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7. Conclusions and Open Problems

7.2 Open Problems

7.2.3 Localization via Intermediate Target Node

El enigma de la correlación. - La fuerza: de lo activo/reactivo a la expansión cualitativa. - El Todo, la fuerza y la intrincación exterior-interior.

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Centramos nuestros esfuerzos en la correlación, que es el enigma de la contradicción. Siendo la correlación, ustedes lo experimentan, aquello que une los contrarios, contradice interiormente la contradicción.

Lenin dice que el todo de la dialéctica reside en el principio de la unidad de los contrarios. Esto es cierto, sin duda. Pero, de atenemos a esta fórmula, emplazamos el todo de la dialéctica en aquello que la niega expresamente. Tomados más sólidamente en su unidad, los contrarios

[contraires] , después de todo, no tienen entre ellos sino una contrariedad

secundaria, una contrariedad contrariada [une contraríete secondaire, une

contraríete contranée).

Observen que si permanecemos en la vertiente estructural de este enigma, el mismo se disuelve, lo que es muy agradable. La correlación, entonces, designa nada más que el Dos como tal. Ustedes tienen lo Uno, teniendo solamente este Dos.

Es decir que a la simple inspección del esplace, y de lo que éste mantiene fuera de sí mismo (fuera de lugar) Khors ¡ieu)], ustedes afirman la unidad de exclusión del proceso. Hay esto, de lo que eso no es.

La objeción evidente es que, en este caso, lo Uno de la contradicción se reabsorbe simplemente en lo Uno del es place. Es exactamente como decir que la unidad de. la contradicción burguesía/proletariado no plantea ningún problema, siendo el ser histórico de la sociedad... burguesa, el que está, en efecto, regido por esta contradicción. Horlieu, el proletariado

se torna pieza [piece] del lugar. Lo uno de su unidad con lo otro es lo otro como Todo.

O bien: la unidad de la cadena significante en que se revela el sujeto lacaniano, puesto que efectúa la unidad de la repetición y de la pulsión,- debe leerse como automatismo d e ... repetición.

Lo estructural es débil ante lo uno del esplace («hay lo uno» \«Y-a-

d ’l’un»], dice Lacan). Es la materialidad dialéctica sin resorte.

En política «marxista», especialmente entre nosotros, hay quienes se mantienen firmes en esta debilidad. Adoran estudiar las «leyes» de la sociedad burguesa, e inferir de ellas lo que es, y lo que debe «hacer», el proletariado. Lo que eluden, es que la «sociedad proletaria», si se puede arriesgar esta expresión inimaginable, o el socialismo, por el que declaran hacer votos, está tan reglado por la contradicción burguesía / proletariado como la sociedad burguesa, como lo prueban tumultuosamente las revo-. luciones culturales

Prueba de que la unidad de los contrarios no es lo que se creía. . Observen también a esos psicoanalistas yanquis de la belle époque que, de espíritu muy militar, encontrando el Yo [Moi] de sus pacientes demasia­ do débil, se proponían «reforzar las defensas» del mismo. ¿Dónde diablos alojaban ellos la unidad del atacante -ese «Ello» [Ca] deplorablemente asocial- y del defensor -e l Yo [Moi] de las normalidades afables-, sino en el camino normativo de esta normalidad, el way o flife del cual no es por nada que fuera, tan am erican26?

En cuanto a los rusos, hallaron esta vuelta de lo Uno sorprendente: al ser el Estado del pueblo en su totalidad, su maquinaria de ancianos no conoce ninguna otra disidencia que la de los locos. De ahí el hospital como único lugar del horlieu.

. Pero basta de estos horrores.

Para ir hasta el extremo de la correlación, hay que montar el enigma integral de la unidad de los contrarios. Es en la medida en que los contrarios son heterogéneos, inhomologables; es en la exacta medida en que ninguna plaza convivial del esplace solicita el horlieu, que hay unidad dialéctica, que no forma ningún Todo de lo que ella une.

Distinguir lo Uno del Todo: propósito simple y supremo. Tengan pre­ sente que en esta separación reside toda la cuestión del Sujeto.

26 Badiou ironiza aquí sobre el Am erican way o f lije, esto es,, el «modo de vida estadouni­ dense»: (N. del T.)

Es por eso que tenemos aquí un severo problema de exposición: la correlación de lo heterogéneo no puede esquematizarse. Apenas puede decirse. Todo esquema distribuye plazas y nos reconduce a las estructuras. Y todo discurso fija el esplace de eso mismo que él oculta.

La representación está minada por efectos de todo y de plazas, donde lo Uno de la contradicción se altera, puesto de un solo lado de sí.

Ninguna inyección de colores puede hacer del esquema de la secuencia dialéctica una presentación completa de la correlación, del A , por el cual el término (el horlieu) se afecte, o se infecte, de su opuesto específico (el

esplace). La correlación fuerte, que la palabra «lucha» remite a su practi-

cidad, atañe a una investigación indirecta y a un concepto sin asignación representable.

Es con el nombre de «fuerza» que cubrimos lo que sobredetermina la exclusión de toda plaza donde el horlieu se revela.

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¿Qué es lo que puede correlacionar dos cualidades heterogéneas? Únicamente su aplicación recíproca como fuerzas indiferentes a toda otra cosa que no sea su propia expansión.

La correlación, es fuerza contra fuerza. Es relación de fu erzas [ra p p o rt

d e fo r c e s ].

Descartemos de inmediato la recaída, la desviación, de esta idea aún oscura. Si nos embarcamos en el tema de que una fuerza «activa» com ­ prime y obstruye una fuerza «pasiva» (luego, re-activa), volvemos a caer en el estatismo de la disimetría. La abstracción de la pareja activo/pasivo disuelve de nuevo la heterogeneidad cualitativa. La segunda fuerza (reac­ tiva) no está determinada, negativamente, sino por la primera: el esplace fija siempre la plaza del horlieu.

Un ejemplo sorprendente de esta recaída es la concepción puramente antirrepresiva de la política del pueblo. Uno se «moviliza» porque es exageradamente maltratado. Maltratado por lo que se revela, en el fondo, como la única fuerza activa del campo político: el Estado, el patrón, el policía. En sus negros propósitos, estos entes dañinos, de repente, exa­ geran. El gran grito: «¡Abajo la represión!» se eleva. El pequeño-burgués hierve de indignación.

Subrayen: tiene razón, y es una gran ocasión de que, en efecto, estas «exageraciones» -e n general sufridas permanentemente por el grueso de los pueblos- lo saquen de su abatimiento crónico, o de su complacencia.

Pero la filosofía de la cosa es corta, pues niega en el fondo toda auto­ nomía activa, toda independencia real, toda virtualidad política afirma­ tiva, a lo que se alza bajo las especies coloridas de la rebelión de buena fe. «Abajo la represión» no conduce más allá del reactivo em plazado. La fuerza del pueblo es en él la sombra proyectada de los horrores del Esta­ do, y la correlación conflictiva permanece en la debilidad unificante de lo estructural.

¿Cómo, en el eco de la gran vituperación antirrepresiva, voy a establecer mi capacidad de reprimir ¡a represión? Ahí está la clave de todo lo que se “transforma en desencanto”

Hay que llegar a esto, que lo que me alza reactivamente contra lo activo del Otro debe ser, por lo demás, lo activo de una fuerza en que el Otro ya no está representado. Si incluso ésta es requerida por la potencia adversa en su exceso represivo, la fuerza que se levanta contra esta represión está, ella misma, en exceso interior acerca de este requerimiento.

Es lo que Hegel aprehende con una agudeza definitiva.

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Será conveniente aquí leer entero uno de los pasajes más importantes de la Gran Lógica: el capítulo intitulado «La relación esencial», el cual es bastante decir que está ligado al enigma de la correlación.

Para dar el tiro inicial, un pasaje de Hegel desarrolla expresamente la idea de que la esencia de lo reactivo debe ser la interioridad activa, sin perjuicio de recaer más acá de la «relación esencial», es decir, de la correlación fuerte.

( ...) el hecho de que a la fuerza un im pulso sobrevenga por otra fuerza, que en esta m edida ella se com porte p a siv a m en te, pero que pase nuevamente de esta pasividad a la actividad, (este hecho es) el retom o de la fuerza en sí misma. Ella se exterioriza. La exteriorización es reacción en el sentido de que afirma la exterioridad com o su m om ento propio y aplaza así el hecho de que se encontró solicitada por otra fuerza (L II, 216)

Todo está ahí: es cuando la fuerza afirma «la exterioridad como su momento propio», que accede a una correlación cualitativa centrada sobre sí, donde el cara a cara de las fuerzas no puede reducir su heterogeneidad. Es cuando el pueblo erige su propia visión del adversario, como figura interna de su propia política, que «aplaza» la dependencia antirrepresiva, se excluye de toda inclusión, y procede a una escisión afirmativa.

Pensar la correlación, es pensar la fuerza en cuanto efectiva -luego, empalmada sobre la otra fuerza, pero según su irreductible cualidad, cuyo

esplace ya no es más que la mediación a destruir.

Todo el capítulo hegeliano equivale a una recapitulación, sólo que a veces idealistamente hesitante, de nuestra empresa.

Veamos su construcción.

Las tres partes son sucesivamente:

1.- La problemática del todo y de las partes. 2.- La fuerza.

3.- El exterior y el interior.

Es nuestro plan. Pues la relación todo-partes es nada más que una teoría del esplace, donde se revela que, en términos estructurales, toda correlación contradictoria no és sino una exclusión, un fuera-de-plaza

[hors-place], cuyo principio de unidad es la inclusión (la parte como lo

que es del todo).

La fuerza se reduce, como vimos, a sobredeterminar el impase unifi­ cante donde reconduce la estructura de la inclusión en el todo, mediante la posición irreductible de la interioridad cualitativa en el enfrentamiento de las fuerzas.

Este impase, mediante una fulgurante anticipación lacaniana, Hegel lo aprehende en la forma del batimiento, de la vacilación, del eclipse alternante:

En la medida ahora en que lo existente es parte, no es un todo, ni (es algo) com puesto, (es) luego (algo) sim ple. Pero en tanto que la relación con un todo le es exterior, esta relación no le concierne en nada; lo autónom o no es luego en si parte; pues parte, lo es solam ente por esta relación. Pero en tanto ahora que no es parte, es todo, pues no está presente sino esta relación de todo y de partes, y lo autónom o es uno de los dos. Pero en tanto que él es . todo, es nuevamente com puesto; está nuevamente com puesto de partes, y

a s í su cesiv am en te a l infinito.- Esta infinitud no consiste en nada más que en la alternancia perenne de las dos determ inaciones de la relación, en cada una de las cuales la otra surge de m anera inm ediata, de suerte que el ser-puesto de cada una es el desaparecer de ella misma (L, II, 2 0 8 ).

Este ser-puesto cuya esencia es desaparecer en una alternancia perenne; este término evanescente en que se sutura la dialéctica del todo, es, si sé exceptúa la fuerza, el destino del horlieu (puesto aquí desde un principio como parte), que no tiene plaza sino al excluirse de la misma como autó­ nomo, y es igualmente el destino del esplace (aquí, el todo), que no acepta el horlieu sino anulándose por completo, puesto que rige los lugares.

Está sellado, así, que la única forma de proceso tolerable por ladialéctica estructural es el infinito batimiento de lo que no es sino para no-ser, y de lo que no es para ser. Tal es la correlación pensada como esciáón pura, puesto que al decir que los dos son uno, ya no son más dos y que si ellos son dos, es como dos veces uno, y que entonces lo Uno es Dos, y así sucesivamente.

Proceso sumamente importante, dicho sea entre paréntesis Un pen­ samiento consecuente del término evanescente es el apogeo redista de la dialéctica estructural.

Sin embargo, Hegel no podría detenerse allí, tanto más -e s d error de su verdad- cuanto que él quiere la consumación [achévement circular. También, sobreañadiendo muy repentinamente la fuerza, finge eigendrar- la por el batimiento, aunque no es sino la sobredeterminación esencial, originaria, no deducible.

La fuerza, esto es lo que sostiene las partes en el movimientodel todo. Es la cualidad no numeral del todo, su consistencia no disipabk en la va­ riedad de las panes. Ella engendra del todo, no sólo su funcionaniento en el régimen del esplace -distribución del lugar de las partes-, siro además la consistencia móvil, la unificación en acto.

La teoría de la fuerza equivale a teoría de la vertiente históica, de la vertiente de la actividad-una, de la correlación dialéctica, basadi sobre (y no, como finge creerlo Hegel, deducida de) la correlación en e.lipse del sistema de las plazas.

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Esta historicidad de la correlación se profundiza en la investigación trinitaria hegeliana, que afirma prim eram ente «el ser-condiciorado de la fuerza», es decir, su pura esencia de correlación. La fuerza no espensable sino como actividad relativa a otra fuerza, y esto en su ser mismo: «el ser- condicionado por otra fuerza es en sí el hacer de la fuerza misna» (L 11, 213). Que la correlación sea un «hacer», he aquí el nudo de lo irepresen- table. La escisión como lugar de las fuerzas afirma la anterioridad radical de la existencia práctica respecto de la inteligibilidad de la corrtlación.

En segundo lugar, Hegel aclara, como vimos, bajo el nombrede «soli­

citación de la fuerza», la interpretación de la correlación en térninos de actividad / pasividad. Muestra el cimiento activo interior de lt misma, no siendo la pasividad sino una apariencia [apparence], una correlación empírica derivada.

En lo más fino de este análisis, Hegel afirma que si, en su correlación con la otra, la fuerza es esencialmente activa, resulta de ello que su con­ dicionamiento, que en un primer momento aparece como la otra fuerza, el exterior, le es en realidad interior. El movimiento por el cual la fuerza se despliega hacia el exterior, contra la otra fuerza, está más bien regido por el desgarramiento expansivo en sí misma.

Es al realizar su unidad interior, al depurarse de su determinación (de su división) por la burguesía, que la clase obrera se proyecta expansivamente en la lucha destructora contra el esplace imperialista: «Solicitada» por la opresión burguesa, no actúa como fuerza, y no entra en la correlación combatiente con el adversario, sino determinándose contra ella misma, contra su forma interior de impotencia antigua.

Y, de la misma manera, un individuo no adviene a su fuerza singular en el elemento de las circunstancias sino al entrar en conflicto con la red de hábitos inertes en que estas circunstancias lo asignaron anteriormente.

La correlación tiene por resorte [ressort] interno irrepresentable la pura capacidad de unidad expansiva de una cualidad heterogénea.

O, como dice Hegel, «la actividad es esencialmente actividad reactiva

contra sí» (L II, 216).

Esta dimensión de desgarramiento en sí, como exteriorización in­ terior, si se puede decir así, Hegel la nombra -e s su en tercer lugar- «la infinitud de la fuerza». Decir la fuerza en su infinito, es decir, la acción como correlación, es nombrar el primado de la práctica: «La infinitud de la fuerza» no es más que el axioma del Fausto de Goethe: En el comienzo es la acción.

Este infinito de la exteriorización conduce a la dialéctica final del ca­ pítulo, aquella en que el interior y el exterior vienen a intrincarse:

Lo exterior y (lo) interior son la determ inación afirmada de tal suerte que cada una de estas determ inaciones, no sólo presupone la otra y pasa a ella com o a su verdad, sino que en la medida en que ella es esta verdad de la otra, q u ed a a firm a d a com o d eterm in ación , y remite a la totalidad de las dos (L II, 2 2 0 ).

Un ojo lacaniano discernirá la llegada crucial, en este punto, de la to­ pología del Sujeto, que es representada por las superficies no orientables, como la cinta de Moebius. Para nosotros, es reconocer que en la lógica de las fuerzas, el esplace y el horlieu están correlacionados de manera tal que ya no es posible afirmar el segundo como simple exterior-excluido del primero.

En la lógica de las fuerzas, la unidad de los opuestos no es sino una correlación orientable, y ahí está su esencia histórica, aunque una orien­ tación sub-yacente (estructural) sea precisamente aquello respecto de lo cual lo inorientable puede ser delimitado.

Exactamente como el proletariado en cuanto clase política -e n cuan­ to fuerza- se une a la burguesía en una unidad-de-lucha íntegramente histórica, no distribuible en regiones del todo social, y estructurando el ser mismo - e l pueblo-, lo que no impide, sino exige, que se oriente la posición de clase en su arraigamiento em plazado: en las relaciones sociales de producción.

De que esta unidad topológica de los opuestos, que bajo el régimen de la fuerza opera la correlación del interior y del exterior, sea para Hegel nada menos que «la unidad de la esencia y de la existencia» ( L 11, 227), o sea, lo que él llama la efectividad; de que constituya la transición central de toda la Gran Lógica, nosotros advertimos el alcance.

Para la dialéctica materialista, cuando uno se extravía en el laberinto de la fuerza, adentro-afuera, noche y niebla, ahí donde el espacio ni emplaza ni implaza [ni ne place ni n’im place], es con el Sujeto, este minotauro de algún Teseo, que uno se encuentra.

Es entonces que lodo sujeto supera [p a s s e en f o r c é ] su plaza, en la medida en que es su virtud esencial el estar desorientado.

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