja darme entera?

– ¿Me vivo desde el «agradecimiento», con generosidad, o me vivo desde la «obligación», reservándome?

Me pongo junto a Jesús, le pido que me enseñe sus modos de entregarse:

– ¿Qué personas observo yo que, en su pobreza, dan lo que son y lo que tienen? – Las traigo al corazón y doy gracias por ellas. Mt 5,1-10.

5.2. Marta junto a Lázaro: llamar a la vida

«Hemos de sumergirnos del todo en la amistad, lo mismo que en Dios, para volver a emprender el camino con una fuerza y potencia nuevas, hacia los hombres, hacia el mundo de ahora: “no permitas que se pierda nada del amor”.

Tenemos la necesidad o, mejor, la exigencia clamorosa de expresar la amistad… La experiencia trascendente de Dios y el encuentro personal con el amigo en sus dimensiones más profundas convergen en una unidad cuya evidencia solo sospechamos, pero que nos colmará de dicha: que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en Tí. Esto penetrará hasta nuestra sensibilidad y nuestro ser corporal en la evidencia de una experiencia de felicidad intensa…

Toda vida nace de la liberación en profundidad de nuestras fuerzas afectivas; tratar de vivificarlas, de hacerlas más profundas, de alimentarlas, es prepararse al encuentro definitivo con Dios»4.

Juan 11,1-31: «Tu eres el que tenía que venir»

Vamos a contemplar en el Evangelio de Juan qué significa para Lázaro, para Jesús y para Marta ser capaces de vivir una amistad que los pone en estado de amor y cómo su relación hace transparente la potencia del amor de Dios en medio de ellos. Jesús, en una situación de pérdida y de fragilidad, invita a Marta a crecer en intimidad con él: «Si

quieres venir conmigo más adentro, si te atreves…», y la llama a ser generativa, a dar

vida, a llamar a la vida en otros.

Nos adentrarnos en el capítulo once de Juan, en ese desplegarse de los afectos y los vínculos. Marta va a ir creciendo en hondura y en capacidad de donación, va a ir

ordenando su casa, va a ir embelleciendo y madurando como persona.

«Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro» (Jn 11,20). Ella toma ahora la iniciativa. En las situaciones límite de la vida nos damos cuenta dónde hemos puesto nuestro centro, en qué tenemos enganchado el corazón. Cuando Marta tiene que soportar y enfrentar la muerte de su hermano, será para ella un momento de verdad consigo misma y con Aquel que le estaba enseñado a vivir.

Ahora se sitúa al lado de María, y mandan juntas un mensaje a Jesús. No es una petición explícita, pero sí conlleva una confianza honda en las posibilidades del amor: «Señor, tu amigo está enfermo». No le dicen «nuestro hermano», porque quieren vincularlo a él: «aquel que tú amas está enfermo».

«Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro» (v. 5), y es en esa corriente de vida donde aprendemos el poder curativo que tienen las relaciones. Volver a la casa de sus amigos, en un momento en que están tan heridos, le supone también a Jesús dejarse herir. Algo tendrá que perder él para darle al amigo. La intimidad nos hace vulnerables: «Maestro, hace poco que los judíos quisieron apedrearte. ¿Cómo es posible que

quieras volver allá?» (v. 8). «Vamos también nosotros a morir con él» (v. 16).

Y es en esta situación de vulnerabilidad donde Marta se deja ordenar y hace su aprendizaje de verdadera discípula. ¿Qué ha ido aprendiendo Marta desde aquella vez que pedía ayuda para ella? ¿Qué ha ido experimentando en el vivir cotidiano de cómo se transfiguran la casa y los quehaceres y los dolores cuando el Señor está allí? Ahora es una mujer que ha crecido y que se atreve a expresar una petición mayor, ya no para ella, sino para su hermano, y le dice a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría

muerto mi hermano» (v. 21). «Aun así, yo sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá» (v. 22).

Jesús encuentra una oportunidad para manifestarse. La sumerge un poco más adentro, él mismo es la Puerta de la Vida. Cruzar esa puerta es invitación suya, y decisión nuestra empujarla suavemente hacia dentro y avanzar allí donde ya no sabemos. Hasta aquí, Marta sabía; ahora dejará que sea Jesús el que la adentre donde no sabe. «El

que esté vivo y crea en mi jamás morirá. ¿Crees esto?» (v. 26). Como si quisiera

decirle: «¿Eres capaz de contener esto? ¿Estás preparada para acogerlo?»… «Sí,

Señor» (v. 27).

Marta entra en el Sí de Dios, en su afirmación por cada ser que vive y respira, confirmando a Jesús en su propia experiencia de hijo amado: «Tú eres… el que tenía que

venir» (v. 27).

Nuestra vida es una constante creación, un constante descubrimiento de nosotros mismos. El sentido de la vida es mi afirmación profunda, pero una afirmación que implica al mismo tiempo la expresión plena de mí y la afirmación cada vez mayor de los demás. Es muy fuerte el vínculo que Jesús y Marta están tejiendo. Sin vínculos no podemos cuidar la vida ni ayudarla a crecer.

Los vínculos son lazos que mantienen a dos personas unidas y las comprometen a ocuparse la una de la otra. Los vínculos se crean a través del contacto o la conexión. El gran indicador de la calidad de nuestros vínculos es nuestra capacidad de cuidar del otro, de favorecer su bienestar y crecimiento. Hay muchas formas y grados de cuidado de los demás. La más básica de todas es el respeto: no dañar, no interferir, no obstaculizar su desarrollo; otra forma es interesarnos, experimentar atracción, curiosidad, receptividad, preocupación por sus vidas… y, en consecuencia, compartir empáticamente lo que deseen compartir. Satisfacer sus necesidades más elementales de escucha, de consuelo, de apoyo, de información, de compañía. Y el cuidado más profundo y comprometido es

nutrir activamente a los otros: con alimento, protección, cariño, educación, sabiduría…,

y dejarnos nutrir por ellos.

Nuestra capacidad de cuidar implica nuestra capacidad de ver a las personas. Y para ver bien necesitamos haber superado, al menos en parte, nuestra miopía infantil: nuestro egocentrismo, nuestra avidez, nuestros miedos, nuestras desconfianzas5.

Muhammad Yunus, el banquero de los pobres que recibió el Nobel de la paz, a la pregunta «¿Cuál es la lección más revolucionaria que ha aprendido de los pobres?», responde: «Lo más grande que he aprendido es que cada ser humano posee un

potencial ilimitado… la lástima es que nos limitamos a arañar la superficie». Creer en

las posibilidades dormidas en cada persona, en su potencial ilimitado, en el trabajo del amor en ella; en su capacidad de ser sanada y ordenada para la vida: «tú eres el que

tenía que venir a este mundo» (v. 27b). Ojalá pudiéramos recibir a cada persona como

«la que tiene que venir», porque algún crecimiento nos viene con ella, algún amor y algún dolor, aunque solo podamos descubrirlo después.

Marta estaba como Moisés, mirando esa tierra prometida que era el cuerpo abierto de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25); y hace la misma confesión que Pedro: «Yo creo que tú eres el Mesías» (v. 27). Dice Juan que «Jesús se detuvo en el

lugar donde Marta se había encontrado con él» (v. 30). También él tenía necesidad de

ahondar lo recibido en ese intercambio mutuo de saberes y de dones. En el diálogo, en la escucha que se han regalado, cada uno ha encontrado su lugar, sabiéndose aceptado y reconocido por el otro, pasando por una experiencia de transformación mutua.

Marta «había salido»: continuaba el éxodo para ella, su camino de liberación. Sus pies ligeros, como los pies de tantas mujeres en los evangelios, ya saben hacia dónde van y detrás de quien; ha crecido en madurez y en humanidad. En adelante será una mujer

despierta, capaz de despertar a otros. Busca a su hermana, ya no rivaliza con ella, y le

dice en secreto: «El Maestro está aquí y te llama» (v. 30).

La escritora brasileña Lya Luft, escribe en su libro Pérdidas y ganancias:

«La madurez es comprender que somos un poco señores de nuestra vida de nuestro destino, y que podemos tomar decisiones para hacernos más libres, más felices, más sinceros, más humanos… Cuando uno madura, es necesario tener un bagaje interno de cosas positivas, de sabiduría, para no portarse siempre como un niño pequeño… Hay que ver qué se espera de la vida y aprender a convivir un poco con la soledad. Hay que procurar tener a gente a quien se quiere y que te quiere: es tejido que se va creando a lo largo de la vida. Porque si no, nos sentimos víctimas; y la victimización produce hostilidad contra todos y

contra todo»6.

Al principio Marta se siente víctima ante su hermana: ella es la que hace, la que trabaja más; al final se sentirá señora de su vida, libre para elegir lo que la hace más humana y vital.

Jn 11,32-46: «Desatadlo y dejadlo ir»

Vamos a poner nuestra mirada en Lázaro, a escuchar lo que Jesús hace en él, y lo que nos invita a hacer a nosotras. Jesús va a abrazar la pérdida de Lázaro hasta el fondo; y cuando el dolor y la pérdida se abrazan, dejan de ser nuestros enemigos. «Profundamente emocionado, se acercó más al sepulcro» (v. 38) que un día acogería también su cuerpo. Recorrió así el camino que después recorrerían las mujeres tras su muerte.

«Marta, la hermana del difunto, le dice: “Señor, tiene que oler muy mal, porque ya hace cuatro días que fue enterrado”. Jesús le contestó, “¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios?”» (vv. 39-40). Para ver la gloria de Dios hay que ir a los lugares donde huele mal, y no salir corriendo. Hay que atreverse, poco a poco, a bajar en nosotros allí donde el olor no nos deja pasar, y esperar el aroma inesperado que desde el amor invadirá toda la casa.

Los lugares que huelen mal atraen como un imán el cuerpo de Jesús. Porque el leproso al que quiso tocar expresamente también olía muy mal, y olía mal el hijo que regresaba de estar junto a los cerdos. La gloria de Dios pasa por esos malos olores; y necesitamos ir allí para poder verla. Lázaro representa nuestro mundo herido de muerte, enfermo. Representa esa humanidad ante la que Jesús nos conduce para tender nuestras manos. Las personas tienen muchas zonas de su vida necrosadas, atrapadas en los sepulcros, y Jesús nos envía a liberar, a desatar vendas… a poner en pie.

«Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo» (v.11). Las fuentes de la alegría, las fuentes de la confianza, del agradecimiento en el mundo y en nosotras…: esas fuentes no están muertas, están dormidas; y nos toca despertarlas con la voz, con los gestos, con las miradas.

Quitar vendas

Ante Lázaro, Jesús llora. Es como si algo se rompiera en él. Contemplar a Jesús profundamente humano y vulnerable. «Lázaro no tiene más mérito que el de ser alguien amado por Jesús. Es un personaje sin palabra propia. Son sus hermanas las que le prestan su palabra, las que se quejan por él ante Jesús y las que le lloran. Son las mujeres las que se hacen cargo de este símbolo de humanidad frágil y necesitada, pobre, ante Jesús» (Mercedes Navarro).

El primer paso es remover la piedra. Quien yace tras la piedra está cerrado a cualquier tipo de relación. Cuando la piedra es removida, Jesús ora y dice: «¡Lázaro, sal

fuera!» (v. 34). Él llama a su amigo, y sus palabras de amistad y amor van dentro de la

cueva a levantarlo, lo despiertan y le instan a salir del sepulcro andando. La palabra de amistad de Jesús nos alcanza incluso en lo que está necrosado en nosotras. Dicen que «el

gran dolor de los pobres consiste en que nadie tiene necesidad de su amistad». Son las

palabras del amigo las que nos enriquecen y nos levantan.

Lázaro sale afuera: «sus pies y sus manos estaban atados con vendas, y su rostro

envuelto en un sudario» (11, 44). No es libre todavía, está sujeto por las vendas.

Algunas ligaduras pueden ser bloqueos internos, dependencias, miedos, inseguridades. El rostro de Lázaro está tapado, oculto tras una máscara, no se le puede ver. La vuelta a la vida culmina cuando Lázaro está libre de ataduras y puede caminar: se le puede ver con claridad, y él puede mirar con claridad. Despertar, caminar hacia la vida, significa ayudar a vivir conscientemente con los ojos abiertos, sin máscaras ni cadenas.

Nos ponemos junto a Jesús, con Marta y Lázaro, y acogemos sus constantes invitaciones a afirmar la vida, a posibilitarla en otros, a dejarla acontecer en nosotras en todos sus registros. Pedimos conocimiento interno del Señor, para poder amarle y servirle más despiertas.