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SITUACIÓN NACIONAL

El golpe militar que destituyó a Levingston señala los últimos pasos de la dictadura militar. La aventura emprendida en 1966 por los militares llega a su término en medio de la más profunda crisis. En el transcurso de los casi cinco años de vida que lleva, el gobierno militar ha sido incapaz de estabilizar la economía burguesa y sus medidas pro monopolistas le han valido no sólo el odio de los trabajadores y el pueblo, sino también constantes roces con otros sectores de la burguesía.

El estallido popular de Córdoba fue el golpe de gracia para la deteriorada imagen de la dictadura. La movilización obrera y popular del quince de marzo tuvo como características especiales la inocultable simpatía demostrada por las masas hacia los movimientos armados, la existencia de direcciones clasistas en importantes gremios, el desprestigio de la burocracia y su evidente incapacidad para canalizar la protesta popular por caminos pacíficos. La creciente actividad de la vanguardia armada, que empalmó en ese proceso, donde las masas tomaron como suyo sus emblemas, fue otra característica, tal vez la más importante, del segundo cordobazo. La posibilidad de la concreción en un futuro inmediato de un vuelco masivo del proletariado a la guerra revolucionaria, liderada por esa vanguardia forzaron a las Fuerzas Armadas a dar el golpe que liquidara la política de Levingston, simple continuación de la de Onganía, para intentar una nueva salida.

Este golpe de timón de la dictadura militar, ahora materializada en la figura de Lanusse, es un retroceso de parte de la misma. Jaqueada por las explosivas protestas masivas de la clase obrera y el pueblo y por el desarrollo de la guerra revolucionaria, la dictadura se repliega y comienza a hacer concesiones. Con ello se abre un nuevo panorama en el proceso de las luchas populares.

A esta altura de los acontecimientos es posible formular algunas apreciaciones sobre la posible orientación futura del gobierno militar. Es indudable, por algunos hechos concretos, como la rehabilitación de los partidos políticos, el nombramiento de Mor Roig, las declaraciones de los políticos que los han entrevistado por invitación del gobierno, que se prepara una farsa electoral. La dictadura, consciente de su desprestigio y expresando su temor ante el avance de la guerra revolucionaria, se ve obligada a pactar con los políticos que hasta ayer repudiaba, a intentar junto con ellos la salida de las elecciones, para poner un freno a las movilizaciones de las masas y aislar de éstas a la vanguardia armada. Esta maniobra trata de ser lo más amplia posible, como se desprende de los rumores que aseguran que el PC también será invitado a las conversaciones políticas con Mor Roig; incluso sería intención de Lanusse llegar a un acuerdo con el mismo Perón, que tendría como base la formación de un gran movimiento político donde se unificarían el peronismo y el radicalismo a cambio del retorno de Perón. Un artículo que desarrolla este plan y donde el pacto sería la base para la normalización institucional, apareció en la publicación yanqui

The New York Times. Los funcionarios de la Secretaría de Prensa de la Presidencia

tradujeron prontamente este artículo y lo distribuyeron de inmediato a todos los periodistas que se encontraban en la Casa de Gobierno. Está claro que esto se hizo porque tal artículo coincide con los lineamientos generales de la política de Lanusse.

El evidente destinatario de una operación de esta índole sería el movimiento La Hora del Pueblo, donde se concretaría la alianza de la burguesía con el visto bueno del imperialismo, permitiendo el retorno de los militares a los cuarteles, asegurada la estabilidad del régimen a través de la fachada populista de La Hora del Pueblo.

Sin embargo, sería ilusorio creer que la burguesía en su conjunto acepte este plan y se encamine a cumplirlo sin conflictos. Las recientes declaraciones de Onganía son un toque de atención sobre ese problema. Onganía no habla por sí solo. Detrás de sus opiniones está el pensamiento de algunos sectores de las Fuerzas Armadas que no aprueban la perspectiva electoral de Lanusse y los planes sobre el retorno de Perón. Esto indica que el proceso de normalización no se verá libre de los conflictos que a causa de los roces inter burgueses pueden perturbar su desenvolvimiento.

Todos estos esfuerzos de la burguesía no deben hacernos creer que el proceso electoral en caso de darse ganará indefectiblemente a las masas, permitiendo la consolidación del gobierno burgués y una relativa tranquilidad para el mismo. La crisis de la dictadura es también la crisis de la burguesía, que es incapaz de solucionar ni uno solo de los grandes problemas de las masas. La liberalización en el plano político no puede por sí sola dar una salida a los salarios de hambre, a la superexplotación, a la miseria crónica, al subdesarrollo del país. Las medidas que puede tomar la burguesía remedian un mal para dejar otro al descubierto. Así lo demuestra un hecho reciente. La supresión del tope a las paritarias, con la posibilidad de un aumento en los salarios más alto que el que estaba previsto, ha desatado ya las expectativas inflacionarias. Por otro lado, esa misma liberalización alentará la lucha de las masas por sus reivindicaciones. El cuadro que se presenta es por lo tanto prometedor de una agitada actividad de las masas y muy favorable para el desarrollo de una organización revolucionaria.

Esta perspectiva se ve favorecida en nuestro caso por la brillantes posibilidades que nos ha abierto entre las masas la correcta política aplicada hasta el presente, especialmente en la actividad militar. El exitoso cumplimiento del primer plan operativo, la destacada participación de nuestros militantes en las luchas obreras y populares, sobre todo en Córdoba, los estrechos vínculos con las masas que se han creado en todo el país, el fortalecimiento político y militar de nuestros militantes, nos permiten considerar que esta etapa del proceso político debe marcar el momento de un gran desarrollo del Partido y el Ejército. Para concretar en la práctica esa posibilidad, aprovechando al máximo las condiciones favorables que se presentan, todos los militantes deben lanzarse audazmente a la actividad entre las masas, multiplicando nuestros contacto con las mismas, creando nuevas células partidarias, comandos de apoyo al ERP, organizando a las masas allí donde se encuentren y realizando una profusa y constante propaganda y agitación política entre las mismas. Esta tarea debe llevarse a cabo de una manera incesante, multiplicando los medios a nuestro alcance, mediante publicaciones burguesas en las cuales lograremos infiltrarnos, con ediciones que publiquen en forma masiva literatura marxista clásica. El máximo aprovechamiento de todas las posibilidades legales debe ser encarado seriamente por el Partido. Es necesario aclarar que ninguna de estas tareas, de manera alguna, debe afectar a la organización clandestina del Partido y el Ejército, que debe ser mantenida a toda costa. Todo lo contrario, este período de relativa legalidad, si sabemos utilizarlo, fortalecerá nuestra estructura clandestina al multiplicarse nuestros lazos con las masas, afianzando nuestra relación política con las mismas, que es la base de la verdadera clandestinidad.

puede brindar resultados satisfactorios es la de los presos. Debemos extremar nuestros esfuerzos para formar o integrarnos en las comisiones ya formadas de solidaridad y en defensa de los presos políticos, impulsando a través de ellas una intensa campaña por la libertad de los presos políticos; debemos tratar de comprometer la más amplia participación popular posible impulsando la realización de manifestaciones, actos, etc. Esta misma actividad significará insospechadas posibilidades políticas, porque nos abre a través de una actividad legal o semilegal un amplio campo de actividades entre los sectores de la población a los que no siempre podemos llegar con facilidad.

Un párrafo aparte merece la consideración de la actividad del Partido frente a las elecciones: la madurez de un partido, su capacidad para convertirse en dirección real de las masas teniendo una respuesta adecuada ante cada eventualidad, se demuestra en su capacidad para hallar siempre la respuesta táctica correcta a cada uno de esos acontecimientos sin dejar de mantener una posición de principios consecuente. Negar las elecciones, mantener ante ellas una actitud pasiva, no significa ninguna respuesta real al problema. Si bien es cierto que nuestra estrategia es romper las elecciones, demostrar que son sólo una farsa, denunciar su carácter de engañifa de la burguesía, cosa que lograremos desarrollando sin descanso la actividad militar y política, manteniendo el aparato clandestino y cumpliendo todas las etapas previstas en nuestra estrategia general, debemos también combinar esta actividad con las posibilidades legales del proceso eleccionario. La manera de hacer fracasar la farsa electoral es producto de la situación concreta que se presente en ese momento. En relación a esa situación concreta es que podemos utilizar a ese fin dos métodos distintos: el boicot o la participación. Pero, como decía Lenin: “ningún socialdemócrata que pise el terreno del marxismo deduce la medida del boicot del grado de reaccionismo de tal o cual institución, sino de determinadas condiciones especiales de la lucha”.

En determinada circunstancia, si se vive un período de agitada movilización de las masas, si su grado de combatividad es alto y si mantiene su decisión de luchar sin que el espejismo electoral haga mella en sectores importantes de las mismas, el boicot a las elecciones realizado en forma activa puede ser correcto. Pero ello debe hacerse siempre cuando es posible la participación combativa de las masas, cuando se puede encauzar la lucha de las mismas detrás de ese objetivo.

Sin embargo, no debemos excluir la posibilidad de un intento de participación si aquellas condiciones no se dan, es decir, si la táctica del boicot no se puede apoyar en una verdadera movilización masiva de la clase obrera y el pueblo, en un estado de gran combatividad de las masas. En ese sentido puede existir la posibilidad, en algunos sectores, de presentar listas con candidatos obreros y un programa clasista que obligue a la burguesía, que no puede aceptar tal situación, a descubrir el engaño de las elecciones sin proscripción. Esta posibilidad, que aparece como la más remota, es sin embargo necesario recalcarla ya que dada la situación actual existe el peligro de una desviación ultraizquierdista, que tienda a realizar una negación abstracta de todo el proceso electoral, sin tener en cuenta la situación concreta de las masas, que debe servirnos, como el termómetro más eficaz para decidir nuestra política.

Estudiar detenidamente y con seriedad las situaciones concretas en cada lugar, en el momento que sea necesario, permitirá tomar la decisión más correcta.

Toda esta perspectiva no modifica en forma alguna el desarrollo de nuestra línea estratégica; todo lo contrario. En este momento, como nunca, es necesario aumentar tanto en la cantidad como en la calidad las acciones militares, incrementando la capacidad operativa del ERP y poniendo en práctica los planes

votados oportunamente. Esta creciente y continuada actividad militar contribuirá en grado muy importante a lograr el objetivo de hacer fracasar la farsa electoral, cualquiera sea el método que se utilice: boicot o participación.

Junto con esto, como no puede ser de otro modo, la organización clandestina del Partido no debe sufrir modificación alguna. Debemos proseguir firmemente en la tarea de fortalecer las formas organizativas clandestinas, sin olvidar un instante que estamos en guerra, haya o no elecciones y que por lo tanto el mantenimiento del aparato clandestino es y seguirá siendo una cuestión vital para la organización.

Todas estas tareas parciales convergirán a la tarea central de esta etapa, que será la construcción del Partido y el Ejército. El estado de ánimo de las masas, el prestigio alcanzado entre las mismas por el Ejército, los vínculos que hemos concretado con el proletariado y los sectores populares, la experiencia acumulada por nuestros combatientes, unidos a las posibilidades que abre la relativa legalidad, permiten considerar que esta etapa debe ser aprovechada al máximo para las tareas de construcción del Partido y el Ejército. Las perspectivas son brillantes y si nos lanzamos con audacia y decisión a la tarea de organizar y politizar a las masas, mientras desarrollamos nuestro segundo Plan Operativo Militar, podemos en el corto plazo de algunos meses aumentar considerablemente las fuerzas del Partido y el Ejército. Eso nos demandará además una intensa tarea de educación partidaria que nos permita formar nuevos cuadros y/o fortalecer los existentes, con vistas a las necesidades que de los mismos tendremos. Aumentar considerablemente los integrantes del Partido y el Ejército requiere necesariamente una gran cantidad de cuadros para el eficiente aprovechamiento de las futuras captaciones. Por eso las tareas de la escuela de cuadros, actualmente en función, deben fortalecerse, como asimismo es fundamental la pronta concreción de la escuela de cuadros militar. Esto, unido a la persistencia de la política de proletarización del Partido y del Ejército, permitirá la captación de importantes núcleos de obreros, que serán la garantía de la construcción de un sólido Partido proletario y un Ejército revolucionario.