Gallia est omnis divisa in partes tres. Estas palabras con que comienza César su
relato sobre la campaña de las Galias, De Bello Gallico, significan sencillamente "En conjunto, la Galia está dividida en tres partes". El ritmo de la breve frase nos hace presentir la exposición de grandes hazañas, descritas como sólo sabe hacerlo un ro- mano: sin circunloquios inútiles, en estilo sencillo, luminoso y claro, a la vez digno y vivo. No debe olvidarse, sin embargo, que el libro describe los sucesos con parcialidad:
habla el vencedor. Cierto que la obra es un documento, pero también lo es de propaganda y así debe ser juzgado.
Cuando César asumió el mando en la Galia transalpina, el país estaba amenazado, como en tiempos de Mario, por bandas de germanos nómadas; los mismos galos no eran bastante poderosos para afrontar el peligro. Los germanos eran más peligrosos aún al inmiscuirse en las luchas intestinas que dividían a las tribus celtas. Años antes de la llegada de César, una de las tribus había pedido ayuda a mercenarios germanos, mandados por el rey Ariovisto. Éste se prendó de tal forma de la Galia que, después de haber cumplido su misión, no se apresuró a regresar a su patria, antes al contrario, forzó a los galos a poner sus tierras a disposición de sus soldados y de las otras bandas germánicas que recorrían el país. Incrustó así un reino germánico en el seno de los territorios celtas. Pronto quedó en manos de Ariovisto toda la Galia central. Trataba a los celtas como vencidos, incluso a la tribu a la que ayudara poco antes. Ariovisto anunció sus éxitos en Germanía y la noticia corrió como reguero de pólvora. Desde las fuentes del Rin hasta el mar del Norte, los germanos pusiéronse en movimiento. En ese momento, las legiones de César prestaron ayuda a los galos; su general comprendió que serían bien pagados sus servicios.
Mommsen cree que, al iniciar su campaña en las Galias, César tenía conciencia de añadir nuevos territorios a la civilización grecorromana. Otros historiadores creen más bien que, para César, la Galia era un campo de ejercicio que le preparaba para la guerra civil inminente en Roma y el teatro de grandes hazañas que le harían ser admirado y respetado por los romanos.
El antiguo señorito romano se reveló de pronto como el mayor general de su tiempo. César, aunque de constitución delicada, estaba animado de una voluntad indomable. No retrocedía ante ningún esfuerzo; nadie hubiera podido recorrer tan largas distancias en tan poco tiempo. Dormía en su carro de viaje o en su litera. En las marchas forzadas se le veía al frente de sus legiones, siempre con la cabeza descubierta bajo un
sol abrasador o una lluvia torrencial. Cuando un río interrumpía el paso de las tropas, él se arrojaba el primero al agua y nadaba hasta la otra orilla. Si alguna vez se replegaba una legión al empuje enemigo, se lanzaba al combate y luchaba como cualquier soldado. Montaba a caballo como nadie en el ejército. Los soldados veneraban a tal jefe, a ese genio de la estrategia dispuesto siempre a reanimar los ánimos más débiles.
Los celtas de la Galia central pidieron ayuda a César llorando a sus pies -él mismo nos relata esta escena dramática-; César intervino con la rapidez y energía que lo caracterizaron siempre. Entró en contacto con Ariovisto y propuso una entrevista. El jefe germano respondió con altivez: "¿Quién es ese César? Si quiere verme, que venga hasta mí. Y, además, ¿por qué se ocupa de lo que hacemos nosotros, los germanos? ¿Es que yo me ocupo de los asuntos de los romanos?".
César comunicó al rey que podía permanecer en la Galia a condición de- no llamar a otros germanos. Ariovisto replicó que tenía tanto derecho a reinar en la Galia central como los romanos en la Galia meridional. César decidió, pues, acabar de una vez. Ambos adversarios -retomaron contacto en la región que hoy llamamos Alsacia. Algo más conciliador, Ariovisto aceptó una entrevista. Dio a entender a César que comprendía muy bien la situación y conocía sus debilidades. Si César le dejaba obrar a su antojo en la Galia central y septentrional, Ariovisto, a. su vez, ayudaría a César a conquistar el poder de Roma.
Pero César estaba harto de negociaciones. Temiendo que se relajara el espíritu bélico de sus soldados, obligó al germano a un combate, que fue verdadera matanza. Sólo algunos hombres de Ariovisto lograron escapar atravesando el Rin a nado o en pequeñas embarcaciones, entre ellos, el propio rey, que murió poco después, sin duda a causa de sus heridas. Otros pueblos germanos que avanzaban hacia el Rin, se asustaron y regresaron a Germanía. Algunos germanos prefirieron quedarse en la Galia como colonos; César los hizo defender la línea del Rin contra sus antiguos compatriotas. Este río se convirtió en frontera definitiva entre germanos y romanos. Éste fue el resultado más importante y duradero de la victoria sobre Ariovisto.
César tuvo pronto ocasión de dirigir también sus armas contra la Galia del norte. Poderosas tribus belgas poblaban las regiones lejanas del nordeste y oeste. La guerra contra ellas fue una de las más penosas de la carrera militar de César. Pertrechados detrás de Sella, los pueblos nervios de Buduognat atacaban a los romanos y se retiraban a los bosques para reaparecer de nuevo, cien metros más allá.
"Los belgas se enfrentaron con nosotros sin descanso -cuenta Julio César en su
Guerra de las Galias-, mientras su presión aumentaba en ambos flancos. La situación era
crítica. Viendo esto, César tomó el escudo a un soldado de retaguardia y avanzó a primera línea. Allí habló a cada uno de los centuriones, llamando a cada cual por su nombre y arengó al resto de la tropa. Dio orden de avanzar los estandartes y ampliar las líneas para poder servirse más fácilmente de las espadas."
La llegada de tres legiones frescas al campo de batalla cambió por completo la situación. La sabia táctica de César superó la bravura en exceso impetuosa de los belgas. La tribu de los nervios fue poco menos que aniquilada. En cuanto a los aduáticos, que llegaron demasiado tarde al combate, Julio César los capturó en su fortaleza y vendió 53,000 de ellos como esclavos. La conquista del territorio no había terminado, sin embargo. Refugiados a lo largo del mar del Norte, en un país anfibio donde las marismas alternaban con bosques, los morinos y menapios no cesaban de tender emboscadas a las legiones romanas. Por otra parte, les llegaban con regularidad refuerzos de las colonias celtas de Inglaterra, ya en barcos ligeros de mimbres recubiertos de cuero o en barcos de madera carenados por medio de cortezas y juncos.
Para terminar con esta coalición de pueblos ribereños, Julio César se vio obligado a construir una ilota y desembarcar dos veces en Inglaterra. Los británicos se defendieron con valor; sus muchos carros de combate les permitían gran movilidad. Franqueando el Támesis en su segunda campaña, César obligó al jefe de los británicos a reconocer la supremacía de Roma. César no quería la conquista definitiva de la isla. Estas expediciones tuvieron importancia para el futuro, pues probaban a los sucesores de César que la conquista de este país sería empresa fácil. Un siglo más tarde, la Gran Bretaña sería anexionada al imperio.
César dirigió otra expedición para inspirar temor a los germanos. Los romanos atravesaron el Rin sobre un puente construido a tal efecto. Era la primera vez que las legiones penetraban en los bosques de Germania. Pero a los dieciocho días de marcha, César dio media vuelta y destruyó el puente. Esta expedición sólo tenía un fin deter- minado: convencer a los germanos que su intervención en los asuntos de la Galia acarrearía automáticamente la invasión de su país. Pero, entretanto, los belgas se aprovecharon para reagrupar sus tropas bajo el mando de Ambiorix, rey de los eburones, y de Induciomaro, rey de los tréviros.
A1 saber que las legiones romanas se habían dispersado a causa de una pésima cosecha, Ambiorix consiguió atraer, fuera de su campamento del valle de Geer, a las fuerzas que mandaban Sabino y Cota, dos lugartenientes de César. Los exterminó en un combate que duró desde la salida del sol hasta la hora undécima. La rebelión se genera- lizó. Pero al recibir de Roma tres nuevas legiones, Julio César se vengó con saña.
"Todos los pueblos -cuenta sin avergonzarse-, todos cuanto, edilicios aislados se veían, eran incendiados; se saqueaba por todas partes; aquella inmensa multitud de animales y de hombres consumían cantidades ingentes de cereales sin contar las que la estación avanzada y las lluvias habían cubierto. Aunque algunos hubiesen escapado ocultándose, era evidente que sucumbirían de hambre."
Induciomario intentó por última vez un ataque al sur de Tréveris, fue rechazado y muerto cuando franqueaba el Mosa.