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Una piedrecilla pequeña se desprendió del techo de la caverna y cayen- do sobre la rústica mesa, produjo un ruido seco que asustó a los niños. Sophía y Milcha prestaron también atención, los renos igualmente se irguieron como si todos hubieran sentido una misma misteriosa llamada. Madina se levantó la primera, y pareció que escuchaba.

– ¿Qué hay, Madina? –le preguntó Milcha acariciándola.

La reno volvió apresuradamente al centro de la caverna y escarban- do con su pezuña cubrió con ceniza el fuego del hogar. Con un trocito de madera apagó la llama del velón y dejó la caverna completamente a oscuras.

– ¡Ay, Madina! ¿Por qué haces esto? –preguntó Sophía, buscando a tientas a Evana que lloraba, mientras Adamú se prendía de las ropas de su madre.

La inteligente reno se acercó, en la oscuridad, al grupo aterrado a lamer las manos de Milcha y las cabecitas de los niños. Después se ale- jó y pudieron ver que quedaba al descubierto el hueco de la puerta. La noche era oscura, pero a la opaca claridad de las estrellas, pudieron ver que Madina y los renos salían. Como la caverna quedaba muy cerca de la orilla del mar, pudieron oír voces de hombres y ruido de remos.

– ¿Serán Joheván y Aldis que vienen a buscarnos?

Y cual resplandores fugaces, cruzaron ráfagas de esperanza por la mente de las dos mujeres; pero no alcanzaron a expresarlas con palabras, cuando ya se tornaron en terror y espanto.

No eran las voces de Joheván y Aldis, sino palabras rudas y maldi- cientes, voces ásperas y destempladas que se acercaban por momentos. Entonces, vieron a Madina entrar de nuevo a la caverna y cerrar la puerta, sobre la cual apoyó su propio cuerpo. Milcha se acercó más hacia ella y oyó que los renos arrastraban el montón de ramas secas que había al exterior, prontas para quemar, y comprendió que cubrían con ellas la entrada a la caverna.

Sophía para acallar a los niños, los llevó a la alcoba y se recostó con ellos en el gran lecho de pieles. Milcha al lado de Madina, junto a la puerta, contenía la respiración para oír lo que decían aquellas rudas voces, que se acercaban más y más.

–Por este endiablado laberinto de peñascos –decía uno–, fue donde le encontró Athmantidos hace tres años.

de Gaudes y no le arrancara el plano. A esta hora seríamos ya dueños del tesoro de Hisarlik, (*después Troya).

–Pues yo te digo que esta vez, o el viejo suelta el secreto y el plano, o quedan sus entrañas tendidas sobre las rocas.

– ¿Y qué dijo el que vino antes, con esta misión?

– ¡Qué iba a decir, si no volvió! Un compañero suyo, dijo que encontró su cadáver lleno de cornadas, como si hubiese sido muerto por búfalos o toros salvajes.

–Para mí, sería el endiablado brujo ese que le mató. Estamos llegando a su madriguera, según las señales que me han dado.

Hasta aquí había oído la pobre Milcha aterrada, cuando se sintió un espantoso tropel, y choque de cuernos y feroces patadas, y gritos y mal- diciones, que parecían hundir las montañas vecinas como sacudidas por un terremoto. Se adivinaba una lucha tremenda, pero sólo duró pocos minutos; después se oyeron quejidos, estertores sordos, que poco a poco se fueron desvaneciendo.

Milcha se abrazaba de Madina, y temblaba de frío y de miedo. Después de un tiempo de silencio profundo, sintió la respiración de los renos, que arrastraban nuevamente las ramas secas de la entrada. Madina se retiró y empujando la puerta dejó libre la entrada. Los renos, jadeantes, entraron unos en pos de otros y fueron a echarse tranquila- mente en sus lechos de pajas. Madina cerró de nuevo la puerta y escar- bando el hogar apagado, dejó al descubierto las ascuas ardientes, arrojó nuevas ramas en él y una hermosa llamarada iluminó otra vez la caverna. Milcha encendió el velón y corrió a la alcoba, donde Sophía arrullaba a los niños, con un cantar a media voz, para evitar que llorasen.

–Me parece que los renos mataron a esos hombres –le dijo llena de terror.

– ¡Ay, Milcha! ¡Qué momentos terribles hemos pasado! Mientras se oía ese espantoso tropel vi una luz hermosísima en la dirección del techo, de donde cayó la piedrecilla aquella que nos asustó. ¡Entonces tuve la seguridad de que no nos pasaría nada, porque alguien velaba!...

–Aquella piedrecilla fue un aviso de las almas errantes que nos pro- tegen –decía Milcha, recogiendo sus telas y labores y guardándolas en una cesta–, y esa luz sería Gaudes, ¿verdad?... Pero ahora tenemos que pensar en que no hemos comido.

Y así diciendo la diligente y activa Milcha, empezó a preparar la cena que se había retardado esa noche, con la tragedia entre los renos y los asaltantes a la caverna.

Después de la frugal comida y de haber dormido a los niños, las dos mujeres fueron a mirar de cerca a los renos. Tenían los cuernos y las puntas ensangrentadas.

–Por esta vez, nuestros renos se han visto obligados a ser asesinos de hombres –decía Milcha a la princesita aterrada, viendo la sangre.

–Es que..., si no lo hacen así…, ¡tiemblo de pensar en lo que esos brutos salvajes habrían hecho de nosotras y de nuestros niños! –excla- maba Sophía.

– ¿Qué sería eso de un plano y de un tesoro que querían arrancarle a Gaudes? –preguntaba Milcha, después de haber explicado a Sophía la conversación que oyó a los aventureros, mientras buscaban la entrada a la caverna.

–Es que hay una antigua leyenda, de que en Hisarlik se halla oculto en las galerías subterráneas de minas abandonadas, un inmenso tesoro de una dinastía antiquísima de Sardos que fue destronada, y lo ocultaron a la espera de recuperar sus derechos al dominio de esas comarcas.

“Mi padre quiso mandar una expedición al mando del abuelo materno de Joheván, y entonces fue cuando yo lo conocí. Mientras mi padre y sus marinos proyectaban eso y examinaban cartas geográficas, Joheván y yo nos hacíamos muy amigos. Y, ¿quieres saber una travesura mía? Pues yo dije al sacerdote mayor, que me había soñado al amanecer, que la expedición perecía en una tempestad, y se hundían sus barcos antes de encontrar el famoso tesoro. La tradición y los libros sagrados de mi país, dicen que el sueño de una virgen al amanecer, debe interpretarse como un aviso del cielo, y aconsejaron a mi padre que desistiera de su proyecto. Y lo cierto, era que Joheván y yo nos amábamos, y como él formaría parte de la expedición, yo temía por su vida, que valía para mí, mucho más que cualquier tesoro. Y con tal mentirilla inocente, estorbé la empresa.

–Pero, ¿por qué estos bandidos buscaban a Gaudes?

–Tendrían la certeza de que él estaba en el secreto; ¡quién sabe! o acaso habrán supuesto que guardaba en esta caverna el plano de esos subterráneos, sin el cual les era imposible encontrar la entrada a las galerías.

– ¡Sea como sea, lo cierto es que ni un batallón de hombres nos de- fendería mejor que los renos de Gaudes!

–En recompensa vamos a darles una ración de bellotas y habichuelas. Y entre las dos, fueron colocando delante de cada uno de los nobles y hermosos animales, una cestilla colmada.

–Para Madina, unas almendras peladas –decía Sophía, poniéndolas en la palma de su mano, de donde Madina, con gran delicadeza, las recogía.

–Ahora a dormir, Milcha, que seguramente en el castillo encantado del sueño, estarán nuestros amados ausentes esperándonos.

–Y, ¿qué encontraremos mañana a la puerta de la caverna? Tiemblo de pensarlo.

– ¡Ay, cierto!..., ¡ya no me acordaba que estamos cercadas por las cosas terribles de la vida! Bueno, de todos modos, soñemos con la belleza de ese otro mundo de amor y de luz, mientras el Altísimo nos concede la dicha del sueño, sin remordimientos y sin temores, y mañana..., ¡ya veremos!

Y las dos jóvenes eremitas, abandonadas de los hombres, se arrojaron tranquilas a los mares de lo intangible, a buscar en el infinito seno de Dios, la esperanza y el amor que nadie les ofrecía en la tierra.

¡Sophía y Milcha, Adamú y Evana, palomas mensajeras lanzadas a la vida terrestre desde la inconmensurable eternidad, para preparar el nido al divino ruiseñor del Amor Eterno!...

¡Bien hacéis en descansar sosegadas y tranquilas, abandonadas en serena quietud, a los arrobamientos del sueño, cuando las pasiones no ofrecen a la mente sus penosas y turbias imágenes!

¿Acaso no es el Amor Eterno quien vela con amante solicitud en torno vuestro?...

17

EL VELERO

Cuando Milcha se despertó, Madina y los renos mayores ya no estaban en la caverna, cuya puerta aparecía abierta.

Grandemente alarmada, salió al exterior y llena de horror, vio que los renos arrastraban hacia la orilla del mar los cuerpos de cuatro hombres, muertos al parecer, con las ropas desgarradas y manchadas de sangre.

Estando al lado de Madina, ella se sentía fuerte, y así fue que abra- zándose a su cuello, fue caminando impulsada por su curiosidad, hasta llegar al sitio donde los renos, mordiendo de las ropas, iban arrastrando lentamente los cadáveres al mar. El uno tenía las vísceras sacadas al exterior, otros horriblemente partidas la garganta, y sobre el vientre espantosas desgarraduras sanguinolentas y amoratadas.

– ¡Dios mío!... –exclamó aterrada Milcha–. ¡Qué muerte tan es- pantosa!

Y ocultó su rostro en el cuello de Madina. Como si ésta comprendiera todo el espanto encerrado en la actitud de Milcha, la mordió de las ropas y empezó a arrastrarla suavemente hacia la caverna.

– ¡Que el Altísimo se apiade de vuestras almas! –murmuró, siguien- do a Madina. Pero al llegar hasta el sitio en que tuvo lugar la lucha de hombres y renos, vio varios puñales que tenían incrustaciones de plata en el mango. Encontró dos hachas dobles, especie de arma sagrada y simbólica de los cretenses, y cuatro cascos o yelmos de cobre y de cuero, cuyo principal adorno era el gran diente encorvado del jabalí.

– ¡Son cretenses! –dijo Milcha, mirando con espantados ojos aquellas armas destinadas a matar hombres–.

“¡Ah, los piratas de la Cretasia, famosos en todo el mundo por sus fechorías en mar y tierra!

De pronto, se volvió hacia el mar y vio que los renos habían cumpli- do su tarea de entregar los cadáveres a las olas, blandamente agitadas por el fresco viento del amanecer. Entonces ya pasado el terror que la acometiera a la vista de los cuerpos destrozados, fijó su atención en el pequeño velero que estaba anclado a la orilla.

– ¡Madina!… Madina! ¡Ese velero bogando ahí nos delata y eso no puede ser! ¿Qué hacemos, Madina? La barca que nos arrojó a tu costa y a tu casa, yo la eché a flotar mar adentro, y con éste habrá que hacer igual, si no, pronto tendremos aquí nuevos visitantes.

Y buscando entre la escarpada costa un sitio apropiado, bajó hasta la orilla del mar y quitándose sus sandalias de piel de búfalo, entró valiente- mente al agua, que le subía hasta la rodilla. Madina y los renos entraron con ella, y todos juntos tiraron de la amarra en un violento empuje, y el velero se acercó más y más a la costa. Milcha no pudo resistir a su curio- sidad y de un salto se sentó encima de Madina para mirar al interior del velero. Había varios arcos con el carcaj lleno de flechas, ygran cantidad de hachas dobles y puñales de distintas formas y tamaños.

– ¡Aquí se ve clara la profesión a que se dedicaban los angelitos! –murmuraba Milcha, viendo todo aquel aparato de exterminio y de muerte. Algo se movía en el fondo del barco, y entonces pudo ver el airoso copete de plumas de una grulla real, que la miraba con azorados ojos de espanto.

– ¡Ah..., viajaban con su divinidad, para que les diera éxito en la expedición!..., –exclamó– pero tú, pobrecilla, no podías ayudar a que esos piratas cretenses descuartizaran a dos pobres mujeres y dos niños. Si me ayudas, Madina, de un salto estoy dentro y salvo la grulla, que es inocente de los crímenes de sus devotos y no es justo que muera aban- donada. –Y como lo dijo, lo hizo.

La grulla estaba guardada en una especie de jaula, hecha de varitas de cobre, con ornamentación de flores de plata.

Milcha observó que había en el velero varias cajas de cuero, especie de arcas antiguas, cubierto todo por un fuerte tejido de fibra vegetal de vistosos colores, que le llamó grandemente la atención.

– ¡Qué lástima que todo esto se pierda!... ¡Estaría tan bien para con- fortar nuestra desnuda caverna, y que mi pobre princesita sufra menos el frío y el desamparo!

Miró hacia todos lados y no vio más que la azulada superficie del mar, que empezaba a reflejar el sonrosado color del amanecer. El sol aún no

aparecía, oculto detrás de la cadena de montañas que interceptaban el horizonte hacia la pradera lejana.

– ¡Gaudes!… ¡Mago Atlante, que tanto nos has protegido, ayúdame otra vez, te lo ruego, para que pueda ofrecer a Sophía y los niños, algo más de bienestar y comodidad!

Como si Gaudes la hubiese escuchado, Madina se acercó al velero y tras ella los otros renos. Milcha recordó el traslado de la cosecha a la caverna, y pensó que lo mismo podían hacerlo entonces; hizo un fardo de aquella tela de fibra vegetal de vivos colores, que tanto le gustaba, y lo puso sobre el lomo de Madina, la cual salió a la orilla y lo dejó. No se precisaba más; los demás renos imitarían lo que ella había hecho.

Entonces Milcha, con grandes esfuerzos, colocó cada una de aquellas cajas de cuero encima de los renos, sujetándolas de una de las asas en los cuernos, y unos después de otros, fueron dejando su cargamento junto a la puerta de la caverna. Por fin le tocó el turno a la jaula que guardaba la grulla, y ésta fue hábilmente colgada de los cuernos del reno mayor que, con paso de ceremonial sagrado, la llevó hasta donde estaban los demás bultos.

Antes de bajarse, Milcha cortó con hacha y dagas las cuerdas que sostenían las velas y las hizo caer sobre las rocas de la orilla. Después, fue arrojando, encima, todas aquellas armas, palos y azadones como los usados para arrancar piedras o remover la tierra.

–Todo esto nos es necesario para la siembra, cuando llegue el tiempo, ¿verdad, Madina?

Cuando el velero estuvo vacío, Milcha atrajo a Madina cuanto pudo y montada sobre ella se puso en la ribera, sin mojarse los pies.

Ya en tierra firme, desató la amarra y ayudada por los renos, empujó el velero mar adentro.

–Que buen viento te lleve lejos –le dijo–, para que tu presencia no descubra nuestro refugio.

Las ráfagas de aire frío de las cordilleras del Tauro, impulsaron el barco desmantelado hacia el Sur. Milcha se quedó mirándolo, mientras murmuraba en voz baja:

– ¿En qué orilla te detendrás?

Si aquel barco ya desnudo de su velamen y cargamento, hubiera sido capaz de lenguaje, le habría contestado: “De aquí a seis días, si me es favorable la corriente, estaré en las bocas del Nilo, acaso cerca de los muros de la Casa de Numú, que guarda al que amas”.

Pero el velero era sordo y mudo, y en silencio se perdió a lo lejos entre las brumas rosadas del amanecer.

Difícil es describir la sorpresa de Sophía al despertarse y ver delante de sí la dorada urna de la grulla, y el fardo de estera de vistosos colores

y la mesa llena de hachas dobles y hermosas dagas y arcos y flechas, y una pila de cajas de cuero, y toda aquella barahúnda de cosas que nunca había visto en la caverna. Y para colmo, llegó Milcha en ese instante, con un hermoso jarro de plata lleno de la leche espumosa de Madina.

Milcha que no cabía en sí de felicidad, se acercó con todo el aire de una doncella de honor, que sirve a su soberana, y ofreciendo a Sophía, el jarro de leche.

– ¡Grandeza! –le dijo inclinándose–, otra vez estáis en vuestro palacio. –Y reía con desusada alegría.

–De verdad, Milcha, te digo que estamos aquí viviendo de magia. ¿Qué significa todo esto?

–Pues nada, que los angelitos aquellos venían a matar a Gaudes, en número de cuatro, y los renos los han despachado al otro mundo. Y como han muerto sin herederos, nosotras ocupamos ese lugar. Después de todo, es justo, ¡somos tan pobres!

–Sí, tienes razón, ¿cómo has hecho para traer todo eso aquí?

– ¿Olvidáis, Grandeza, los fieles domésticos que tenéis a vuestro servicio? –y señaló los renos que aun no se habían alejado.

– ¡Eres incomparable, Milcha! y, ¿por qué no me llamaste para ayu- darte?

–Es que si veníais vos, desaparecería toda mi importancia de ma- yordoma mayor de esta cuadrilla de criados. Os presento la grulla real, símbolo de vuestro poder humano y divino. Sois reina y sacerdotisa.

– ¿Sí? En buena hora –contestó Sophía–. ¿Y la embarcación? –Ya boga viento en popa hacia el sur, y cuanto más lejos, mejor, por- que así nadie descubrirá nuestro escondite.

–Y esas cajas, ¿se puede saber qué contienen?

–Eso será sin duda, la gran sorpresa para vos y para mí, porque aún no han sido abiertas. Pero con ayuda de esta daga, pronto cortaré las correas.

Y así lo hizo. Una caja contenía hermosos tapices de lana de extra- ños dibujos, conforme a los que se usaban para cubrir las paredes de suntuosas habitaciones y todos representando divinidades y símbolos sagrados.

Otra caja contenía vestiduras de púrpura, con estampados de oro y pieles de gran valor.

– ¡Vestiduras sacerdotales! –exclamaron a la vez las dos mujeres. Otra caja guardaba mantos blancos de lino finísimo, y otra grandes rollos de papiro encerrados en tubos de cobre y plata; los vasos de ala- bastro y de oro de las libaciones sacerdotales, los pebeteros de quemar perfumes, las fuentes de plata de las ofrendas, y unas cuántas cartas geográficas encerradas también en tubos de metal.

objetos–. ¡Esto es el fruto de un asalto a algún santuario o templo, de quién sabe qué ciudad cercana de aquí!

–Lo dirá en esos papiros –observó Milcha.

–Así será, pero para nosotros es como si no lo dijera porque yo no entiendo ninguna de estas figuras. Y como cada rollo sólo contiene unas pocas líneas y el resto está en blanco, escribiré yo en mi lengua todas nuestras vicisitudes, según me lo pide Joheván, en sueño.

– ¿Y no escribiréis también los mensajes de Gaudes?

–Claro que sí, y todo cuanto te ocurrió en la visita misteriosa de Aldis. “Y, ¿qué haremos con estos dones de Dios? –preguntó Sophía. –Pues aprovecharlos del mejor modo posible. El Altísimo ha pensado en que llegaba el invierno, y que tendríamos frío, ¡mucho frío! ¿Acaso no estaremos bien con estos mantos de púrpura, acolchados de lana blanca? ¿Y estos tapices, no entibiarán las heladas piedras de la caverna en que vivimos?

– ¡Pero esas hachas y esas dagas, Milcha, me hacen daño!..., ¡cuántos seres habrán perdido la vida al golpe de esos instrumentos de muerte!

–En eso estoy de acuerdo. Las ocultaré todas en el hueco más profundo