• No results found

Luego de esta etapa, se hizo necesaria una confrontación entre los resultados obtenidos hasta el momento y de estos con las referencias teóricas encontradas en la literatura científica.

En general, como punto de coincidencia se encontró que las posturas de víctima y victimario tienen un marcado carácter relacional, por lo que no son roles dicotómicamente prefijados para uno u otro género, asumiendo también las mujeres conductas violentas de forma activa o reactiva tal como plantea la norma de reciprocidad descrita por Infante y otros (1984); incluso recreándose un desequilibrio de poder (aunque mucho menor) que se inclina a lo femenino (ver anexos 8 y 9), siendo imposible negar, no obstante, que tal desequilibrio se encuentra esencialmente favoreciendo al género masculino lo cual es apoyado tanto por hombres como por mujeres.

Existió acuerdo en señalar la influencia de la cultura patriarcal en la adopción de una conducta violenta y su papel en la naturalización e invisibilización de la misma, cuestión abordada ya en el marco teórico por Artiles (1997), Corsi, Bonino, Dohmen y Sotés (1995), Fernández (2003), Giberti y Fernández (1989), López (2004), entre otros.

Se apreció correspondencia en cuanto a los modelos construidos de roles de hombre y mujer, que son asumidos subjetivamente como creencias estereotipadas, que traen consigo la legitimación y

reproducción de la violencia psicológica desde la perspectiva de género, tal y como lo plantean los autores anteriormente señalados.

Como una consecuencia de esta cultura se encontraron puntos de coincidencia en el reconocimiento y crítica de la violencia con una fácil identificación de las manifestaciones físicas, quedando las psicológicas en el plano de lo normal, con muy poca concientización de la violencia generada y en alguna medida de la recibida. La naturalización e invisibilización de la violencia unida a su connotación negativa impidieron una total concientización de la misma y sus efectos, trayendo como consecuencia un predominio de posturas acríticas, la ceguera selectiva, la externalización de culpas y la negación de la violencia y/o su minimización y justificación, tal y como algunas investigaciones realizadas lo confirman (Corsi, Bonino, Dohmen y Sotés,1995; Díaz, Peralta, Artiles y Delgado, 2007; Fombellida, Fernández y Morales, 2007; Medina y Ramírez, 2007).

Otro punto de coincidencia relacionado con el anterior y un poco más desarrollado en el análisis realizado en el epígrafe 3.2, fue la perpetuación de esta forma de violencia a partir de creencias erróneas sobre el poder y la autoridad, que se erigen como una consecuencia de los modelos asumidos y que hiperbolizan un “poder absoluto”, carente de contradicciones y reforzado por el silencio como manifestación de obediencia. El concepto de respeto no es entendido como categoría que requiere reciprocidad, sino a partir de una estructura de poder en la cual la dirección establecida es de abajo hacia arriba, lo que repercute directamente en el proceso de comunicación interpersonal, especialmente en la toma de decisiones y en la argumentación a la hora de solucionar los conflictos.

La comunicación deficiente y la carencia de competencias para la solución de conflictos de forma no violenta, además de reiterarse armonizó con los resultados obtenidos por Goode (1974), Infante, Chandeler y Rudd (1989), Nina (1996), López (2004) y Redondo (2004),evidenciándose el predominio de una comunicación competitiva, con polarización de posiciones y dificultades para el manejo del desacuerdo, en la que las partes no se logran centrar en la situación como un todo, prevaleciendo por encima del diálogo una trasmisión de información impositiva marcada por percepciones negativas de ambos miembros de la pareja.

Así mismo, las dificultades en la regulación emocional de la ira, la deficiente expresión de las vivencias emocionales y/o racionalización de las mismas encontradas en las parejas estudiadas como condicionantes de la violencia psicológica, fue referida en investigaciones por Corsi, Bonino, Dohmen y Sotés (1995), Powell, Weisinger, Hamberger y Hastings (citado por Redondo, 2004) aunque solo en estudios realizados con hombres.

Igualmente se reiteró que las ofensas, humillaciones, la indiferencia y la omisión, son manifestaciones que indican la existencia de violencia psicológica, expresándose y jerarquizándose las mismas según el daño

que provocan de manera muy particular; aunque en este sentido existieron puntos de divergencia que permitieron un enriquecimiento del análisis, entre ellos, la alusión al control como manifestación de violencia asociada a los celos y a la limitación de derechos y funciones, no referido por los jueces, y las amenazas, también como manifestación planteada por los jueces pero que no tiene una salida significativa en los análisis de la experiencia con parejas, a pesar de en la literatura científica reconocerse ambas manifestaciones por autores comoArtiles (2001), Martos (2003) y López (2005).

Otro punto de no coincidencia (al menos cualitativa) fue el valor otorgado a la expresión y regulación emocional. Los jueces coincidieron en colocarlo en cuarto lugar en la jerarquía de factores condicionantes de la violencia, mientras que en la experiencia con las parejas, se demuestra en las propias matrices de datos el rol de las emociones y su regulación en la generación de malestar, en el deterioro de los vínculos conyugales y su exteriorización a través de interacciones violentas, coincidiendo con los estudios de Spielberger y Moscoso (1996) y Solomon (2001).

Si bien las condiciones económicas desfavorables fueron señaladas por los jueces como una condición generadora de estrés y de manifestaciones violentas, en las parejas estudiadas a pesar de ser frecuentes los bajos salarios, las malas condiciones de la vivienda y el hacinamiento, no se concibieron dentro de los factores más frecuentes desencadenantes de la violencia, poniendo el énfasis en la calidad de las relaciones interpersonales.

A partir de los resultados obtenidos y coincidiendo con la experiencia investigativa de los autores ya mencionados se definieron posibles acciones a desarrollar dentro de la intervención con parejas rurales y suburbanas para minimizar la violencia psicológica:

-Reevaluación de los sesgos cognitivos respecto al género que coartan la comunicación.

-Entrenamiento en competencias comunicativas y aprendizaje de nuevas estrategias para la negociación efectiva durante el manejo del desacuerdo en situación de desequilibrio de poder.

-Dominio de estrategias para el control emocional durante el manejo de situaciones de conflicto.

Etapa 2 de la Investigación

Related documents